Superpongan dos mapas de la misma escala: uno de China y el otro de Europa. Ubiquen Urumqi, la capital de la región occidental de Xinjiang, justo encima de Reikiavik, la de Islandia. Entonces, tendrán que buscar a Pekín por el lado de Vilna, a Cantón a la altura de Belgrado, mientras que Harbin y su festival de hielo aparecerán en algún punto del óblast de Arcángel, en el norte de Rusia.
No cabe duda: China es inmensa. Tan grande que sus contrastes a menudo desafían la idea misma de unidad nacional. Cuenta con: más de 1.400 millones de habitantes, 56 etnias, un clima muy variado –mientras en el noreste visten campera de abrigo, en el sudoeste andan en ojotas–, y una lengua común que es la materna solo para seis de cada diez personas –y de la que todos se quejan porque no siempre entienden las distintas formas que adopta a medida que se van alejando de sus casas–. Hasta el mahjong [juego de mesa con fichas], la pasión nacional, se juega conforme a distintas reglas según la región.
Sin embargo, ya sea que caminen por las calles de Kunming o de Pekín, de Chongqing o de Shanghái, de Shenzhen o de Hangzhou, los visitantes entran a un mismo teatro, en cuyo escenario se desplazan dos personajes tan reconocibles como Arlequín y Polichinela en la commedia dell’arte: el repartidor y el jubilado, dos personajes que se oponen por completo, empezando por la edad. En otros lugares, los fenómenos generacionales pueden ser usados como bandera por quienes buscaban ocultar los antagonismos de clase,1 pero China se ha transformado tanto en las últimas décadas que las franjas etarias terminaron por encarnar etapas socioeconómicas distintas y se volvieron el equivalente a esas capas geológicas que documentan la historia de la corteza terrestre. De modo que el contraste entre la figura del jubilado y la del repartidor echa luz no solo sobre la mutación reciente del país, sino también sobre los desafíos que enfrenta.
Un nuevo paisaje urbano
Cuando las temperaturas son agradables, el jubilado sale: se lo puede encontrar en los parques, a orillas de los canales o en medio de las plazas públicas. Solo o en grupo, pasea, canta, baila, toca algún instrumento o pasa largas horas tomando el té y charlando. Mientras que en Europa los sectores de juegos de las plazas suelen estar reservados para los más chicos, en China todo está pensado para él. El jubilado es también quien se dedica a mostrar sus proezas físicas en las redes sociales, en videos en los que en cualquier otra parte del mundo las canas suelen brillar por su ausencia. En China, no es para nada raro que los jubilados estén en mejor estado físico que sus propios hijos.
Como hace frío este enero, el grupito de la ciudad de Jiangsu con el que nos vamos a encontrar nos citó en un KTV, uno de esos lugares populares de Asia en los que se pueden alquilar salas de karaoke. Cuando entramos a la habitación, encontramos a un hombre y una mujer, ambos de punta en blanco, cantando frente a una inmensa pantalla en la que pasaban imágenes tan insulsas como un plato de arroz blanco.
Tienen alrededor de 70 años –o un poco más– y se jubilaron según los criterios del sistema creado en 1951, dos años después de la proclamación de la República Popular China: a los 50 años para las empleadas y obreras, a los 55 para las mujeres en cargos directivos (no hay ninguna entre nuestras entrevistadas) y a los 60 para los hombres. Todos trabajaron en grandes empresas públicas o paraestatales (shìyè), que fueron las que hicieron sus aportes. ¿De cuánto es la jubilación? “Entre 4.000 y 10.000 yuanes por mes”, responden; es decir, entre 500 y 1.250 euros, en una ciudad donde el sueldo promedio mensual en 2024 era de unos 4.000 yuanes.2 Al igual que todas las personas de 50 años o más que uno encuentra en China, nuestros anfitriones cuentan sin vueltas haber pasado hambre –hambre de verdad–; y cuando les preguntamos si su país los ha tratado bien, la cara de una mujer que hasta entonces se había mantenido en silencio se iluminó y aseguró: “Estamos orgullosos de China”. Es entendible: ella, que nació en una época en la que la esperanza de vida era de apenas 35 años,3 acaba de cumplir 90. Si la máscara de estos jubilados hubiera de expresar una única emoción, luciría una sonrisa de oreja a oreja.
