En Una guía sobre el arte de perderse, la ensayista estadounidense Rebecca Solnit propone la deriva, el no saber, como una forma de conocimiento, una exploración del mundo y de nosotros mismos a partir del abandono del control. Algo así como el detestable «soltar» que pregonan los gurúes de la autoayuda pero sin la trampa terapéutica o de solución, porque en definitiva lo que plantea la autora es una defensa de la incertidumbre en una época inestable pero llena de certezas. En uno de sus ensayos, Solnit cita a Virginia Woolf: «Atravesar la oscuridad con los ojos abiertos», dice la escritora inglesa en Las olas. Ambas, sin nombrarlo directamente, nos proponen un laberinto, esa construcción física que devino rápidamente metáfora —o que nació metáfora y luego se materializó en distintos tiempos y geografías— para encontrarnos con monstruos y tesoros. Ahí está la dualidad o multiplicidad del laberinto: puede ser tanto cárcel (su origen mitológico) como un mandala liberador.
En este número nos metimos en varios laberintos, desde los más elevados hasta los más mundanos: el arte, la imaginación y el aventurarse hacia lo desconocido conviven con la burocracia, los pasillos grises y eternos, la injusticia, la guerra y la conspiranoia.
En «Desde las azoteas de Teherán», una persona que prefiere no revelar su identidad escribe sobre cómo es el día a día de los bombardeos en una ciudad llena de culturas entrampadas desde hace años donde no parece haber salida.
Sobre laberintos burocráticos escriben Mintxo en «Cuando se apretó el botón», una crónica sobre cómo la FIFA suele tomar sus decisiones, y Lucía Chu en «Lo repetí 35.000 veces», un reportaje sobre la falta de acceso a la justicia para las mujeres que denuncian violencia de género e intrafamiliar, entre trámites eternos y prejuicios machistas de los operadores judiciales. Este texto dialoga íntimamente con el reportaje «La escalera femicida», en el que Bruno Scelza traza una genealogía de los grupos misóginos nacidos en Uruguay antes y después de la manosfera, entre ellos Varones Unidos, de Pablo Laurta, acusado de matar a su expareja y su exsuegra luego de hacer lobby junto a parte de la derecha política uruguaya contra la «alienación parental».
Internet, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial con sus modelos de lenguaje infinitos son nuestros laberintos contemporáneos y la materialización de todas las fantasías de Borges, autor que sobrevuela como un fantasma todo el número, claro. Sobre esto, y con humor, escriben Gabriel Peveroni en el ensayo gonzo «Segundos afuera», sobre crítica, creación y ChatGPT, y Federico Correa en su relato «Pigliasoide, un androide original».
Las trampas, los simulacros y los hilos de Ariadna se hacen presentes con fuerza en el cuento de Milton Fornaro «Taller literario» y en el ensayo «Otra exhibición de atrocidades», en que el escritor Ramiro Sanchiz traza una línea que une a David Bowie con James Joyce y J. G. Ballard, entre otros.
El laberinto es también un viaje y los viajes, muchas veces, adquieren sentidos laberínticos; sobre esto escriben los cronistas Pablo Trochon en «Variaciones en el camino del peregrino», un mapeo de medinas, urbes y geografías, y Roberto López Belloso en «El prodigio de lo inaudito», sobre destinos cruzados y vidas paralelas.
La psiquis y sus espejismos suelen aparecer bajo forma de laberinto: la periodista argentina Lala Toutonian escribe sobre salud mental y encierros en «La tristeza tiene pasillos largos» y Ernesto Ryan nos deja «En pausa», un ensayo fotográfico enigmático y luminoso sobre eso que podría pasar antes de que pase algo, una serie de imágenes para hacerse la película, otra especie de guía sobre el arte de perderse.
