“La invasión israelí golpeó ciegamente [...]. Se han confirmado destrucciones de pueblos y de ciudades, masacres de civiles [...]. El Estado de Israel está aplicando en el sur de Líbano el método que dio resultados en Galilea y en otros lados en 1948: ‘palestinear’ al sur de Líbano [...]. Las acciones de Israel son consideradas reacciones legítimas, incluso cuando parecen desproporcionadas, mientras que las de los palestinos son exclusivamente tratadas como crímenes terroristas. Y un muerto árabe no tiene ni el mismo tamaño ni el mismo peso que un muerto israelí [...]. Israel puede contar con una complicidad casi unánime”. Esas líneas no fueron publicadas al día siguiente del “miércoles negro”, el 8 de abril, cuando la aviación israelí mató a más de 350 civiles libaneses en unos minutos y causó cerca de 1.500 heridos. Las escribió Gilles Deleuze en Le Monde, el 7 de abril de 1978.1 El filósofo denunciaba en ese artículo la operación Litani, lanzada un año antes de la Revolución iraní y cuatro años antes de la gran invasión de 1982, que produciría más de 18.000 muertes, provocaría el éxodo de aproximadamente un millón de libaneses y contribuiría al nacimiento de Hezbolá.

Cerca de cinco décadas más tarde, el ejército israelí está dirigiendo una nueva operación de gran amplitud en “el país de los cedros”. Una vez más, como en Gaza, Tel Aviv parece tener que dar muestras de su incapacidad para convertir sus ofensivas militares en una solución política duradera.2 “Israel no tiene política exterior, solamente una política interior”, decía el exsecretario de Estado estadounidense Henry Kissinger, y es cierto que el avance de las corrientes inspiradas por el mesianismo –algunas de las cuales reclaman la creación de un “Gran Israel” que abarcaría particularmente el sur de Líbano– transforma su política interna tanto como influye en su política exterior. ¿Hasta el punto de poner nuevamente de moda la vieja doctrina de la periferia?

Esta doctrina fue elaborada en los años 1950 y 1960 bajo la iniciativa del primer ministro David Ben Gurión.3 Apuntaba a romper el aislamiento regional de Israel estableciendo alianzas con potencias no árabes o con actores periféricos hostiles a los regímenes árabes dominantes: el Irán del sha, la Turquía kemalista y la Etiopía de Haile Selassie; diversas minorías regionales o grupos secesionistas; algunos ámbitos cristianos radicales e identitarios en Líbano (los cuales siempre habían mirado con desconfianza u hostilidad la creación del Estado del Gran Líbano, sostenido en las pilas bautismales por Francia y la Iglesia maronita en 1920); algunos movimientos kurdos en Irak o en Siria... No se trataba tanto de acorralar al mundo árabe, sino de aflojar el cerco estratégico en el que Israel consideraba encontrarse. La doctrina perseguía varios objetivos: recolección de información, acceso a mercados, cooperación tecnológica, apoyos diplomáticos, alianzas de seguridad, pero también debilitamiento indirecto de los adversarios árabes por medio del apoyo a sus periferias contestatarias. Se trataba de una lectura pragmática, y a menudo eficaz, de las relaciones de fuerza.

Los acuerdos de Camp David celebrados con El Cairo en 1978, y luego la paz con Jordania en 1994, modificaron profundamente el panorama estratégico. Egipto, principal adversario militar árabe, renunció al conflicto directo. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) reconoció a Israel en el marco de los Acuerdos de Oslo (1993). Y la desaparición de la Unión Soviética reconfiguró el entorno global. Muchos creyeron entonces que la doctrina era obsoleta. Con mayor razón a raíz de la Revolución iraní de 1979 –que transformó a un aliado de peso (el régimen del sha) en un enemigo declarado (la República Islámica)– y, luego, en 2003, la llegada al poder de Recep Tayyip Erdogan en Turquía, que deterioró indefinidamente la relación turco-israelí.

