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Estela Santos (archivo, noviembre de 2020).

Foto: Federico Gutiérrez

Llevando el veneno a casa: el cuerpo de las abejas es una vía para que el glifosato termine en las colmenas y la miel

18 minutos de lectura
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Investigación realizada en predios forestales y agrícolas constata que el cuerpo de las abejas es una vía para que el glifosato ingrese a las colmenas y su miel, y propone medidas sencillas para una tregua química que favorezca tanto a agricultores como apicultores.

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La Unión Europea es exigente: no permite el ingreso de miel que contenga más de 0,05 miligramos por kilo de glifosato, un potente herbicida que suele ser el socio necesario de los cultivos de soja transgénica: las principales modificaciones genéticas de estas plantas justamente se realizaron para soportar su devastador efecto en casi cualquier vegetal. Como es tan bueno liquidando malezas, hierbas y a cualquier integrante del reino vegetal, su aplicación se ha generalizado más allá de los campos de soja, tanto que desde hace tiempo es el agroquímico —o “producto fitosanitario”— más importado en Uruguay (solo en 2022 nuestro país introdujo 8.000 toneladas).

Se ha demostrado que el glifosato no es solo un eficaz asesino de plantas: también es perjudicial para un montón de otros organismos que no serían su blanco específico, como han reportado investigaciones científicas a lo largo y ancho del globo. Aquí en Uruguay se ha mostrado que es perjudicial, por ejemplo, para arañas que ayudan a controlar los cultivos y para las abejas. Más aún, también es perjudicial para nosotros. Sin detallar el efecto del glifosato, pero debido a su gran ubicuidad en zonas de producción agrícola, investigaciones han relacionado la aplicación de agroquímicos con un aumento de los nacimientos prematuros y con peso por debajo de lo normal.

A principios de 2026 se había reportado que habían colapsado unas 15.000 colmenas en un evento de mortandad que afectó a varias zonas del país. En 11 de 12 muestras analizadas para enero se detectó glifosato.

Así las cosas, se sabe que el glifosato llega a la miel, lo que produce grandes pérdidas económicas (entre 90 y 95% de la miel producida se exporta). También estaría detrás, junto a otros agroquímicos, de colapsos de colmenas —que aquí en Uruguay parecen ser aún más altos que en el resto de América Latina—. Lo que no se sabe bien es cómo llega el glifosato a las colmenas y la miel.

Sobre esa incógnita se basó un proyecto de investigación que aplicó al Fondo de Promoción de Tecnología Agropecuaria (FPTA) del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) denominado Rutas de Ingreso del Glifosato y Destino en la Colmena de un equipo interdisciplinario e interinstitucional de investigadoras e investigadores.

“Las rutas por las cuales el contaminante ingresa y su destino en la colmena no son claros y están lejos de ser comprendidos. Para poder ofrecer soluciones realistas al problema, es necesario investigar cuáles son las rutas de ingreso a la colmena del glifosato. Es necesario detectar las fuentes y vías principales de contaminación por glifosato en productos apícolas, y conocer si su destino final es únicamente la miel. Esta identificación permitirá diseñar políticas de manejo y uso del agroquímico y de las colmenas que minimicen su contaminación”, decía el resumen del proyecto.

Ejecutado entre octubre de 2021 y abril de 2025, el proyecto comunicó sus primeros resultados en la revista del INIA en un artículo titulado “Evaluación del cuerpo de la abeja como vector de ingreso de glifosato a la miel, bajo distintos escenarios de exposición”.

Allí sus autores, Estela Santos y Ciro Invernizzi, del Instituto de Ciencias Biológicas de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar); Pablo Cracco, de la Facultad de Agronomía (Udelar); Verónica Cesio y Horacio Heinzen, del Grupo de Análisis de Compuestos Traza de la Facultad de Química (Udelar); Lucas Archondo, Ivana Silva y Silvina Niell, del Departamento de Química del Litoral del Centro Universitario Regional Litoral Norte (Cenur, Paysandú, Udelar), y el apicultor Daniel Sánchez muestran que el propio cuerpo de las abejas, tras entrar en contacto con el glifosato en zonas donde se aplicó, es una de las vías por las que este indeseado herbicida ingresa a las colmenas y su miel.

