A mediados de la década de 1920, el objetivo del movimiento sionista cambió por completo: a partir de entonces, ya no se trataba de buscar una tierra de acogida donde los judíos se sintieran seguros y dejaran de estar a merced de las grandes potencias imperiales, sino de colonizar Palestina, desplazando a la población originaria. En ese momento, sus dirigentes empezaron a considerar que la única manera de lograr un hogar nacional era mediante el despojo.

En 1926, el movimiento sionista subvirtió las convenciones sobre la propiedad de la tierra que estaban vigentes desde las reformas otomanas de mediados del siglo XIX. Estas reformas, incluida la que establecía que las tierras dejaban de ser propiedad del Estado para pasar a manos privadas, permitieron que particulares con dinero se convirtieran en propietarios de grandes extensiones de tierra. En su mayoría, se trataba de personas que ni siquiera vivían ahí –lo que hoy conocemos como “propietarios ausentistas”–, y algunos de ellos eran personalidades palestinas importantes.

Cuando se vendía una parcela, se lo hacía con sus ocupantes y su pueblo incluidos. Si bien era habitual que los aldeanos tuvieran ciertas obligaciones con el dueño de la tierra, la realidad es que jamás se hubieran imaginado tener que irse del lugar. Al menos no hasta que la administración británica cambió las reglas de juego. En una primera etapa, en 1920, eliminaron muchísimas de las trabas que regulaban las transacciones de tierras. En la práctica, esto significaba que el movimiento sionista podía adueñarse de cuantas parcelas quisiera, siempre y cuando sus recursos se lo permitieran. Los británicos también modificaron el estatus jurídico de los aldeanos palestinos –que en muchos casos venían cultivando esas mismas tierras desde hacía generaciones–, quienes pasaron a ser simples arrendatarios, y cuya permanencia empezó a depender exclusivamente de la buena voluntad del propietario.

Entre 1921 y 1925, la American Zion Commonwealth compró casi 32.500 hectáreas de tierra en lo que entonces era Marj Ibn Amr (hoy conocida como el Valle de Jezreel) a la familia Sursock en Beirut. En 1929, el Fondo Nacional Judío adquirió unas 3.000 hectáreas en lo que era Wadi Al-Hawarith, entre Haifa y Tel Aviv, comprándoselas a los herederos de su dueño libanés, quienes no estaban en condiciones de hacerse cargo de las deudas. En ambos territorios, los colonos sionistas recién llegados expulsaron, a veces por la fuerza, a los aldeanos y campesinos que cultivaban la tierra. Estos nuevos inmigrantes judíos exigieron a las autoridades británicas que emitieran órdenes de desalojo, y las consiguieron. Así empezó la limpieza étnica de Palestina, que sigue vigente hasta el día de hoy.

Colonialismo de asentamiento

El sionismo se transformó en una empresa de colonialismo de asentamiento, es decir, que dependía de la subordinación de otro pueblo. El objetivo de este tipo de colonialismo es reemplazar por completo a la población originaria por la del colonizador. Para los colonos, que están dispuestos a todo con tal de imponer su cultura y su sistema social, los nativos –tan distintos a ellos– representan un obstáculo que hay que eliminar. Y esa eliminación no puede llevarse a cabo sin brutalidad: en Australia, por ejemplo, se tiene registro de al menos 270 masacres contra la población autóctona durante los 140 años de colonización británica. Este proceso no se reduce simplemente al uso de la fuerza bruta, sino que los colonos pretenden borrar la historia de los pueblos originarios para hacer que “empiece” recién cuando ellos se adueñan del lugar. Las viejas costumbres desaparecen y los colonos también se apropian de la comida de los nativos. Para decirlo con simpleza: como la tierra no está deshabitada, los colonos la vacían de sus habitantes. Patrick Wolfe, un académico australiano especialista en el tema, afirmaba que un proyecto de colonialismo de asentamiento busca eliminar todo lo que existía desde antes y sigue (lógicamente) su curso hasta que esa eliminación sea total. En otras palabras, mientras la cultura del Estado israelí se apoye en una lógica de colonialismo de asentamiento, no va a haber coexistencia pacífica posible con los palestinos.

Estas operaciones de depuración étnica y los actos genocidas no surgen de la nada. Antes de cometerlos, y mientras los llevan a cabo, los colonos de asentamiento elaboran una justificación ideológica para legitimarlos, construyen un consenso. No dudan en comunicar sus intenciones –ya sea de forma directa o solapada–, usando medios de expresión que parecen inofensivos, como la pintura. Los primeros pintores sionistas, por ejemplo, representaban los paisajes de su futuro hogar sin un solo pueblo palestino a la vista.

