Unos días antes de que Estados Unidos e Israel atacaran Irán, en febrero, el primer ministro indio, Narendra Modi, hizo una visita oficial a Tel Aviv. El viaje sirvió para reforzar las relaciones bilaterales entre los dos países, por medio de una “Asociación Estratégica Especial para la Paz, la Innovación y la Prosperidad”. Al regresar a Nueva Delhi, Modi no condenó las ofensivas de Estados Unidos e Israel y se limitó a manifestar su “profunda inquietud”.

No se había mostrado tan moderado después del 7 de octubre de 2023. En ese momento, Modi fue uno de los primeros jefes de Estado en condenar el ataque de Hamas, que calificó inmediatamente de “terrorista”, para luego multiplicar las muestras de apoyo a Tel Aviv. Como el envío de miles de obreros de construcción, para compensar la mano de obra que Israel había perdido al revocar los permisos de trabajo concedidos a los gazatíes, el 10 de octubre de 2023. La galaxia supremacista que rodea al partido de Modi –el Bharatiya Janata Party (BJP) o Partido Popular Indio– se plegó con rapidez a esta vía de acción: organizó numerosas manifestaciones en apoyo a Israel, al grito de “¡Viva India, viva Israel!”, e inundó las redes sociales; al parecer, la gran mayoría de los mensajes publicados en X con los hashtags #IsraelUnderAttack (“Israel atacado”) y #IStandWithIsrael (“Yo apoyo a Israel”) procede de India.1

Aunque en mayo de 2024 India votó a favor de la admisión del Estado de Palestina en la ONU, hace ya varios años que casi siempre se abstiene en las votaciones sobre resoluciones que cuestionen a Israel. Todos ello revela cómo Modi está trazando de forma metódica un rumbo estratégico que aleja cada vez más al gigante sudasiático de su posición histórica pro-Palestina.

Antigua colonia británica, India fue uno de los primeros países en oponerse a la Declaración Balfour de 1917, que respaldaba la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina, entonces bajo dominio otomano. “Palestina pertenece a los árabes tanto como Inglaterra pertenece a los ingleses, o Francia a los franceses”, escribía en 1938 Mohandas Karamchand Gandhi, el líder de la independencia india. En 1947, Nueva Delhi votó en contra de la partición de Palestina en la Asamblea General de las Naciones Unidas. India también fue el primer país no árabe en reconocer a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) como representante legítima de los palestinos y en recibir a Yasser Arafat con honores de jefe de Estado. Aunque reconoció a Israel en 1950, solo le ofreció una Oficina de Inmigración en Bombay, a más de 1.000 kilómetros del barrio diplomático de Nueva Delhi; Israel no obtuvo una embajada allí sino hasta 1992.

Un mismo enemigo

Sin embargo, entre bastidores Nueva Delhi cultivaba sus vínculos con Tel Aviv y su pericia militar. Durante el conflicto que enfrentó a India con China en la región del Himalaya, en 1962, el primer ministro Jawaharlal Nehru solicitó apoyo militar a su par israelí David Ben-Gurión. Nehru sugirió que los buques que transportaban las armas no navegaran bajo bandera israelí, pero Ben-Gurión rechazó el pedido. Durante la década de 1960, Nueva Delhi recibió –aunque oficialmente lo negaba– a altos mandos israelíes y a representantes del Mossad para nutrirse de sus conocimientos militares. En 1984, un comando del ejército indio atacó a grupos armados sijs en el Punyab: un equipo de élite del Mossad había participado en su entrenamiento.

A principios de los años 1990, el anticuado equipamiento soviético del ejército indio, la falta de industria militar propia y la liberalización de la economía contribuyeron a reforzar los lazos entre Nueva Delhi y Tel Aviv. Cuando tres ensayos nucleares indios provocaron un embargo tecnológico contra el país, en 1998, Israel siguió abasteciendo a su socio. Y cuando el ejército indio se quedó sin municiones durante su conflicto con Pakistán, un año más tarde, Tel Aviv acudió una vez más al rescate. En los años siguientes, marcados por el auge de la guerrilla naxalita, la experiencia israelí en materia de seguridad –sus sistemas de detección, sus drones– fue permeando de modo progresivo las políticas de contrainsurgencia del país.