Así que, más rápido de lo que crece la importación de glifosato año a año en este país, salimos al encuentro de Estela Santos, investigadora de polinizadores nativos, apicultora y defensora de dejar parches de vegetación sin alterar en los predios productivos para preservar la biodiversidad e incluso potenciar la productividad.

¿Cómo llega el glifosato a la miel?

La idea principal que queda luego de leer el trabajo es que las abejas son capaces de llevar glifosato a las colmenas, y que parte de ese glifosato que llevan queda en la miel. “El cuerpo de las abejas, cuando entra en contacto con glifosato en el campo, es un vector para el ingreso del herbicida glifosato a la colmena”, dice el artículo en sus conclusiones. Uno pensaría que esto era algo ya sabido, pero no.

“Es una novedad”, dice satisfecha Estela. “A nivel mundial se está buscando cada vez más la inocuidad de la miel. Uruguay es un país exportador y el producto que enviamos a distintos países siempre está bajo la lupa. Entre las muchas cosas que se le buscan está que los límites de residuos de glifosato no superen las 50 partes por billón”, afirma, y agrega que “desde que está esa normativa, en Uruguay se ha comenzado a investigar qué es lo que hace que la miel tenga glifosato”.

El asunto no es relevante solo aquí. “La misma regla que se aplica a nuestras mieles se le aplica a la miel de Brasil, a la de Argentina, a todas, por lo que cómo llega el glifosato a la miel es un tema relevante a nivel mundial. ¿Será que ya está en la savia de la planta? ¿Lo lleva la abeja en el cuerpo? ¿Está en el polen con el que la abeja elabora la miel? ¿Está en el agua que las abejas consumen y procesan?”, pregunta Estela repasando las hipótesis que se planteaban en el proyecto de investigación. Más aún: para cada una de estas posibles vías diseñaron experimentos que pudieran arrojar luz.

“Hay algún trabajo que dice que el polen o el néctar de las flores puede acarrear el glifosato a la miel, pero nunca nadie lo había medido, nunca nadie se había puesto a hacer experimentos, incluso para poner en valor a cuál de todas esas posibles vías le tenemos que prestar más atención por su potencial de contaminar la miel”, cuenta. ¿Por qué indagar sobre el asunto? Claro que satisfacer la curiosidad científica siempre es relevante, pero tratándose de un alimento contaminado, también hay una finalidad práctica y productiva evidente: “Una vez que conozcamos cuáles son las vías de ingreso más relevantes, podemos tomar medidas, podemos ver de corregir algunas prácticas y dejar recomendaciones a productores apícolas y agrícolas de cómo hay que manejar los ambientes. Así fue que arrancó esta investigación”, confiesa Estela.

El artículo que publicaron en la revista del INIA vendría a ser la punta del iceberg de cómo el glifosato termina en las colmenas, afectando a las abejas, y en la miel, que luego nos rebotan. “Lo que dice ese artículo es un pequeño pedacito de un proyecto mucho más grande del que estamos elaborando ahora las comunicaciones científicas, y del que hemos presentado algunas cosas preliminares en algunos congresos nacionales e internacionales, porque desde acá, desde Uruguay, hemos sido los primeros en develar algunos misterios”, lanza Estela, haciéndonos sentir una vez más orgullo por nuestra ciencia.

“Este primer artículo es como una entrada al tema, y el titular que estamos mostrando es que el cuerpo de la abeja es vector de contaminación. Pero ya sabemos, por otros experimentos posteriores, que hay otras vías de entrada de glifosato que son aún más importantes”, nos adelanta Estela.

Veamos entonces qué vieron respecto del cuerpo de las abejas y las fumigaciones cercanas a las colmenas, sabiendo que, como acaba de decirnos Estela, el glifosato tiene otras vías aún más importantes para ingresar a las colmenas y a la miel.