Cinismo y pragmatismo

Dos interpretaciones de los Acuerdos de Abraham (2020) prevalecieron en Israel. Para unos, marcaban el fin de la doctrina de la periferia. Israel ya no tendría necesidad de esquivar al mundo árabe, podría entenderse con Estados clave como Emiratos Árabes Unidos y Marruecos. Para otros, por el contrario, esos acuerdos constituían el fin último de la doctrina: tras haber buscado alianzas en los márgenes, Israel había logrado desplazar ciertos márgenes hacia el centro diplomático regional. Las dos lecturas tienen una parte de verdad. Los acuerdos no abolieron las lógicas antiguas, las reconstruyeron. La periferia ya no es solamente territorial. Se está tornando energética, tecnológica, de seguridad, confesional, logística y diplomática. Las alianzas se estructuran alrededor de los puertos, de los cables, de los datos, de la ciberseguridad, de los drones, de los corredores comerciales, de las cooperaciones antimisiles o de las convergencias frente a Irán.

En esta perspectiva, Azerbaiyán ocupa un lugar singular –a la vez socio energético, cliente militar de Israel y punto de observación estratégica en las puertas de Irán–. El Cuerno de África, desde el mar Rojo hasta el Estado autoproclamado de Somalilandia (Tel Aviv es la única capital que lo reconoce), también está adquiriendo una nueva importancia. Los acercamientos con algunos drusos o con movimientos minoritarios no árabes, ya sean kurdos o amaziges (bereberes), también pueden ser interpretados como extensiones informales de esta lógica. No se trata siempre de alianzas estructuradas ni de una estrategia coherente dirigida desde un centro único, sino de un haz de contactos, de oportunidades y de convergencias tácticas.

En Israel, la doctrina de la periferia se basa en una intuición duradera. En un entorno percibido como hostil, a menudo es mejor intentar fragmentar a los Estados y a las coaliciones adversas que combatirlos frontalmente. Combina cinismo y pragmatismo: cinismo porque instrumentaliza las angustias existenciales de las minorías vulnerables; pragmatismo cuando privilegia las alianzas indirectas en lugar de las confrontaciones directas.

No obstante, sería erróneo ver en las fracturas actuales de Medio Oriente el simple producto de una ingeniería israelí. Las dinámicas de fragmentación también tienen, y a menudo primero que todo, causas internas: autoritarismo, corrupción, represión, desigualdades sociales, quiebras económicas, instrumentalización confesional por parte de los propios regímenes, colapso de los servicios públicos, bloqueos generacionales. Edward Said recordaba a menudo que el examen crítico de las responsabilidades internas es una condición de cualquier emancipación política. Las sociedades árabes no se derrumbaron solamente porque Israel lo decidió. También están pagando el precio de sus propios puntos muertos históricos, de la quiebra de los Estados poscoloniales, a los cuales se sumaron las concurrentes intervenciones de las potencias regionales e internacionales.

Efectos búmeran

Hoy, el riesgo de una ruptura de Líbano no debe ser minimizado. Efectivamente, desde hace mucho tiempo Israel actúa en ese sentido, tratando de acentuar la discordia entre las comunidades o de favorecer la creación de un mini Estado cristiano en su frontera norte. Pero Hezbolá también tiene buena parte de la responsabilidad en esta nueva “ruptura del pacto nacional”,4 potencialmente tan grave como la que condujo en 1975 al desencadenamiento de una guerra civil que duró 15 años.5 Actor clave de la resistencia contra la ocupación israelí hasta el 2000, año en el que logró una retirada de Israel y puso fin a 22 años de presencia militar del ocupante, el partido-milicia sucumbió luego a una especie de desmesura y de arrogancia. A raíz de la invasión estadounidense de Irak en 2003 y de las presiones ejercidas contra su aliado, el régimen sirio de Bachar al Assad, Hezbolá llevó a cabo una política de represión brutal tanto en Líbano (donde se le atribuyeron muchos asesinatos) como en Siria, donde intervino, bajo órdenes del Guía Supremo de la Revolución iraní, para apoyar al régimen enfrentado a una oposición armada. Su decisión de lanzar una ráfaga de cohetes contra Israel tras el asesinato del ayatolá Alí Jamenei terminó por hacerle perder a sus últimos aliados cristianos o suníes, así como a muchos chiitas independientes, sorprendidos por esta nueva decisión unilateral, cuyas desastrosas consecuencias eran previsibles.

Siria no está mucho menos expuesta. El debilitamiento del Estado central, las destrucciones generadas por la guerra civil, los desplazamientos masivos de población y la desconfianza persistente entre las comunidades crearon un terreno favorable a todas las instrumentalizaciones. Israel ya no disimula sus vínculos con algunas facciones drusas que afirma proteger contra los radicales suníes, que el nuevo poder de Ahmed al Charaa (antes Al-Golani) no logra contener.

