Feminismos Violencias

Rita Segato.

Foto: Gianni Schiaffarino

Rita Segato: el intento de femicidio en la Facultad de Medicina “es un caso paradigmático”

La antropóloga y referente feminista analiza qué hay detrás del aumento de los crímenes contra las mujeres y la brutalización de la violencia de género en el mundo, y aporta claves para desmontar el mandato de la masculinidad hoy.

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Entre los coletazos de los resultados de las elecciones en Brasil, que le dieron ventaja al ultraderechista Flávio Bolsonaro de cara a la segunda vuelta, y la visita del vicepresidente de El Salvador, Félix Ulloa, la agenda de esta semana en Uruguay también estuvo atravesada por la luz del fenómeno Rita Segato. La antropóloga, investigadora y pensadora feminista argentina, una de las voces intelectuales más lúcidas de nuestra época, estuvo estos días en Montevideo con una agenda cargadísima de actividades de lo más diversas: protagonizó encuentros con organizaciones y representantes políticas, dictó cursos y conversatorios en facultades, fue figura central de la conferencia inaugural del Congreso de Extensión Universitaria de la Asociación de Universidades Grupo Montevideo en el Palacio Legislativo y una participante más en la marcha por Palestina que recorrió el jueves el Centro de la capital.

Durante uno de los pocos huecos de ese cronograma, se hizo el tiempo para conversar con la diaria. En un contexto global de genocidio televisado, avance de las derechas, aumento de la violencia de género y mucha incertidumbre, la palabra de Rita Segato orienta y esclarece.

Hace un mes, la académica fue convocada para dar una charla –virtual– en el marco de las distintas actividades que organizó la Universidad de la República para reflexionar sobre la violencia de género tras el intento de femicidio en la Facultad de Medicina. Allí fue que la antropóloga se familiarizó con el caso, que en la entrevista con este medio calificó de “paradigmático”. Además, analizó qué hay detrás de la brutalización de la violencia contra las mujeres, y cómo inciden en este fenómeno las plataformas digitales y las “fuerzas políticas que respaldan la acumulación-concentración”. También aportó claves para desmontar el mandato de la masculinidad en este momento histórico y mostrar que, contra el orden patriarcal, existen alternativas por las que “se puede ser feliz de otra forma”.

Llegás a Uruguay en un momento particular respecto de la violencia de género, en un año en el que asistimos a una escalada de femicidios y a pocas semanas del intento de femicidio en la Facultad de Medicina que generó movilizaciones y reclamos en torno a cómo se está abordando el problema. Algunas autoridades que se refirieron a este caso hablaron de “hecho aislado” o intentaron enmarcarlo en una posible patología psiquiátrica del agresor. ¿Por qué sigue costando tanto que la sociedad vea la violencia femicida y, en general la violencia de género, como crímenes de poder?

Porque es un problema estructural de la sociedad. Si uno tiene la idea de un iceberg, o sea, la puntita del iceberg, que es lo que se ve por encima del mar, es el crimen. Pero no hay puntita sin la enorme masa de iceberg debajo del agua. Entonces, para tocar el crimen, es necesario tocar la masa enorme que está oculta debajo del agua. Esa es una imagen que muestra exactamente lo que quiero decir: vos podés criminalizar el crimen, podés considerar que es la característica de un anómalo, pero no lo es; es la consecuencia de una gran estructura que organiza nuestros sentimientos, nuestra manera de ver la vida, nuestros impulsos y que, si lo abordás como eventos anómalos, que tienen que ver con individuos particulares, conviene a quien desea que el mundo continúe siendo como es y que no haya cambios realmente estructurales y profundos en la historia: tomamos un culpable, lo ponemos preso, lo castigamos socialmente y listo.

En todas partes hay un aumento de los crímenes contra las mujeres porque –y esto es algo a lo que he llegado recientemente– la violencia de género es un síntoma, como cuando hablamos de enfermedades, de la fragilidad masculina en este momento y los hombres están siendo fragilizados por la extraordinaria velocidad de la concentración del capital. Hay un empobrecimiento progresivo de las personas, y muy especialmente de los hombres, porque una de las potencias masculinas siempre fue tener la posición de un proveedor, de tener con qué mantener una familia. Son muy pocos los hombres hoy que tienen certeza de que con su trabajo, hasta el final de la vida, van a poder proveer para una familia. Eso no existe más, prácticamente. El hombre está progresivamente fragilizado en su masculinidad que se describe como potencia.

