De Valentina Tanni. Caja Negra; Buenos Aires, 2026. 240 páginas, 1.390 pesos.

Así como el punk respondió visceralmente a la cultura de los 1970, o el grunge rechazó los excesos del pop de los 1980, internet generó sus propias corrientes subterráneas. Pero estas estéticas no proponen otra vida, no hay manifiesto ni utopía, solo la necesidad de perturbar una realidad de la que ya nadie puede escapar. Eso cartografía la historiadora italiana. A través del vaporwave, las backrooms, el weirdcore, el creepypasta, ve estrategias de fuga que responden al bombardeo algorítmico. Pero en internet el concepto de liminalidad ya no se entiende como un pasaje que va hacia un lugar y finaliza, sino como un estado de suspensión permantente. Se produce algo ontológico, nuevas formas de existir entre lo virtual y lo real.

La leyenda de las backrooms nació en 2011 en un foro anónimo, con la foto de una oficina vacía y la advertencia de que un descuido podía dejarnos encerrados ahí. Mark Fisher llamaba “realismo capitalista” a esa sensación de que ya no hay afuera posible, ni siquiera para imaginarlo, y el destino de backrooms parece una ilustración perfecta.