Es la segunda vez en un año que los iraníes terminamos en medio de una guerra: la primera fue propiciada por Israel con la ayuda de Estados Unidos; la segunda, por ambos ejércitos operando juntos. El cielo nocturno de Teherán se ilumina cuando los misiles estallan contra el suelo y nosotros nos miramos aterrorizados. Mucha gente ya abandonó la ciudad. Entre estas dos guerras, la República Islámica —nuestro gobierno— asesinó a miles y miles de iraníes en todo el territorio nacional que protestaban contra la incompetencia y la corrupción, el aumento en los precios de los productos, el estancamiento de la economía y la falta de libertad social y política en el país; ciudadanos que, en el fondo, exigían un cambio en el régimen gobernante. Durante esos tres horrores, el acceso a internet estuvo anulado casi por completo (aún hoy tengo una conexión muy limitada y sumamente inestable). Se instalaron puestos de control por todas las ciudades; las fuerzas milicianas amenazan a la gente por las calles. Este párrafo es el resumen más breve posible de lo que venimos viviendo desde comienzos del verano pasado.

Mientras escribo este texto, durante el noveno día de guerra, las instalaciones petroleras fueron atacadas y hay altas columnas de humo negro que oscurecen el horizonte: se elevan hasta el corazón mismo del cielo. Ya no consigo distinguir dónde está el sol y escribo a toda velocidad por miedo a que me maten en cualquier momento. Escribir con esa premura exige una enorme economía de palabras. Si solo me quedaran un par de minutos de vida, ¿tendrían algún valor las cosas que quiero decir? ¿Qué debería consignar en estas páginas como testimonio de mi paso por el mundo o como documento sobre nuestra época?

¿Será importante escribir que el regusto de mi café matutino me resulta más intenso y más placentero estos días y que esto no me da ninguna culpa? ¿Escribir que durante esta guerra pasé casi todo el tiempo, tal como durante la anterior, en la azotea, porque cuando estoy encerrado en mi cuarto y escucho el estruendo de las explosiones me enloquece no poder ver ni adivinar de dónde vienen? ¿Escribir que, como soy un ciudadano común y corriente, preferiría no tener que conocer la diferencia entre un bombardero B-2 y un F-35, entre el combustible para cohetes líquido y el sólido, entre los sistemas de defensa aérea MIM-104 Patriot y el Terminal High Altitude Area Defense? ¿Qué me aporta saber que un reactor de agua pesada es considerado un objetivo de alta sensibilidad, o cuáles son las funciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y del Organismo Internacional de Energía Atómica, o la letra chica del capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas? ¿Por qué tengo que aprender a sortear distintos tipos de censura en internet para terminar atrapado, sobre todo durante las emergencias, tras los muros digitales de un bloqueo informático? Me habría gustado que dedicáramos toda nuestra juventud a disfrutar la literatura y las artes, la historia y la filosofía. Me habría gustado que nos hubiéramos sumergido hasta el fondo en la poesía persa, en los 52.000 versos del Shāhnāmé de Ferdousi y en los 3.000 gazales apasionados que nos legó Maulana Rumi. En aquella época las fantasías apocalípticas del islam político del régimen nos parecían bromas inofensivas; sus ideales antiraníes nos sonaban a comedia absurda, algo que podíamos ignorar. Hasta que ya no nos fue posible hacerlo. Hasta que las cosas se pusieron demasiado peligrosas. Y ahora el cielo de Teherán está negro a causa de un humo cuyos daños aún no somos capaces de dimensionar.

***

Ayer me acosté a fumar en la cama. Jamás fumo en mi dormitorio, pero la guerra —al igual que el vino, la tristeza y el amor— disloca los rigores más elementales y pone entre paréntesis cualquier delicadeza. Espero que esto no se malinterprete como una santificación de lo bélico, ya que solo trato de decir que en épocas de guerra, al igual que en momentos signados por el amor, uno a veces puede volverse más bello, más valiente. Unos segundos antes de encender ese cigarrillo, H me había mandado por mensaje la foto de una comisaría: el edificio estaba casi totalmente arrasado, pero incluso en esas condiciones supe de qué comisaría se trataba. Y entendí de inmediato por qué me había mandado la foto. Hace muchos años, cuando los dos éramos jóvenes, antes de que se instituyera la policía de la moral, nos arrestaron las fuerzas Basich. H y yo caminábamos juntos, ni siquiera íbamos de la mano, y nos llevaron a los dos a esa comisaría. Todavía recuerdo los detalles dolorosos de aquel día porque era la primera vez que me ultrajaban y me humillaban; lo peor de todo fue aquel tipo barbudo de la Basich, de aliento fétido, que atacó con las palabras más desagradables a esa chica que iba conmigo, el primer amor de mi vida. Me dolió que los ojos hermosos e indómitos de esta joven, su piel delicada y su actitud llena de ocurrencias tuvieran que tolerar un comportamiento tan despreciable y medieval. Éramos dos chicos fascinados por la poesía y el cine y todavía no entendíamos el verdadero significado del poder, la ideología y la violencia en un Estado totalitario.