A él, los cinco grados bajo cero que marca el termómetro no lo van a frenar. En invierno, el repartidor sale emponchado, y cuando pega la ola de calor, transpira la gota gorda. Todo sea por llevarles bebidas frías a los jubilados que charlan en el parque, por ejemplo. ¿Desean comer en la oficina o en la residencia estudiantil sin tener que asomar la nariz a la calle? Acuden a él. ¿Tomarse una cervecita en el restaurante en donde solo sirven té? De nuevo, él. ¿Conseguir la leche que falta un sábado por la mañana? Siempre él. Es un reflejo motivado por dos razones: el mal tiempo –que hace dar ganas de quedarse a resguardo de la lluvia, el frío o el calor– y la guerra de precios.
Cada tanto, la llegada de un nuevo competidor al mercado del delivery desata un enfrentamiento con consecuencias que a veces son desconcertantes. En 2025, por ejemplo, el gigante Meituan intentó resistir la ofensiva de JD.com. En la pelea por captar clientes y liquidar a la competencia, empezaron a repartir cupones de descuentos que hicieron que se volviera más económico pedir el envío de un plato que comprarlo directamente en el local.
Vestido con los colores de la empresa para la que trabaja –amarillo en el caso de Meituan (que domina poco menos del 70 por ciento del mercado), naranja si es de Taobao (poco menos del 30 por ciento) y rojo para JD.com (porcentaje restante)–, el delivery empezó a aparecer en las calles chinas a mediados de la década de 2010. Mientras que entre 2015 y 2024 la tasa de urbanización pegaba un salto del 57 por ciento a más del 66 por ciento según el Banco Mundial, el mercado del delivery de comida pasaba de 230 a 1.200 billones de yuanes (de 30.000 a 150.000 millones de euros).4 Desde las megaciudades llenas de luces hasta otras no tan vastas como Xuzhou (con 8,6 millones de habitantes), el repartidor ya forma parte del paisaje urbano, y está transformando el ruido ambiente de las ciudades.
En China, el ruido de los motores nafteros es tan raro que uno llega a descubrir los sonidos de fondo que el lío de las calles europeas ahoga; por ejemplo, el de las cubiertas sobre el asfalto que suena como un papel crepé que se arruga. Sin embargo, un ruido reemplazó al otro. Después de los pistones y las válvulas, llegaron las bocinas. Sobre todo, las de las motitos eléctricas, que, al ser tan silenciosas, corren el riesgo de chocar fácilmente con un peatón o un auto, en especial porque los repartidores manejan por la vereda, a contramano o cruzando la calle por cualquier lado, como si las normas de tránsito no estuvieran hechas también para ellos. Cada vez que intenta esquivar un accidente, el delivery toca la bocina. Por lo tanto, las bocinas suenan bastante seguido, y con la insistencia propia del instinto de supervivencia.
Es que la vida de estos trabajadores es una cuenta regresiva, activada por un dios todopoderoso y anónimo: el algoritmo. Apenas acepta un viaje, el repartidor ve en su aplicación cuántos minutos tiene para ir a buscar el paquete o la comida, y después el plazo que tiene para entregárselo al cliente. Un infierno que sociólogos críticos como Sun Ping o Chen Long no tardaron en documentar.
Explotación y regulación
Sin embargo, fue un artículo de la revista Ren Wu5 (que depende de la oficialísima Editorial del Pueblo) el que, en setiembre de 2020, desató la bronca de la gente. El texto exponía de forma metódica las condiciones de trabajo de esos repartidores a quienes todo el mundo recurre a diario. Dejaba al descubierto cómo estos trabajadores veían, impotentes, lo mucho que se iban acortando los plazos de entrega, obligándolos a correr cada vez más riesgos en la calle; cómo el sistema calculaba las distancias como si fueran pájaros, capaces de ir en línea recta por la selva urbana; cómo el hecho de estar atados a la puntuación de los clientes los obligaba a poner una sonrisa incluso ante los pedidos más ridículos; cómo la promesa de ganar 10.000 yuanes por mes (unos 1.200 euros) –que las plataformas usaban para atraer gente cuando querían copar el mercado– casi nunca se cumplía; cómo cualquier demora en la entrega terminaba en una multa que se les descontaba de lo que habían ganado, y cómo esa supuesta “libertad” de poder elegir cuándo conectarse y cuándo cerrar la aplicación los volvía en realidad esclavos de un sistema que los persigue hasta en las pesadillas.
