El 3 de diciembre de 2025, la sala de control del centro de lanzamiento espacial de Jiuquan, en el desierto de Gobi, se sacude con una ovación atronadora. En una pantalla gigante se despliega una bandera roja: “Cálidas felicitaciones a LandSpace”, cuyo nuevo propulsor Zhuque-3 acaba de colocar su carga útil en órbita. Durante la secuencia de recuperación, el aire se congela: se enciende la señal de una combustión anormal. La primera etapa del cohete termina su recorrido envuelta en una nube de llamas y humo, y se estrella a 40 metros del objetivo. En un comunicado de tono optimista publicado en su cuenta oficial de WeChat, la empresa celebra los avances tecnológicos que el vuelo permitió poner a prueba: nueve motores funcionando en conjunto, separación de etapas neumática sin explosivos, tanques de acero inoxidable, soldados con láser. Una hazaña.
En Francia, los medios especializados cubrieron esta prueba desde el ángulo de la competencia entablada con SpaceX: una actitud representativa del tratamiento mediático de las actividades espaciales chinas. Una búsqueda en el sitio Europress referida al último año revela que 18 de los 37 resultados para las palabras clave “espacial” y “China” en los medios llamados “de referencia” ponen el acento en una rivalidad sinoestadounidense o en una amenaza militar espacial proveniente de Pekín. Pueden citarse los siguientes títulos: “En Argentina, la estación espacial china que preocupa a Estados Unidos” (Les Échos, 18-8-2025); “China, ¿va a controlar el espacio?” (Science & Vie, 17-3-2025); “Hacer surgir un SpaceX chino: China desafía a Estados Unidos en el ámbito espacial y acelera su ascenso al poder” (Le Figaro, 29-9-2025).
El relato de una “amenaza espacial china” tiene especial arraigo en los círculos políticos estadounidenses. Una comisión del Congreso de Estados Unidos sostenía el año pasado que “China está construyendo una inmensa capacidad industrial para dominar el espacio” y para “escindir el mundo en dos esferas, la suya y la nuestra”.1 Este prisma de lectura cobra fuerza a comienzos de la década de 2000, a raíz de la publicación del informe de la comisión Rumsfeld, que profetizaba el riesgo de un “Pearl Harbor espacial”.2 Con posterioridad, es retomado en documentos estratégicos oficiales antes de filtrarse hacia los grandes medios, incluso en Europa, donde la falta de acceso directo a fuentes chinas favorece la circulación de los marcos interpretativos estadounidenses.
Sin embargo, este relato ha sido ampliamente estudiado, cuestionado y desmontado en la literatura académica. En el caso del sector espacial comercial, varios informes de especialistas pusieron en tela de juicio los “relatos dominantes que presentan al sector espacial comercial chino como una industria dotada de recursos financieros ilimitados, bajo control directo del Estado y guiada por una visión de largo plazo”,3 relatos que ocultan, entre otras cosas, la diversidad de actores con relaciones complejas –a veces conflictivas– que lo integran. En el caso de LandSpace, lo que está en juego en la carrera por los lanzadores reutilizables es, ante todo, de orden nacional: la prueba casi exitosa del Zhuque-3 contribuyó a posicionar a la empresa a la cabeza entre decenas de competidores en carrera. El Larga Marcha 10B, desarrollado dentro del sistema estatal, fue el primero en recuperar la primera etapa de un cohete del país, el 10 de julio.
Según la historiografía oficial, el programa espacial chino nació en 1956, en el marco del desarrollo de armas estratégicas conocido como “Dos bombas, un satélite”, impulsado por Mao Zedong. Ese programa secreto condujo a la puesta a punto de la bomba A, la bomba H y el primero de los lanzadores Larga Marcha, que puso en órbita el satélite Dongfang Hong 1 (“El Oriente Rojo”) el 24 de abril de 1970, convirtiendo a China en la quinta nación espacial. El programa se ralentizó durante la Revolución Cultural, pero no desapareció del todo.
La continuidad del programa espacial no se impuso como una obviedad tras la muerte de Mao, en 1976. Las prioridades del país se reorientaron durante el período de “reforma y apertura” que se inició entonces bajo Deng Xiaoping: de la industria pesada y militar hacia el desarrollo económico civil, en particular a través del sector de la industria liviana orientada a la exportación. En esa época, los servicios de lanzamiento de los Larga Marcha ingresaron al mercado internacional. Pero esta “comercialización” no implicaba la aparición de un sector privado. En efecto, el fenómeno se apoyó primero en empresas estatales, encabezadas por la China Aerospace Science and Technology Corporation y la China Aerospace Industry Corporation, también llamadas “tradicionales”, encargadas de posicionarse en el mercado internacional de lanzamientos.
