Los programas de televisión sobre geopolítica vuelven a estar desesperados: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ensaña por segunda vez con el mandatario ucraniano, Volodímir Zelenski, y vuelve a hacer las paces con su par ruso, Vladimir Putin. Para explicar el giro del “hombre más poderoso del mundo”, los factores que más se mencionan son el precio del diésel y las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos. Como es habitual, impera el cortoplacismo más estricto. Por lo general, siguen las lamentaciones sobre la afinidad ideológica entre los jefes de Estado ruso y estadounidense, un aluvión de juicios morales sobre el traidor Trump y la exigencia de un compromiso aún más firme de los europeos con Ucrania. El presidente francés, Emmanuel Macron, líder de la “coalición de voluntarios” [una iniciativa que reúne a varios países con el objetivo de coordinar el apoyo militar a Ucrania], vuelve a ser tomado en serio, mientras que su propio país, magistralmente desorganizado por la disolución de la Asamblea Nacional en 2024, se hunde en el caos. La “tercera guerra mundial” se distingue de las dos anteriores por un estado de confusión interpretativa que no tiene precedentes históricos.
¿Qué tipo de guerra es?
En 1914 se sabía quién luchaba contra quién, aunque Italia se retiró en 1915 de la alianza que la unía a Alemania y a Austria-Hungría para optar por combatirlos junto con Francia, Reino Unido y Rusia. En 1917, la entrada en la guerra de Estados Unidos y la salida de Rusia habían cambiado el panorama, pero con claridad: Estados aliados o enemigos, un mundo sangriento pero sencillo. Sin embargo, no había coherencia ideológica: la Rusia de los zares era aliada de las democracias francesa y británica contra los “imperios centrales”.
Entre 1939 y 1945 también se sabía quién luchaba contra quién. Los bandos eran, en líneas generales, los mismos, con una Italia que, esta vez, cambió de lado en julio de 1943 tras el colapso del régimen de Benito Mussolini. Entonces sí se podía hablar de ideología, pero con la precisión de que el liberalismo –británico, francés o estadounidense– fue aliado del comunismo soviético contra el nazismo alemán, el fascismo italiano y el militarismo japonés. Durante esa Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética, más que Francia, soportó el impacto principal del ataque alemán y, como se pensaba entonces, “salvó a la civilización”.
Cuando se dice que Trump era capaz de aliarse con Putin para ganar las elecciones estadounidenses, nos encontramos en otro universo conceptual. ¿Se puede siquiera hablar de una guerra mundial? El número de muertos solo parece suficiente en Ucrania y, por supuesto, en Gaza. En Irán los líderes, masacrados en dos ocasiones, han sufrido una tasa de bajas que recuerda a la guerra de trincheras o a la acción de la Wehrmacht en la llanura rusa en 1941. Hoy los caballeros europeos de Occidente financian y arman, pero no luchan. En Medio Oriente, los estadounidenses apenas han sufrido unas pocas decenas de muertos. Una guerra así, asimétrica, sin bajas para las potencias, librada con medios tecnológicos superiores o mediante mercenarios locales, recuerda más bien a las guerras coloniales de antaño.
¿Qué permite, sin embargo, afirmar que la guerra es mundial? La existencia de dos bloques cuyo enfrentamiento alterará el equilibrio del globo. La derrota actual de Occidente se deriva de una debilidad industrial, que a su vez es consecuencia de una globalización que ha financiarizado su economía. Rusia, Irán y China, sin olvidar a Corea del Norte, demuestran ser capaces de producir más armas, y por mucho. Aquí nos encontramos con la ecuación fundamental de los dos choques mundiales anteriores, que fueron enfrentamientos económicos tanto como matanzas. Con una diferencia: la superpotencia industrial que aún no se ha involucrado en el campo armado es China, en lugar de Estados Unidos. Acabamos de enterarnos de que los motores de los nuevos drones a reacción rusos son chinos. ¿Es China el arsenal de las dictaduras, tal como Estados Unidos lo fue para las democracias?
Motivos del autoritarismo
Hemos llegado a la pregunta central, la que nos permitirá salir de la confusión interpretativa. ¿Es la alianza entre Rusia, Irán, China y Corea del Norte comparable a alguno de los sistemas que estructuraron la Primera y la Segunda Guerra Mundial? ¿Y qué es el bloque occidental? ¿Una alianza entre Estados Unidos, los países europeos, Japón y Corea del Sur contra un “eje del mal”, o algo completamente distinto?
En el caso de Rusia, Irán, China y Corea del Norte, de hecho, seguimos en un mundo de Estados y, fundamentalmente, de Estados-nación, en los que un pueblo, un Estado y un gobierno constituyen un todo unificado.