Un panorama semejante dio lugar a un sentimiento compartido: esa sensación de que hay que romperse el lomo cada vez más para conseguir resultados que, encima, son cada vez más decepcionantes. Se trata de un fenómeno que bautizaron con el nombre de neì juǎn o “involución”.6 Si bien las críticas no están prohibidas en China, al poder no le hace ninguna gracia que ganen terreno. El revuelo que se generó a partir del artículo de Ren Wu podría, entonces, haber caído mal en las altas esferas; sin embargo, se dio en un momento político particular en el que ya no se buscaba beneficiar a las grandes plataformas digitales, sino ponerles un límite. Según el análisis de los investigadores Matt Sheehan y Sharon Du,7 algunas de estas empresas “habían tomado el control de gran parte del flujo de información y de la economía, lo que les confería un nivel de influencia e independencia que al Partido-Estado no le gustaba para nada”.
A partir de 2021, el gobierno empezó a regular el mercado del delivery con una serie de medidas –las más recientes se anunciaron en diciembre de 2025–: pusieron límites a los algoritmos para que se estiren los plazos de entrega, obligaron a las empresas a proveerles un seguro a los repartidores en caso de accidente, y también las incentivaron para que garantizaran cobertura social e incluso aportes jubilatorios a sus empleados. En junio y julio de 2025, el Diario del Pueblo publicó una serie de notas que homenajeaban a los repartidores –“constructores y guardianes de la vida moderna”–8 y celebraban la mejoría de las condiciones de trabajo gracias a la intervención del Estado. Sin embargo, uno de los entrevistados resumió su vida de este modo: “Cuatro estaciones sin descanso, ninguna garantía de poder acceder a las tres comidas, las dos piernas siempre en movimiento y una sola idea: ganarme la vida”.9 En las calles chinas, no hay vuelta que darle: los repartidores siguen sonriendo mucho menos que los jubilados que salen a bailar.
A la empresa Meituan le quedó un sabor amargo después de que salieran a la luz las condiciones de trabajo de quienes visten su uniforme. Apenas comenzamos a realizar nuestras entrevistas en Xuzhou, la firma envió un mensaje al chat grupal de los repartidores de la ciudad: “A todo el mundo: un periodista francés anda haciendo entrevistas desde hace unos días. [...] Les recordamos que no estamos autorizados a dar notas, ni siquiera a quedarnos charlando. Silencio absoluto”. Después, algunos empleados aduladores de la empresa empezaron a pasar por ese mismo chat videos grabados a escondidas de los (pocos) extranjeros que encontraban en la ciudad, tratando de identificar al que andaba preguntando por su empleador. Sin embargo, a la mayoría de los repartidores les daba gracia tanta alarma y nos hablaban sin problemas, aunque con discreción.
Todos admiten que el delivery es un trabajo pasajero. En Xuzhou, ganan entre 3.000 y 8.000 yuanes por mes. “Probé irme a una ciudad grande. Ganaba 7.000 yuanes, pero el alquiler me costaba 2.000. Acá gano solamente 5.000, pero comparto alquiler con otras personas por 700”. La mayoría empezó hace menos de dos años, y muchos tienen pensado dejarlo en los próximos dos meses. “Seguir así es imposible. Es demasiado esfuerzo para la poca plata que se gana”, dice uno de ellos, egresado de una prestigiosa universidad.
Una economía a los tropezones
Al igual que muchos otros jóvenes, nuestro entrevistado sufre las consecuencias de la reciente política de masificación de la educación superior. El número de nuevos graduados pasó de unos 2,7 millones en 2010 a más de 12 millones en 2025. A partir del anuncio de una tasa de desempleo del 21,3 por ciento para los jóvenes de entre 16 y 24 años en junio de 2023, la Oficina Nacional de Estadísticas de China decidió suspender la publicación del dato. Unos meses más tarde, volvieron a publicarlo, pero basándose en una “nueva metodología” que, para diciembre de 2025, estableció el porcentaje en un 16,5 por ciento: un nivel que sigue siendo preocupante y marca un quiebre. Hasta principios de la década de 2020, en China predominó una fe ciega en el progreso inevitable, la idea –escribió el investigador Eli Friedman– de que “estudiar mucho en la facultad era el camino a seguir para poder acceder a un buen trabajo, a un departamento moderno que se valorizara con el tiempo y a los demás gustos –tanto materiales como culturales– de una vida acomodada”.10 En resumen: de vivir, ellos también, una historia de ascenso social. Hoy en día, salvo por los que se reciben en las mejores universidades, ya son pocos los que se creen ese cuento.
