No hace mucho vino a visitarme una amiga que vive en otra ciudad. En su última noche en Nueva York, todavía teníamos que ponernos al día sobre muchas cosas, así que nos encontramos temprano para cenar y apurar en la charla todas las novedades que pudiéramos. Mientras íbamos hacia el subterráneo, aún seguíamos hablando, y no paramos hasta que nos obligó el traqueteo del tren, cuyos frenos ensordecedores terminaron por derrotarnos. Le sonreí y me encogí de hombros porque sabía que nuestras próximas frases iban a tener que esperar hasta que nos bajáramos —sabía, en resumen, que iba a haber un bache en nuestra charla y que lo que fuera que estábamos a punto de decir probablemente iba a caer para siempre en el olvido—. Y mientras estábamos en silencio vi a un grupo de tres mujeres jóvenes que habían subido a nuestro mismo vagón y que seguían conversando y riéndose juntas. El ruido no las había detenido: hablaban visualmente, usando lenguaje de señas (el ASL, por American Sign Language).

Muy pocas veces había considerado en qué circunstancias podría ser útil tener una forma de comunicación que prescindiera del sonido. El ASL se estandarizó en la Escuela Americana para Sordos de Hartford, Connecticut, durante la década de 1820, a partir de tres lenguajes de señas comunitarios que se habían desarrollado en Martha's Vineyard, Henniker (New Hampshire) y el valle de Sandy River, en Maine. Las señas tienen otras ventajas además de las que descubrí en el subterráneo. Los bebés son capaces de hacer señas antes de que sus voces estén lo suficientemente maduras como para hablar, y los chicos sordos aprenden el lenguaje hablado y escrito con mayor facilidad si tienen el idioma de señas como lengua materna. Oliver Sacks cuenta el caso de una anciana de Martha's Vineyard que movía las manos mientras dormía la siesta: estaba soñando en señas.1 A partir de la década de 1880, sin embargo, el ASL quedó relegado en favor de la lectura de labios. Esa situación empezó a cambiar en la década de 1960, cuando el lingüista William Stokoe demostró que el ASL no era una mera coreografía, sino un lenguaje vivo y complejo. En contraste con ciertos avances tecnológicos recientes —como la transcripción de voz a texto, los audífonos y los implantes cocleares—, el renacimiento del ASL nos recuerda que la sordera no siempre es algo a superar. Hay posibilidades en el silencio.

La protagonista de la primera novela de Eliza Barry Callahan, La prueba de audición, una compositora también llamada Eliza, entra en contacto con esas posibilidades cuando pierde la audición casi por completo durante un año, antes de recuperarla de un modo igualmente misterioso. ¿Qué le harían a una persona 12 meses durante los cuales los sonidos más familiares se distorsionan, se quiebran, se evaporan, sobre todo a una persona como Eliza, que se gana la vida con el sonido? Si bien La prueba de audición habla, en apariencia, sobre una pérdida temporal de la audición, en realidad es el ensayo que atraviesa una mujer para esas pérdidas que, inevitablemente y sin nuestro permiso, nos llegan a todos. El misterio que define a La prueba de audición, al menos para mí, es la tristeza que experimenta el lector cuando Eliza recupera la audición. El regreso del sonido podría ser, en teoría, el final feliz esperado, pero en este libro, prodigiosamente, no lo es.

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En la vida real, Callahan fue diagnosticada con sordera súbita y después con una enfermedad autoinmune del oído interno a comienzos de 2019, a los 24 años. Su enfermedad entró en remisión después de un año, y a partir de ese momento su audición volvió. Callahan es una artista que trabaja con imágenes y sonidos, pero también con palabras: escribe e interpreta canciones junto con Jack Staffen bajo el nombre Purr.

A lo largo de toda la novela hay una frase que reaparece, como si fuera un leitmotiv musical: «Guardé registro» (o bien «Escribí la partitura», dado el doble sentido de I kept score). Sirve para recordarnos que en el origen del texto hay una especie de diario, pero que este también adopta diversas formas y distintos tonos a medida que la historia va avanzando. Para Eliza, ese documento autoficcional que estamos leyendo es una partitura en tanto banda sonora de una película, una analogía de la experiencia vivida, un trauma recordado más por el cuerpo que por la mente, una serie de instrucciones escritas para que ejecute otro músico, una muesca en una mesa o incluso en la cabecera de una cama. El libro es un registro de «cómo di un largo paseo en torno a mí misma», tal como lo expresa la propia Callahan. No siempre entendemos las experiencias mientras suceden: el significado recién se clarifica una vez que los acontecimientos quedaron bien atrás.