Plaza Vanak de Teherán, el 6 de mayo.

Plaza Vanak de Teherán, el 6 de mayo.

Foto: AFP, s/d de autor

Mientras miraba la foto sin dejar de fumar, me acordé de la segunda vez que oí nombrar esa comisaría, apenas dos meses antes. Tras la masacre de enero, mis amigos me contaron que las fuerzas del régimen, armadas con sus certezas mesiánicas, se habían refugiado en esa comisaría y habían atacado a los manifestantes bajo el velo de la oscuridad, con escopetas y rifles Kalashnikov. Me contaron que habían disparado balas y perdigones contra gente que no hacía más que protestar: sin advertencias de ningún tipo, ni tiros al aire, ni gases lacrimógenos ni camiones hidrantes.

Quien no haya vivido, como nosotros, situaciones similares, tal vez no entienda bien por qué alguien que filma desde la azotea de un edificio vecino es capaz de alegrarse al ver cómo las fuerzas enemigas bombardean una comisaría.

En los últimos dos meses todas las personas con las que tuve contacto conocían a alguien —ya fuera directa o indirectamente— que había sido asesinado o herido por las fuerzas del régimen durante las protestas de enero. El hermano de un colega fue asesinado en una provincia. El barista de mi café de todos los días estuvo desaparecido 30 días antes de que su familia pudiera recuperar el cuerpo: tenía signos de tortura y un agujero de bala en la frente. La maestra del hijo de un amigo, una muchacha joven, fue arrestada, torturada y abusada sexualmente por la Organización de Inteligencia del Sepah (una agencia que se ocupa, en teoría, de actuar contra el terrorismo y la injerencia extranjera) por el solo hecho de llevar al hospital a manifestantes heridos. Después de eso dejó de hablar durante un tiempo, pero ahora encontró nuevas fuerzas para subir a la azotea, fumar y contemplar en silencio la destrucción del edificio al que la llevaron, aunque nada va a borrar jamás los recuerdos de una experiencia tan desgarradora.

Circularon videos en los que se ve a miles de familias que bailan junto a las tumbas de sus seres queridos muertos a manos del ejército y la Basich. Son danzas de dolor, pero también un desafío, una forma de resistir las expectativas oficiales respecto del luto, de cuestionar los relatos que se impusieron sobre los cuerpos de los asesinados y de devolverles la autonomía a las familias sobrevivientes. Este luto no lleva solo dos meses, sino muchos años, y sentimos que en ese dolor estamos absolutamente solos: somos una nación atrapada entre varios males.

Teherán, el 15 de marzo.

Teherán, el 15 de marzo.

Foto: Atta Kenare, AFP

Durante el primer día de esta guerra (de la que aún nadie vislumbra el final), una escuela en la ciudad de Minab sufrió un ataque. Hoy hay evidencia de que ese ataque, en el que murieron casi 180 personas, en su mayoría niñas pequeñas, fue realizado por Estados Unidos. ¿Quién podría justificar el asesinato de esos ángeles inocentes, que murieron sin siquiera saber lo que se les venía encima? ¿Cómo no estar furiosos con Estados Unidos e Israel por imponerles semejante destino a esas chicas? Lloramos a esas víctimas y también lloramos a los más de 200 alumnos asesinados durante las masacres de enero. Nos oponemos por igual a los invasores extranjeros y al régimen. Debería regirnos un gobierno que sea capaz de mantenernos a salvo, no uno que nos convierte en blanco de sus balas o en cuyas cárceles comete horrores tan graves contra las mujeres que, una vez liberadas, se niegan a revelar sus traumas. Estamos solos por partida doble. Somos dueños de nuestro propio dolor y lo sufrimos en la más absoluta soledad.

