Para que tuviera carácter oficial, el “reconocimiento” debería haber sido objeto de un texto votado por la Knesset [Parlamento]. Aun así, esta respuesta convierte a Netanyahu en el primer jefe de gobierno israelí en reconocer públicamente el genocidio armenio.

¿Por qué este retraso, más de un siglo después de los hechos?1 Teniendo en cuenta la historia de Israel, esta valoración podría haber tenido lugar antes, afirma Bet-David. Pero Tel Aviv mantiene tradicionalmente buenas relaciones con Ankara, que fue la primera capital de un país mayoritariamente musulmán en aceptar la existencia de Israel, en 1949: su silencio es una forma de mantener buenas relaciones con Turquía.

La negativa a reconocer el genocidio armenio también forma parte de la voluntad de Israel de mantener el monopolio sobre el crimen de genocidio. “Rechazamos los intentos de establecer una similitud entre el Holocausto y las acusaciones armenias”, explicó Shimon Peres, entonces ministro de Asuntos Exteriores de Israel, durante una visita a Turquía en 2001. “No ha ocurrido nada similar al Holocausto. Lo que sufrieron los armenios es una tragedia, pero no un genocidio”. Desde esta perspectiva, comparar el exterminio de los judíos por los nazis con otros genocidios equivaldría a “relativizarlo”, lo que debilitaría su papel en la legitimación del proyecto sionista.

Las relaciones entre ambos países están sufriendo actualmente un claro deterioro.2 Israel está cometiendo su propio genocidio en Gaza, denunciado como tal por el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. La declaración de Netanyahu responde a esta acusación. El primer ministro israelí alega en su defensa la distinción entre los genocidios y la simple “guerra” que afirma estar librando contra Hamas. Reconocer el exterminio de los armenios equivale para él a minimizar sus propios crímenes.

La negación del genocidio de 1915 tiene la particularidad de que se deriva de una política de Estado: Turquía, “sucesora” del Imperio otomano, perpetró las masacres. Los “asesinos de la memoria” –según la expresión del historiador Pierre Vidal-Naquet– no son en este caso seudohistoriadores aislados o miembros de grupúsculos nazis, sino una nación moderna que dispone de importantes medios materiales y simbólicos. Ankara ha gastado millones de dólares para contrarrestar las “acusaciones armenias” en todo el mundo y combatir los esfuerzos por reconocer el genocidio, por ejemplo, mediante un frenético lobby entre los representantes electos estadounidenses.

¿Por qué tanto esfuerzo? El genocidio armenio es el “crimen fundacional” de la Turquía moderna. La transición del Imperio otomano a Turquía supuso la construcción de una “turquidad” que excluía de la identidad nacional a las minorías, en particular a las cristianas, del imperio. Como ha demostrado el sociólogo Michael Mann, los genocidios no son fruto de una barbarie ancestral: a menudo se producen en el marco de la construcción de Estados modernos.3 Es el “lado oscuro de las democracias” que, a veces, en sus inicios tienen dificultades para aceptar el pluralismo lingüístico o religioso. Así, Israel puede presentarse simultáneamente como una democracia para sus ciudadanos judíos y, desde su fundación, dedicarse periódicamente a la limpieza étnica de los palestinos. El temor al acceso a la plena ciudadanía –y a los recursos que ello implica– de grupos distintos al grupo “etnonacional” dominante alimenta la violencia contra ellos.

El reconocimiento del genocidio armenio por parte de Turquía implicaría reparaciones territoriales y financieras. Un genocidio siempre consiste en una transferencia de bienes muebles e inmuebles a favor de quienes lo cometen. Por ejemplo, el famoso parque Gezi, en el barrio de Taksim, en Estambul, contra cuya destrucción se llevó a cabo una movilización a gran escala en 2013, se encuentra en el emplazamiento de una iglesia y un antiguo cementerio armenios.4 Las lápidas se utilizaron como material de construcción. Esta expoliación a gran escala, esencial para la construcción de la Turquía moderna, sería objeto de demandas de reparación en caso de reconocimiento.5

Para protegerse de ello, Turquía ha desplegado una amplia gama de técnicas negacionistas: prohibición o filtrado estricto del acceso a los archivos, por ejemplo, a los registros catastrales que detallan las propiedades armenias antes de las deportaciones; creación de supuestos institutos de historia encargados de negar el genocidio; financiación de cátedras universitarias en diferentes países; manuales escolares que difunden una versión falaz de los hechos, activismo en internet y en las redes sociales...6