La novela empieza rápido: Eliza se despierta un día de verano en que debe volar a Venecia para el casamiento de un amigo y nota un «zumbido profundo» en el oído. Se hace ver en una guardia médica, pero el oído parece intacto, limpio. Sucede que esto no es una buena señal, ya que cualquier cosa visiblemente rota también resulta más fácil de arreglar. A Eliza le diagnostican sordera súbita: «El término sonaba tan grave que durante un instante fugaz casi bordeó lo cómico». Eliza acaba de sumergirse en un paisaje sonoro alienígena en que algunos ruidos desaparecieron y otros están distorsionados, y en el que se avecina, además, una pérdida de audición más profunda. Los médicos proponen inyectarle esteroides en el oído, pero no tienen mucho más para ofrecer. (El tratamiento no sirve de nada). «Podemos llegar a la luna», dice un médico, «pero no podemos llegar al oído interno». Eliza se contiene de manera admirable cuando otro médico sencillamente le dice: «Mala suerte».

Se encierra en su monoambiente de Manhattan, que queda en el edificio que inspiró el de La ventana indiscreta (1954), de Alfred Hitchcock, lo cual resulta bastante oportuno, puesto que lo real ya no es real. Ciertos ruidos que Eliza sabe que son fuertes, como el tránsito vehicular, ahora es como si tuvieran el mismo volumen que el zumbido de las abejas, y parecen salir del horno. Se consuela con la idea de que su propia voz «va a ser siempre lo único que voy a poder escuchar». La escala y la distancia ya no son lo que eran. Para empezar, sus pensamientos tienen un volumen más alto: «Estoy más cerca de mí».

Esto parece, al principio, una metáfora sobre el autodescubrimiento, pero a medida que la novela avanza Eliza tiene la sensación de estar duplicada, de que se entrevista a sí misma, de que se extraña. Su vida se vuelve secreta, incluso siniestra. «En la sordera, la vida está [...] implícita», lee en un foro de internet para personas con problemas de audición, tras notar que se pasa la mayor parte del tiempo «mirando el espacio que separa la zona de la cocina de la zona de estar». Eliza se descubre cada vez más ensimismada, e incluso si intenta comunicarse no siempre es capaz de descifrar las respuestas. Su vínculo con el mundo empieza a parecerse al de un lector con un libro impreso: si el texto es una articulación del yo cuyo destinatario está lejos en el tiempo y el espacio, entonces el lector, en cierto sentido, también es sordo.

A medida que el silencio va invadiendo una parte cada vez más grande de su paisaje sonoro personal, Eliza empieza a encontrarlo también en otras partes. Las palabras le saltan de la página mientras lee. El silencio se convierte en el modo de comunicación de su exnovio, tras la decisión consensuada de no seguir en contacto. Es la Quinta Enmienda, que les permite a las personas guardar silencio en lugar de testificar en su contra. Es la obra más célebre de John Cage, 4'33″, que reúne al público en una sala de conciertos para ver a un pianista inmóvil frente a su instrumento durante casi cinco minutos. ¿Cómo puede hacer la protagonista para sopesar el silencio de otra manera? Si de todas formas es inevitable... ¿tiene que ser necesariamente un mausoleo?

Cuando Eliza, por pedido de su madre, llama a un amigo de la familia que se está muriendo de cáncer (ella todavía puede expresarse verbalmente, aunque su voz a volumen normal le suena como un susurro), hablan sobre Cage. Para él, el silencio era «un estado mental, una cuestión de intención y de no intención». No era más que «las cosas que elegimos ignorar y excluir [...] dejaba un espacio vacío en la música como para poder mostrarle al oyente que en realidad no estaba vacía, sino sujeta a los caprichos del azar».

¿Mala o buena suerte? Eliza empieza a valorar el silencio por su pureza, su falta de olor, su aridez, su eficacia.

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Cuando Eliza está sola en su casa, el aislamiento casi no la conflictúa. Pero en las primeras etapas de ese año de silencio, como para probar los límites de su pérdida de audición, decide salir a ver una película, siguiendo la recomendación de su ex, que rompió el silencio. No se dice qué película es, aunque probablemente sea una de Yasujiro Ozu, tal vez la última, Una tarde de otoño (1962), sobre un viudo cuya hija va a casarse. Titulada en Japón El sabor de la caballa, la película, señala Eliza, «había sido pensada para transmitir el sabor tenue del pescado».

Los planos de esa película, encuadrados a la altura de los ojos, son serenos y están tan quietos que bien podrían ser naturalezas muertas. Los hombres toman sake y hablan del pasado sin ningún motivo en particular. ¿Cuán atenuada puede estar una película antes de dejar de ser una película? En el subterráneo que la lleva del cine a su casa, Eliza ve a una mujer con las pantimedias rasgadas: «Un breve silencio le había roto la prenda». ¿Acaso las monjas no viven en silencio? La poesía tiene espacios entre las estrofas. Esas mujeres que se consideran las más ocupadas, decía siempre la madre de Eliza, son las que no tienen trabajo. El silencio también puede ser una cámara de resonancia en la que un personaje sensible se estremece ante su propia desesperación.

