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El problema final.

El problema final.

El problema final: el Sherlock Holmes de Pérez-Reverte llegó a la pantalla

La miniserie es tan simpática y ágil como la novela original.

En 2023 leí por primera vez (y hasta ahora única) a Arturo Pérez-Reverte. No tiene que ver con su comportamiento en las redes sociales, en donde suele arrojar combustible a las discusiones más rancias, sino con que lo asociaba específicamente con una saga de libros de capa y espada. Pero ese año se publicó El problema final, con una premisa que, lejos de ser original, se acercaba más a mis gustos: un crimen en una pequeña isla incomunicada del resto del mundo.

Ese era solamente el comienzo, porque la casualidad quiso que en el hotel de aquella isla se encontrara un actor veterano que durante mucho tiempo había interpretado a Sherlock Holmes. Cuando los cadáveres comenzaron a apilarse, Benjamin Basil tuvo que ponerse sobre sus hombros la investigación, aunque más no fuera por esa famosa “memoria muscular” de los tiempos en que encarnaba al detective más famoso de la historia.

Con toques de Agatha Christie, Pérez-Reverte nos llevaba a buen ritmo hacia el final. En su momento escribí: “No deja de ser una simpática novela de misterio con mucha intención de convertirse en eficaz película (o estirada miniserie)”. Adivinen qué ocurrió: por estos días Netflix estrenó El problema final, que adapta la novela con un ritmo similar al que podía encontrarse en sus páginas, aunque de todos modos quede un pelín estirada.

Los valores de producción están a la altura de lo que uno esperaría en la famosa plataforma de streaming, con una isla hermosa de la que, de todos modos, veremos más que nada el coqueto interior del hotel. Allí convergen personajes muy variados, casi todos con algún secreto que podría tener que ver (o no) con la sucesión de muertes violentas. El actor José Coronado convence como Basil, el detective improvisado, sobre todo gracias a su cadencia que nos permite creer que aquello sucede hace casi 70 años. También se destaca Maribel Verdú como la dueña del hotel, mientras que el resto del elenco no desentona.

Pese a que se pierde una ventaja de la novela, que al estar escrita en primera persona nos permitía meternos en la cabeza de Basil y acompañar su investigación a trompicones, todo transcurre a buen ritmo. Hay tiempo para presentar a los empleados del establecimiento y a sus huéspedes, y para comenzar a despacharlos uno a uno. Quizás al verlos en carne y hueso parece difícil imaginar a alguno de ellos como el asesino, y eso limita el número de sospechosos. El propio asesino contribuirá a reducir ese número.

Todo se construye a partir de climas interesantes, como el momento de cada noche en que se apaga el generador. Y a pesar de que muchos personajes se mueven con demasiada libertad sin importar la hora, la trama se mueve con algo de teatralidad y revelaciones periódicas que hacen que el misterio nunca se estanque. Debo agregar un dato no menor, y es que me había olvidado por completo del desenlace de la novela, así que pude jugar a encontrar al asesino; esto no habla de la calidad de la obra original, sino de la calidad de mis neuronas, porque me pasa con cualquier libro.

Hay un quiebre sobre el final del tercer episodio, donde tradicionalmente hubiera estado la resolución si fuera el episodio final de una miniserie, y luego queda un cuarto episodio en el que todo se resuelve. Por un lado, esta opción completa el homenaje a la industria del cine que envuelve a toda esta adaptación, pero, por otro, se vuelve muy expositiva.

Si, como ocurrió con el libro, nos predisponemos para entretenernos dentro de los límites del género (e incluso jugando con sus elementos más clásicos), El problema final funciona en buena manera, con una recreación de época que incluye una simpática banda sonora y un misterio al que podemos jugar a descubrir antes que el protagonista. Claro que algunas pistas tardarán en aparecer, así que la cuestión será cualquier cosa menos elemental.

El problema final. Cuatro episodios de aproximadamente 45 minutos. En Netflix.