Sin embargo, buscando fragmentar a sus dos vecinos, Israel corre el riesgo de sufrir efectos búmeran. La desintegración de esos Estados favorecería la proliferación de armas, el desarrollo de zonas grises fronterizas, la escalada de grupos yihadistas, los tráficos transnacionales, las migraciones forzadas y una permanente imprevisibilidad estratégica. Un vecino débil no es siempre un vecino inofensivo.

A pesar de sus aparentes éxitos –normalizaciones diplomáticas, debilitamiento de Hamas y de Hezbolá, aislamiento relativo de Irán–, esta estrategia presenta muchos peligros y vulnerabilidades. Turquía sigue siendo imprevisible. La hostilidad de las opiniones públicas árabes, en particular desde el genocidio en Gaza, limita la profundidad política de los acercamientos oficiales. Una excesiva fragmentación podría incluso generar nuevos focos de insurrección, importantes crisis humanitarias o el surgimiento de actores aún más radicales y menos controlables.

Dominación indiscreta

Sobre todo, mientras la cuestión palestina quede sin respuesta, ninguna arquitectura regional podrá perdurar. Las alianzas estratégicas pueden progresar; los intereses de seguridad, converger; los intercambios comerciales, multiplicarse, pero una fuente mayor de conflicto persiste. Actualizada, la doctrina de la periferia puede conducir a Israel a modernizar sus instrumentos diplomáticos, diversificar sus alianzas y aumentar sus márgenes de maniobra. No lo exime de aportar una respuesta al centro del problema: la coexistencia de dos pueblos en una tierra disputada, el final de la ocupación y de la colonización, el reconocimiento de derechos nacionales iguales y la construcción de una perspectiva política aceptable para todos.

Durante los últimos años, parece haberse perfilado un cambio de tendencia. Ya no se trata solamente, según la fórmula del ex primer ministro Ehud Barak, de presentar a Israel como una “mansión en la selva”, oasis moderno y próspero en medio de un entorno amenazante. El discurso de Benjamin Netanyahu parece haber cruzado un umbral adicional (Financial Times, 1º de abril). Renueva la lógica colonial y orientalista, pero también afirma abiertamente: “Si no vas a la selva, la selva vendrá a vos...”. Lo cual equivale a proponer una domesticación duradera del ambiente regional por medio de la fuerza, la tecnología y la disuasión, para forzar una rendición (“O se someten, o ya no podrán pelear más que con palos y piedras”), sin que podamos percibir jamás, detrás de esta Machtpolitik,6 el menor esbozo de un horizonte político...

Karim Émile Bitar, titular de la cátedra Georges-Corm de Relaciones Internacionales, Economía Política e Historia de las Ideas en la Universidad Saint-Joseph de Beirut, y docente en Sciences Po París. Traducción: Micaela Houston.


  1. Gilles Deleuze, “Les gêneurs”, Le Monde, 7-4-1978. 

  2. Jean-Paul Chagnollaud, Israël/Palestine. La défaite du vainqueur, Sindbad-Actes Sud, Arlés, 2017. 

  3. Yossi Alpher, Periphery. Israel’s Search for Middle East Allies, Rowman and Littlefield, Lanham, 2015, y Jean-Loup Samaan, Israel’s Foreign Policy Beyond the Arab World. Engaging the Periphery, Routledge, Londres, 2018. 

  4. [N. de la R.] El Pacto Nacional libanés (1943) es un acuerdo no escrito que distribuye el poder político entre las principales comunidades religiosas del país: la presidencia de la República para los maronitas, la jefatura del gobierno para los suníes y la presidencia del Parlamento para los chiitas. Su fragilidad estructural está en el origen de sucesivas crisis institucionales. 

  5. Ver “Un vieux rêve israélien: ‘Fût-ce un simple major...’” y Samir Frangié, “La rupture du ‘pacte national’”, Le Monde diplomatique, setiembre de 1982 y julio de 1975, respectivamente. 

  6. [N. de la R.] Expresión alemana que designa una política exterior basada exclusivamente en el poder y la fuerza, sin consideraciones éticas o jurídicas. Equivale aproximadamente a “política de poder” o “realpolitik en su versión más cruda”.