La prueba de audición se despliega con la soltura de un diario pero tiene, en una segunda y una tercera lecturas, una forma muy elaborada. Está dividida en cuatro movimientos, como una sinfonía, llena de bucles, de repeticiones y de motivos, y sin embargo, con poco más de 150 páginas, es una sinfonía muy breve y silenciosa. En ese mundo nuevo e implícito, Eliza empieza a notar coincidencias extrañas: el 29 de agosto es el día en que ella amaneció con el zumbido en el oído, pero también la fecha de estreno de 4'33″. Son coincidencias entrañables, signos de que existe una disposición secreta por debajo de lo que le está pasando, epifanías de cuentos maravillosos que forman parte tanto de la condición de la mujer en el siglo XXI como de las lecturas y la manifestación del tarot. El tiempo cronológico fue desplazado por el «tiempo de la enfermedad» —una princesa que acaba de dormir 100 años siente que apenas se acostó a dormir una siesta—, y experimentarlo es estar «totalmente fuera del tiempo pero siempre muy consciente de su paso».

Esto evoca también la época de la pandemia: aquel año por fuera de la procesión normal de las cosas, cuando apenas si había alguien que no estuviera alienado, en cierta medida, por la vida tal como era. La prueba de audición no se presenta como una novela sobre la pandemia y no menciona alcohol en gel ni tapabocas N95. Leerla, sin embargo, es volver a entrar en aquellas curiosas compresiones y dilataciones del tiempo. (El diagnóstico de la autora sucedió pocos meses antes del comienzo de la pandemia). Eliza no puede acelerar ni ralentizar el ritmo al que pierde la audición; no hay cura.

También en su vida emocional el pasado y el presente están desalineados. Su exnovio se muda a la Costa Oeste pero se le sigue apareciendo en los mails, en las notificaciones del teléfono, en la puerta de su casa para despedirse por segunda vez. Ante la falta de un camino viable hacia adelante, es como si su ex tuviera que seguir en juego, como una persona que la recuerda tal como era. Cuando ella le dice que se siente como rondada por su propio fantasma, él le dice que «el amor [...] es obviamente una forma de obsesión fantasmal». ¿No poder dejarse en paz tras una ruptura es amor? ¿O el verdadero amor es ese que no se aparta de nuestro lado, ese que, en primer lugar, no permite siquiera la posibilidad de convertirse en un fantasma? Cuando a Eliza la invitan a una clínica en Los Ángeles, se hospeda con su ex y su nueva novia y tiene la oportunidad de descubrir qué clase de fantasma es este hombre.

En La ventana indiscreta, Jimmy Stewart y su novia, interpretada por Grace Kelly, miran a sus vecinos. Analizan, sobre todo, a una pareja como ellos, solo que la mujer está enferma y el hombre sano. Ni bien Eliza llega a Los Ángeles, donde en los estudios de la Paramount sigue habiendo una réplica de su edificio neoyorquino, empieza a ver dobles por todas partes. La nueva novia de su ex, que va a buscarla al aeropuerto, la lleva a una venta de garaje en la casa de una estrella pop. Mientras revisa los percheros con ropa, Eliza reconoce a otra cantante, más cool que la dueña de casa, que le recuerda a «una versión de mí misma a la que alguna vez creí posible». Cantante exitosa versus cantante genial. Exnovia versus novia del momento. Persona que antes oía versus persona que ahora está sorda. A pesar de sí misma, Eliza llega a apreciar bastante a su doble, la novia nueva: «Dijo que entendía por qué él me había querido. Dijo que le leía los mails pero que no pasaba nada, porque él lo sabía. Tenía apoyada su mano sobre la mía mientras me contaba todo esto, y al rato empezó a dibujarme ochos con el dedo índice entre los nudillos. Le dije que me estaba quedando dormida. Para mí eran las tres de la mañana».

La novia está ahí, acariciando los huesos de Eliza, y el ex no está por ninguna parte. Tal vez un doble sea más parecido a un gemelo que a un rival, así como el lenguaje de señas coexiste con el lenguaje escrito. La duplicación es también el modo en que una célula solitaria crece hasta convertirse en algo más complejo, y de un modo análogo Eliza ve sonido en las imágenes e imágenes en el sonido. El interior de la casa de la estrella pop es «una síncopa de altura de cielorrasos y ejes mutables». Más tarde, cuando charla con la nueva novia del ex mientras él prepara té, Eliza tiene una idea: «Cuando alguien te habla es como si te tocara». Como si pudiera oír los pensamientos de Eliza, la novia «apoyó sus labios sobre los míos y los dejó ahí un instante». El habla se convirtió para Eliza, por necesidad, en el tacto, pero hay momentos en que incluso quienes pueden oír prefieren el gesto a la palabra. El té se enfría y Eliza siente una «mano familiar. Algo me buscó, como si tratara de recuperar un anillo en un desagüe. Algo me empujó. Algo me besó. Algo me sostuvo. Algo me dejó». Callahan escribió la escena de sexo a tres puntas más delicada, silenciosa y calma del mundo.