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Creo que, mientras la historia se despliega con violencia frente a nuestros ojos, desde las azoteas de Teherán se la está documentando. No me refiero a las azoteas de esas clásicas casas viejas de una sola planta, que cumplían todo tipo de funciones domésticas, ni a las de los modernos rascacielos urbanos; hablo de las azoteas de esos edificios de cuatro o cinco pisos, cada uno con cerca de 20 apartamentos, que están repartidos por toda la ciudad. Esas azoteas, incluso en las zonas más prósperas, al norte, no son más que sencillas superficies abiertas e impermeabilizadas de unos 200 o 300 metros cuadrados, dominadas por aparatos de aire acondicionado, ductos de extracción de aire y tuberías de ventilación cloacal. En épocas normales, son ámbitos para asar kebabs o mirar eclipses de luna. Durante las últimas décadas la vida en esos espacios semipúblicos sufrió ciertas limitaciones, pero hoy en día las azoteas encontraron un nuevo propósito, tal como sucedió en pleno junio, durante la guerra de los 12 días, o en las protestas de enero y en otros momentos de insurgencia, cuando la gente subía hasta ahí para gritar consignas contra el régimen.

Últimamente paso ahí arriba la mayor parte del tiempo. Subo después de levantarme, tomo ahí el café y fumo mientras hablo por teléfono con amigos. Y después, a lo largo del día, vuelvo a la azotea tras cada ataque para ver dónde impactaron los misiles. En las azoteas vecinas también empezó a aparecer gente de forma regular y entablé con ellos una especie de «vínculo en altura»; son personas a las que rara vez había visto en los muchos años que llevo en este barrio. Ahora sé que un hombre que vive a nuestra derecha tiene un hermano que trabaja en una fábrica en cierta provincia y cada vez que escuchamos alguna noticia sobre esa zona del país se nos estruja el corazón. Ahora sabemos que el anciano alto y callado que vive en nuestra misma cuadra —y que es capaz de mirar las llamas que brotan de las refinerías y los depósitos de petróleo y reconocer de inmediato qué materiales se están quemando— trabajó en plataformas petrolíferas en el golfo Pérsico hace 40 años, durante la guerra entre Irán e Irak.

Explosión provocada por ataques de Estados Unidos e Israel cerca de la Torre Azadi, próxima al Aeropuerto Internacional de Mehrabad, en Teherán, el 7 de marzo.

Explosión provocada por ataques de Estados Unidos e Israel cerca de la Torre Azadi, próxima al Aeropuerto Internacional de Mehrabad, en Teherán, el 7 de marzo.

Foto: Atta Kenare, AFP

Hoy, en el noveno día de guerra, la azotea no está tan concurrida como antes. La mayor parte de los vecinos abandonaron la ciudad o perdieron todo interés en subir a controlar cómo van las cosas. O acaso se quedan en sus apartamentos por miedo. Pero hay una mujer de pelo rojizo, a unos edificios de distancia, que sigue subiendo a la azotea cada vez que cae un misil; usa un buzo naranja con capucha, sale siempre con un café y un cigarrillo que, visto desde acá, parece largo y delgado, y me pregunta dónde fue el impacto.

Yo trato de adivinar la ubicación de todas las explosiones, calculando la distancia respecto de tal o cual rascacielos reconocible, de las luces de la autopista, de los carteles publicitarios del centro o de los edificios públicos o las sedes del gobierno. Con cada explosión me pregunto: ¿el humo viene de la zona de Sattar Khan? Ah, sí, ahí vive T. Lo llamo y pregunto por él y pregunto por el gato. Cuando los misiles caen en el depósito petrolero de Shahran, llamo a D para estar seguro de que el fuego no llegó hasta su casa. Cuando caen sobre la calle Enghelab, llamo a un viejo artesano que tiene por ahí su taller, porque me da miedo que esos edificios destartalados no soporten la fuerza de las explosiones. Cuando los B-2 sueltan sus bombas inmensas sobre la base militar del centro de la ciudad, llamo a un poeta anciano que vive cerca, un hombre tan flaco y frágil que hasta su débil caligrafía parece ir desvaneciéndose de la página.

Sucede lo mismo cuando llegan noticias sobre cualquier otro rincón de Irán. Si atacan Shiraz, por la zona del Mausoleo de Hafez, llamo a un amigo de mi familia que tiene la suerte de vivir ahí, cerca de los hermosos jardines de la tumba de nuestro poeta adorado. Por el puerto de Bushehr ya no queda mucha gente, dada la magnitud de los ataques: apenas un amigo que quiere esa ciudad con todo el corazón. Recorre las calles por las mañanas y a la noche, cuando lo llamo por teléfono, me cuenta todo lo que vio. En la cuarta noche de la guerra ahí estallaron las explosiones más grandes hasta la fecha. Esa noche me contó que había salido a inspeccionar la ciudad y que había visto, frente al aeropuerto, a un hombre solo que llevaba hasta su auto una mochila y un cuenco de Noruz con un pez dorado. Le había preguntado al hombre qué hacía ahí con ese pez y el hombre le había dicho: «Hace tres años que tengo este pez en mi mesa de Noruz. Este pez fue un compañero muy querido, un testigo de mi vida. Dejé en casa ropa y muchas otras cosas, pero necesito llevarme conmigo al pez».

