Con la partida de Edgar Morin (París, 29 de mayo 2026) desaparece una de las grandes inteligencias humanistas de los siglos XX y XXI. Su muerte no marca el fin de una obra, sino el comienzo de una nueva responsabilidad para quienes seguimos buscando comprender un mundo atravesado por incertidumbres, desigualdades y amenazas ecológicas sin precedentes.

Su pensamiento nació como una crítica profunda a la racionalidad fragmentaria de la modernidad occidental. Aquella racionalidad que separó naturaleza y sociedad, sujeto y objeto, economía y cultura, humanidad y Tierra. Aquella misma racionalidad que permitió extraordinarios avances científicos y tecnológicos, pero que también legitimó la colonización de pueblos, la mercantilización de la vida y la devastación de los ecosistemas planetarios.

Frente a esta lógica de la separación, Morin propuso una epistemología de la relación. Comprender significaba conectar. Pensar significaba reconocer la complejidad de los vínculos que unen a los seres humanos entre sí y con el mundo vivo. Su obra fue una permanente invitación a superar las cegueras producidas por el reduccionismo y a reconstruir una inteligencia capaz de asumir las contradicciones de nuestro tiempo.

Entre sus contribuciones más significativas se encuentra la noción de era planetaria. Mucho antes de que el término antropoceno alcanzara difusión global, Morin comprendió que la humanidad había ingresado en una nueva etapa histórica caracterizada por la interdependencia de todos los destinos humanos. La expansión del capitalismo, la revolución tecnocientífica, la mundialización económica y la crisis ecológica habían tejido una única historia planetaria.

La era planetaria no significaba para Morin la homogeneización del mundo, sino la conciencia de una comunidad de destino terrestre. Los pueblos, las culturas y los ecosistemas permanecían diversos, pero compartían un mismo horizonte de riesgos y posibilidades. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, las pandemias, las guerras y las desigualdades ya no podían entenderse como fenómenos aislados o locales. Todos expresaban una condición común: la humanidad había entrado en una etapa donde su destino se encontraba inseparablemente unido al destino de nuestras vidas con la Tierra.

Por ello desarrolló la idea de crisis civilizatoria. La civilización industrial moderna, fundada en la expansión ilimitada, la acumulación permanente y la explotación creciente de la naturaleza, ha alcanzado sus propios límites. La crisis climática es apenas uno de los síntomas de una transformación más profunda que afecta las bases mismas de la modernidad occidental.

Alfonso Madrid Echeverría, antropólogo chileno. Fragmento del artículo publicado por Le Monde diplomatique, edición Chile.