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Política Sociedad
Foto principal del artículo 'Gabriela Schroeder: “Todavía hay espacio para otra lucha”' · Foto: Rodrigo Viera Amaral

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Gabriela Schroeder: “Todavía hay espacio para otra lucha”

Víctima de los crímenes de mayo de 1976, cuenta desde su experiencia su trabajo para “romper” los relatos falsos y la mirada hacia las nuevas generaciones.

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Gabriela Schroeder nació el 24 de abril de 1972 en el Hospital Militar. Su madre, Rosario Barredo, había caído presa nueve días antes, el día siguiente de que en un operativo de las Fuerzas Conjuntas asesinaran a su pareja, Gabriel Schroeder. A partir de su nacimiento, el periplo de Gabriela incluyó que sus abuelos y tíos la llevaran a la cárcel a diario durante varios meses para que su madre la amamantara; un exilio primero en Chile y luego en Buenos Aires, donde su madre y William Whitelaw se instalaron y tuvieron otros dos hijos. El 13 de mayo de 1976, Rosario, William, Gabriela, de 4 años, y sus hermanos Victoria (de 16 meses) y Máximo (de 2 meses) fueron secuestrados por un operativo militar y detenidos en el centro Bacacay. El 21, con la desaparición de Manuel Liberoff, aparecieron los cuerpos de Rosario y William, asesinados junto a Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, mientras que los tres hermanos estuvieron desaparecidos e intentaron apropiarlos.

Tras una intensa búsqueda por parte de sus abuelos y tíos –que incluyó la publicación de la foto de los niños en la tapa del diario Buenos Aires Herald–, los tres niños aparecieron el 29 de mayo en la puerta de un hospital. Victoria y Máximo se criaron con la familia Whitelaw en Francia, mientras que Gabriela creció en Montevideo con su familia paterna.

En 1990, con 18 años se fue a vivir a Chile, donde estudió ingeniería en acuicultura y tuvo tres hijos. 25 años después, en 2016, volvió a Uruguay y emprendió un proceso de reconstrucción de memoria que la llevó a escribir un libro y a presentar una denuncia por su propio secuestro como niña, que hoy derivó en una megacausa por los crímenes de varios uruguayos en Argentina.

¿Cómo recordás tu infancia y adolescencia en Uruguay?

A mí me encontraron y enseguida había que sacar a Gustavo [su tío] de Buenos Aires, porque si no, era el próximo. Mis abuelos ya habían perdido un hijo en el 71, en un accidente de tránsito, y habían asesinado a mi padre al año siguiente. Al poco tiempo, mi tío Esteban desapareció y después apareció y estuvo en la cárcel un tiempo más. Todo eso. Mi abuelo se enfermó, le dio un ACV prácticamente enseguida de todo eso y se murió cuando yo tenía 9 años.

Fue muy cruzada por todo ese dolor...

A pesar de todo, a mí me criaron con mucho amor, y no es un discurso. Nunca escuché una palabra de rencor en mi casa. Todo lo contrario. El día que mi abuelo entró en coma, antes de irme a la escuela, me sentó en su falda para decirme de nuevo todo lo que me amaba y pedirme que centrara mi vida en el amor y no en el odio, que el odio solo me iba a hacer mal a mí y que yo siempre tenía que vivir en el amor. Y fue así. Yo creo que eso te salva, por más que obviamente no era fácil. No solo por la ausencia de tus padres, sino porque también durante mucho tiempo fui casi la única niña desaparecida y aparecida en Uruguay, y eso muchas veces te pone en el foco. Desde la directora de la escuela que me negó la bandera porque “una hija de sediciosos no puede ensuciar el emblema patrio” hasta unas maestras maravillosas que se confabulaban para cuidarme. Desapercibida no podía pasar.

¿Eso hizo que te fueras a Chile?

Un conjunto de cosas. Tuve que ser muy grande muy chica, y en un momento necesité poner una distancia, encontrar quién era yo sin todo eso. Si me preguntaban por mis padres, solo le contaba a quien yo quería contarle, y no tenía por qué compartir mi historia. Y entonces pasás a ser una persona cualquiera y que te quieren o no te quieren por lo que sos.

El mayor de tus hijos se vino a Uruguay a estudiar y eso abrió el camino para tu regreso en 2016. ¿Volviste con ganas de mover cosas en relación con tu historia y la memoria?

