Andrea Casamento es la protagonista de La mujer de la fila, película dirigida por Benjamín Ávila, protagonizada por Natalia Oreiro, que fue estrenada en 2025 y provoca en quien la mire una comprensión más cercana y sensible sobre la cárcel, las personas presas y sus entornos afectivos: en especial, sobre las mujeres que alimentan, visten, abrazan, contienen a los varones presos.
Andrea se define como “una activista argentina por los derechos de las personas detenidas y sus familiares”. Hace casi 20 años fundó la Asociación Civil de Familiares de Detenidos (Acifad), luego de que su hijo fuera apresado por un delito que no habría cometido. En esta tarde de setiembre, se protege de los últimos fríos invernales en el lobby del hotel donde se hospedan ella y 19 compañeras más de Acifad junto a integrantes de Familias Presentes, la organización local anfitriona del Primer Encuentro de Familiares de Personas Privadas de Libertad en la ciudad de Colonia.
Entre 2021 y 2024 fue elegida para formar parte del Subcomité para la Prevención de la Tortura de las Naciones Unidas. También fue asistente técnica del Comité Nacional para la Prevención de la Tortura en Argentina. Con estos y otros cargos, Andrea recorrió su país y el mundo. Vio las cárceles bonaerenses, las de Madagascar, las de Ecuador y Colombia, las de la Franja de Gaza y de Estados Unidos, y pudo concluir que son todas diferentes, pero una cosa las iguala: las mujeres de la fila.
En las cárceles puede haber masividad, hacinamiento o aislamiento profundo. Puede haber torturas, manejo de los pabellones a cargo de narcotraficantes, corrupción, cultos religiosos, videovigilancia o un guarda cada mil personas; en todas hay mujeres (esposas, madres, hermanas, hijas) que cuidan: que se levantan en la madrugada para preparar las viandas, la ropa, el jabón, los paquetes que les dejarán a sus maridos, a sus hijos, a sus hermanos, a sus padres; mujeres que hacen la fila para entrar, aprenden a soportar la hostilidad (del clima, de las otras, de los guardias); que sufren vejaciones cada vez que las desnudan para ser controladas en la requisa del ingreso. Mujeres que buscan información y justicia en los pasillos de tribunales. Mujeres que esperan.
En la charla que cerró el encuentro, Andrea dijo que todas las que estaban allí presentes resignaron lo más importante: sábado y domingo, las visitas a sus seres queridos. Pero también que ese encuentro es parte de aprender a armar movimiento, que lo que han logrado –como la Resolución 2/25 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que reconoce formalmente a los familiares y personas con vínculos afectivos de los presos como titulares de derechos– fue porque “todo lo hicimos de atrevidas”.
“Con los saberes de todas se van sumando ideas y así avanzamos”, sigue. Su próximo objetivo es que el sistema de Naciones Unidas reconozca a todas las mujeres de la fila del mundo como sujetas de derecho.
Las casas compañeras
La escena del living se rodó en los primeros días. Era un ensayo y quedó. Ella no estaba presente; participó en las grabaciones al principio y al final. Ese momento de la película de Ávila es de los más verosímiles y emotivos porque recrea aquellas primeras reuniones de Acifad en la casa de Andrea, entre las mujeres que se encontraban en la fila y que, corriendo la voz, se iban invitando para organizarse, pero también porque muestra una práctica política muy femenina: construir, tejer, conocernos, potenciarnos desde la esfera doméstica hacia la esfera pública. “Eso sigue pasando hoy” –dice Casamento a la diaria–, “aunque ahora en un lugar más grande, todos los martes a las cinco de la tarde”. Y recuerda haberse inspirado en las Madres de Plaza de Mayo, que se reunían en “las casas compañeras”, lugares donde estar seguras. “Familias presentes”, dice, “es nuestra casa compañera en Uruguay”.
Lo único que Andrea le pidió a Natalia Oreiro fue: “No me hagas sufrir”. “La idea era también mostrar esperanza, no porque le quiera poner florcitas a la cárcel, sino para mostrar eso que las argentinas tenemos en el ADN: hubo unas madres que se pusieron los pañales de sus hijos en la cabeza y marcharon cada jueves en la plaza para buscarlos y pedir justicia. De ellas aprendimos a defendernos del atropello”.
Para Casamento, era importante mostrar, “como se ve en las escenas donde se reúne la visita, alrededor de una charla, que hay humanidad. La cárcel no ha podido borrar eso”.
La cárcel interpela a Andrea desde la primera vez que hizo la fila hasta ahora: “Yo veía que eran las mismas prácticas de la dictadura, pero a la luz del día. Nuestros maridos e hijos nos contaban que le hacían el ‘pata-pata’ o el submarino, o lo escuchaba en la fila”.
