La votación del fideicomiso de la Intendencia de Montevideo volvió a poner sobre la mesa una discusión mucho más profunda que un simple plan de obras. No se trata de negar la importancia del saneamiento, la limpieza, las calles o las veredas. Todo lo contrario: son asuntos centrales para la vida cotidiana de los montevideanos. Justamente, por eso deberían estar en el corazón del presupuesto departamental y no depender de un nuevo endeudamiento.
El 4 de junio, la Junta Departamental aprobó proyectos extrapresupuestales impulsados por la Intendencia para financiar obras de saneamiento, limpieza, calles y veredas. El plan original fue modificado: se eliminó la propuesta de revitalización de Ciudad Vieja y el monto final quedó en 260 millones de dólares, distribuidos en 130 millones para saneamiento, 50 millones para limpieza, 40 millones para calles y 40 millones para veredas, todo a pagar en 25 años.
La Intendencia presentó la aprobación como una herramienta para impulsar “prioridades ciudadanas” y destacó la creación de una comisión de seguimiento con mayoría de representantes de la oposición. Pero esa explicación, aunque ordenada en el papel, no responde a la pregunta principal: si estos temas son verdaderamente prioritarios, ¿por qué Montevideo necesita volver a endeudarse para resolverlos?
Ahí está el centro del problema. Montevideo gasta mucho, pero no siempre donde más lo necesita. La ciudad no carece de estructura, de oficinas, de técnicos ni de presupuesto. Lo que falta es una administración que ordene prioridades con sentido común. Porque cuando una Intendencia necesita pedir deuda para limpiar mejor, arreglar veredas, mantener calles y atender problemas estructurales acumulados, lo que queda en evidencia no es solo una necesidad de inversión: queda en evidencia una mala gestión previa.
El Frente Amplio gobierna Montevideo desde 1990. No estamos hablando de una administración que recién llega y descubre una ciudad abandonada. Estamos hablando de más de tres décadas de continuidad política en el gobierno departamental. En ese tiempo hubo presupuestos, planes, discursos, reestructuras, promesas y campañas. Sin embargo, los vecinos siguen encontrando contenedores desbordados, calles rotas, veredas intransitables, bocas de tormenta tapadas, arbolado sin mantenimiento y barrios donde la respuesta pública llega tarde.
Por eso la discusión no puede reducirse a “obras sí” u “obras no”. Esa es la trampa. Claro que Montevideo necesita saneamiento. Claro que necesita calles en condiciones, veredas accesibles y un sistema de limpieza que funcione. La verdadera discusión es otra: ¿por qué esas obligaciones básicas no fueron financiadas antes con una planificación presupuestal seria?
Endeudarse puede ser razonable para obras excepcionales, estratégicas y de largo plazo. Pero convertir el endeudamiento en una vía habitual para cubrir servicios esenciales es peligroso. Una cosa es financiar una transformación estructural; otra muy distinta es pedirle a los montevideanos que paguen durante 25 años por problemas que deberían haberse evitado con mantenimiento, gestión y prioridades claras.
El propio debate sobre los camiones recolectores mostró lo absurdo de cierta lógica. Según se informó, la compra de camiones fue retirada del fideicomiso porque se cuestionaba financiar con deuda a 25 años bienes cuya vida útil podía ser mucho menor. Ese punto resume buena parte de la discusión: cuando la herramienta financiera dura más que la solución que pretende comprar, algo está mal pensado desde el inicio.
Endeudarse puede ser razonable para obras excepcionales, estratégicas y de largo plazo. Pero convertir el endeudamiento en una vía habitual para cubrir servicios esenciales es peligroso.
La Intendencia puede llamar a esto “prioridades ciudadanas”. Pero para muchos vecinos suena más bien a reconocimiento tardío. Porque esas prioridades no nacieron el día de la votación en la Junta Departamental. Estaban desde hace años en cada reclamo por una calle destruida, en cada adulto mayor que no puede caminar por una vereda rota, en cada barrio que convive con basura acumulada y en cada familia que se inunda cuando llueve fuerte.
Lo que se aprobó no es solamente un fideicomiso. Se aprobó una forma de patear hacia adelante el costo de años de decisiones mal ordenadas. Hoy se celebra el acceso a recursos; mañana lo pagarán los vecinos. Y lo pagarán no solo con dinero, sino también con la confirmación de que Montevideo sigue sin discutir lo esencial: cómo se gasta, en qué se gasta y quién se hace responsable cuando las prioridades se invierten. Una ciudad que recauda, planifica y gobierna bien, no espera a que el deterioro sea inocultable para salir a buscar deuda.
La oposición tiene la responsabilidad de acompañar lo que sea bueno para Montevideo, pero también tiene el deber de marcar los límites. Votar obras necesarias no puede convertirse en votar más endeudamiento sin discutir la gestión que hizo necesaria esa deuda. Acompañar soluciones no puede significar legitimar años de desorden en las prioridades.
Montevideo no necesita más relatos para justificar préstamos. Necesita una Intendencia que use mejor los recursos que ya tiene. Necesita menos excusas y más resultados. Necesita que la limpieza, las calles, las veredas y el saneamiento dejen de ser promesas de campaña o argumentos de endeudamiento y vuelvan a ser lo que siempre debieron ser: obligaciones básicas de gobierno.
Porque gobernar no es endeudar para tapar carencias. Gobernar es ordenar prioridades antes de que la ciudad se deteriore. Montevideo no está mal por falta de recursos. Está mal por falta de gestión.
Agustín Pintos es dirigente político y expresidente del Club Zonal E del Partido Colorado.