En 2023, en un intento de hacer pasar este problema social por una falla individual, un canal de televisión estableció un paralelismo literario que, en general, no tuvo una buena recepción. Un artículo publicado en la página web de la Televisión Central de China (CCTV, por sus siglas en inglés) sugería que la juventud se parecería al personaje de Kong Yiji, creado por Lu Xun (1881-1936), un clásico que todos los chinos estudian en la escuela. Kong Yiji es culto pero pobre, porque nunca pudo aprobar los exámenes imperiales. Sin embargo, sigue usando la túnica larga típica de los intelectuales y se niega a rebajarse a cualquier tarea que no sea intelectual. “Si Kong Yiji terminó mal –planteó la CCTV– no fue por ser instruido, sino por ser incapaz de dejar de lado la arrogancia de los eruditos y rechazar el trabajo manual, que podría haber cambiado su suerte. Su túnica era [...] una prisión que le impedía ver otros horizontes”.11 En otras palabras: “Jóvenes profesionales, sáquense la túnica de Kong Yiji. Dejen de pretender un puesto a la altura de sus títulos y ¡pónganse a trabajar!”. El mensaje desató un repudio masivo en las redes sociales, sobre todo, porque la mayoría de los graduados no habían esperado a que la televisión los aleccionara para salir a buscar la manera de ganarse unos pesos en el mientras tanto: los que tenían auto se pusieron a manejar y, los demás, a repartir comida.
A principios de la década de 2010, el sector atraía sobre todo a trabajadores que venían de zonas rurales y llegaban a las grandes ciudades con la esperanza de poder escapar de la labor en las fábricas, a la que uno de ellos definió frente a nosotros como “una cárcel”. Poco a poco, la actividad se fue convirtiendo en la alternativa pasajera para quienes habían sufrido algún “golpe de la vida”: quiebras (muchas a causa de la pandemia de covid-19), deudas, divorcios complicados. Pero ahora el sector terminó absorbiendo a todos los náufragos de una economía que viene a los tropezones. No solo a jóvenes graduados, sino también a los que se desempeñaban en el rubro inmobiliario, que durante mucho tiempo fue uno de los motores de la economía china.
Alcanza con subirse a un tren para dimensionar la crisis que viene atravesando el sector de la construcción desde principios de 2020. Por todos lados aparecen bosques de edificios gigantescos sin terminar. Si el tren pasa de noche y alguno de los compradores decidió mudarse a su departamento en medio de la obra, el efecto es aún más impactante: se ve un cuadrado de luz que resalta entre los distintos tonos de grises, en una atmósfera que recuerda a la película Buffet frío (1979), de Bertrand Blier. Como la venta de terrenos a las constructoras era una de las principales fuentes de financiamiento de las provincias, ahora muchas de ellas están en graves problemas y se ven obligadas a recortar sueldos o incluso a demorar los pagos varios meses. Las autoridades de Hunan –en el sur del país–, que están atravesando un momento particularmente difícil, ya avisaron que no es ilegal que los empleados públicos den clases de gimnasia, vendan productos del campo o que incluso trabajen de repartidores en sus momentos libres.12
Hoy en día la cantidad de repartidores asciende a 11 o 12 millones. Eso explica por qué la cantidad de bocinazos –y de accidentes– sigue siendo tan copiosa como antes de que el gobierno se metiera a regular el sector. Porque, si bien es cierto que mejoraron un poco los plazos que imponen los algoritmos, la ola de nuevos repartidores los obliga a ir lo más rápido posible para no perderse ningún viaje y para que la plata alcance. Eso sin contar la competencia de los drones, que en algunos barrios ya están reemplazando a los humanos.
