Teniendo en cuenta los objetivos iniciales de Moscú y los cinco siglos de dominación rusa sobre Ucrania, Kiev ha logrado una victoria que podría allanar el camino hacia un acuerdo de paz duradero: contra todo pronóstico, Ucrania pudo contener la ofensiva rusa, mantener el control del 80 por ciento de su territorio, reforzar su identidad nacional y su arraigo occidental y, al mismo tiempo, propiciar las condiciones para una eventual adhesión a la Unión Europea. Sin embargo, resulta evidente que no se trata de una victoria total porque la realidad es que no ha podido reconquistar todos los territorios que Rusia viene ocupando desde 2014. Ahora bien, ese objetivo es militarmente inalcanzable. Los observadores occidentales que sostienen que Ucrania habría “cambiado el rumbo de la guerra” y que la “dinámica” le sería ahora favorable ignoran las realidades de este conflicto.

El uso combinado de drones, minas y reconocimiento satelital ha impedido al Ejército ruso reunir las concentraciones de fuerzas necesarias para lograr una ruptura. Así, el conflicto terrestre se encontró con un límite en una guerra de desgaste en la que pequeños grupos de combatientes de ambos bandos se disputan el control –a menudo efímero– de pequeñísimas porciones de territorio.1 Sin embargo, esos mismos factores que frenaron el avance ruso limitarían en igual medida la capacidad de los ucranianos para una contraofensiva a gran escala.

Concesiones rusas

La esperanza por parte de los occidentales de un acuerdo de paz que ofrezca garantías absolutas y permanentes contra cualquier futura agresión rusa no hace sino revelar su incomprensión de las realidades estratégicas. La historia no conoce ninguna garantía permanente y, en este caso, solo podría obtenerse a expensas del aniquilamiento del Estado ruso. Precisamente por ese motivo Moscú se dotó de un inmenso arsenal nuclear, para blindarse contra esa posibilidad.

Si la tregua entre Estados Unidos e Irán llegara a prolongarse, la administración de Donald Trump podría retomar las negociaciones con Rusia y sentar las bases para una paz viable. Sin embargo, la participación europea sería esencial, ya que solo Europa puede ofrecer a rusos y ucranianos contrapartidas lo suficientemente atractivas como para convencerlos de renunciar a sus posturas irreconciliables.

A menudo se sostiene que “Rusia se niega a negociar”. Esto es absurdo: el Kremlin y la Casa Blanca vienen negociando desde hace un año. Además, en el ínterin, los rusos han moderado las exigencias que planteaban en junio de 2024. Ahora parecen dispuestos a renunciar a cualquier limitación de los efectivos del Ejército ucraniano; la única restricción que se mantendría afecta solo a los misiles de largo alcance capaces de generar grandes daños en su territorio. También dejaron de exigir, como condición previa para cualquier acuerdo de paz, el repliegue ucraniano en las regiones de Zaporiyia y Jersón –cuya anexión reclaman a pesar de que solo las ocupan parcialmente–. Por último, ahora sí reconocen el derecho de Ucrania a adherirse a la Unión Europea.

Este abandono progresivo de ciertas exigencias fundamentales no responde a ningún arrebato moral por parte del Kremlin; tan solo refleja la incapacidad de las fuerzas rusas –tras más de cuatro años de conflicto– para imponerse en el campo de batalla y doblegar la determinación del pueblo ucraniano. En paralelo, el Ejército ruso ha sufrido graves pérdidas; y, a pesar de las generosas recompensas que ofrecen a los reclutas, el número de voluntarios dispuestos a alistarse sigue disminuyendo. Al mismo tiempo, el cansancio de la guerra gana terreno, pero la situación no llega a traducirse en resignación, ni en Rusia ni en Ucrania. Asimismo, la economía del país enfrenta cada vez más dificultades y dentro de las propias élites rusas se multiplican los llamamientos a favor de que se llegue con la mayor celeridad posible a un acuerdo de paz.

