¿Qué mejor forma de observar esta globalización desde abajo que transformarse –mientras dure este reportaje– en Léna, una joven francesa que vive en Bolivia y que está intentando lanzar su propio negocio?

“Hoy vamos a hablar de los tres ríos principales de China: el Cháng Jiāng, el Zhū Jiāng y el Huáng Hé...”, anuncia un hombre joven vestido de traje y corbata, mientras señala un mapa de dicho país situado detrás de él. Son las seis de la tarde en La Paz. En mitad del ajetreo cotidiano que paraliza las calles de la capital administrativa boliviana, un taxista avanza a paso de hombre, absorto en la pantalla de su celular apoyado cerca del volante. El hombre, de unos 60 años, escucha con mucha atención lo que parece ser una clase de geografía china. Entonces le confiesa a Léna, su pasajera, que tiene planeado dejar pronto su profesión para dedicarse a la importación de mercancías procedentes de China. Con tal de prepararse para ese nuevo rumbo, todas las semanas sigue en TikTok las clases de importación de un influencer boliviano en pleno ascenso: Iver Callisaya.

Este joven de 28 años, que en pocos años se transformó en un referente de la importación “made in China” en las redes sociales bolivianas, se inició en este rubro durante la pandemia de covid-19. A medida que la economía se contraía y las garantías salariales se desmoronaban, se volvía imperioso buscar alguna manera de ganarse la vida. Así fue como captó su interés Alibaba, una plataforma que permite a las empresas chinas vender en el extranjero, como una especie de inmenso catálogo en línea, que por entonces no era muy conocido a nivel local.1 La información sobre los pasos a seguir para poder importar todavía era escasa y fragmentaria. Callisaya decidió llenar ese vacío produciendo su propio contenido. “Importar desde China no es difícil –explica hasta la saciedad–. Es como ir al almacén de la esquina”.

Basta con pasear un rato por los barrios comerciales de La Paz para confirmarlo: por todas partes hay cajas de cartón cubiertas con caracteres chinos, mientras que las veredas y las fachadas de las casas desaparecen detrás de los puestos de venta y las lonas que las albergan. La feria de El Alto lleva esta realidad mercantil a su máxima expresión. Dos veces por semana, a lo largo de varios kilómetros, el comercio se despliega a ras del suelo. Bajo toldos multicolores, se exhiben prendas de ropa, utensilios de cocina y herramientas colocadas directamente sobre las cajas. Decenas de miles de personas compran, venden, redistribuyen; las estimaciones locales hablan de 80.000 a 100.000 visitantes y 10.000 vendedores que generan transacciones de dos millones de dólares por semana, que suelen circular lejos de los bancos, en efectivo, en bolsos y bolsillos. “Importo seis contenedores por año”, cuenta una mujer mayor sentada detrás de un puesto de juguetes de plástico, que lleva de forma impecable la pollera tradicional de Bolivia. Desembalar, probar, apilar: aquí las manos nunca se quedan quietas. Cada caja es una transacción. ¿Cruzar el océano para terminar en una vereda? En El Alto igual que en La Paz, ya es cosa de todos los días.

“Con tu capital limitado, deberías hacer joyería; es lo que deja más ganancias”. Luis Choque lo asevera sin ninguna duda. Como gerente de Conexión Latina Global, asesora a importadores principiantes, así que Léna fue a golpearle la puerta. En unos minutos explica el objetivo principal: asegurarse un “por tres” (es decir, vender tres veces más caro de lo que se compra) y las reglas para lograrlo. Antes que nada, crear una marca que reproduzca los códigos de la moda francesa para vender joyería fabricada en China, pero con la etiqueta “made in France”. A Léna se le ocurre enseguida un nombre que entusiasma a Choque: “Chic Paris”. En segundo lugar, enfocarse en las grandes fiestas populares, como el Gran Poder en La Paz: allí, los indígenas que han prosperado socialmente intentan hacer gala de su éxito social, y esta puesta en escena se basa, sobre todo, en exhibir gastos espectaculares. Para atraer a esta clientela, Choque insiste en un aspecto clave: usar bolivianita, la piedra semipreciosa nacional, violeta e iridiscente. Va a ser artificial y va a venir de talleres chinos y no de las cordilleras bolivianas, pero no importa: “Nadie va a notar la diferencia”. La distribución tendrá lugar a través de Marketplace y TikTok.