Fumigando cerca de las colmenas en forestaciones

“El objetivo de este estudio fue determinar si el cuerpo de las abejas es vector de glifosato y causa su presencia en la miel”, dice el equipo de investigación en el artículo. Para ello realizaron experimentos en lo que denominan “tres escenarios”: uno en una zona forestada con eucaliptos en el departamento de Treinta y Tres, y dos con colmenas colocadas al borde de plantaciones de maíz en predios de la Facultad de Agronomía en Progreso, Canelones.

En las forestaciones, salvo al iniciar el cultivo para quitar la competencia de malezas, no se aplica glifosato (generalmente: en ciencia nunca digas nunca). “Además lo hicimos allí porque tenemos el dato previo de que las mieles que vienen de polen de eucaliptos no tienen glifosato. De hecho, es una miel que los exportadores buscan muchísimo por sus cualidades y calidad”, comenta Estela. De hecho, ya hemos visto que las forestaciones con Eucalyptus grandis ofrecen ventajas que los apicultores suelen aprovechar. “Partiendo de esa premisa, sabemos que si se lleva una colmena limpia a ese ambiente, la miel sale sin glifosato”, redondea Estela.

En el caso de los experimentos en el predio forestal, la fumigación se realizó manualmente con aspersores. En un caso se aplicó el glifosato (con una dosis de 1,5 litros por hectárea en un área de 10 metros cuadrados) y a los 15 días se colocaron allí cuatro colmenas. En otro lugar dentro de la misma zona forestal se colocaron otras cuatro colmenas y luego se aplicó glifosato “al mediodía, cuando se presenta mayor flujo de abejas en actividad”, evitando rociar las piqueras (las “puertas de ingreso” a las colmenas). Uno no conoce mucho de prácticas productivas, por lo que en las fotos que están en el artículo le llama la atención ver que están fumigando al lado de las colmenas. ¿Es ese un escenario real?

“Eso es un poco para simular el manejo que hacen los apicultores cuando limpian el suelo de sus apiarios, y también simula un poco lo que puede ocurrir en una fumigación por deriva, cuando pasa el mosquito al lado de las colmenas y agarra a las abejas en vuelo entrando y saliendo de sus piqueras”, señala Estela. Lo que dice sorprende, pero es así: hay apicultores que aplican glifosato para liberar de malezas, pastos y yuyos el área donde están sus colmenas. ¡Es como si los bomberos limpiaran sus cuarteles usando lanzallamas!

“No es la mayoría, pero tenemos algunos apicultores que lo utilizaban como técnica para limpiar y mantener despejada el área, porque todo tiene sus pros y sus contras. Si tenés demasiados yuyos en el apiario, se empieza a limitar el vuelo y el pasaje de las abejas, que se desgastan, pierden las cargas de polen cuando tienen que pasar entre los pastos para encontrar el agujerito a su colmena, que va quedando escondido entre la vegetación. Entonces hay que limpiar, también como una medida sanitaria para que no se genere mucha humedad y demás”, explica. Pero claro, hay otras técnicas que no implican recurrir al venenoso y rebotador de exportaciones glifosato. “El asunto es sacarlos a mano o aplastándolos”, señala. Le digo que también se le puede pedir una mano a alguna oveja.

“Sí, cuando los apiarios están en campos donde hay ovejas o ganado vacuno, no hay mayores problemas. Pero si tenemos cercado el lugar, o el apiario está en el medio de un monte nativo, o en un monte de eucaliptos, o al borde de esos montes, y están ahí todo el año, el pasto y los cardos empiezan a tapar la colmena. Entonces, con algo hay que limpiar. Y el glifosato está presente como una opción para que el apiario quede precioso y bien limpio”, dice irónicamente.

La ironía no viene porque le tenga tirria a ese producto, sino por los resultados. En los experimentos reportados en el artículo, la aplicación de glifosato con aspersores manuales al lado de las colmenas, simulando la práctica de “limpiar” de malezas el terreno, fue la que arrojó los guarismos más altos de glifosato en la miel de todas las pruebas realizadas (las plantaciones de maíz incluidas). “En todas las colmenas instaladas donde se aplicó glifosato se detectó herbicida en miel, con un máximo de 0,094 miligramos por kilo”, es decir, casi el doble del límite que pone la Unión Europea. “Sí, son niveles elevadísimos que superan las 90 partes por millón”, comenta Estela.