En 1934, la empresa cinematográfica estadounidense Metro Goldwyn Mayer (MGM) concibió la idea de llevar a la gran pantalla Los cuarenta días del Musa Dagh, la novela de Franz Werfel que describe la resistencia, hasta su rescate por un barco francés, de los armenios en la montaña del Monte Moisés, cerca de Siria, durante el genocidio. La embajada de Turquía en Estados Unidos ejerció toda su influencia para impedir que la película viera la luz, y lo consiguió. Ese mismo año, los nazis prohibieron el libro en Alemania: la similitud entre el destino de los armenios y el que les esperaba a los judíos era demasiado evidente. Casi un siglo después, en el memorial del genocidio de los tutsis en Kigali, Ruanda, unas galerías recogen la historia de los crímenes masivos del siglo XX. Sin embargo, la sala dedicada al genocidio armenio ha desaparecido: Turquía condicionó su apoyo económico al país a su cierre. La solidaridad entre los pueblos víctimas de exterminios a veces queda relegada a un segundo plano frente a otro tipo de consideraciones.

El trabajo de los historiadores resulta más constante. El mero hecho de que Turquía dedique tantos recursos a negar el genocidio sugiere que el conocimiento avanza. En la actualidad existe un consenso académico que afirma que los acontecimientos de 1915-1916 constituyen un genocidio. Este trabajo proviene de nuevas generaciones de investigadores, algunos de origen turco, pero a menudo establecidos fuera de Turquía. Según el artículo 301 del Código Penal turco, afirmar la realidad del genocidio constituye un “insulto a la nación turca”.

Estos avances científicos también explican la evolución del discurso negacionista. La negación comienza con el propio genocidio, en el momento en que las autoridades otomanas deben explicar a los extranjeros presentes en el imperio –embajadores, cónsules, religiosos, comerciantes...– las masacres y deportaciones. Desde ese momento, se diferencian dos polos: la negación y la justificación del genocidio. Según la paradójica fórmula del historiador Ronald Suny, “el genocidio no tuvo lugar y los armenios son los responsables”.7

Negar: “Las cifras de muertos armenios son exageradas”; “era una guerra, todo el mundo sufrió”; “era necesario alejar a las poblaciones armenias de las zonas de conflicto por su propia seguridad”; “la culpa fue de epidemias desafortunadas y de criminales locales”; “es cierto que hubo muertos, pero no hubo intención genocida”. Justificar: “Los armenios conspiraban con los enemigos occidentales”; “el movimiento nacional armenio esperaba el colapso del imperio para obtener un territorio independiente”; “los comerciantes y financieros armenios explotaban a la población turca”. Los verdugos se convierten en víctimas: esta es una de las operaciones básicas del negacionismo.

Cuando los historiadores refutaron estos argumentos, los negacionistas jugaron una nueva carta: la duda legítima. A partir de la década de 1980, Turquía contrató a las mismas empresas de relaciones públicas que la industria tabacalera, las cuales, más tarde, permitirían que el escepticismo climático se hiciera oír en el debate público.8 “La duda es nuestra mercancía”, explicaba el director de una de estas empresas, y también se vende para manchar la memoria histórica. En lugar de afirmar la inocuidad del tabaco para la salud, los mercaderes de la duda sostenían que no existía una certeza absoluta sobre sus efectos. La industria financiaba estudios que mostraban de manera fraudulenta la debilidad de las correlaciones, o la ausencia de causalidad propiamente dicha entre el tabaco y diferentes patologías. Mucho más tarde, todas ellas fueron refutadas, pero la sospecha permanece en algunos.

Lo mismo ocurre con lo que Turquía denomina la “controversia turco-armenia”, como si se tratara de una cuestión en la que se enfrentaran dos puntos de vista. Se trataba de hacer respetable el negacionismo, adornándolo con los atributos de la respetabilidad científica. Mientras tanto, Mehmet Talat, alias Talat Pacha, artífice del genocidio armenio, fue elevado al rango de héroe de la nación turca, con monumentos y calles que llevan su nombre en todas las ciudades.

El trabajo de los historiadores ha tenido repercusiones en el ámbito político: más de 30 países han reconocido oficialmente el genocidio armenio. Por supuesto, sería preferible que los Estados no se entrometieran en la verdad histórica. Pero, en este caso, quien cometió el genocidio se esfuerza activamente por negarlo. Aliada de Occidente durante la Guerra Fría, Turquía se ha beneficiado durante mucho tiempo de su silencio cómplice. La caída de la Unión Soviética abrió el camino a una ola de reconocimientos: los cambios en las alianzas geopolíticas obstaculizan o favorecen el avance de la verdad histórica.