Próxima parada: China, para encontrar los fabricantes de sus joyas. Choque le aconseja la Feria de Cantón, que se celebra cada año en primavera y en otoño. El viaje es largo. Hay que hacer al menos dos escalas, en Madrid y en Doha, por ejemplo. Pero al cabo de unas 30 horas, Léna llega al recinto de la feria, a orillas del Río de las Perlas (o Zhū Jiāng, en chino). Pabellones ultramodernos, conectados por pasarelas, se extienden a lo largo de 1,55 millones de metros cuadrados y reúnen a unos 32.000 expositores. En los 74.600 puestos se suceden demostraciones, se hojean catálogos a toda prisa, se murmuran cifras y se intercambian compromisos, al infinito. Considerada una de las ferias comerciales más grandes del mundo, el evento no deja de crecer: en otoño de 2025, durante su edición 138, recibió unos 310.000 visitantes. Presentes en todo el complejo, los mostradores del Bank of China y de las agencias especializadas en transferencias financieras internacionales son un recordatorio de que la feria no solo es un lugar de exposición, sino una maquinaria destinada a organizar los flujos del comercio mundial.

Un poco perdida, Léna atraviesa primero un sector dedicado al ámbito médico. Jeringas, férulas, guantes de látex: algunos pasillos hacen pensar en un hospital cualquiera. En un puesto, un vendedor expone sus catálogos de incubadoras sin mostrar demasiado interés por los recién nacidos que pasen allí sus primeras horas de vida. Un poco más lejos, se ven grandes paneles que presentan fármacos, dosis e indicaciones terapéuticas. No se trata de un congreso médico ni de un auditorio universitario, sino de un puesto de un laboratorio farmacéutico chino. En una vitrina se exhiben blísteres de comprimidos, bolsas de suero y cajas de medicamentos, pero los nombres de las empresas que los comercializan están ocultos con cinta adhesiva. Las fábricas de este laboratorio producen para marcas aún invisibles, cuyos productos irán a parar a farmacias de todo el mundo, a veces con nombres comerciales bastante familiares.

Y ¿quiénes compran? Principalmente africanos o latinoamericanos. Las patologías destacadas en los materiales promocionales corresponden mayormente a esas zonas geográficas. “La mayoría de nuestros clientes provienen de mercados secundarios”, comenta un vendedor, donde los controles son “más flexibles” y las exigencias “adaptables”. No importa si el fármaco es puro o no, con tal de que el precio sea accesible: basta con ganar un centavo por cada caja de paracetamol para hacer una diferencia. De este modo, los laboratorios chinos que abastecen a las grandes marcas europeas o estadounidenses fabrican productos de menor calidad destinados a estos “mercados secundarios”, presentados en envases donde los nombres de las grandes empresas farmacéuticas están cuidadosamente tapados.

Más lejos, vuelve a aparecer la cinta adhesiva, esta vez en las etiquetas de vestidos elegantes o de camisas veraniegas colgadas en percheros. Basta con despegarla un poco para adivinar las marcas ocultas: Mango, Zara, H&M, Marks & Spencer, Walmart, Lidl, Shein. Los vendedores, vestidos de punta en blanco, presentan las colecciones con confianza, detallan los cortes, las telas, la calidad de las terminaciones. Su primera pregunta, “¿de dónde viene usted?”, sirve para orientar de inmediato al comprador hacia el estilo y el nivel de calidad que suponen más acorde al mercado de destino.