En el trabajo dicen que, además de la actividad de limpiar los terrenos donde están las colmenas aplicando glifosato, este es un escenario que “puede darse cuando las abejas son alcanzadas por una aplicación de glifosato, ya sea que estén pecoreando en el lugar donde se realiza la aplicación o que se vean expuestas por la deriva de una aplicación cercana”.

Aplicación manual de glifosato para limpiar colmenas en predio forestal. Foto: Estela Santos y otros, 2026.

Fumigando cultivos que tienen colmenas en sus bordes

El otro escenario que experimentaron para ver esto del cuerpo de la abeja como vía de ingreso del glifosato en la colmena fue en dos parcelas de Progreso. En una de las parcelas rociaron glifosato con maquinaria (atomizadora) a cultivos de maíz de día, mientras que en la otra lo hicieron luego de las 18 horas, es decir, en la tardecita-noche, cuando las abejas disminuyen su actividad y se guardan. En ambos casos, las colmenas estaban en predios linderos a las plantaciones de maíz glifosateadas, imitando la práctica de colocar colmenas en bordes de cultivos que les pueden aportar polen. Se obtuvo miel a los 15 días de aplicar el herbicida en las colmenas de ambos tratamientos. El experimento se repitió más adelante (aplicación diurna y a la tarde-noche), pero esta vez colocando las colmenas al borde de los cultivos dos y tres días después de la aplicación de glifosato.

“Ese diseño se nos ocurrió porque, asumiendo que se iban a contaminar con glifosato, queríamos ver si había una opción para recomendar que mejorara la situación”, comenta Estela. ¿Qué pasó?

En las colmenas al borde de cultivos con aplicación diurna y nocturna de glifosato, “se detectaron bajos niveles de glifosato en la miel”. Sin embargo, hubo diferencias. En el primer ensayo, en el 100% de la miel de las colmenas al borde del cultivo rociado de día se encontró glifosato, mientras que eso sucedió en solo 40% de la miel de colmenas en las que se aplicó de noche. En el segundo ensayo se encontró glifosato en la miel del 50% de las colmenas al lado de la aplicación diurna y en solo 12,5% de las que estaban junto al maíz rociado a la noche.

“Si bien en las aplicaciones de día no obtuvimos mucha contaminación, sí comprobamos que los positivos de glifosato en la miel bajaron enormemente cuando la fumigación se realiza en momentos en que la abeja no está en contacto con ese cultivo”, comenta Estela.

Por otro lado, lo de sacar las colmenas, aplicar el herbicida y luego colocar de nuevo las colmenas allí a los dos y tres días también tuvo un efecto positivo. “Si se aplica el glifosato cuando las abejas están por allí, vemos un efecto inmediato. Pero en las pruebas de sacar las colmenas antes de aplicar glifosato y volverlas a colocar tres días después vimos que, pese a que haya una fumigación grande de glifosato, no se contaminan por esta vía del contacto directo”, sostiene Estela.

“Por eso, después de hacer varios juegos de ida y venida de las colmenas, decimos que lo que es vector es el cuerpo de la abeja, y por eso sale esa recomendación de tratar de aplicar el glifosato en el momento que no esté la abeja”, redondea. Y ya que menciona recomendaciones, vayamos a ellas.

Promoviendo una convivencia pacífica: una tregua química

Uno supone que la idea de publicar este trabajo en la revista del INIA es tratar de promover cierta convivencia entre agricultores y apicultores. Leyéndolo, pensaba en cierta tregua química: si no hay más remedio que aplicar glifosato, se pueden buscar formas y ventanas de tiempo en las que esa aplicación será menos dañina para las abejas y su miel, abejas que además ayudan a polinizar al propio cultivo, incluso a la soja.