El requisito de la paz

En realidad, es la Unión Europea la que hasta el momento “se viene negando a negociar” al hacer depender el inicio de las conversaciones a que Moscú acepte un alto el fuego sin condiciones. Rusia rechazó esta exigencia en repetidas ocasiones y se prevé que sostenga la misma postura. Porque semejante concesión equivaldría a sacrificar su único medio de presión en las negociaciones. Esto la expondría ya sea a reanudar las hostilidades o a ver cómo la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea adoptan medidas que el Kremlin considera inaceptables y que supondrían una admisión de derrota: el despliegue de tropas occidentales en Ucrania y la perspectiva de la adhesión de Ucrania a la OTAN. Por lo demás, el 7 de junio, los líderes ucranianos y del E3 (Francia, Alemania y Reino Unido) definieron cinco condiciones para “una paz justa y duradera”.2

Los requisitos previstos contemplan: un alto el fuego completo e inmediato; el reconocimiento de la línea de contacto actual como punto de partida y el respeto al derecho soberano de Ucrania a elegir sus alianzas; garantías de seguridad sólidas y jurídicamente vinculantes así como el despliegue de una fuerza multinacional tras la entrada en vigencia del alto el fuego; la continuidad del bloqueo de los activos financieros de Rusia hasta tanto no culminen sus ataques; la indemnización a Ucrania, y, por último, la preservación de los intereses de seguridad europeos.

Con esas condiciones será imposible concretar un acuerdo de paz. Incluso en el supuesto de que, debido al agotamiento mutuo, Rusia y Ucrania lograran un alto el fuego, este seguiría siendo frágil en extremo: estaría jaqueado por enfrentamientos recurrentes y por la amenaza constante de una reanudación de las hostilidades. En otras palabras, Ucrania volvería a caer en la situación vivida entre 2014 y 2022, que desembocó en una invasión rusa a gran escala. Para ilustrar el escenario con un ejemplo histórico: no experimentaría la relativa estabilidad que se vive en la península de Corea desde 1953, sino una dinámica comparable a la realidad de Cachemira desde 1948, con sus conocidas consecuencias para India y Pakistán.

Hay un aspecto central sobre el que no se puede dejar de insistir: un alto el fuego duradero sin un acuerdo de paz iría completamente en contra de los intereses de Ucrania, así como de los del continente europeo. La inestabilidad y la inseguridad que resultarían de esa situación complicarían de forma considerable la reconstrucción económica de Ucrania y su acercamiento a la Unión Europea. Además, serviría de pretexto a todos los intereses económicos europeos que se oponen a la adhesión del nuevo candidato. La necesidad de una movilización y una militarización permanentes reforzaría el autoritarismo en Ucrania y comprometería a largo plazo las reformas democráticas. Al mismo tiempo, toda Europa correría el riesgo de verse arrastrada a la guerra. Este escenario obstaculizaría cualquier “autonomía estratégica” europea, porque mantendría al viejo continente en una situación de dependencia en materia de seguridad respecto a Estados Unidos y, por consiguiente, en la aceptación tácita de los crímenes e ineptitudes de la política estadounidense en Medio Oriente y otros lugares. A largo plazo, si Donald Trump o un futuro presidente republicano estadounidense decidiera la anexión de Groenlandia, Europa se encontraría en una posición en extremo peligrosa, atrapada entre un Estados Unidos abiertamente hostil y Rusia.

Hay quienes sostienen que es inútil buscar un acuerdo de paz, que no se puede confiar en Rusia y que, tarde o temprano, volverá a atacar. Pero, una vez más, esto equivaldría a decir que la seguridad de Ucrania radica únicamente en la destrucción del Estado ruso. Todo proceso de paz basado en la convicción recíproca de que el bando contrario es, por naturaleza, indigno de confianza está condenado al fracaso. Las negociaciones tienen como objetivo hallar un equilibrio entre la disuasión y los incentivos, a fin de llevar a ambas partes a concluir que, en definitiva, retomar la guerra iría en contra de sus intereses.

Los elementos de disuasión contra una futura agresión rusa ya están, en gran medida, en marcha. Si las ganancias territoriales limitadas a costa de cientos de miles de muertos y la demostrada ineficacia de su superioridad en materia de tanques y aviones de guerra no bastan para disuadirla de lanzar una nueva ofensiva, ¿entonces qué otra cosa podría hacerlo? Ahora corresponde a los líderes europeos diseñar una serie de medidas que permitan al mandatario ruso Vladimir Putin reivindicar una forma de victoria –por ilusoria que sea– con el objetivo de poner término a esta guerra e impedir su reanudación.

Para que se pueda concretar un acuerdo de paz, Rusia tendría que dejar de exigir la retirada de las fuerzas ucranianas de las zonas del Donbás que aún están bajo el control de Kiev, ya que ningún gobierno ucraniano podría asumir semejante concesión. Por su parte, Bruselas y Kiev tendrían que abandonar toda perspectiva de adhesión de Ucrania a la OTAN, así como cualquier despliegue de tropas occidentales en suelo ucraniano, puesto que ningún gobierno ruso podría consentir algo así.

