Se dice que los astros se alinean. Se dice que una cosa lleva a la otra. No tengo claro si es una energía exterior o que nos vamos tropezando con la misma cosa, una y otra vez; así es la vida algorítmica, así lo fue siempre, y no es casual que un emperador exasperado vocifere que acabará esta misma noche con una civilización entera mientras estoy leyendo Viljevo, una novela que sucede en dos o tres portales, abiertos e inquietantes, y uno de ellos es, sin temor a equívocos, uno que está después de una inquietante catástrofe.

Viljevo es un paraje cerca del poblado de Osijek, en la eslavonia croata, al borde de Hungría. De allí proceden cuatro grabaciones de la voz de una mujer joven que cuenta de su situación, sin dar mayores datos porque ella y su hermana Eliza son refugiadas, tal vez únicas sobrevivientes de algo más terrible que una guerra. La novela, el texto que leemos firmado por Luka Bekavac, descarrila totalmente, como debe ser, en una segunda parte donde se transcriben diálogos que suceden entre dos tiempos diferentes: el de las hermanas y el de un grupo de partisanos que manejan una radio clandestina y se ven sorprendidos por interferencias inexplicables. La tercera parte de la novela se completa con un escrito académico, inconcluso, que describe el contenido de las grabaciones encontradas, especula, desarrolla posibilidades de “fenómenos normales”, todo mezclado con psicofonías y un poco de música electrónica de la década de 1970.

La referencia musical lleva a un segundo libro europeo, en este caso Ovni 78, también envuelto en intrigas esotéricas y que transcurre en zona más o menos rural: un pueblo de la Lunigiana italiana, en un monte ficcionado, el Quarzerone, una especie de “triángulo de las Bermudas” donde desaparecen senderistas y otros incautos. Otro portal, el de Ovni 78, conecta clandestinidades varias, ufólogos frikis, un escritor comunista aficionado a los platillos voladores, una académica que consume hongos alucinógenos, guerra fría y una pequeña secta, en un cóctel inspiradísimo del colectivo italiano Wu Ming. Comedia ácida, al estilo Paolo Sorrentino, lejos del nihilismo de Viljevo. Todo con banda sonora de David Bowie, mientras transcurren los días nerviosos y con aire de catástrofe del secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas.

Por caminos similares podemos llegar a Materiales para una pesadilla, más cercana geográficamente y esta sí urbana, firmada por el argentino Juan Mattio, hecha también de fragmentos, de transcripciones, de grabaciones, pedazos de escritos académicos, entre el ensayo y el testimonio, hasta que casi casi desaparece el autor, pero lo que no desaparece es la sensación de catástrofe, con multiversos donde algunos personajes se reencuentran con sus muertos, y líneas de investigación que siguen historias poco claras, entre ellas la de un grupo de escritores que colaboraron con la dictadura argentina de 1976.

Las tres novelas son versiones de este presente demenciado en el que las leo. Todas son más o menos contemporáneas. Todas son más o menos fragmentarias, mezclan ficción con ensayo y mencionan a una que otra catástrofe. Todas tienen portales que son parte de lo que se narra. En todo caso, historias maltrechas que coinciden o no, que se discontinúan o no. Que se cruzan. O se alinean/alienan, como los astros.