Indignidad. De Lea Ypi. Anagrama; Barcelona, 2026. 392 páginas, 890 pesos.
“Torrencial, ilustrada, abierta y heterodoxa”. Así la definió Fernando Butazzoni en su columna Laterales en nuestro número de febrero de 2024. En los 32 meses transcurridos desde ese momento, la autora albanesa ha dejado de ser una total desconocida para el público uruguayo, pero continuaba siendo una presencia de un solo libro, el excepcional Libre (2021). O uno y medio si contamos el pequeño tomo Fronteras de clase (2025), pequeña claraboya a su trabajo ensayístico. Ahora, la aparición de Indignidad permite la confirmación de aquella primera lectura.
Con esta novela de investigación o investigación novelada, Ypi acomete la historia de su abuela paterna, que ya había sido parte de la trama de Libre. Impulsada por una acusación contra el pasado que comienza a circular en redes sociales, se lanza a investigar en los archivos oficiales de la Albania comunista y en otros antiguos dominios del fenecido Imperio otomano. Se van cruzando así las identidades judía, griega, turca, europea, hasta ir componiendo una indagación profunda en el sino balcánico del último siglo y medio.
Ypi llega mucho más allá de ese resultado. Combina, con agilidad y sin poner en riesgo el avance de la historia, documentos oficiales con recreación del pasado y crónica de su excavación archivística. Es, en ese sentido, una novela que los historiadores disfrutarán especialmente, pero no agota ahí su imán. Como había hecho en Libre, deja la sensación de que su pensamiento de izquierda y sensibilidad democrática se combinan en Ypi para dar una interpretación lúcida a la deriva –en parte trágica, en parte heroica– del mundo que existió detrás de la cortina de hierro, cortina que, en el caso albanés, estaba cerrada con candados con sus propias especificaciones de origen. Tampoco ese es su límite. Analiza, se interroga, se abre a preguntas, y va hilando una novela que es, quizá en esencia, una indagación filosófica sobre la naturaleza humana. Dejando pocas cosas de lado. Está la deuda con los muertos. Está la memoria. Está el lugar de la mujer en sociedades patriarcales que la dejan incluso fuera de los registros. Está el diálogo con los archivos. Está la paradoja filológica –o no– que implica que en albanés la palabra archivo y la palabra ataúd suenen tan parecidas. Está la oposición humano-máquina. En este último punto, en tono menor, Ypi encuentra en uno de los informantes que vigilaban a su abuela, cuyo seudónimo para los servicios de inteligencia era la palabra que define al cultor de esa forma de antigua lucha deportiva que consistía en un duelo de dos peleadores embadurnados en aceite, buscando agarrarse y sin conseguirlo nunca del todo. Ese tipo de pulseada es la que nunca logrará dominar la máquina, se dice Ypi. Y en ese comentario al pasar deja la pista de que quizá todo en Indignidad –que por oposición es una investigación sobre la dignidad– no sea otra cosa que un intento de resistir la artificialidad de este tiempo. Como lo es todo buen ejercicio literario, a fin de cuentas.