La cuestión de las reparaciones también avanza. En 2005, la aseguradora francesa Axa se vio obligada a indemnizar con unos 15 millones de euros a los descendientes de las víctimas del genocidio que tenían un seguro con la Union des assurances de Paris (UAP), una de sus antecesoras, es decir, a 10.000 de sus clientes otomanos de origen armenio que, curiosamente, habían desaparecido sin dejar rastro.

En algunos sectores de la sociedad civil turca9 persiste un recuerdo difuso de las masacres de armenios. Sería exagerado afirmar que la población se resiste al discurso impuesto por el Estado. Muchos turcos y kurdos participaron en las masacres y se beneficiaron materialmente de ellas. Pero es difícil “olvidar” las atrocidades que se han visto, y los relatos de estas atrocidades a veces han circulado de generación en generación. A partir de la década de 2000, surgió en el espacio público turco el fenómeno de los “criptoarmenios”: turcos que de repente se dan cuenta de que uno de sus antepasados era armenio, pero que había ocultado su identidad para sobrevivir. La radicalización autoritaria del régimen de Erdogan impide hoy en día este tipo de manifestaciones.

La relación de fuerzas en materia de memoria también evoluciona bajo la influencia de presiones externas. El trabajo de memoria llevado a cabo por Alemania en relación con el genocidio de los judíos, pero también la solicitud de adhesión de Turquía a la Unión Europea, constituyen puntos de apoyo para la reivindicación del reconocimiento y la reparación. En las décadas de 2000 y 2010, incluso se celebraron en Turquía algunos coloquios dedicados al genocidio.

Sin embargo, como recuerda el historiador turco Taner Akçam, “no es fácil para una nación calificar a sus padres fundadores de asesinos y ladrones”. Esto es aún más cierto cuando el crimen está en curso: los palestinos de Gaza están sufriendo actualmente lo que algunos especialistas denominan un “genocidio por desgaste”.10 La idea ya se encuentra en Raphaël Lemkin, inventor del concepto genocidio. La violencia armada continúa, por supuesto, pero a ella se suman las muertes resultantes de la destrucción de las condiciones de vida en Gaza. El genocidio se “automatiza”, lo que permite acreditar la mentira de que la violencia ha disminuido en intensidad.

Razmig Keucheyan, profesor de sociología en la Universidad Paris Cité. Traducción: redacción de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.

Punto uy

En 1965, Uruguay estableció el 24 de abril como el Día de Recordación del Genocidio Armenio, siendo pionero en su reconocimiento a nivel parlamentario. Este año, el miércoles 22 de abril, se realizó un acto oficial en el Palacio Legislativo por su aniversario número 111.


  1. Eldad Ben Aharon, “A Unique Denial: Israël’s Foreign Policy and the Armenian Genocide”, British Journal of Middle Eastern Studies, 42, 4, Abingdon-on-Thames, 2015. 

  2. Ariane Bozon, “Israël et la Turquie, meilleurs ennemis”, Le Monde Diplomatique, París, mayo de 2025. 

  3. Michael Mann, The Dark Side of Democracy. Explaining Ethnic Cleansing, Cambridge University Press, 2005. 

  4. Ayşe Parla and Ceren Özgül, “Property, Dispossession, and Citizenship in Turkey; or, The History of the Gezi Uprising Starts in the Surp Hagop Armenian Cemetery”, Public Culture, 28, 3, Nueva York, setiembre de 2016. 

  5. Raymond H. Kévorkian, “The Property Law and the Spoliation of Ottoman Armenians”, en Thomas Kühne Marc A. Mamigonian y Mary Jane Rein (dirs.), Documenting the Armenian Genocide. Essays in Honor of Taner Akçam, Palgrave Macmillan, Londres, 2024. 

  6. Bedross der Matossian, “Le négationnisme du génocide arménien à l’ère du numérique. Les ‘événements de 1915’ revisités sur Internet”, Revue d’Histoire de la Shoah, 221, París, 2025. 

  7. Ronald Grigor Suny, “Truth in Telling: Reconciling Realities in the Genocide of the Ottoman Armenians”, American Historical Review, 114, 4, Chicago, 2009. 

  8. Marc A. Mamigonian, “Academic Denial of the Armenian Genocide in American Scholarship: Denialism as Manufactured Controversy”, Genocide Studies International, 9, 1, Toronto, 2015. 

  9. Ugur Ümit Üngör, “Lost in Commemoration: The Armenian genocide in memory and identity”, Patterns of Prejudice, 48, 2, Abingdon-on-Thames, 2014. 

  10. Elyse Semerdjian, “Gazafication and Genocide by Attrition in Artsakh/Nagorno Karabakh and the Occupied Palestinian Territories”, Journal of Genocide Research, Abingdon-on-Thames, 2024.