Yo describo la masculinidad como siete potencias: la potencia sexual, que está en crisis y muchos psicoanalistas dicen que llegan jóvenes en los 20 y los 30 años con problemas de potencia sexual; la potencia muscular, que es la envergadura del hombre, la fuerza física; la potencia bélica; la potencia económica; la potencia política; la potencia intelectual; y la potencia moral, porque la posición de juez es, a través de los milenios, masculina. Hay una octava, agregada por mi hija, que es la potencia del legado: los hombres legan, las mujeres no. Entonces, muy especialmente si hablamos de la potencia económica, que se manifiesta en un poder, está severamente amenazada por el momento presente y muchos hombres se vuelven tremendamente agresivos. ¿Dónde restaura el hombre su masculinidad perdida frente al jefe, frente al patrón, frente al mandante? La restaura con los suyos y con la violencia. A veces, para muchos hombres, lo único que les queda es la violencia. Entonces, el hombre violento es un hombre frágil al cual lo único que le queda es la violencia. Y surge de una bronca, de una rabia, que es incontenible. No importa que los pongas a todos presos, esa rabia no va a ser controlada.

Por eso hay que actuar, tener conciencia de que eso emerge de una estructura, de un orden, llamémosle orden patriarcal, que es un orden de poder. El primer orden de poder de la especie, en términos históricos, es el patriarcado, que se va replicando en todos los órdenes de poder, de desigualdad, de fuerza. En mi texto Las estructuras elementales de la violencia digo que el violador no es un anómalo, no es un ser diferente, porque siempre es tratado así, como un tipo raro, un enfermo, pero no lo es. [La violación] es un crimen realizado en sociedad y eso se empieza a comprobar claramente cuando un psiquiatra norteamericano, que cito en el libro, descubre que más del 50% de las violaciones son hechas en grupo y, si son hechas en grupo, el violador no es un anómalo, es alguien que actúa en sociedad, y cuando no actúa en sociedad y está solo, igual está acompañado en su horizonte mental, hay alguien que lo mira, hay alguien a quien él tiene que demostrarle algo. Ser un hombre es un título, no es un dato del cuerpo, de la naturaleza. Es un título que tiene que ser adquirido y a veces comprobado regularmente a lo largo de la vida.

Rita Segato.

Foto: Gianni Schiaffarino

En Uruguay, y también en otros países, quienes trabajan en servicios de atención a víctimas e investigadoras están advirtiendo sobre una brutalización de las formas de violencia contra las mujeres en los últimos años. ¿Coincidís con que surgieron formas más cruentas de violencia de género? ¿O son las mismas de siempre que se van adaptando a las nuevas realidades?

Parece que, a veces, [los crímenes contra las mujeres] son más públicos, más exhibidos. Sí, es posible que haya más crueldad y la guerra en general se ha vuelto más cruel con el cuerpo de las mujeres. Porque es una exhibición y, a veces, entonces, ese exhibicionismo se va haciendo cada vez más explícito, más fuerte. Porque estos crímenes, que son crímenes de género, sexuales, son expresivos, como he defendido desde hace mucho tiempo; expresan el poder, el poder necesita mostrarse. La falta de empatía, de sensibilidad y la capacidad de crueldad necesita mostrarse. Como en Gaza: Gaza no es solamente un genocidio, es una exhibición de genocidio.

¿Estás de acuerdo con quienes vinculan este recrudecimiento de la violencia de género con el backlash antifeminista que se ha consolidado a nivel global?

Eso lo voy a contestar con una pregunta que es muy difícil de responder: ¿por qué todas las fuerzas políticas que respaldan la acumulación-concentración, de repente, después del fin del proceso del programa del multiculturalismo, que fue la estrategia anterior del capital, se juntan y promueven la acumulación-concentración y al mismo tiempo bloquean las reivindicaciones de las mujeres? ¿Por qué? ¿Qué le importa a un Elon Musk que una mujer realice un aborto? ¿Qué le importa a un gran dueño del capital, a un gran dueño de corporación, que una mujer realice un aborto? No es fácil responder, pero mi respuesta es esta: porque esos poderes, que están por detrás de la acumulación-concentración, se dieron cuenta de lo que las mujeres que tenemos conciencia de género pedimos para el mundo. Rumbea la historia en otra dirección. Ellos se dieron cuenta antes que nosotras. El feminismo no es un movimiento social, es un movimiento de la sociedad que no es por las mujeres contra los hombres. Eso es falso, fue un error que cometimos al expresarlo de esa manera. Es un movimiento por el mundo, por la vida, por la humanidad y por una historia mejor. Y ellos nos lo están diciendo. Entonces, aunque son enemigos muy potentes, tenemos que alegrarnos porque ellos se dieron cuenta antes que nosotras de la fuerza que tenemos.