Algunos puestos venden partes de zapatos por separado –suelas por un lado y empeines por el otro– para ensamblarlos en el país de destino. Todo con tal de eludir los aranceles más altos que corresponden a los productos terminados y, a veces, para poder colocarles un “made in” más prestigioso. Otros puestos exaltan productos deslocalizados, fabricados en Vietnam, Camboya o Malasia. El mensaje apenas está disimulado: derechos de exportación menores, la mano de obra más barata, costos reducidos. Para ciertos compradores, estos desvíos pueden resultar estratégicos, sobre todo desde que volvió al poder Donald Trump y las barreras comerciales estadounidenses se volvieron más estrictas. Sin embargo, según la opinión general en la feria, estos países todavía están lejos de poder medirse con China en igualdad de condiciones, pese a lo que dicen algunos. Pues la gran mayoría de las inversiones, las materias primas y el conocimiento técnico siguen siendo chinos. El Sudeste Asiático funciona más que nada como una zona de ensamblaje, que depende estrechamente del centro de gravedad que sigue constituyendo Pekín.

Guardarropa mundial

Mientras recorre los pabellones con su credencial de buyer (“comprador”) colgada del cuello, Léna empieza a tener la extraña sensación de que el mundo entero se fabrica en este lugar y está desfilando ante sus ojos. De un lado, salsas de tomate de estilo italiano, latas de atún, albóndigas árabes kofta congeladas. Del otro lado, las golosinas de su vida cotidiana, las mismas que venden las máquinas expendedoras de las estaciones de tren y de metro en Francia. A la vuelta de un pasillo, aparecen vestidos de flamenco con volados. Más lejos, saris ricamente bordados dan paso a kipás de terciopelo alineadas con cuidado; les siguen kufiyas de estampados diversos acompañadas de sus cordones negros, que hacen pensar en las que llevarían puestas los dignatarios del golfo Pérsico. La feria adquiere así el aspecto de un inmenso guardarropa mundial, que permite asomarse, de modo fragmento, a vestimentas de lugares remotos.

Entre los puestos de joyería de la feria, Léna se encuentra con Elsa (un nombre occidentalizado que adoptó para facilitar el trato con los clientes extranjeros). La mujer representa a la empresa HW Pearl Trading Co. Ltd., que Luis Choque había descubierto en Alibaba y que destaca por su aparente fiabilidad y su competitividad. Una bienvenida amable, un inglés vacilante pero una promesa firme: la colección Chic Paris puede estar lista en tres semanas. Entonces Léna decide viajar a Hangzhou, donde se encuentra la sede de la empresa, para cerrar los últimos detalles.

A dos horas en tren de Shanghái, esta metrópolis de 13 millones de habitantes constituye el mayor representante de la tecnología de alta gama del país. Cuna de Alibaba y nuevo polo de la inteligencia artificial de la mano de DeepSeek, la ciudad concentra las promesas de una modernización acelerada. En las oficinas impecables de HW Pearl Trading Co. Ltd., una decena de empleados teclean ante sus respectivas pantallas. Se abre la puerta y todos se levantan al mismo tiempo para aplaudir a Léna: acá realmente saben cómo recibir a posibles socios comerciales. Sonrisas sincronizadas, una ovación sobria: el ritual está perfectamente ensayado.

Wang Jun –jefe de una empresa de la que Léna no sabe prácticamente nada, pero que será esencial para dar sus primeros pasos en el negocio de la importación– la recibe en una oficina solemne: muebles de madera maciza, porcelana fina, cestas de fruta dispuestas con cuidado. Su esposa, Liu Yating, y Elsa la invitan a servirse, pero no comen nada ellas mismas, conforme a la costumbre. Wang no habla inglés. Lejos de suponer un obstáculo, la barrera lingüística impone su propio ritmo: el de una cortesía socialmente pautada. En silencio, enjuaga las tazas, sirve el té y desecha la primera infusión. “Trae buena suerte”, explica.