“Hemos hecho algunos trabajos que demuestran que las abejas pueden mejorar la producción de semillas de soja, a pesar de que es una flor autógama, que puede autopolinizarse. Sabemos que si la soja está con determinados estrés de suelo y la flor no movilizó bien el polen, la abeja ahí cumple el rol de mover el polen y puede incrementar hasta un 30% la producción”, señala Estela, mostrando que esto puede ser un juego en el que todas las partes ganan (de más está decir que ambientes con polinizadores son más sanos que aquellos en los que mueren intoxicados por agroquímicos).

“Sería ideal buscar ese mensaje de convivencia porque le sirve a las dos partes. Si vamos a producir soja, fenómeno, pero vamos a hacerlo de una forma más armoniosa que permita que todos puedan convivir. La abeja no puede desaparecer. La utilizamos para muchos otros cultivos que son 100% dependientes de los polinizadores y no podríamos vivir comiendo solamente soja o los cultivos que no precisan polinizadores. Entonces, sí, hay que buscar la forma de convivir”, sostiene Estela.

En esta especie de tregua química que proponen en el trabajo, tras concluir que “el cuerpo de las abejas, cuando entra en contacto con glifosato en el campo, es un vector para el ingreso del herbicida glifosato a la colmena”, en la parte de las recomendaciones para los agricultores hay varios puntos.

“Para realizar las aplicaciones se deberían buscar situaciones de poco movimiento de abejas: horarios alejados del mediodía hacia la caída del sol (a partir de las 18 horas) y días más fríos (por debajo de los 15 °C) para evitar la presencia de glifosato en las mieles, evitando momentos de floración”, recomiendan en el artículo.

“Hoy el equipo que está trabajando en esto de los fitosanitarios recomienda la aplicación a la tardecita o a la noche. Eso para cualquier producto, no solo para el glifosato. Da más tiempo para que el producto se asiente y no quede tan volatilizado como para que la abeja lo pueda tocar en el aire. Si la fumigación se hace de mañana o de día, cuando las abejas están activas, la abeja está más expuesta que en la tardecita”, dice Estela. No parece ser algo imposible de lograr.

Por otro lado, “se recomienda a los agricultores evitar la aplicación de glifosato en cultivos en floración, del mismo modo que evitar realizar las aplicaciones en fajas empastadas de bordes de cultivo o caminos en floración”, ya que reportan que durante el estudio comprobaron “que los bordes de cultivo ofrecen recursos florales alternativos de alimento a las abejas, entre otros beneficios para los polinizadores, que deberían considerarse”. Es claro: si aplican glifosato a yuyos y hierbas en flor, hay altas chances de que las abejas anden pecoreando en ellas. Eso se relaciona con otra recomendación.

“Cuando se preparan los cultivos de verano (maíz, soja, sorgo y otros), se recomienda finalizar las praderas viejas a fines del invierno, para evitar algunas floraciones de alfalfa, lotus, trébol blanco, trébol rojo, achicoria y malezas asociadas (cardos, senecios, etcétera)”. Nuevamente: si hay flor, no es el mejor momento para aplicar el herbicida porque seguro habrá abejas allí que se llevarán el glifosato en el cuerpo. “La aplicación con mayor anticipación durante el invierno resulta favorable, dado que se presenta una menor presencia de flores o su ausencia total, así como una baja o nula actividad de abejas, sin generar costos adicionales para el agricultor”, dice el artículo.

“Es una cosa que uno deja como recomendación, pero que en realidad desearía que no cortaran nada. Volviendo a lo de los parches, precisamos también esas flores para sostener un montón de vida y biodiversidad. Si bien uno quisiera que no mataran toda esa vegetación por fuera del cultivo, o que reservaran parches sin cultivar ni aplicar productos, pensando en esa convivencia es que uno dice que si tienen que matar esas hierbas o lo que sea, por lo menos que lo hagan antes de que esté la flor para no contaminar el polen”, afirma Estela.