¿A qué justificaciones recurrían entonces los colonos sionistas para explicar su actitud de cara al pueblo originario? El primer paso era deshumanizarlos, entonces argumentaban que la gente autóctona era “bárbara” o “primitiva”. Además, en Palestina, hablaban de “poblaciones nómades” sin ningún tipo de arraigo a la tierra, cuando en realidad muchísimos pueblos existían desde hacía miles de años. Al mismo tiempo, otra estrategia para este tipo de colonialismo es pretender estar movidos por objetivos más nobles, como el de llevar los beneficios de la modernización (y de la civilización) a regiones “poco desarrolladas”.

La diferencia fundamental entre los colonos clásicos y los colonos de asentamiento radica en que los esfuerzos de modernización de los primeros apuntaban hacia las poblaciones autóctonas, mientras que los segundos se ven a sí mismos como agentes modernizadores de los territorios, no de la gente originaria del lugar. Todavía hoy, muchos israelíes sostienen el mito de que Palestina no era más que un gran desierto hasta la llegada de los pioneros sionistas, que “hicieron florecer el desierto”. Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, no fue la excepción y repitió este cliché trillado en su mensaje a Israel por su 75° aniversario. Sin embargo, la realidad es que Palestina no era un desierto, y sus habitantes no eran ni nómades ni primitivos. Mientras se difundía esta propaganda ilusoria para que el proyecto sionista fuera más aceptable para los judíos de Europa y de otros lugares, sus promotores sabían muy bien que primero tendrían que resolver qué hacer con la población originaria.

Mucho antes de la década de 1920, algunos dirigentes sionistas ya debatían posibles políticas para desplazar a la población palestina. Algunos ideólogos tenían la esperanza de que los palestinos emigraran voluntariamente hacia los países árabes vecinos a cambio de una compensación económica ventajosa. En cambio, si esa opción no funcionaba, el traslado forzoso seguía siendo una posibilidad. Los responsables y militantes sionistas desarrollaron distintas líneas de pensamiento con este fin desde mediados de los años 1920 hasta 1948, fecha en la que hubo que orquestar su puesta en marcha. Esas ideas, que hasta entonces eran vagas, se articularon en un plan maestro que terminaría conduciendo a la depuración étnica de la mitad de la población árabe de Palestina.

David Ben-Gurion, rodeado de miembros del gobierno provisional, leyendo la Declaración de Independencia de Israel en el vestíbulo del Museo de Tel Aviv, el 14 de mayo de 1948.

David Ben-Gurion, rodeado de miembros del gobierno provisional, leyendo la Declaración de Independencia de Israel en el vestíbulo del Museo de Tel Aviv, el 14 de mayo de 1948.

Foto: Wikimedia, sin datos de autoría

La catástrofe se avecinaba

Las grandes compras de tierra que se hicieron durante la década de 1920 y las operaciones de limpieza étnica que vinieron después fueron la culminación de los “años tranquilos”. A finales de esa misma década, las relaciones entre los colonos judíos y los palestinos empezaron a tensarse y, durante la década de 1930, los enfrentamientos violentos se volvieron cada vez más frecuentes. Además, ambos bandos entraron en conflicto con las autoridades británicas porque sentían que eran incapaces de garantizarles la protección que necesitaban.

Los indicios de que se avecinaba una catástrofe eran cada vez más evidentes: la expulsión de los palestinos –a quienes les habían quitado sus tierras– provocó un éxodo masivo hacia las ciudades. Estos palestinos exiliados eran víctimas de grupos sionistas “socialistas”, defensores del “trabajo judío” (avodah ivrit), que sostenían que el trabajo productivo era la única vía para la modernización. Por lo tanto, su objetivo era que las tareas agrícolas quedaran reservadas exclusivamente a los judíos. Algunos empleadores judíos de obreros agrícolas palestinos se opusieron a esta política y se negaron a echar a sus trabajadores experimentados para reemplazarlos por colonos que, en muchos casos, no habían pisado una granja en su vida. Sin embargo, esta decisión no les era gratuita: a los dueños que sostenían esta postura los atacaban y humillaban públicamente hasta que terminaban cediendo. Así, los palestinos, empobrecidos y despojados de todo, se quedaban sin otra opción más que la de irse a buscar trabajo a las ciudades.

