Termina el partido. Aún no han pasado las repeticiones ni se ha elegido la figura la diaria del match, cuando me retuerzo buscando un título que informe, que tenga gancho, que sea ingenioso y ahora, además, invite al clic sin falsedades. En el medio de la angustia, recuerdo mis inicios, de birome y libretita tomando apuntes para, después de terminado el partido, tomar el ómnibus a la redacción mientras escucho en la radio la entrevista y el comentario, y cuando llego, media o una hora después, veo con rabia que la Olivetti roja está ocupada y tendré que escribir en la Remington negra que le salta la mayúscula y no tiene tilde. Demoraré un poco más, pero tal vez en una hora lo tenga resuelto.
Pero eso es en 1987 o 1992. Ahora ya mandé, ya pasó por todo el proceso de corrección, edición, armado y ya está en la web, y tanto está que desde la trinchera de los haters me apuntan a que no vi esa falta o ese offside, o que lo vi de espaldas, tal vez tanto como quien se siente ofendido en su fuero íntimo porque no dejé constancia del córner no cobrado para el cuadro que él no quiere y que al final ganó.
En palabras
Mi vida ha estado articulada en las proximidades emocionales y físicas del deporte. Se puede decir que siempre he crecido, vivido y recorrido la vida a través de él. Primero, cuando creía que mi destino sería ser deportista; en el medio, siguiendo todas las actividades que la vida me permitía y que mi padre me hacía iniciar. Y luego –no, no por último– por la geolocalización de mi hogar montevideano, que nos permitía a mis amigos y a mí estar todo el tiempo entre canchas de fútbol, básquetbol y actividades federadas que seguíamos con fruición mientras no éramos nosotros los que estábamos jugando.
Los placeres de la vida eran jugar y programar nuestros días en función de las canchas y los partidos. Ver desde el baby fútbol hasta los juveniles o el ascenso, todo ahí, en ese radio de 500 metros a la redonda que nos permitía acceder al estadio Centenario, al Parque Palermo, al Méndez Piana y a las canchas de Tabaré y Bohemios.
Volver a sentir ese estadio de sol, ilusiones y expectativas de ir detrás de un equipo de fútbol y disfrutar de una contienda como de una buena novela, un asado, una orquesta o un atardecer en paz junto al mar. Eso es el fútbol que me trajo hasta acá en la vida, pero, como una verdadera paradoja, desde que lo tomé como mi forma de vida se volvió mucho más complejo, problemático y poco posible volver a aquellas noches a mis anchas en el cemento o apretujado en cinco filas que no me dejan ver, donde el disfrute de dos horas se fundían con la ilusión, la tensión y los miedos vulgares a perder o ser goleado.
De fútbol se escribe así
Desde hace tiempo tengo leudando una charla acerca de la evolución o los cambios en la crónica periodística para prensa. Y lo he hecho porque la inmediatez absoluta de los portales web me cambió el paradigma laboral y, de alguna manera, también mi forma de trabajo, de análisis y de crítica.
En la década de 1980, en la que empecé a trabajar en prensa, también en la de 1990 y casi diría en la primera del siglo XXI, los procesos de trabajo eran absolutamente diferentes: uno concurría al partido que debía cubrir, tomaba las alineaciones, conversaba algo en los vestuarios antes del juego para saber qué proyectaban los directores técnicos y los planteles, y posteriormente retornaba a su lugar de trabajo, diario o revista, con apuntes prolijos o desprolijos tomados en una libreta, en los que se entreveraban los minutos de los goles y las alineaciones con algunas apreciaciones particulares. En ese momento empezaba el proceso de escritura para la edición posterior. Pero la esencia estaba en que mirabas el partido de manera íntegra, de acuerdo con la misma concepción de disfrute y emoción con la que uno concurre a una cancha, para recién después de esa experiencia desarrollar la tarea de contar y analizar.
De un tiempo a esta parte, eso es imposible. La tensión de entregar en tiempo y forma un trabajo correcto, que invite a su lectura, informe y dé una visión entendida de lo que se está tratando –añadiendo un sesgo de emoción y sentimiento–, hace que el encargado de la materia pierda por completo el derecho a su visualización completa e interesada y, por tanto, también ese goce aprendido en tardes y noches de canchas, tribunas y otras yerbas.
¿Cómo resolver el drama de un word en blanco en una lectura que proponga algún atractivo, además de la información y el análisis específico de lo que uno está viendo en ese mismo momento? Una locura, pero lo intentamos seriamente. Después, cuando es una columna estoy dos o tres días preparando materiales y demoro horas el día que tengo que entregarla, pero ¿cómo hacemos en simultáneo con un partido?
Nada de eso fue un error
En las viejas redacciones de desencontrados escritorios con viejas máquinas de escribir Remington o nuevas y coloridas Olivetti entre el humo y los puchos de los ceniceros, los pocillos con la borra de la noche, escribir una previa o un previo era tarea de peones o principiantes.
En las nuevas, virtuales, de notebooks y caramañolas con agua, seguramente también, pero como quien gusta de presentar los cajones de la verdulería de manera creativa sin que falte la mercadería necesaria, habemos veteranos y veteranas que las encaramos con gusto y hasta las firmamos.
Distinto es un partido que empieza a las 20.30 y terminará a las 22.30 con miles de personas que lo han visto igual que uno, que saben de su desarrollo pero precisan más: un análisis entendido de lo sucedido, una narración hilada con lo sucedido, con el plus de aportes críticos. Sin que nadie te diga nada, sabés que del otro lado de tu computadora hay un ejército de editores, correctores, armadores y gráficos esperando por tu laburo, que vos mismo querés que sea serio, bueno, justo, ecuánime y responsable, ah, y además creativo, con inteligencia emocional y no artificial. Con ganas, con goce, con análisis que deberían ser insumos para nuevas discusiones y nuevas posiciones. Asimismo, sabés que hay una voz que en tu escritorio o en el palco o en el cemento te apura porque perdés el interior, o porque te está asfixiando el cierre, o porque cuando publiques tu crónica la web ya estará infestada de comentarios y fast comentarios que analizan seria o livianamente lo que vos estás tratando de redondear.
En fin, cuando por fin encuentro el título, mando. Solo hace diez minutos que terminó el partido, y los tipos están con las pulsaciones a mil todavía, no se han sacado el barro de los tapones, la gente aún no ha llegado a su ómnibus, auto o al trillo que caminará. Mi crónica, seria, esperanzada y de buena fe, va, entre ceros y unos, creyendo que saldrá indemne de comentarios rastreros y maliciosos, de adjetivaciones de “burro” y “bestia”, de falsas pruebas de corruptelas emocionales porque te tira una camiseta o la otra, o de acomodos. Llega y se publica. Y nunca sale indemne, nunca queda limpia, pero tampoco manchada. Las más de las veces, será envase de una docena de huevos; unas pocas, será recorte guardado por madres o abuelas. Pero está, porque la crónica no se mancha.