Así es como la “involución” continúa. “Las plataformas buscan llevar a los repartidores al límite”, dictamina un hombre vestido de amarillo. “Podés elegir no hacer un viaje, pero siempre va a haber alguien que lo haga por vos. En China sobra gente”. Quien nos dice esto no gana lo suficiente como para casarse, y por lo tanto tampoco para tener hijos, ya que en China la paternidad fuera del matrimonio es algo impensable. Sin embargo, él es un afortunado: otros nos confiesan que ni siquiera pueden mantener una relación amorosa, porque eso implicaría tener que ir con su pareja a un restaurante o hacerle un regalito de vez en cuando.
Cada uno cuida su pellejo
“La facilidad para entrar y salir del sector funciona como una ‘válvula de escape’”, señalan los investigadores Li Shenglan y Jiang Lihua. Permite que los trabajadores “expresen, aunque sea en parte, su descontento renunciando, lo que apacigua un poco el riesgo de que estallen conflictos sociales graves”.13 Durante nuestras entrevistas, nunca apareció ni el más mínimo rastro de bronca. Las caras solían ser tan sombrías como sus palabras, una especie de reflejo del sufrimiento que llevan por dentro.
Sin embargo, estamos lejos de la imagen del repartidor construida por los medios y las redes sociales: esa del “caballero del delivery” (kuài dì xiá), cuya característica principal sería la abnegación. Cada vez circulan más videos donde se ve a uno interrumpiendo su entrega para apagar un incendio, o a otro para alertar sobre una fuga de gas que amenaza a un edificio. Dentro de la clase media, son muchos los que elogian la función social de estos trabajadores que “conectarían” a las personas y ayudarían a romper la soledad en la que los chinos están cada vez más sumergidos. En 2025 se hizo viral una aplicación llamada ¿Te Moriste? (Sǐ le me?), que invita a las personas que viven solas (no necesariamente ancianos) a tocar a diario un botón para avisarles a sus familias que todavía siguen con vida. No obstante, los repartidores que entrevistamos rechazan ese papel de sostén y apoyo de la sociedad china. “Acá cada uno cuida su pellejo”, suelta uno sin levantar la vista de la taza de té que sostiene entre las manos. “Ya es bastante difícil arreglárselas solo, nadie tiene energía para andar pensando en los demás”.
Un mundo en extinción
¿Hasta que llegue, por fin, el momento de jubilarse? ¡Pero ojo! La imagen del jubilado feliz que siempre llama la atención del visitante oculta otra realidad, mucho menos luminosa, que representa a la gran mayoría de las personas en edad de jubilarse: hablamos del 60 por ciento de 300 millones. Una realidad que estaba ahí, frente a nuestros ojos. Por ejemplo, en la esquina de una calle comercial del centro, bajo la forma de un hombre de 70 años con un mameluco con los colores de la ciudad y una escoba en la mano. Un hombre que nació a 50 kilómetros de Xuzhou, pero no tiene el hùkǒu (el pasaporte interno chino) de la ciudad y, por lo tanto, es un “trabajador migrante”. Empezó a trabajar a los ocho años, pero no puede hacer valer los aportes acumulados en una ciudad que no es su lugar de residencia reconocido por el Estado. Así que solo cobra el mínimo nacional, unos 250 yuanes, es decir, 30 euros por mes. Por eso sigue con la escoba en mano, barriendo, a pesar de lo tarde que es.
Más allá de que muchísimos trabajadores chinos también son migrantes, las jubilaciones de los que no lo son dependen de los aportes previsionales hechos por las empresas. Sin embargo, a menudo sucede que algunas empresas incumplen con esa obligación o que los mismos empleados renuncian a esos aportes para poder cobrar un sueldo más alto. Preocupado por el envejecimiento de la población –en un país donde la venta de pañales para adultos probablemente ya superó a la de los bebés en 2025–, el gobierno decidió retrasar, de forma progresiva a lo largo de 15 años, la edad jubilatoria a partir de enero de 2025: de 50 a 55 años para las obreras y empleadas, de 55 a 58 para las mujeres en cargos directivos, y de 60 a 63 años para los hombres. Así, en muchos aspectos, esa jubilada de 70 años que nació en la pobreza, pero que pasó más de 20 años perfeccionando su canto y su danza del abanico, parece la sobreviviente de un mundo en vías de extinción. Ese mundo que la revolución de 1949 prometía construir.