Además, comparten un ideal común de soberanía, la cual defienden frente a la voluntad estadounidense de hegemonía. Su concepción defensiva se basa en el rechazo, en la práctica, del paradigma estadounidense: una sola potencia, Estados Unidos, quiere imponer su voluntad sobre la organización económica y los valores del mundo; estos Estados-nación se oponen a ello.
Los cuatro regímenes pueden definirse como “autoritarios”. ¿Es esto un denominador común ideológico suficiente? ¿El ateísmo chino, la ortodoxia rusa, el chiismo iraní y el culto étnico coreano a la familia Kim realmente forman parte de un mismo conjunto cultural? Hablando en serio, ¿se puede equiparar el totalitarismo norcoreano, el partido único chino, el presidencialismo de Putin y el “régimen de los mulás” iraní? La intensidad del control estatal sobre los individuos varía mucho según el caso. La libertad de circulación, por ejemplo, está intacta en Rusia. El régimen iraní es particularmente difícil de definir: surgido de una revolución religiosa, había multiplicado instituciones diseñadas para equilibrarse entre sí bajo la autoridad reguladora de un líder supremo. Un pluralismo electoral controlado era fundamental en ese régimen y, en mi opinión, estaba destinado a florecer en una auténtica democracia una vez que cesaran las agresiones occidentales. Pero, tal como me lo había explicado un diplomático iraní a principios de la década de 2000, los ataques estadounidenses siempre terminan por fortalecer, al mismo tiempo, la posición estratégica de Irán y el bando conservador del país. La agresión pone, de forma constante, el sentimiento nacional al servicio del autoritarismo revolucionario. Acabamos de ver una ilustración definitiva de este mecanismo, ya que la decapitación del régimen mediante el ataque estadounidense-israelí fue, en la práctica, una erradicación de su pluralismo, que aún era muy relativo.
Es el vínculo antropológico general entre el antiguo sistema familiar y el temperamento político actual lo que me lleva a aceptar esta visión: el sistema familiar central de Irán es nuclear, como el de la cuenca de París o el del mundo anglosajón, con un rasgo patrilineal que no es tan poderoso como se cree.1 El lugar que ocupan las mujeres iraníes en el desarrollo educativo lo demuestra, al igual que su tasa de fecundidad, que desde hace 20 años se ha equiparado a la de las francesas. La familia rusa, por el contrario, es comunitaria, es decir, autoritaria e igualitaria, con un predominio del rasgo igualitario en las relaciones entre hermanos sobre el rasgo autoritario de las relaciones entre padre e hijo. Así se explica la capacidad de Rusia para llevar a cabo, en el siglo XX, dos revoluciones: derrocar el régimen de los zares en 1917 y, posteriormente, terminar con el régimen comunista en 1989-1991. La familia china también es comunitaria, pero con un predominio del rasgo vertical autoritario que explica la resiliencia del Partido Comunista Chino. La familia tradicional coreana no es igualitaria y el comunismo allí se ha vuelto una cuestión de linaje.
Se me ocurre una idea. ¿Y si el fortalecimiento del autoritarismo en Rusia, bajo el mandato de Putin, fuera resultado, al igual que en Irán, de la amenaza estadounidense? El Estado ruso tuvo que protegerse contra las intervenciones occidentales, llevadas a cabo por organizaciones “no gubernamentales” patrocinadas, por ejemplo, por la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Llevemos hasta el extremo esta aterradora hipótesis politológica: en un régimen de hegemonía estadounidense, es posible que la soberanía nacional solo pueda preservarse mediante un sistema político autoritario.
Esta hipótesis sobre las condiciones de la soberanía nos lleva también a comprender la naturaleza del bloque occidental. Sus regímenes políticos son sin duda pluralistas, pero definir el bloque como una alianza de Estados-nación soberanos sería totalmente ridículo.
En primer lugar, porque la mayoría de los países “aliados” de Estados Unidos, miembros de la Unión Europea, se adhieren de forma explícita a una ideología de superación del Estado-nación que renuncia a la noción de soberanía. Un proyecto bastante avanzado. Un país miembro como Francia, por ejemplo, al pertenecer a la zona euro y aceptar el control de su política comercial por parte de “Europa” (en realidad, una zona de dominación difusa de Alemania), ya no tiene soberanía económica. Las próximas elecciones presidenciales no serán más que una farsa si la pertenencia a la Unión impide de antemano que el presidente tome cualquier medida económica en un período de debacle industrial y presupuestaria. Francia presenta a la geopolítica el fascinante caso de un Estado que pierde su soberanía a pesar de poseer armas nucleares.