¿Poner a prueba a la OTAN?

No obstante, para los europeos esto no significaría un verdadero sacrificio. Al descartar públicamente, y en reiteradas ocasiones, cualquier intervención militar, la administración estadounidense de Joseph Biden y la gran mayoría de los gobiernos de la OTAN han dejado en claro, de hecho, que Ucrania no se integrará a esta y que ninguna tropa europea se desplegará en su territorio. Los partidarios de tal despliegue consideran que, una vez terminada la guerra en Ucrania, Moscú buscará “poner a prueba a la OTAN” arremetiendo contra los Estados bálticos.3 Sin embargo, el general estadounidense Alexus G Grynkewich, comandante supremo de las Fuerzas Aliadas en Europa, indicó recientemente que, según los servicios de inteligencia militar estadounidenses, Moscú no tiene ni la intención ni los medios para llevar a cabo una ofensiva semejante.4

El temor a un redespliegue de las tropas rusas hacia los países bálticos una vez finalizada esta guerra parte del supuesto de que, en una circunstancia así, Kiev se quedaría de brazos cruzados en lugar de aprovechar la oportunidad para intentar reconquistar sus territorios perdidos. En la práctica, ¿cómo haría Moscú para retirar la mayor parte de su Ejército de Ucrania? Este argumento ignora asimismo la extrema vulnerabilidad del enclave ruso de Kaliningrado, rodeado por Estados miembros de la OTAN. Si Rusia atacara Estonia, Lituania y Polonia reaccionarían de inmediato e impondrían un bloqueo contra la antigua Königsberg, ya sea para apoderarse de ella o para asfixiarla hasta su rendición. Por su parte, el Estado ruso no dispone de los efectivos necesarios para vencer a un Ejército polaco capaz, en caso de conflicto, de movilizar a más de medio millón de militares en reserva. La pregunta se reduce entonces a: ¿de verdad Putin estaría dispuesto a sacrificar el enclave por un pedazo de Estonia?

Por otra parte, si algún día Rusia se viera realmente en la necesidad de “poner a prueba a la OTAN”, ¿cómo lo haría? ¿Atacando a un Estado miembro de la Alianza y colocando así a Washington ante la posibilidad de ejecutar una humillación aplastante, o de declarar una guerra directa con Rusia que solo terminaría con la derrota de esta última o con un cataclismo nuclear? ¿O elegiría atacar a una fuerza europea presente en Ucrania, un Estado no miembro de la OTAN que Estados Unidos no está en absoluto obligado a defender?

Para lograr que Rusia renuncie a sus reivindicaciones sobre la totalidad del Donbás, el E3 debería inspirarse en la propuesta del primer ministro belga Bart De Wever (L’Écho, 14 de marzo) y ofrecer a Moscú un trato que prevea la normalización de las relaciones, la reanudación de las compras de energía rusa y el levantamiento total de las sanciones económicas, acompañado de una cláusula de reactivación automática en caso de una nueva ofensiva. ¿Sería suficiente esta oferta como “puente de plata” para permitirle a Putin salvar las apariencias reivindicando una forma de victoria? Nadie podrá saberlo hasta que no sea formulada; y cuanto antes se haga, mejor para todas las partes involucradas.

Anatol Lieven, director del programa Eurasie en el Quincy Institute for Responsible Statecraft, Washington DC. Traducción del inglés: Virginie Ebongué. Traducción del francés: Paulina Lapalma.

Actualización

El 3 de julio Rusia anunció la toma de la estratégica Kostiantinivka, en Donétsk, lo que fue negado por Ucrania. Un día antes una oleada masiva de drones y misiles rusos sobre Kiev mató a una veintena de personas e hirió al menos a 80. Ucrania, a su vez, alcanzó una terminal petrolera en San Petersburgo.


  1. “Verdun-en-Donbass”, Le Monde diplomatique, París, enero de 2026. 

  2. “Déclaration conjointe des dirigeants de la France, du Royaume-Uni, de l’Allemagne et de l’Ukraine”, elysee.fr, 7-6-2026. 

  3. Hélène Richard, “¿Rusia como gran vencedora?”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, abril de 2025. 

  4. Aysun Bora y Anne-Sylvaine Chassany, “Russia ‘not looking for conflict’, says Nato’s top US commander”, Financial Times, 11-6-2026.