En medio de amenazas artificiales a nuestra especie, con porcentajes absurdos y días contados, conspiraciones de computadoras, huelgas de robots en Polonia y personas que cobran por dejar filmar cada uno de sus movimientos para ser replicados en un futuro por máquinas —el verdadero gran reemplazo—, decidimos refugiarnos un rato en una actividad que, al menos en principio, parece lejana al universo de la inteligencia artificial. Porque en realidad soñar no es una acción sino un estado, un momento de suspensión del control en que el inconsciente se expresa, lo reprimido aflora, el lenguaje estalla y se multiplica y, por lo tanto, sus modelos imitativos y predictivos no aplican. El mundo onírico está poblado de emociones, traumas, cuerpo y misterio y eso, aunque no sea exclusivamente humano (basta con mirar un perro dormir y mover sus patas), sigue siendo territorio de lo vivo. Así que no, por ahora los androides no sueñan con ovejas eléctricas, como se preguntaba el escritor de ciencia ficción Philip K Dick desde el título de una novela que resultó, como mucho del género, una premonición inquietante, al menos en sus indagaciones filosóficas.
«El sueño de la razón produce monstruos», reza el título de uno de los Caprichos de Goya, y es un enunciado tan perfecto en su ambigüedad que parece creado para describir estos tiempos tan irracionales como tecnológicos. Sobre este grabado escribe Francisco Álvez Francese, quien dice que no sueña y que detesta que le cuenten sueños pero recita de memoria sueños enteros de escritores.
La literatura ha sido un campo inagotable de los mundos oníricos —el título de este mes es un guiño a la novela del austríaco Arthur Schnitzler, a quien Freud admiraba— y así lo demuestran el ensayo sobre escrituras uruguayas «Narrativas tóxicas», de Gabriel Peveroni, el cuento «Una columna de humo», de Rosario Lázaro Igoa, el artículo de Ramiro Sanchiz «El futuro será verde y luminoso», sobre el solarpunk, subgénero de la ciencia ficción, y «Tesoros sin mapa», de la escritora y psicoanalista Virginia Mórtola, ensayo en el que profundiza sobre el inconsciente y la creación. Este texto dialoga, a su vez, de forma íntima con «Canción pregunta», la entrevista de Gustavo Kreiman a Camila Ferrari, con «Fridas para todos», un artículo de Alma Guillermoprieto sobre Frida Kahlo —y la fridamanía—, y con «Un inconsciente vital», un ensayo de Coco Fusco sobre el pintor cubano Wifredo Lam, que exploró en su obra los vínculos de la cultura afrocubana con la espiritualidad.
Distintas culturas ancestrales les han dado un lugar central a los sueños; mensajes a veces más literales, otros más encriptados. En la cosmovisión mapuche estas informaciones que llegan mientras dormimos se llaman pewmas: lo cuenta Agustina Ramos en el reportaje «Dormir para encontrarse».
¿Los sueños forman parte de la realidad? ¿Si lo siento es real? ¿Qué sentimos cuando soñamos? El cronista Federico Medina y el psicoanalista Marcelo Real, que investiga desde la filosofía la relación entre sensaciones, sentidos y mundos oníricos, les dieron vueltas a estas preguntas.
Como humanidad nos está costando soñar algo que no sea una pesadilla. Cuando estamos despiertos, soñar es imaginar, fantasear, proyectar, desear, devaneos que nos llevan a un futuro que hoy los dueños del mundo se empeñan en querer negarnos. En este sentido, la migración es un movimiento impulsado por el sueño de estar mejor, aunque no siempre resulte así. Sobre sueños truncos en la Argentina libertaria escribe Lala Toutonian en «El reverso de la esperanza», mientras que Juana Ghersa documenta momentos de la vida de mujeres que eligieron Uruguay para empezar de nuevo en el fotorreportaje «Vecinas migrantes».