***

La mujer del pelo rojizo se dio cuenta de que conozco bastante bien los barrios de Teherán y empezó a confiar en mis estimaciones. Todavía no le pregunté qué pasó con las otras dos mujeres que subían con ella las primeras noches ni por qué ya no están. No le pregunté a qué se dedica ni cómo se llama. Ella tampoco me preguntó gran cosa. Lo único que me preguntó, sorteando la distancia que separa nuestras azoteas, fue cómo sabía con tanta certeza dónde estaban el este, el oeste, el sur y el norte de la ciudad. Pero fue más un elogio que una pregunta. Así que no le conté que soy una especie de flâneur, que tengo la costumbre de dar paseos muy largos por la ciudad; que adoro Teherán, así como adoro Rasht y Bushehr y Shiraz; que de todas las materias de la facultad las que más me gustaron tenían que ver con la cartografía y los mapas. No le dije que hasta el verano pasado conocía únicamente dos puntos de vista. Uno era el del ojo humano, el del hombre que mira la ciudad mientras camina por la calle recordando el material de las veredas, la pintura de los edificios y el estilo de los callejones; una visión dictada por el diseño del paisaje urbano. El otro era el punto de vista de las aves, sobre el que aprendimos en la facultad por medio de las fotografías aéreas, y después en los aterrizajes y los despegues de los aviones; un punto de vista que en los últimos años se volvió más habitual gracias a Google Earth, los mapas digitales y las imágenes por satélite. Pero durante los últimos meses me encontré con un tercer punto de vista, algo intermedio: el de las azoteas.

Mural que representa al actual líder supremo de Irán, el ayatolá Mochtabá Jamenei, y a su predecesor y difunto padre, Alí Jamene, en una calle de Teherán, el 6 de mayo.

Mural que representa al actual líder supremo de Irán, el ayatolá Mochtabá Jamenei, y a su predecesor y difunto padre, Alí Jamene, en una calle de Teherán, el 6 de mayo.

Foto: AFP, s/d de autor

En su estudio sobre el misticismo iraní, Henry Corbin señala que en filosofía suelen existir tan solo dos puntos de vista: uno terrenal y otro etéreo. Pero en la tradición filosófica iraní se incluye un tercero: el punto de vista del «mundo imaginal», en que muchas creaciones maravillosas pueden cobrar vida. Los tratados filosóficos de Sohravardî colocan los antiguos relatos místicos persas sobre los dioses a la par de aquellos de los ángeles islámicos. Los poemas de Hafez entrelazan las historias islámicas sobre la creación con la santidad del vino y las tabernas de la antigua cultura persa. Existen miniaturas persas que representan rocas que parecen nubes, cipreses de cuerpos retorcidos que bailan. Los libros de historia pertenecen más a una tradición literaria que a una histórica. Y es posible que el concepto mismo de la patria iraní perdure —con todas sus derrotas y a pesar de ellas— a través de ese reino de lo imaginal.

Es indudable que las realidades tan peculiares de estos días en Irán están escribiendo la historia de nuestro futuro. Los iraníes bailamos para protestar mientras guardamos luto junto a las tumbas de nuestros seres queridos —jóvenes y viejos, de todas las clases sociales, asesinados por el régimen— y lloramos para lamentar las vidas de niños y civiles inocentes asesinados por la maquinaria bélica de Estados Unidos e Israel, al tiempo que nos negamos a guardar luto junto a las fuerzas del régimen. Es mediante esta tercera posición que ahora documentamos nuestra historia; no desde el suelo o desde el aire, sino desde las azoteas de Teherán, y es a través del paisaje de lo imaginal que podemos vislumbrar nuestro futuro, incluso mientras nos asfixian oscuras nubes tóxicas.

El autor de esta crónica vive en Teherán. Por su seguridad, el nombre del traductor al inglés de esta nota también se mantuvo en el anonimato. Este texto apareció originalmente en línea el 27 de marzo de 2026, ahora Lento lo publica por convenio con The New York Review of Books. Traducción al español: Juan Nadalini.