Ni bien termina la ceremonia, vuelven a hablar de negocios. En el cuarto contiguo, las muestras de la colección Chic Paris están alineadas en una mesa, recién salidas de fábrica. Léna examina la mercancía, comprueba todos los detalles: los acabados, los cierres, el tono de la bolivianita; todos los aspectos deben coincidir plenamente con el encargo efectuado una semana antes en la feria. Cuando finalmente pronuncia “está todo perfecto”, la tensión se disipa. Enseguida la atención vuelve a enfocarse en lo más importante: el packaging. Las cajas mullidas –tenazmente negociadas mediante un incesante ida y vuelta de mensajes acompañados de renders 3D– concentran el verdadero interés económico, ya que en realidad representan la principal fuente de ganancias de la empresa. Tamaño, textura, logo: todo se ajusta al milímetro, mientras las instrucciones se transmiten a la fábrica en tiempo real a través de WeChat, el principal servicio de mensajería china.

Una pantalla enorme reproduce un catálogo digital, seguramente para ya irle sugiriendo futuros negocios al comprador. Siluetas “bohemias”, productos “inspirados en”, modelos “estilo Cartier” o “inspirados en Tiffany”, todos diseñados para captar las tendencias occidentales. “Se vende muy bien en Europa”, comenta Liu. El showroom urbano concentra el poder comercial de una empresa cuyo cuerpo se encuentra a más de 100 kilómetros de Hangzhou. Allí, en una zona donde la mano de obra es más barata, 200 artesanos tallan la plata y engarzan las piedras para producir joyas que reproducen los códigos del lujo europeo. La división es tajante: una oficina en el centro de la ciudad, vitrina tecnológica orientada a la exportación; y un taller relegado a la periferia para mantener los costos bajos.

Fundada hace unos 15 años, aprovechando el auge del comercio mediante plataformas digitales, HW Pearl Trading Co. Ltd. creció de la mano de Alibaba. Cada mes le llegan unos 50 pedidos de cotización (como la de un mayorista de Texas que buscaba 5.000 collares de estilo “bohemio”, o una startup europea que quería negociar 200 unidades personalizadas); de estas consultas, entre cinco y diez se concretan en encargos efectivos, respaldados por un presupuesto publicitario mensual de unos 2.500 euros. “No compran un producto, sino una imagen. Lo que tenemos que hacer es transformar un clic en confianza”, resume Liu. Su equipo dedica más de 12 horas por día a responder mensajes, atraer potenciales clientes, encadenar videoconferencias y enviar muestras de productos. A cambio de una suscripción anual de unos 10.000 euros y una comisión de alrededor del cinco por ciento por cada transacción, Alibaba permite acceder al mercado mundial, pero también aplasta unos márgenes de ganancia ya de por sí muy frágiles, muchas veces inferiores al 10 por ciento en el negocio de la joyería. Una sola reseña negativa alcanza para arrasar con la visibilidad y la confianza.

¿Y quiénes son los clientes de HW Pearl Trading Co. Ltd.? Por un lado, los gigantes como Walmart; por el otro, una constelación de pequeños revendedores occidentales. La empresa no tiene un sitio web propio, ni redes sociales: toda su estrategia está concentrada en la plataforma. Cada semana –explica Elsa– un empleado viaja a la sede de Alibaba, a unos kilómetros de allí, para aprender a optimizar fichas de producto, leer estadísticas de visibilidad y escribir “al cliente correcto, en el momento indicado”. Dentro de este sistema, Léna también termina convirtiéndose en un instrumento de marketing: la filman luciendo un collar en el cuello, mientras exclama “It’s very good!” (“¡Está muy bueno!”), no tanto para los humanos como para el algoritmo. La compradora francesa se preocupa por el pago y por la posibilidad de que el fisco francés, chino o boliviano le impongan impuestos que reduzcan sus ganancias, pero enseguida la tranquilizan: pagar con criptomonedas garantiza discreción absoluta.2