En estos días se conoció un caso de violación grupal en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, en donde siete hombres violaron a una mujer, mientras otros 50 seguían el abuso a través de mensajes e imágenes que se compartían en un grupo virtual. Ninguno dijo nada. Este caso puntual es un ejemplo muy ilustrativo de cómo opera lo que llamás la fratria o la cofradía masculina, aunque podemos citar otros casos recientes, como el de Gisèle Pelicot o el de la “Rape Academy”. Uno de los rasgos en común que tienen todos es que son situaciones de alguna forma mediadas o atravesadas por plataformas digitales: Dominique Pelicot reclutaba a los agresores por distintas páginas de internet, la “Rape Academy” era por Telegram, en Cornell los agresores invitaban a violar por Snapchat. ¿De qué forma las plataformas digitales impactan en la espectacularización de la violencia y la pedagogía de la crueldad?

Es que si la violencia no es un espectáculo, no es violencia. La violencia llega al destino, cumple con su cometido, cumple con su proyecto, si se exhibe, si se muestra. Entonces, lo que hacen las redes sociales es amplificar eso. Porque la estructura es la misma, la estructura es la corporación masculina, el estatus de ser hombre y el hecho de que muchos hombres son dóciles al mandato de la masculinidad, tienen que formar parte del club. Y lo que hacen los medios digitales es ampliar esos grandes clubes, porque todavía, para muchos hombres, la cosa más grande que les sucede es ser hombres. Y eso se los dice y a eso los convoca y eso les exige el mandato de la masculinidad.

Yo acabo de escribir un prólogo para el libro más extenso que se ha escrito sobre el caso Pelicot, que va a salir ahora por Penguin, que es de una profesora francesa, Karine Tinat, y al leerlo aprendí muchas cosas. Por ejemplo, ella cita que muchos de los 50 condenados procesados por haber participado [en las violaciones] dicen que no tenían interés, que no era una cosa que les interesaba, pero que tuvieron que decir que sí. Algunos no tuvieron erección, algunos no pudieron practicar la violación, pero tuvieron que decir que sí. ¿Por qué? Porque desobedecer el mandato significaba caer fuera de la agrupación masculina, del club masculino, de la fratria, la cofradía, la hermandad, la corporación, significaba quedar excluidos. Entonces es un mandato que se deriva de una estructura y, hasta que eso no sea visualizado –y ese es mi trabajo, hacerlo visible–, los hombres no se van a liberar de ese mandato, que los hace morir antes en todas las naciones; en todo país, la expectativa de vida del varón es menor que la de la mujer. El mandato produce una hipertrofia de la violencia masculina, porque el hombre está más frágil que nunca en la historia, y tiene que ver con la economía. Entonces, él está casi que obligado a ciertas cosas que no haría si no existiera esta hipertrofia de la violencia masculina debido al momento histórico en que vivimos.

Esta autora, Karine Tinat, dice una cosa que me impresionó mucho, que es que el señor Pelicot, el que está por detrás de esto [los abusos masivos contra su exesposa], durante todo el juicio nunca perdió su postura de mandante, viendo a los otros como sus súbditos, como sus seguidores. Aunque ya estaba recontra condenado, la postura corporal y la manera en que él miraba a todo el mundo era desde la posición del macho alfa, del gran macho que los hizo obedecer a todos ellos. Entonces, no es solo a la mujer que él condenó a esa posición de cuerpo-cosa; también condenó a los otros hombres a la obediencia. Los obligó. Y tuvo una posición de orgullo durante todo el juicio.

Con relación al caso de aquí, de la Facultad de Medicina, es un caso que para mí es paradigmático porque una cantidad muy grande de elementos de toda la sociedad se expresaron allí. Merece un análisis como un paradigma.

¿A qué elementos te referís?