A menos que –como subraya un sociólogo que se reivindica maoísta y que prefiere mantenerse en el anonimato–, después de haber “liberado” las fuerzas del mercado para desarrollar la economía a principios de los años 1980, “China se decida finalmente a construir un Estado de bienestar”. ¿Y recuerde, tal vez, el adjetivo que califica al nombre del partido en el poder? Para eso, el Partido tendría que dar marcha atrás con la convicción formulada una y otra vez por el presidente Xi Jinping de que no hay que “ir demasiado lejos con la asistencia social” para “evitar que la gente se vuelva vaga”.14 De lo contrario, resulta difícil ver de qué modo el país logrará salir del flagelo de la involución.
Ahora bien, y tal como lo sugiere Friedman:15 ¿el problema es propiamente chino o, al final, resulta “tan global como el capital”? El 20 de enero, el diario francés Le Figaro publicó un artículo titulado “El capitalismo dejó de funcionar para los jóvenes”.16 El autor citaba allí una columna de The New York Times: “Hoy en día, para la generación Z (las personas nacidas entre fines de los 1990 y fines de los 2000), trabajar resulta más deprimente que estar desempleado”. Pekín, París, Nueva York: distintos escenarios, un mismo drama.
Renaud Lambert, enviado especial, jefe de redacción adjunto de Le Monde diplomatique, París. Traducción: Paulina Lapalma.
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Véase Alain Garrigou, “Génération 68, un mythe”, Régime d’opinion, blog.mondediplo.net, 13-11-2013. ↩
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“Boletín estadístico municipal de Xuzhou de 2024 sobre el desarrollo económico y social nacional” (en chino), Anuario estadístico urbano de China, tjnj.net, 29-5-2025. ↩
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“En los últimos setenta años, la esperanza de vida al nacer en China se ha incrementado a más del doble” (en chino), Xinhua, 5-9-2019. ↩
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“Informe sobre el desarrollo del sector O2O de delivery de comida en China” (en chino), iResearch, Pekín, julio de 2016; “Publicación del informe sobre el desarrollo de la gastronomía en China hacia el 2025” (en chino), toutiao.com, 31-7-2025. ↩
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“Repartidores de comida, atrapados en el sistema” (en chino), Renwu, Pekín, 8-9-2020. ↩
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Nathan Sperber, “La extraña contorsión de la economía china”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, diciembre de 2025. ↩
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Matt Sheehan y Sharon Du, “How dood delivery workers shaped Chinese algorithm regulations”, carnegieendowment.org, 2-11-2022. ↩
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Yang Yan, “Los que enfrentan la ‘carrera de obstáculos urbana’” (en chino), Diario del Pueblo, Pekín, 27-6-2025. ↩
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Sun Zhen, “Los que corren contra el tiempo” (en chino), Diario del Pueblo, Pekín, 4-7-2025. ↩
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Colectivo Gonglao, Involution. A Worker Inquiry Amid China’s Youth Unemployment Wave [Involución. Una investigación obrera en medio de la ola de desempleo juvenil en China], traducción del chino al inglés y prefacio de Eli Friedman, Verso Books, Londres, a publicarse en 2026. ↩
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“Enfrentar la angustia detrás de la ‘literatura de Kong Yiji’” (en chino), CCTV, xinwen.bjd.com, 16-3-2023. ↩
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“Chinese province says OK for officials to hustle on the side in tepid economy”, Reuters, 11-7-2025. ↩
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Li Shenglan y Jiang Lihua, “New forms of labor time control and illusory freedom”, (Sociological Studies), N° 6, Pekín, 2000. ↩
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Citado por Dan Wang en Breakneck. China’s Quest to Engineer the Future, Allen Lane, Londres, 2025. ↩
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Eli Friedman en Involution. A Worker Inquiry Amid China’s Youth Unemployment Wave, op. cit. ↩
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Ronan Planchon, “‘Le capitalisme a cessé de fonctionner pour les jeunes’: la Gen Z ne déteste pas le travail, elle n’y gagne plus rien”, Le Figaro, París, 20-1-2026. ↩