Diversificación excesiva
A partir de 2014, en cambio, los textos oficiales impulsan una transformación de otro orden: se trata de fomentar la diversificación de los actores, integrando, entre otros, a empresas privadas y a inversores de capital de riesgo. El sector espacial comercial chino puede entenderse como la variante de un fenómeno inicialmente norteamericano y luego internacional: el New Space. Identificado y difundido a partir de la década de 2010, este término designa la llegada al ámbito espacial de nuevos emprendedores e inversores privados, provenientes en particular de los gigantes digitales. Símbolo de esta dinámica: la empresa SpaceX, fundada por Elon Musk.
En China, la normativa circunscribe inicialmente el sector a la “infraestructura espacial”, definida como los elementos espaciales y terrestres para la provisión de productos y servicios de observación, telecomunicaciones y geoposicionamiento, al margen de los programas nacionales. Más que un proyecto planificado a nivel central, se trataba de una prueba piloto controlada de nuevas formas de apertura del sector. Un proyecto de carácter económico más que estratégico.
Así es como surgen nuevas empresas –como Ada Space, que se destacó recientemente al desplegar centros de datos de inteligencia artificial en órbita, o Galaxy Space– y filiales especializadas en internet satelital dentro de los grandes grupos, como Commsat y Guodian Gaoke. A estas dos categorías se suman empresas mixtas, surgidas en particular de laboratorios de la Academia China de Ciencias y cofinanciadas con otras fuentes de capital, como Chang Guang Satellite Technology. Finalmente, algunas grandes empresas privadas ya consolidadas diversifican sus actividades hacia el sector espacial, como es el caso de la automotriz Geely, que desarrolla actualmente una constelación, Geespace, dedicada a comunicación satelital.
Ingenieros en fuga
Si la competencia entre las empresas privadas y las tradicionales sigue siendo, por ahora, una cuestión prospectiva en materia de rendimiento y confiabilidad de los modelos, la cuestión de la mano de obra ya se revela problemática. Según un estudio del centro de investigación y desarrollo de la CALT, cerca de 4.000 ingenieros habrían abandonado los principales institutos de la Corporación de Ciencia y Tecnología Aeroespacial de China (CASC) involucrados en el desarrollo de lanzadores entre 2012 y 2016, una fuga de cerebros que representaría entre el 40 y el 50 por ciento del personal técnico en algunos institutos.4 Alrededor del 85 por ciento de esas salidas correspondería a empleados menores de 35 años, lo que plantea el interrogante del recambio generacional de los equipos.
El caso de Zhang Xiaoping, experto de la CASC reclutado por LandSpace para el desarrollo del motor de propulsión líquida metano-oxígeno, dio mucho que hablar. Tras su renuncia en marzo de 2018, su antiguo empleador inició una acción ante una instancia local de arbitraje de conflictos laborales. Numerosos internautas pusieron de relieve lo exiguo de las remuneraciones ofrecidas a este tipo de perfiles, y calificaron de hipócrita el apego repentino manifestado por la empresa hacia su exempleado. Como subdirector de diseño, Zhang habría percibido un salario anual de unos 120.000 renminbis (unos 15.000 euros), que habría saltado a un millón (unos 128.000) al incorporarse a LandSpace.
La gobernanza política del sector espacial comercial refleja esta fragmentación. Los textos reglamentarios pertinentes para el sector emanan de instituciones tan diversas como el Consejo de Estado, la Comisión Estatal de Ciencia, Tecnología e Industria para la Defensa Nacional, la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (equivalente al ministerio de Economía) o el Ministerio de Industria y Tecnologías de la Información.
Esta situación se explica en parte por la historia: hasta la reciente apertura del sector, los actores, exclusivamente públicos, se coordinaban “puertas adentro”. Así lo resume un profesor de derecho espacial chino durante un trabajo de campo: “El sector espacial tradicional no necesita de una ley para prosperar”. Las empresas estatales cuentan además con una base de apoyo en las instancias capaces de influir directamente en las políticas a su favor. Son los nuevos entrantes privados quienes reclaman una mayor previsibilidad jurídica y regulatoria.