De dónde viene el agresor y de dónde viene la agredida. Sus mundos políticos. Los dos mundos políticos del país están expresados en el muchacho y en la chica. Pero uno es el que agrede y el otro es el agredido. También porque la autocrítica es fundamental, sin mucha conciencia del lado de la mujer agredida de ese conflicto o de la vulnerabilidad del que agredió. Porque en este tipo de agresión –y yo no lo había visto así en mi fase anterior de comprensión de este fenómeno y ahora no puedo nunca más dejar de verlo así– los dos lados son agredidos. El hombre muestra, al agredir sexualmente, su fragilidad. Entonces, si no comprendemos esa estructura completa, con todos sus ingredientes, por más que pongamos al mundo entero preso, no vamos a cambiar la historia, no vamos a cambiar el mundo y tampoco vamos a proteger las mujeres.

Rita Segato.

Foto: Gianni Schiaffarino

Hay estudios en distintos países que hablan de agresores sexuales y femicidas cada vez más jóvenes. ¿Qué puede estar explicando este fenómeno?

Siempre fueron jóvenes. Quizás lo más fácil es responder con el caso de la costa pacífica colombiana, que me preguntaron una vez en Buenaventura, donde hay un territorio habitado por poblaciones afrodescendientes que tienen derecho a ese espacio por la Constitución colombiana de 1991, pero que necesitan ser barridos para la construcción de tres puertos y un complejo hotelero –cuando estuve ahí era así la situación–, y con formas de crueldad muy tremendas que hacían que la gente corriera y dejara ese territorio libre para las empresas inmobiliarias. Entonces, alguien del público me preguntó: “¿Cómo paramos esta guerra?”. Y yo tuve que pensar ahí, porque no lo había pensado, y contesté: desmontando el mandato de la masculinidad. Porque es el mandato de la masculinidad que obliga a niños, a veces, a matar para mostrar que son machos, para recibir el título. Se espera de ellos el callo, esa idea de la pedagogía de la crueldad que también tiene que ver con cómo se forma un hombre, que tiene que aprender a tener un callo mayor que el de la mujer. Eso es ancestral, está en las sociedades tribales; hay una formación del hombre que tiene que pasar por dolor, por riesgo de muerte, por determinadas pruebas para adquirir el título de su masculinidad.

A veces, como en este caso de Colombia, hay un reclutamiento para los tipos de guerra que se consigue hacer porque el muchacho tiene que probarse macho, tiene que probarse encallecido, tiene que comprobar su capacidad de crueldad. El reclutamiento para las nuevas formas de la guerra exige una prueba y esa prueba es la capacidad de crueldad. Eso está ahí y las nuevas formas de la guerra son feminizadas, actúan muy fuertemente sobre el cuerpo de la mujer. Las violaciones por parte de jóvenes son, en todos los lugares, más crueles que las violaciones de hombres más viejos. Porque hay más para demostrar al ojo del otro; el violador viola para el ojo del otro.

¿Por dónde podemos empezar a desmontar el mandato de la masculinidad?

Por la conciencia. Por hablar. ¿Por qué la gente me lee y me sigue como me sigue? Porque yo estoy diciendo algo que todo el mundo sabe, pero le estoy poniendo palabras. Lo estoy nombrando, lo estoy describiendo; es un esfuerzo grande, pero lo que nombro es conocido por la gente. Le puse la palabra. Yo creo que este esfuerzo de conversar, de hablar, es el esfuerzo que no se hizo. Porque quizás hay un pudor, quizás se toca mucho la sensibilidad. Tenemos que conversar. Yo creo en el discurso y creo mucho en la palabra. Conversemos, pero no con bronca, no con odio, no bélicamente, lo bélico no es lo nuestro.

Planteás que el patriarcado es “originario”, en tanto es “el primer orden político”, que es “un orden de poder”. A la vez, abogás por un feminismo que no use los métodos ni tenga las metas del patriarcado. ¿Cómo hacemos para derribar el patriarcado, como orden de poder, sin disputar el poder?

Mostrando otras metas de felicidad, otras metas de realización, otras metas de satisfacción, de eso estoy segura. Se puede ser feliz de otra forma. El poder es una mala palabra.

Siguiendo esa línea, y considerando que sostenés que el rumbo de la historia no se cambia con la política sino con lo político, ¿hacia dónde debería apuntar el trabajo de las mujeres políticas y que ocupan cargos en el Estado?

Yo lo que afirmo es que el camino es anfibio y que el error que hemos cometido muchas veces en los feminismos es colocar todas nuestras fichas en el Estado. El camino es anfibio: por dentro del Estado, y en los períodos en que tenemos estados mejorcitos, más de bienestar social, porque otra cosa no ha sido mejor; pero sin abandonar el cambio histórico que va por la ruta de las relaciones interpersonales.

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