A veces vivimos tan adentro de nuestros pensamientos o de nuestros teléfonos (a esta altura son lo mismo) que nos olvidamos de que somos un cuerpo. Paradoja contemporánea: mientras más rendimos culto a los cuerpos, a algunos cuerpos, más nos vamos anestesiando. El sociólogo Georg Simmel decía que los sentidos, lejos de ser puro instinto, están atravesados por la cultura y se transforman en nuestros mediadores del mundo, puentes para las interacciones, las relaciones, los afectos. Un siglo después, la neurociencia le dio la razón y además agregó algunos más. Ya no son solo cinco. Pensando en todo esto y en cómo el futuro de las inteligencias artificiales cree que puede prescindir de ellos, armamos un número que gira en torno a lo sensible, pero también a la idea de sentido como significado, como camino, como interpretación de lo que nos rodea. En suma: otra mediación. Abro el paraguas y desde ya aviso que no nos metimos con el gusto porque le dedicamos un número especial en setiembre del año pasado («Comer, beber, contar»). Pero sí están los otros. Y algunos más.
Tacto: Hernán Panessi escribe, en el ensayo «Lo viejo funciona», sobre el retorno consciente a los mundos analógicos, desde videoclubes barriales hasta clubes de juegos de mesa, pasando por coleccionistas de casetes y demás anacronismos. No es solo un impulso nostálgico, es calidad de vida, sentido de pertenencia, humanidad pura. Lo respalda la ciencia.
Vista: en «Un pie adelante, seguir andando», Agustín Paullier escribe sobre cómo viven niños y adolescentes ciegos y, sobre todo, cómo aprenden a leer y a estar en un mundo que, la mayoría de las veces, no les da la bienvenida.
Oído: desde la costa de Ghana, la viajera y cronista Franca Levin retrata a Opoku, un DJ y agitador cultural, fundador de la disquería Kumanini Records, quien sueña con convertirse en el mayor coleccionista de música africana del continente. Además de escribir esta crónica, Franca hizo varios vivos en Instagram desde la disquería y fueron un suceso. Ahora Opoku tiene fans uruguayos y discos de Zitarrosa, Jaime Roos y Rada.
En «Una sinfonía silenciosa», Joanna Biggs escribe sobre la novela La prueba de audición, de Eliza Barry Callahan, que trata de su experiencia de sordera súbita.
Olfato: en «Qué olor», Alejandro Cánepa se mete en los mundos aromáticos, olfativos, entre la industria del lujo y la memoria emocional.
Sentido de la orientación: está bien, no es exactamente un sentido, pero lo incluimos igual para que Agustina Ramos escribiera «Instinto de retorno», una crónica sobre palomas mensajeras.
Significados de las cosas, sentido de la vida: ya es un lugar común decir que como humanidad estamos viviendo una crisis de sentido. Además, las palabras ya no significan lo que antes: pensemos en libertad, democracia, inteligencia, emprendedor. Sobre este fin de los tiempos y cómo recuperar los sentidos colectivos, el argentino Roberto Chuit Roganovich escribió el libro El archipiélago: nuestra retirada del mundo y notas para un regreso, del que publicamos un extracto junto con una introducción del autor. Este texto dialoga de forma cercana, casi íntima, con el ensayo de Martín Macías Sorondo «De un malestar a otro: sobre la disforia de clase» y también con «La banalidad del colaborador», el ensayo de Francisco Álvez Francese sobre cómo Francia está revisando —o disculpando— los fascismos de antaño.
Sobre futbolistas que buscaron darle un sentido más grande —político— a su tarea, Lucas Zalduendo escribió La selección de los valientes, del que publicamos el capítulo sobre Obdulio Varela y su compromiso social.
El 5 de junio se murió el Indio Solari y un número sobre sentidos y significados no podía dejarlo afuera: sobre esto escribe Ramiro Sanchiz en «Ansiedad de identidad, ansiedad de futuro».
Todo junto: en «El señor de los pájaros», la fotógrafa Leidy Laura Sosa retrata a un hombre que todos los días, hace 12 años, da de comer a las aves de una plaza montevideana.
Las formas de encontrarle sentido a la vida, por suerte, son infinitas.