Finalmente, para cerrar el negocio, Wang invita a Léna a cenar. Alrededor de una mesa redonda repleta de dumplings al vapor, pato laqueado y una langosta cortada con precisión, el comercio se convierte en ritual. Entre los comensales, un dispositivo de traducción automática ocupa el centro de mesa. Abren una botella de Saint-Émilion, muy cara y elegida con atención, en homenaje a Francia. “Crear mi propia marca sería un riesgo inútil”, explica Wang. Actualmente les vende a Walmart, a Léna y a decenas de compradores a través de Alibaba. Si el día de mañana lanzara Wang Jewelry, se convertiría en un rival para Walmart y para sus revendedores en línea. “Perdería mis dos fuentes de ingresos”. Esta negativa va más allá de la mera conveniencia económica. “¿Para qué plantar un árbol solo en mitad de la tormenta cuando se puede ser el bosque?”, comenta. En un país donde prima la reputación social, crear una marca equivale a exponerse de forma innecesaria. Mientras que otros invierten en desarrollar una firma reconocida, la ambición de Wang consiste en perdurar sin brillar, en ser indispensable sin llamar la atención. “No quiero que aparezca mi nombre en las joyas”, concluye alzando la copa. “Quiero que aparezca en agendas de contactos”. Occidente celebra los nombres propios; la China manufacturera prefiere las redes de contactos y los resultados silenciosos.

La noche prolonga la puesta en escena. En el club ET Park –catedral local del capitalismo nocturno–, láseres, pantallas LED gigantes y potentes bajos envuelven a una multitud de empresarios de la tecnología, herederos adinerados y dignatarios locales. A pocos metros de la sala “VIP” que reservó Wang, desfilan strippers “de alta gama”, cantantes de estética ciberpunk y otros artistas, uno tras otro, como si fueran pasando las páginas de una revista de lujo de última moda. Las botellas se van acumulando. La cuenta –10.000 euros en una sola noche– es diez veces mayor que la inversión de Léna. El objetivo prioritario de esta desmesura no es ella, sino quienes presencian la escena. Al mostrarse con una clienta europea, Wang deja ver a sus pares que tiene acceso a mercados internacionales. De este modo, ET Park resulta ser el reverso de la ceremonia del té: la moderación ritual contrasta con la ostentación, erigida en aval de credibilidad.

Tres semanas después, trasladan las joyas y los envases a un depósito en Shenzhen, uno de los principales puertos del país, a unos 100 kilómetros de Cantón. En este lugar, en mitad de una montaña de cajas de diversas formas y tamaños apiladas hasta el techo, Léna se encuentra con Nelson Huanca, la persona que contrató para transportar su cargamento hasta La Paz. Cada paquete lleva impreso un destino diferente, en extremos opuestos del mundo. Al contemplar ese panorama, Léna recuerda hasta qué punto solo es un mínimo engranaje dentro de esa maquinaria global.

Ni bien el camión se detiene ante uno de los accesos del depósito, comienzan a cargar las cajas. El tiempo apremia: apenas disponen de unas horas para llenar el contenedor, con tal de no perturbar el ritmo de llegadas y partidas. El contenedor pertenece a la compañía CMA-CGM. Huanca lo alquiló por unos 5.000 dólares. Como un pasaje de avión, cada contenedor tiene un código de barras proporcionado por la empresa naviera, que hay que presentar en cada etapa del recorrido, al entrar al depósito y después en el puerto. Tras desembarcar en Iquique, en el norte de Chile, el contenedor continúa su viaje en camión hasta La Paz, donde volverá a abrirse bajo supervisión de las autoridades aduaneras. A partir de entonces, Huanca cuenta con 14 días para devolverlo a la compañía naviera en Iquique.