La aparición estatal
El año 2025 marca una inflexión notable en la postura de los poderes públicos. Por segundo año consecutivo, el sector espacial comercial es mencionado en el “Informe de actividad del gobierno central”, documento de altísimo nivel. Allí figura bajo el rótulo de “nuevas fuerzas productivas de calidad”, lo que da cuenta de su ascenso progresivo desde el estatus de política experimental hacia el de asunto de interés nacional.
A fines de 2025, la agencia espacial publicó además dos textos, entre ellos el “Plan de acción para la promoción de un desarrollo seguro y de alta calidad del sector espacial comercial (2025-2027)”. Por primera vez, este documento propone integrar a las empresas comerciales al desarrollo del sector espacial nacional. Hasta entonces, las sociedades privadas habían quedado excluidas de los grandes programas gubernamentales, ya que los contratos se reservaban en gran medida a las empresas estatales. El texto alienta su acceso a las instalaciones y equipos de investigación nacionales, así como a la infraestructura terrestre. También se menciona la creación de un fondo nacional de desarrollo del sector espacial comercial.
Sin embargo, este apoyo no está exento de contrapartidas. La “Circular sobre el reforzamiento de la gestión y el control de calidad de los proyectos espaciales”, del 21 de julio de 2025 (un texto reglamentario de aplicación directa), refuerza las exigencias en materia de evaluación de calidad y control de riesgos a lo largo de todo el ciclo de desarrollo, así como la responsabilidad de las empresas en caso de incidentes. Una empleada contratada recientemente por una empresa mixta suspira: “Me perdí la época [en 2019] en que las cosas eran más simples”.
El New Space estadounidense descripto por Irénée Régnauld y Arnaud Saint-Martin representa la aplicación de una ortodoxia liberal al sector espacial, que conoce también sus propias derivas.5 Mediante “campañas” orientadas al desarrollo de determinados sectores –entre los que ahora se cuenta el espacial comercial–, el Estado central empuja a los gobiernos provinciales a involucrarse en él con independencia de sus capacidades reales, generando así frágiles ecosistemas locales de futuro incierto: más de 20 provincias promulgaron políticas de fomento del sector espacial comercial. Según el analista Blaine Curcio, la República Popular China cuenta hoy con más de 50 sitios de producción de lanzadores para sus siete principales empresas comerciales:6 reflejo de una sobrecapacidad de producción industrial que no guarda relación alguna con la demanda real.
Inversores y emprendedores apuestan, entre otras cosas, al despliegue de Guowang y Qianfan, megaconstelaciones destinadas a internet por satélite, que vendrían a engrosar la demanda de lanzamientos, evaluada recientemente en 50.000 satélites de cara a la década de 2030. Las empresas del sector espacial comercial encadenan rondas de financiamiento y anuncian su salida a la Bolsa: solo en 2025, el sector habría recaudado 2.280 millones de euros. Sin embargo, consultados a comienzos de 2026, varios actores del terreno confiesan su perplejidad: la multiplicación de nuevas empresas que esperan captar una porción de un mercado ya saturado y con barreras técnicas inmensas se parece cada vez más a una burbuja.
Lucie Sénéchal, doctora en Historia de la Ciencia del Centro Alexandre-Koyré, investigadora posdoctoral en la República Popular China. Traducción: redacción de Le Monde diplomatique, Cono Sur.
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Declaración inicial de Michael Kuiken (vicepresidente de la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad entre Estados Unidos y China), 3 de abril de 2025. ↩
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Donald Rumsfeld et al., “Report of the Commission to Assess United States National Security Space Management and Organization”, 11 de enero de 2001. ↩
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Kathryn Walsh, Ian Christensen y Bob Ronci, “Lost in Translation: Identifying Gaps in US Perceptions of the Chinese Commercial Space Sector”, Secure World Foundation / Caelus Foundation, Broomfield, febrero de 2021. ↩
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Cai Wenyi, Liu Yan, Liu Yang, Cao Qun y Dai Ku, “Análisis de las entrevistas y encuestas realizadas en los principales institutos de investigación aeroespacial, y enseñanzas a extraer de ellas” (en chino), Modern Science (en chino), Pekín, 2018. ↩
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Irénée Régnauld y Arnaud Saint-Martin, Une histoire de la conquête spatiale. Des fusées nazies aux astrocapitalistes du New Space, La Fabrique, París, 2024. ↩
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Blaine Curcio, “51 Rocket Production Sites”, The China Space Monitor (newsletter), 31 de julio de 2025. ↩