“Por lo pronto tenemos un problema comercial con el glifosato en la miel, y si queremos solucionar eso, la mejor recomendación es que busquen el momento en que no estén florecidas esas plantas”, redondea. Si en lugar de agroquímicos o fitosanitarios estuviéramos hablando de drogas, el concepto a aplicar aquí para definir la estrategia sería el de la reducción de daños. Si te vas a drogar, hacelo cuidándote y de la mejor manera. Si vas a usar glifosato, hacelo de la forma más responsable y cuidando al ambiente que hace posible obtener esos cultivos. Y eso aplica también a los apicultores.

“Se recomienda a los apicultores no realizar limpieza de apiarios con colmenas instaladas, siendo más seguro hacerlo previo a la colocación de las colmenas”, dicen en el trabajo. Y recordemos: limpiar el apiario aquí significa “liberar de malezas aplicando glifosato”. También les recomiendan, “de ser posible, quitar los apiarios de zonas donde las aplicaciones de glifosato sean frecuentes y próximas (que pudieran alcanzarlos por deriva) y/o ingresar las colmenas al menos tres días luego de la aplicación”.

Aún peor que en el cuerpo de las abejas

Como decía Estela, el equipo de investigación hoy sabe que, si bien el cuerpo de las abejas es vector de contaminación de glifosato, hay otras vías que son aún más importantes.

“Hicimos algunos ensayos en carpas, es decir, recintos cerrados donde sabemos que no hay glifosato, donde las abejas fabrican su miel. En unas de esas carpas, la única forma de tocar glifosato era a través del agua que nosotros les dábamos a las abejas, es decir, agua contaminada, al tiempo que también les dábamos polen y néctar sin contaminar. En otras carpas les dimos el agua limpia, el polen limpio y el néctar contaminado. Y en otras carpas lo que le contaminamos fue el polen”, adelanta Estela sobre reportes que están elaborando.

“Comprobamos que todas las vías de entrada son importantes, pero pudimos hacer una escalera de importancia de qué es lo que más contamina la miel. Y el foco principal está en el néctar. Con el polen y el agua contaminada no llegábamos a las altas concentraciones de glifosato que a veces se detectan en las mieles comerciales. Pero si contaminamos el néctar, esa es la forma de que se llegue a acumular después más de 50 partes por millón de glifosato en una miel”, dice con orgullo por esos “misterios” que decía el equipo había logrado ir develando.

“En concreto, en Uruguay descubrimos que el néctar de algunas plantas de soja ya tiene el glifosato incorporado”, adelanta. “Después de esos experimentos salimos a buscar néctar en la naturaleza, en las plantaciones de soja, porque otra cosa que hemos visto es que cuando una miel está con altos contenidos de glifosato, también está relacionada con los cultivos de soja”. Y lo que vieron es impactante. Colectaron néctar de flores de soja y lo analizaron. “Llegamos a ver casos de néctar que tiene hasta 7.000 veces más glifosato de lo que está permitido en una miel”, dice con asombro.

“Ahora se nos abre la pregunta de ver por qué está ahí el glifosato y concentrado de esa manera. ¿Es que la planta lo toma del suelo? ¿El sistema vascular de la planta levanta el glifosato y después la abeja se lo lleva? ¿Son las variedades de soja, es el suelo, son los ambientes, es la historia de esos suelos que hacen que, independientemente de la variedad de soja, las plantas levanten tanta concentración de glifosato al sistema? Eso es lo que ahora queremos investigar. Pero sin dudas tenemos una luz roja al respecto con el tema néctar, que, según entendemos hoy, sería el principal vector del glifosato que después aparece concentrado en la miel”, redondea Estela.

Si el trabajo sobre el cuerpo de las abejas como una forma de llevar el glifosato a las colmenas nos pareció importante, los que publicarán sobre el néctar no solo nos dejarán con la boca abierta, sino que nos proporcionarán evidencia valiosa para ver si logramos una armoniosa luna de miel entre producción agropecuaria y apícola.

Artículo: Evaluación del cuerpo de la abeja como vector de ingreso de glifosato a la miel, bajo distintos escenarios de exposición
Publicación: Revista INIA (marzo de 2026)
Autores: Estela Santos, Ciro Invernizzi, Daniel Sánchez, Pablo Cracco, Verónica Cesio, Horacio Heinzen, Lucas Archondo, Ivana Silva y Silvana Niell.