Daniel Radío, Gisselle Amador, Josefina Ignacio, Andrea Casamento, Gabriela Rodríguez y Azul Cordo, durante la actividad "Una conversación incómoda. Siglo XXI: Dignidad humana, Derechos Humanos, Democracias y Cárceles en el Río de la Plata", el domingo 12 de setiembre, en la sede de Adeom Colonia.
Foto: Ignacio Dotti
Hacer la fila
“La fila es cómo se aprende a transitar la cárcel. Es un lugar de poder, de disputas. Es nuestro punto de unión, pero también un lugar de encuentro que puede ser hostil. Yo estaba aterrorizada por lo que escuchaba ahí, sobre todo lo que pasaba dentro de la cárcel, sobre abogados que estafan, sobre traslados sin aviso… Escuchar en la fila es también ir construyendo un vínculo entre el adentro y el afuera: ellos (los familiares presos) nos iban guiando porque saben más del sistema”.
¿Y cómo se logra pasar de la fila a una organización?
Es muy difícil la organización de familiares porque, en general, las mujeres somos las que sostenemos y suelen ser pobres. Ya no está la cultura de la militancia, entonces está la pregunta de: “Si me meto acá, ¿qué me vas a dar?”. Por eso, Acifad es una construcción colectiva del adentro y del afuera, en constante movimiento. Queremos que siga creciendo como red, en todo el país, pero sin decirle a las demás cómo organizarse. Cada grupo debe tener sus características, según el lugar y las cárceles de esa provincia o de ese país.
¿Cuál es el vínculo o el diálogo que tiene Acifad con los movimientos feministas?
El diálogo con los movimientos feministas es reamigable, pero tenemos que darnos nosotras el tiempo y animarnos a hablar. Primero, creo que acompañarían más nuestra causa si nos mostráramos, si nos dejamos ver. De nosotras no habla nadie y tenemos que animarnos a contar más lo que nos pasa; así logramos la resolución de la CIDH, que reconoce nuestra centralidad en los cuidados para presos y dice que tenemos derechos como familiares. Segundo, creo que hay que poder escuchar lo que decimos y lo que las feministas tienen para decirnos. Cuando alguna se suma a la asociación, nunca preguntamos qué delito cometió el familiar que tiene preso. Nadie trajo a alguien al mundo para hacer daño. Lo que queremos es que el otro vuelva; yo me quedo esperando de brazos abiertos. Tercero, la cárcel es una mierda; no nos va a devolver la seguridad que queremos. Y hay que reconocer que, si hay tantos reincidentes, el sistema está mal. La cárcel nos muestra que no hemos aprendido a resolver los conflictos de otra manera que no sea el castigo, además de mostrar lo selectivo que es el sistema judicial. Tenemos que pensar en el daño que produce una pena a esa persona y a la comunidad. No se puede aprender a vivir en libertad dentro de una jaula. El encierro siempre fracasa.
Tenemos que acompañarnos con otros movimientos, y eso es de ida y vuelta. No es que no queramos, pero sabemos que requiere que nos comprometamos a acompañar ciertas luchas y la cárcel suele arrasar con todo, también con la subjetividad y el autocuidado.
¿Qué cambios destacarías en estos casi 20 años de Acifad?
Ahora no hay ningún lugar de la región donde no se hable de familiares. Eso implica que hablan de nosotras y que se nos informa sobre decisiones que se toman en las cárceles y en el sistema penitenciario. En pandemia, las autoridades de la provincia de Buenos Aires nos habilitaron como “personal esencial” para llevar comida y lavandina. Saben que nosotras somos moderadoras de ese sistema. Les conviene que estemos presentes en la escena. Nos empezaron a escuchar. Y la película habilitó un diálogo que antes no era posible: cómo es la cárcel. Sin embargo, nos queda mucho por hacer. En Argentina está el sistema federal, donde no podemos hacer absolutamente nada, y los sistemas penitenciarios provinciales. En la provincia de Buenos Aires se abren puertas.
De hecho, fuiste nombrada en 2025 como directora de Vinculación con Entidades en la Subsecretaría de Inclusión Laboral y Comunitaria de Personas en Conflicto con la Ley Penal del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos bonaerense.
Esto es como el juego de la oca: das dos pasos para adelante y uno para atrás. Pero siempre hay que plantarse firme para no ir más atrás que eso.
Si bien nunca se les ocurrió hacer membresías ni replicar el modelo de Acifad en otras partes del país o de la región, hoy acompañan la creación o el crecimiento de agrupaciones como Familias Presentes en Uruguay o Familia Penitenciaria Unida en Costa Rica, donde cada una tiene sus nombres y sus prácticas, así como la Red Internacional de Mujeres Familiares de Personas Privadas de Libertad. Acifad acompaña a “generar movimiento para generar cambios para todos y todas”.