Yo llegué en 2016 y la denuncia la hice en 2020. Fue un proceso que venía de antes. Creo que hubo un punto de inflexión cuando Mateo Gutiérrez [hijo de Héctor Gutiérrez Ruiz] empezó a hacer el documental Destino final y fue a Puerto Varas a entrevistarme. Que alguien de mi edad estuviera en esas cosas me hizo pensar: “Bueno, capaz que hay que hacer algo”. Después de eso fue el juicio contra [Jorge] Olivera Róvere [exmilitar argentino responsable de varios centros de detención clandestinos] en Buenos Aires, en 2009. Y ahí fue la primera vez que me vinieron a buscar; fui a testificar y fue muy fuerte. Fui con mi tío Gustavo. Fueron todos mis tíos, mi hermano, y fue un momento muy fuerte y disparador. Después me volví a Chile y siguió pasando agua bajo el puente. Pero cuando llegué acá eran los 40 años del 76, la Fundación Michelini hizo todo un año de muchas cosas muy lindas desde la cultura, de alegría, y me hicieron una entrevista en Brecha. Siempre tuve mucha memoria, incluso de nuestro secuestro, pero durante años no dije nada; pero en ese momento empecé a validar la memoria con gente que yo sabía que estaba en esos recuerdos, los fui validando y certificando, y dije: capaz que tengo una responsabilidad y un derecho a hacer algo.

Ahí empezó el proceso del libro El mundo nuevo, que escribiste con el historiador Ignacio Ampudia. En ese proceso, a partir de tus recuerdos y de tu ida a testificar como víctima en Argentina surge con claridad que estuvieron recluidos en el centro Bacacay, aunque siempre se había pensado que habían estado en Automotores Orletti.

Estaba testificando sobre Bacacay, y eso de que me hayan llamado para decirme “vení a testificar porque sos víctima” me hizo pensar que había elementos nuevos. Entonces les planteé a los Michelini y los Gutiérrez Ruiz que quería hacer una denuncia, y lo empezaron a hablar. Decidí hacerla por mi secuestro, pero no por un tema de victimización, sino por poner el tema de los niños, sacarlo a la luz, no es solamente “pobrecitos que les mataron a los papás”. Lamentablemente no somos los únicos, hay muchos y en muchas situaciones, y me pareció súper importante poder visibilizarlo. Además sabía que al denunciar mi secuestro se llegaba a lo mismo. Yo denuncio, después Benjamín Liberoff hace la denuncia y después se unen los Michelini y Gutiérrez Ruiz, y ahí es que [el fiscal especializado en delitos de lesa humanidad, Ricardo] Perciballe, como estrategia, empieza a unir causas en las que hay indicios de los mismos operativos y arma esta megacausa.

“Falta mucho”

¿Cómo valorás la denuncia y el avance de la causa?

Que la denuncia de esta niña haya derivado en esta megacausa ya me parece un ganar-ganar enorme, aun cuando falta mucho, y ese es un palo que le estoy dando a la prensa todo el rato, porque cada vez que hablan de la causa ponen Michelini-Gutiérrez Ruiz, y no es la causa Michelini-Gutiérrez Ruiz, tampoco es la causa Michelini-Gutiérrez Ruiz-Barredo-Whitelaw-Liberoff. Es la megacausa, eso es lo importante. Se empezó a hablar mucho más y más fuerte del Plan Cóndor y a ver que era una cosa sistematizada, no hechos aislados. Entonces me parece que eso ya es algo. Respecto de nuestra causa en particular tengo bajísimas expectativas porque los acusados fallecieron o están por. ¿Qué queda? Tratar de extraditar a [el militar en situación de reforma Manuel] Cordero, que no va a poder ser. Entonces, la verdad es que la expectativa respecto de que realmente haya un juicio, que llegue una acusación de alguien relacionado específicamente con lo que nos pasó a nosotros, es casi nula. Pero mi idea y mi motivación no es justicia para mí, es poner en la mesa la verdad y construir la memoria. Que todavía haya posibilidad realmente de llegar a acusar y llegar a sentencias me parece esperanzador, pero de lo nuestro en particular no tengo muchas expectativas.

Además, en el transcurso, ayudar a romper relatos que se repiten y se repiten también respecto de mamá y Willy. Por todos lados se habla de los militantes tupamaros... No, habían renunciado hacía dos años al MLN, habían creado Nuevo Tiempo, estaban en conversaciones no solo con Michelini y Gutiérrez Ruiz, sino con muchos más. Estaban buscando lo mismo, pero sin las armas, y por eso eran mucho más peligrosos, porque a estas personas las alimentaba la causa armada, si no, no tenían razón de ser. Pero entonces, dale con el discursito de los militantes tupamaros a los que mataron para poder ensuciar a Michelini y Gutiérrez Ruiz. No es así, es una falta de respeto a la memoria de mamá y de Willy. Es una falta de respeto por todo lo que ellos lucharon y por lo que ellos murieron. Y esa quizás es ahora mi causa, además de la de los niños. Poner eso en contexto. Hay muchos relatos falsos, como lo de mi padre, como lo de las “muchachas de abril”: toda la vida diciéndote que murieron en un fuego cruzado. Nosotros sabíamos que no había sido así y por eso hicimos la denuncia. Y por eso hay una sentencia, con una investigación basada en la metodología de autopsia histórica, que lo que sentencia es que fueron asesinados, estaban desarmados. No hubo ningún enfrentamiento. Esos relatos son importantes, y ahí es donde le sigo pegando palos a la prensa, porque no los recoge. Y entonces, por mucho que la sociedad civil y las familias impulsemos, peleemos, si no tenemos la amplificación de los medios, no llegamos a que el Estado, que sigue un poco ausente, tome las medidas que faltan.