Hoy Nueva Delhi es el mayor comprador de armamento israelí, por un valor de casi 2.000 millones de dólares anuales, es decir, más del 40 por ciento de las exportaciones militares israelíes. Por su parte, Israel es el tercer proveedor militar de India, después de Rusia y Francia. Y ahora India también vende equipamiento militar a Israel, como reveló un video: entre los restos de un misil lanzado por un avión israelí contra un campo de refugiados gazatíes, podía leerse “Made in India”.2

Pero desde que Modi llegó al poder, en 2014, el motor principal de esta alianza es ideológico. Se nutre de las similitudes entre la corriente política que encarna el primer ministro indio –el hindutva– y el sionismo. El primero propugna una India reservada a los hindúes; el segundo, un Israel reservado a los judíos. Y ambos apelan sin reparos a la limpieza étnica, el colonialismo interno y la islamofobia de Estado para lograr sus objetivos. Seguramente por eso la esposa del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se vistió de naranja cuando fue a recibir a Modi al aeropuerto en su visita de febrero: es el color de la Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), la centenaria organización supremacista hindú que lo formó políticamente.3 Los dos Estados comparten y cultivan un vocabulario común que exalta el prestigio de sus “antiguas civilizaciones”, “unidas entre sí hace más de 2.000 años”: “grandes democracias” asediadas por un mismo enemigo, el “terrorismo”.

El interés de los nacionalistas hindúes por el sionismo solo es comparable con el que sienten por el nazismo, erigido en fuente de inspiración para resolver el “problema musulmán”. En El mundo después de Gaza (Galaxia Gutenberg, 2025), el intelectual indobritánico Pankaj Mishra evoca su familia nacionalista y un cartel del antiguo jefe del Estado Mayor israelí Moshe Dayan (1915-1981) que durante años estuvo colgado en la pared de su habitación. Para esta corriente de pensamiento, el modelo sionista sobresale por su capacidad para erigir a los musulmanes en enemigo a la vez interno y externo. “Ya se los llame palestinos, afganos o paquistaníes, para los hindúes y los judíos la raíz del problema sigue siendo la misma: el islam”, escribe Rohit K Vyasmaan, dirigente de la rama estadounidense de la organización fascista Bajrang Dal y fundador del movimiento Hindu-Jewish Unity.

En los muchos medios privados conservadores del país, los presentadores reiteran hasta el hartazgo su apoyo a Israel. “Nosotros también somos víctimas de los mismos radicales yihadistas islamistas terroristas que están asolando a Israel. Israel está peleando esta guerra por todos nosotros. Israel está peleando esta guerra por mí y por vos”, proclama, por ejemplo, Arnab Goswami en el canal televisivo de Republic Media Network.

En un país donde el boicot fue una práctica central en la lucha por la independencia, los llamamientos a dejar de comerciar con Israel han sido escasos. Sin embargo, a fines de octubre de 2023, la empresa india Maryan Apparel Private Limited, que llevaba ocho años fabricando uniformes para la policía israelí, rechazó cualquier nuevo encargo, como reacción a los bombardeos de Israel contra Gaza. En febrero de 2024, el sindicato de trabajadores portuarios vinculado con el Partido Comunista de India –la Water Transport Workers Federation– amenazó con dejar de cargar los barcos que transporten armas para abastecer la guerra contra Gaza. El 21 de octubre de 2024, el Partido Comunista convocó una manifestación ante una fábrica de la empresa Elbit Systems, en Hyderabad, exigiendo que detuvieran inmediatamente la fabricación de armas para Israel.

Pero ya sea en las concentraciones de solidaridad con los palestinos ante la Embajada de Israel en Nueva Delhi, o bien en los campus universitarios, centenares de manifestantes fueron detenidos por alterar el orden público o por atentar contra la unidad nacional y su integridad. Las autoridades prohibieron las oraciones por Gaza en las mezquitas. Confiscaron de manera sistemática las banderas palestinas y los grupos supremacistas denunciaron a quienes las exhibían. La policía abrió inmediatamente expedientes para imputarles un delito –“izar y enarbolar la bandera de un país extranjero en suelo indio”– que no existe en India.4 Pero no hubo ninguna medida de este tipo cuando los manifestantes desplegaron banderas israelíes durante las concentraciones de apoyo a Tel Aviv.

Camille Auvray, periodista, enviada especial. Traducción: Agustina Chiappe.


  1. Marc Owen Jones, “Analysis: Why is so much anti-Palestinian disinformation coming from India?”, Al Jazeera, 16-10-2023. 

  2. “India exports rockets explosives to Israel amid Gaza war, documents reveal”, aljazeera.com, 26-6-2024. 

  3. Guillaume Delacroix, “Viaje al corazón de la máquina supremacista hindú”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, julio de 2025. 

  4. Salvo que la bandera extranjera esté izada más alto que la bandera nacional.