Varios clientes comparten el contenedor. En Shenzhen, una responsable de logística comprueba de manera metódica, con la lista en la mano, que cada paquete corresponda realmente a las declaraciones de Huanca. Las cajas entran de a una, cada cual con su etiqueta. Alrededor trabajan hombres con el torso desnudo, empapados en sudor, que cargan la mercancía a pulso; otros manejan transpaletas a toda velocidad, derrapando por los pasillos para ganar unos segundos. Llega el turno de la caja de joyas de Chic Paris. La etiqueta está pegada y el código de barras es perfectamente visible. Antes de completar los documentos de exportación, Huanca le preguntó a Léna, como si fuera una obviedad: “¿Son copias?”. En ese caso, aclara, no hay que manejarse exactamente de la misma manera. Orgulloso de demostrar que conoce bien los trucos del oficio, añade enseguida que va a declarar un valor inferior al que corresponde por la mercancía. “Si no, cuando llegue a destino, va a ser demasiado caro”. Así, Léna descubre que el precio declarado no es una verdad objetiva, sino una variable que se puede ajustar.

Unos metros más adelante, la demostración se vuelve aún más concreta. Filas de cajas enormes, envueltas en una lona de plástico verde y firmemente sujetas con un film grueso, desentonan con el resto del cargamento. Léna se sorprende. Huanca le dice en voz baja: “Son Nike falsas”. Según le explica, la forma del embalaje apunta a despistar a los escáneres aduaneros chinos. Dado que cientos de miles de contenedores abandonan el país, los controles son mayormente automáticos: solo se abren los contenedores en caso de alerta. “En realidad, lo más complicado es la llegada”, comenta. “Ahí hace falta que alguien haya hablado de antemano con el agente de aduanas”. Su tono deja entrever que la charla en cuestión no pasa necesariamente por las palabras.

Cuando hay logos, a veces los agregan recién al final, cuando la mercancía llega a destino, para minimizar los riesgos. Huanca utiliza el nombre y la marca de una empresa muy servicial, que le proporciona una identidad jurídica ya preparada. Para perfeccionar el camuflaje, intercala aquí y allá fardos de papel higiénico –siempre mantiene varias cajas guardadas en su depósito–, tanto para inmovilizar la mercancía como para despistar los controles. Una logística del disimulo, perfeccionada con paciencia a lo largo de muchos envíos.

Finalmente, las puertas del contenedor se cierran. El camión se pone en marcha y Léna lo observa alejarse. En dos meses su mercancía llegará a La Paz y se mezclará con esos flujos que la gente suele ver pasar sin prestar atención: contenedores anónimos, alineados en los puertos y circulando en las autopistas. Adentro del contenedor viaja un inventario inverosímil: Nike falsas, papel higiénico, ruedas de camión e incluso un robot de uso médico que Huanca compró en la Feria de Cantón como regalo de Navidad para sus padres.

Y así nació Chic Paris, una marca boliviana jurídicamente inexistente pero totalmente operativa que ofrece joyería “made in France” fabricada en China, con una piedra semipreciosa engarzada –falsa pero vendida como auténtica–, con un logo inspirado en una marca importante francesa, y vendida en TikTok y Marketplace a fuerza de videos donde Léna ensalza sus productos, hablando en español con un acento francés deliberadamente exagerado, posando frente a la Torre Eiffel, el Arco de Triunfo o, en su defecto, junto a un croissant. Ese es el rostro popular –procedente en gran medida del Sur global– del capitalismo contemporáneo: el rostro de una globalización que escapa al control de los Estados, moldeada por aquellos que no tienen los recursos para determinar sus reglas.

Maëlle Mariette*, periodista, enviada especial. Traducción: Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.


  1. Jordan Pouille, “Alibaba, épopée chinoise”, Le Monde diplomatique, marzo de 2021. 

  2. Maëlle Mariette, “La ciudad detrás del ‘made in China’”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, mayo de 2026.