Consideremos de manera esquemática, pero en su conjunto, a Europa occidental. Las capas medias altas, separadas de los sectores populares por diversos mecanismos educativos, religiosos y económicos, han renunciado allí a la noción de soberanía en un único movimiento de adhesión a Europa y al atlantismo.2 Esta estructura de las sociedades europeas define la naturaleza geopolítica del bando occidental y explica la forma tan sorprendente que toma su desintegración, resultado de la derrota de Estados Unidos frente a Rusia e Irán.
El bloque occidental es –muy sencillamente, desde la época de Nicolas Sarkozy y el regreso de Francia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte– el espacio de dominación militar, política y cultural estadounidense, un conjunto imperial en el que las capas medias altas han renunciado al ideal de soberanía. El pluralismo interno de los regímenes políticos europeos es ahí una ilusión. En toda Europa, las capas medias altas, impulsadas por la ideología de los valores occidentales y controladas por el sistema político-militar atlantista, tienen como misión resistir a los partidos populares descritos por los medios oficiales como de extrema derecha o de extrema izquierda.
Estados Unidos, el líder del sistema, sigue siendo, por su parte, auténticamente pluralista, aunque la financiación masiva de su vida política por parte de las clases altas lo ha convertido en una plutocracia pluralista. Los multimillonarios del petróleo, la tecnología y las finanzas se enfrentan allí en un juego que garantiza la posibilidad de verdaderos cambios de rumbo, en especial en el ámbito geopolítico.
El centro y la periferia
Las oscilaciones de Trump son, en este sentido, bastante fáciles de explicar.3 Llega al poder como presidente de la derrota e intenta (fase 1) salir de la guerra en Ucrania ocultando el fracaso de Estados Unidos mediante una estrategia de distracción: el maltrato sádico a Zelenski y la humillación de los europeos, amenazas contra Canadá, contra Cuba, etcétera. Sin embargo, en mayo de 2025, la elección de Friedrich Merz, belicista y rusófobo, les da a los estrategas de Washington la sensación de que, con el compromiso industrial de Alemania, se puede reanudar una guerra de desgaste a bajo costo contra Rusia (fase 2). Así, en junio de 2025, Trump le dio la orden a John Ratcliffe, director de la CIA, de ayudar a los ucranianos a atacar las refinerías de petróleo rusas. A partir de julio de 2025, los ataques se intensificaron. Renacía la esperanza en los programas de televisión. El bando occidental parecía recuperar su unidad antirrusa. Pero, en enero, el espectacular éxito del secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, parte de la estrategia de distracción, había cegado incluso al propio Trump respecto de los recursos estadounidenses. En febrero lanzó la operación –tan acertadamente llamada Furia Épica– que dio inicio al fiasco iraní. El agotamiento de las reservas de misiles estadounidenses, el auge de la industria militar rusa y la coordinación de los recursos rusos, iraníes y chinos crearon una situación de emergencia (fase 3). El estrecho de Ormuz está bloqueado, la economía occidental se tambalea. La debacle amenaza en una Ucrania martirizada. Hay que abandonar Kiev, y lo antes posible, ya que 2027 será probablemente el año del desenlace. Trump, una vez más, debe crear una distracción: “maltrato sádico 2.0” de Zelenski y “amiguismo 2.0” con Putin. Como jugadores de ajedrez, los rusos aceptan de nuevo ayudar al presidente estadounidense en su número de ilusionista.
Los conceptos están establecidos. Ha llegado el momento de que comprendamos, en solo unas pocas frases, el comportamiento de estos líderes europeos que quieren mantener a sus pueblos en el enfrentamiento con Rusia y llevarlos a una nueva pobreza. Continuar la guerra en nombre de Europa: ahí está la broma.
En antropología existe un principio cartográfico del conservadurismo de las zonas periféricas: si una innovación define un centro de difusión, las zonas periféricas observables en el mapa, no afectadas por la innovación, representan el estado anterior del sistema. El actual presidente de Estados Unidos, con su conciencia oscilante de la derrota, es la innovación. Él es el centro. Los dirigentes europeos son la periferia. No lo han entendido. Se demoran. Quieren continuar la guerra, pero ciertamente no para proteger a Europa. Son el partido estadounidense de antaño que sigue en el poder entre nosotros, un arcaísmo en un imperio en proceso de desintegración. Es, pues, en nombre del Estados Unidos de antaño que los pueblos de Europa continúan la guerra.
Emmanuel Todd, autor de La desintegración. Conversaciones con Diane Lagrange, Gallimard, París, setiembre de 2026. Traducción: redacción de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.