Entonces, todavía hay espacio para otra lucha. El Estado responde a un llamado, un llamado de la sociedad civil que se amplifica y de alguna forma lo presiona. Necesitamos eso, necesitamos presión para que realmente puedan aparecer los desaparecidos, para poder obtener más verdad y justicia. No puede ser una fiscalía de lesa humanidad que tiene dos pesos. Hacen un trabajo quijotesco. El Estado puede apoyar. El Estado debería dar una orden a las Fuerzas Armadas. Falta mucho.

Mi mamá: “Una conexión total y absoluta”

¿Qué recordás de tus padres?

De mi padre tengo muchas anécdotas, recogí muchas durante la elaboración del libro. Gente de todo tipo y color lo describía exactamente igual: como un oso grande, cariñosito, temperamental, entrañable, con mucho carácter. De Willy tengo el mejor de los recuerdos. Están los recuerdos de los hechos y está la memoria de las sensaciones, de las emociones. Y lo que más me queda de mamá y Willy, esos dos años, es esa cosa casi mágica de que, a pesar de todo lo que pasaba alrededor y de todos los horrores que estaban pasando, yo vivía feliz, alegre, era una chica súper sociable. Hasta ese 13 de mayo. Y no es menor, porque es una sensación muy fuerte, muy de adentro, de un hogar feliz. De mi mamá, una conexión total y absoluta, una sensación de ser una sola. Se enojaba porque a mí me gustara tanto Meteoro, ese personaje que gana siempre. Mi último recuerdo con Willy es en el baño de Bacacay, lavándonos las manos. Me sentó en la bañera, hablamos, le pregunté de nuevo por qué estábamos ahí y dónde estaba mi perro, el Corbata. Fue un intercambio muy, muy cariñoso con él. Yo no sabía que era la despedida, pero fue la despedida. Con mamá tengo el recuerdo de cuando la llaman para llevársela, y yo ir corriendo a agarrarme de ella, “quiero ir contigo” y mamá diciéndome que no, que me tenía que quedar. Y recuerdo que dijeron “bueno, la llevamos a ella también”, y fue la única vez que recuerdo sentirla nerviosa, no sé si descontrolada, y me dijo que fuera a ver a Máximo, mi hermano, que estaba llorando. Y ahí ya no sé.

Hiciste todo este trabajo con el libro de reconstrucción de tu historia, también con las causas judiciales. Pero sos ingeniera, estás trabajando como directora de Innovación en el Ministerio de Industria. ¿Cómo te llevás con la memoria y con el futuro?

Mi mirada siempre fue para adelante, siempre fue para adelante. Lo que pasa es que no podés mirar para adelante negando lo que está atrás. El dolor, la única forma de trabajarlo, de alivianarlo, es encararlo. Si barrés bajo la alfombra todo el tiempo, un día vas a tener una montaña de polvo, no se va a ir. Para mí esto de trabajar por la memoria, de poder hacer pequeños aportes para poder llegar más o menos a un relato lo más verídico posible, denunciando hechos que lo que buscan, además de sanar uno como persona, es sanar como sociedad y alertar de que estas cosas pasaron y de las consecuencias que tuvieron; eso es una mirada hacia adelante, es una mirada hacia las nuevas generaciones.

Integrás el Colectivo Jacarandá. ¿Qué es?

Es un colectivo maravilloso de construcción de la memoria pero desde la cultura y desde una mirada que muchas veces aporta mucha belleza y ternura, sin dejar de lado el relato doloroso, sin obviar nada de eso, que es como tenemos también que empezar a abordar esta temática, porque la oscuridad no la podemos combatir con oscuridad, solo la podemos combatir con luz.

¿Y cómo ves a la sociedad en general con este tema?

Yo creo que hay una mayor sensibilización. Lo ves en las marchas del 20 de Mayo, que son cada vez más masivas y en las que el rango etario es cada vez más amplio. Pero todavía falta romper con ciertos relatos instaurados, todavía hay un camino muy importante por hacer. En la sociedad civil los que empujamos seguimos siendo mayormente los que estuvimos involucrados; cada vez igual se va uniendo más gente, porque se sensibiliza y entiende que es una causa necesaria, pero ojalá se vayan uniendo cada vez más y un día los que lo impulsemos no seamos los que lo vivimos en carne propia. Yo creo que hay algunos avances, pero falta y es muy difícil hoy, con cómo son las comunicaciones y en un mundo que está cada vez más agresivo. Por un lado, veo una mayor sensibilización hacia la causa, pero, por otro, veo un nivel de agresividad en otro sector que antes no veía. En X me agredieron como nunca me habían agredido en ninguna red. Me fui. Dicen: “¿Qué quieren? Revancha...”. Si acudir al sistema judicial, que es nuestro derecho, es revancha, estamos realmente mal.