Si el artista es tomado por sus temas y crea lo que no puede dejar de crear, a lo largo de los años las obras van formando un cuerpo que delata, que habla por sí mismo. La mujer protagoniza la mayoría de los ensayos de Lestido: Madres adolescentes (1988-1990), Mujeres presas (1991-1993), Madres e hijas (1995-1998). Incluso en Hospital infanto juvenil (1986-1988) puede verse un abordaje más intenso de las internas que de los internos. Y en el más reciente El amor (1992-2005), si bien se centra en una relación mujer-hombre, este último es signado por una marca de ausencia.

Pero esta persistencia no responde a posturas feministas sino a una preocupación más amplia que encuentra canalización en la figura mujer. Lestido confiesa que considera al medio fotográfico una herramienta expresiva más bien femenina, asociada a “algo muy primario, muy básico o intuitivo”. “Pero de todas formas, sinceramente me interesa ir más allá del género, me interesa la cosa humana, el ser humano y sus conflictos”, explica.

Hay una metodología en consonancia con esta intención: una concepción muy respetuosa y sensible -muy humana si se quiere- de la vida de los otros. Paciencia y apertura: todos sus trabajos son lo que se llama “de largo aliento”, que no sólo quiere decir que llevan años de construir intimidad.

También la técnica sintoniza. Dice en entrevista con Roger Colom (en htpp://singenerodedudas.com): “Creo que el 99%, si no el 100% de las fotos de la retrospectiva, están hechas con un lente de 35 mm. Algunas con 40 mm. Son ópticas que te llevan a estar ahí. Hay algo corporal. La vista es un sentido muy fuerte y muy tirano. Y me parece que también está bueno poder percibir con todo el cuerpo, y esto significa cercanía. Yo nunca podría hacer fotos con un tele”.

Poner el cuerpo nunca es gratuito. De la misma manera que Capa fue víctima de su sentencia “si tu foto no es lo suficientemente buena es que no estuviste lo suficientemente cerca”, Lestido se arriesga al escudriñar en conflictos humanos cotidianos, tan diarios y corrientes que resultan invisibilizados, mas no por ello menos dolorosos. La búsqueda es a través del dolor, para transformarlo. La cercanía con lo fotografiado es imprescindible para establecer el vínculo afectivo que permite compartir los sentimientos del otro. Si esto no sucede, no se puede. Cuenta que trabajó un año en una pareja de madre e hija que finalmente dejó fuera del ensayo, porque de alguna manera no consiguió integrarse a ese vínculo, que era de mucho odio.

Buena estrella

Este ensayo se compone de cuatro historias protagonizadas por cuatro pares de madres e hijas en diferentes momentos de su vínculo y de edades distintas. Están Eugenia y Violeta, retratadas desde el nacimiento de la bebé hasta sus tres años de crianza por la madre soltera; Mary y Stella, mujeres adultas que han alcanzado un estadio de amor casi fraternal; Alma y Maura, la hija adolescente en cuyos cortes de pelo y manera de afrontar la cámara se ven los movimientos intensos del vínculo con la madre y el mundo; Marta y Naná, la luminosidad de un vínculo armonioso, fotografiado de los siete a los diez años de la niña. Esta historia cierra la serie con una foto ambigua, melancólica pero no carente de optimismo, en la que una mujer fuera de foco camina por la playa y una hija va detrás, comenzando a pisar una huella ajena.

El embrión del proyecto fue la intención de fotografiar nacimientos. Tras la lectura de la novela El club de la buena estrella, de Amy Tan, Lestido se convenció de que su tema sería la relación entre madres e hijas. Fueron tres años de intenso trabajo. Una beca Guggenheim la ayudó a concretarlo.

Una diferencia sustancial en relación con sus series anteriores está en la multiplicación de las posibilidades de entrada del espectador. Tanto el tema de las mujeres presas como el de las madres adolescentes y el del hospital infanto juvenil abordan una problemática individual. Si bien integran un entorno social, visualmente se centran más en la particularidad del conflicto de esas mujeres, vía de acceso a la mirada del espectador. En Madres e hijas los caminos de la mirada se bifurcan y las emociones se propagan por senderos que se cruzan y se enredan, descubriendo genealogías y expandiéndose hasta cuestionar aspectos más amplios de la vida familiar.

“Yo nunca les pedí nada”, dice Lestido, y aclara que no hay poses ni acciones especialmente realizadas para la foto. Lo que se ve es documento de lo que “se daba”. Y se daban silencios, abrazos, baños, desnudos, juegos, dormidas, paisajes. Pero, sobre todo, viajes y espejos. Dos elementos constantes que hilan las historias y las enriquecen simbólicamente.

Todo viaje instaura una vivencia distinta del tiempo, por tanto, otra percepción de la propia existencia. La mayoría de las fotos resultaron de esas salidas conjuntas, pequeñas vacaciones, suerte de laboratorios ambulantes en que la madre se entregaba simplemente a estar con la hija, y viceversa. La tensión implícita en las fotografías remite a ideas de búsqueda y movimiento, y en este sentido es plausible ver el trabajo entero como un viaje.

Hubo un antes y un después de este viaje para la autora, pero también para las protagonistas, enfrentadas a una visión de sí mismas inédita e ineludible. Un antes y un después de lo que podía devolver ese espejo interrogado en tantas fotos, por madres o hijas, tal vez aceptando un parecido o percibiendo la diferencia, tal vez buscando la huella de una ausencia.

Esculpir con luz

Según Diane Arbus, la fotografía es un secreto que nos habla de un secreto; cuanto más explícita es, menos esclarece. Una característica estética de la obra de Lestido, acentuada en Madres e hijas, es la incorporación de cierta ilegibilidad como elemento narrativo. Hay muchas fotos movidas o donde el movimiento deforma los cuerpos y, gracias al uso del blanco y negro, transforma las cosas en manchas de luz o abismos de sombra. Es un recurso bello y totalmente eficiente para abordar un tema tan complejo. Pero además, optar por un registro de los acontecimientos declinando la nitidez de la imagen implica una postura ante la idea misma de documento fotográfico. Implica creer que es posible comunicar lo invisible por intermedio de una foto y que se puede comprender a partir de una imagen misteriosa. “Es como que yo veo a través de la imagen ya hecha. Veo lo que persigo y lo que no; veo lo que está ahí oculto”, dice la autora.

Madres e hijas fue un indagar en un secreto personal, en ese lado oscuro del vínculo con la propia madre, cuya foto es el epílogo de la serie. Lestido: “Me ayudó a comprenderla como mujer, más allá de su rol de madre, y a poder verme en ella. Y también a ver esa herencia desde un lugar más amoroso”.

Lestido no identifica su proceso creativo con la metáfora de la página en blanco. Prefiere la del escultor que va depurando la piedra para encontrar la forma dentro del bloque: “Hacer un relato visual es como hacer una escultura, hay un trabajo muy fuerte de edición para ir buscando la historia latente”.