En 1929, las tensiones terminaron de estallar de manera catastrófica durante lo que los palestinos denominan la “Revuelta del Buraq”. El 15 de agosto de 1929, la milicia Haganá y seguidores del sionismo revisionista de Vladimir Jabotinsky organizaron manifestaciones en los alrededores del Muro de los Lamentos, lo que generó una serie de contramanifestaciones al día siguiente. Se produjeron incidentes de gravedad que derivaron en la muerte de 17 judíos después de la oración musulmana del viernes 23 de agosto. El caos se extendió con rapidez y en una sola semana murieron 133 judíos y 116 palestinos.

La violencia no quedó circunscrita solo a Jerusalén, sino que se extendió a otras ciudades y derivó, en especial, en la famosa masacre de Hebrón (24 de agosto de 1929). La comunidad judía de esa ciudad formaba parte de la pequeña minoría establecida en Palestina desde hacía varios siglos, mucho antes de la llegada del sionismo. Vivía en paz con la comunidad musulmana. Para ambas religiones, Hebrón (o Al-Khalil en palestino) es una ciudad santa porque es donde se encuentra la tumba del profeta Abraham (Ibrahim), pero los jóvenes estudiantes sionistas de las yeshivot (escuelas talmúdicas), vestidos a la europea, no eran bienvenidos en ese lugar. Cuando las noticias de lo que estaba sucediendo en Jerusalén llegaron a Hebrón, los musulmanes de los pueblos vecinos invadieron la ciudad. Un total de 67 judíos fueron masacrados, mientras que otros encontraron refugio en las casas de sus vecinos musulmanes que se solidarizaron con ellos. Esta masacre y los terribles actos de crueldad siguen siendo utilizados hoy en día por el discurso oficial israelí para “probar” que la coexistencia pacífica es imposible y, de forma paradójica, para justificar las masacres de palestinos.

Si bien el desencadenante principal de los eventos de 1929 tuvo que ver con motivos religiosos, la propagación explosiva y devastadora de los disturbios también puede explicarse por la enorme frustración de los palestinos, que se sentían impotentes ante el colapso del orden social tradicional. El movimiento sionista no había dejado de crecer y de consolidar sus avances. Durante ese tiempo, los palestinos de las zonas rurales pudieron llegar a comprender lo que le esperaba al conjunto de la población palestina: una política deliberada de empobrecimiento y limpieza étnica.

En los barrios empobrecidos de Haifa, al norte, empezó a gestarse una nueva forma de resistencia para luchar contra el proyecto sionista y sus cómplices británicos: la guerrilla. Fue entonces cuando entró en escena un predicador carismático, el imán Izz Al-Din Al-Qassam (1882-1935). Aunque hoy su nombre se asocia al brazo armado de Hamas, muchos grupos de resistencia palestinos laicos reivindican su legado dado que él fue el primero en introducir tácticas de guerrilla en el combate contra los ocupantes británicos. Con el respaldo de su experiencia anticolonialista en Siria, este predicador logró entusiasmar a los jóvenes musulmanes que vivían en los asentamientos precarios de las afueras de Haifa y los impulsó a crear sus propios grupos paramilitares. Su ambición era prepararse para una lucha prolongada contra el colonialismo británico. Sin embargo, debido a la creciente inmigración judía y a la vigilancia cada vez más cerrada del Mandato británico, se vio obligado a develar sus cartas antes de tiempo. En las colinas cerca de Yenín, él y otros 11 combatientes resistieron durante horas los ataques de los soldados británicos, que los superaban ampliamente en número y los tenían rodeados, hasta que Al-Qassam y otros cuatro compañeros fueron asesinados el 20 de noviembre de 1935. Al día siguiente de su muerte se organizó un paro general en Haifa. El asesinato del predicador motivó a muchísimos jóvenes palestinos a alzarse en armas para combatir a los británicos y forzarlos a abandonar su política sionista. Aunque la revuelta militar de Al-Qassam estaba condenada al fracaso, él fue quien marcó el camino para los que, en la segunda mitad de los años 30, tuvieron el deseo de integrarse en un movimiento de resistencia más organizado.

Ilan Pappé, profesor de Historia en la Universidad de Exeter y autor del libro Brève Histoire du conflit israélo-palestinien, que será publicado por la editorial Les Liens qui Libèrent a principios de mayo. El presente artículo se basa en dicha obra. Traducción: Paulina Lapalma.