Lo responsable no quita lo obligatorio

Trabajos como el de Estela y su equipo aportan evidencia valiosa. Pero están apelando a la buena voluntad de los productores. El consejo es fumigar luego de las 18 horas y cuando las plantas o hierbas no están en flor. Pero lo cierto es que falta información sobre qué se aplica, dónde y en qué cantidades. Pese a las críticas que obtuvo en 2022 la decisión del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca de hacer que el detalle de la aplicación de productos fitosanitarios fuera voluntario y no obligatorio, la presentación del formulario sigue sin ser obligatoria pese a que en 2023 venció el período de excepción para que fuera voluntaria, y a que en 2025 cambió el gobierno.

“Y el problema no es solo el glifosato. También están los insecticidas que directamente matan a las abejas. Sin duda, hay que volver al reglamento de aplicaciones que se había montado y se desmontó rápidamente. Ahora estamos trabajando en un proyecto que aborda la mortandad de abejas y uno de los emergentes es que hay que volver a implementar ese registro”, dice Estela.

“Tuvimos una mortandad de 15.000 colmenas. Tenemos geolocalizadas las colmenas donde hubo más mortandad, sabemos exactamente dónde estaban, fuimos a verlas, pero no tenemos la información de qué fue lo que se estuvo aplicando alrededor. Si hubiéramos tenido este registro obligatorio, nos hubiera allanado el camino, hubiera estado genial”, confiesa Estela.

“Cuando encontramos a las abejas muertas, ya tienen historia vencida, porque el apicultor generalmente las encuentra 20 días o uno o dos meses después, cuando la abeja ya está desintegrada. Eso pasó en este último evento. Perdimos la información química, hicimos un esfuerzo enorme y encontramos algunas pistas, y seguimos analizando en el Cenur Norte algunas moléculas. Sabemos que hubo insecticidas, pero las mezclas más importantes parecen haber sido de herbicidas. En este proyecto apareció glifosato en todas las abejas, en el 100% de las muestras, y en más de la mitad de las muestras tenemos la combinación de glifosato con otros herbicidas, como 2,4-D o glufosinatos”, señala la investigadora.

Por otra parte, todo eso se choca de frente con el discurso de promover la agricultura de precisión. Hoy la tecnología le puede agregar valor a la producción agrícola, pero esa agricultura de precisión justamente nos permitiría decir exactamente cuántos mililitros de qué agroquímicos se aplicaron en qué área y en qué momento. La propia precisión tecnológica que permite optimizar las tareas, también optimiza la información sobre todo esto.

“Sí, tal cual. Es importante que se vuelva a empujar ese registro, que se haga obligatorio como estuvo. Al apicultor se le exige declarar todos los años dónde están sus colmenas y referenciar cada una. Ahora se nos viene un cuaderno de campo donde debe registrar si mueve las colmenas, hacia dónde, qué hace y qué no hace. Pero después al agricultor que está afectando la producción apícola nadie lo controla”, lamenta.

“¿Por qué no volvemos al registro obligatorio de aplicación de fitosanitarios? No sé qué hay que esconder o qué tan difícil puede ser tener que avisar, aunque sea el día después, que se aplicó determinada cosa, en determinada cantidad, y que vaya quedando un cuaderno de campo que nos ayude a tomar mejores decisiones a futuro, que nos permita ver qué funcionó y qué no, que nos permita revisar la información para corregir las cosas que no están saliendo bien y replicar las que sí”, dice Estela en línea con el espíritu del artículo que publicaron.

“Sí, vamos a producir todo, pero tratemos de ordenar. Pero sin investigación, sin datos concretos, no vamos a poder tomar las mejores decisiones. Para ello precisamos el registro de lo que se aplica, precisamos datos para poder trabajar”, enfatiza.

El gobierno pasado apeló a la libertad responsable de los aplicadores de fitosanitarios. Qué hará el actual, a más de un año de haber asumido, aún está por verse.

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