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Parece razonable, en cierto sentido, que la salvación no llegue como un estallido de alegría sino como una confesión furtiva. Cerca del final del libro, Eliza empieza a aprender lenguaje de señas y su ex está otra vez en Nueva York. Fue la novia la que decidió terminar con el vínculo, le dice él, porque «la cronología era importante y [...] ahora estaba claro que yo la antecedía en todo, y que eso era inamovible». En medio de ese monólogo pensado para recuperarla —en el que usa la metáfora de dos estrellas que danzan en la muerte—, él hace una pausa y ella le dice lo que venía evitando: «Acabo de entrar en una remisión inesperada». No había querido contárselo, me imagino, porque una vida nueva empezaba a asomar en el horizonte. «Tenía la sensación», piensa Eliza, «de que había superado la pérdida durante mucho, mucho tiempo». Es una sensación extrañamente agradable la de tolerar una pérdida necesaria, la de darle la bienvenida al dolor que uno venía manteniendo a cierta distancia.

La sutileza de La prueba de audición tanto en el tono como en el argumento es generativa en el sentido en que es generativa 4'33″, de Cage, que permite escuchar lo oculto. Los silencios de Cage están colmados de incidentes: gente que respira, lluvia que golpea sobre las ventanas, aires acondicionados que zumban. Cuando en la vida de Eliza aumenta el silencio, ella descubre por sí sola esta verdad paradójica. Esto le permite ver el mundo con un atractivo renovado, que es lo mismo que les sucede a los lectores de la novela de Callahan.

Un día ocioso, tras su regreso de Los Ángeles, Eliza investiga sobre Johannes Kepler, quien a comienzos del siglo XVII imaginó las velocidades de los planetas como tonos que se fundían en «una canción continua [...] destinada a ser percibida por el intelecto, no por el oído»: la shakespeariana música de las esferas. Descubre que alguien en internet se tomó eso de manera literal y realizó una composición de varias horas que se escucha —ya sea que el espectador sea sordo o no— apoyándose un parlante sobre el esternón: «Mientras escuchaba, confirmé para mis adentros que había encontrado un pozo de emoción que no sabía que estaba ahí, casi como quien descubre agua en medio de un desierto —la depresión, la fuente misma—, inagotable, nutritiva, profunda. Un zumbido que no cesa».

Desde un punto de vista planetario, los problemas humanos parecen diminutos, manejables. El sonido se convirtió en la música de las esferas. «Una armonía así habita en las almas inmortales», le dice Lorenzo a la hija de Shylock en El mercader de Venecia. «Pero mientras esta fangosa vestidura de decadencia la clausura groseramente, no podemos oírla». Eliza no va a poder escuchar a Júpiter, Marte y Saturno del mismo modo una vez que haya recuperado la audición.

Si hay una debilidad en La prueba de audición es que la articulación de esta paradoja puede, en ciertas partes, inclinarse hacia una profundidad inmerecida. «Decidí que el silencio es tener demasiado tiempo libre», observa Eliza al comienzo, «ahora que no tenía absolutamente nada que hacer salvo vivir». Que Eliza sencillamente esté diciendo que se aburre queda opacado por los conceptos de tiempo, vida y silencio que se mezclan en esa oración. (Más avanzado el libro, en una única página aparecen Antonioni, Rothko, Kepler y Bernd y Hilla Becher: sobra por lo menos uno).

A medida que el verano se acerca otra vez, su ex se convierte en la encarnación moderna del fantasma, uno que no responde los mails. La exnovia, en cambio, empezó a mandarle a Eliza mensajes de texto: primero la dirección de un negocio, después fotos. Eliza deja de percibir las sutilezas del silencio un mes antes de que se cumpla un aniversario del inicio de la sordera. Para celebrar la remisión, y acaso también la llegada del duelo, viaja por fin a Venecia. La mañana en que debe volver a Nueva York, desde la ventana abierta ve a un hombre que toca una campana de mano: «Podía escuchar la campana con bastante nitidez».

Joanna Biggs (Londres, 1971) es escritora y editora de Harper's Magazine. Vive en Nueva York y escribe regularmente para el London Review of Books y The New York Review of Books. Traducción: Juan Nadalini.


  1. Véase Oliver Sacks, «Mysteries of the Deaf» («Misterios de los sordos»), The New York Review of Books, 27 de marzo de 1986.