Esta vez sí: Alemania es una potencia occidental como las demás. Y su clase dirigente, liberada de los escrúpulos históricos que le impedían afirmar su dominio sobre Europa más allá de la austeridad presupuestaria y el superávit comercial, se siente de nuevo investida de una ambición propiamente nacional: construir “el ejército más poderoso de Europa en términos convencionales”. Una prioridad proclamada por Friedrich Merz ya en su primer discurso ante el Bundestag como canciller (14-5-2025).

Este Bundeswehr [ejército] “preparado para la guerra”, según la fórmula fetiche del ministro de Defensa, Brois Pistorius, servirá para un triple objetivo, a la vez económico, militar y estratégico: reactivar un sector industrial en crisis; garantizar a las zonas septentrionales y orientales de Europa protección frente a Rusia; y, de acuerdo con Washington, delegar en Alemania el liderazgo europeo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

“No estamos en guerra, pero tampoco estamos ya en paz”,1 resume Merz. Prueba de ello es que, en 2025, sus 114.000 millones de euros en compromisos de Defensa situaban a Alemania en el cuarto puesto mundial de gasto militar. Por detrás de Estados Unidos (954.000 millones), China (336.000 millones) y Rusia (190.000 millones). Gracias a unos recursos financieros sin parangón en el continente, Berlín gastará más en armamento de aquí a finales de la década que Londres y París en conjunto. Esta combinación de supremacía económica y militar convencional desestabiliza la arquitectura de seguridad europea construida al final de la Guerra Fría y pone de manifiesto un desequilibrio que ni el telón de fondo de la integración europea ni la fábula de la “pareja franco-alemana” logran ya ocultar. Se cierra la etapa de la República Federal relegada al papel de “potencia civil”, sin autonomía militar.

“En una época en la que vuelve a predominar la política de las grandes potencias, Alemania debe trazar su propio camino”,2 explicó el jefe de Gobierno. La primavera pasada, la historiadora Liana Fix incomodó a la cancillería al detallar “los peligros del poder alemán”: el resurgimiento de las rivalidades y divisiones continentales, especialmente con Francia y Polonia; y el riesgo de que la extrema derecha, que lidera las encuestas, gobierne algún día un país ahora sobrearmado.3 Ya desde este momento, el nacionalismo industrial desinhibido en el sector de defensa, los acuerdos europeos de libre comercio con el Mercosur e India, dictados por los intereses alemanes, y la capitulación aduanera, en julio de 2025, de Ursula von der Leyen ante Estados Unidos, conforme a los deseos de Berlín, exasperan al vecino francés, que, sin embargo, se ve obligado a aceptarlo.

Para abrir este nuevo capítulo del soberanismo alemán ha sido necesario un canciller, banquero de negocios, menos marcado que sus predecesores por esa moderación afligida propia de la cultura diplomática de la posguerra. Y que se enfrentaba a una situación fuera de lo común. Porque el “cambio de época” anunciado por Olaf Scholz durante la invasión rusa de Ucrania no se materializó realmente hasta tres años después, a comienzos de 2025, ante la convergencia de tres dificultades. En primer lugar, la amenaza de una recesión industrial provocada por la competencia china, el aumento de los precios de la energía y los aranceles aduaneros impuestos por el presidente estadounidense, Donald Trump. En segundo lugar, el fantasma de una escalada del conflicto con Rusia, dado el creciente compromiso de Berlín con Ucrania. Al igual que en Francia y Reino Unido, el apoyo financiero y militar a Kiev es una especie de religión secular para las élites. El Servicio Federal de Inteligencia (BND), dirigido por el exembajador de Alemania en Ucrania, infunde miedo a una población profundamente marcada por el pacifismo, sobre todo en el este del país: “La frontera entre la paz y la guerra se difumina”; la situación “puede degenerar en cualquier momento en un enfrentamiento violento”.4

Por último, la angustia ante una posible retirada estadounidense. El 14 de febrero de 2025, durante la 61ª Conferencia de Múnich sobre Seguridad, esta perspectiva dejó atónitos a los círculos dirigentes alemanes que escuchaban al vicepresidente estadounidense, James David Vance, vilipendiar el “modelo” europeo al punto de que el organizador del evento rompió en llanto. De los caóticos comienzos del segundo mandato de Trump, las élites renanas sacaron la conclusión de que, en el futuro, habría que depender menos de los caprichos de la Casa Blanca, hacerse de medios propios para apoyar a Ucrania, pero seguir siendo, cueste lo que cueste, el interlocutor privilegiado de Washington en Europa. En definitiva, una autonomización del vasallaje, simbolizada por la creación de un Bundeswehr que sea a la vez poderoso y garante de los intereses estadounidenses en el Viejo Continente.

Recesión, Rusia, retirada estadounidense: el gobierno apuesta por que una misma solución, el gran rearme, conjure estas tres amenazas.

La epifanía marcial de Berlín viene acompañada de otro cambio radical: el alejamiento, cada vez más asumido, del derecho internacional, cuyo respeto absoluto debía condicionar la política exterior alemana. Un año después del discurso de Vance en Múnich, Boris Pistorius, Johann Wadephul y Markus Söder, ministro de Defensa, ministro de Asuntos Exteriores y ministro presidente de Baviera, respectivamente, iniciaron la ovación reservada al secretario de Estado estadounidense, invitado a su vez a Múnich: una ovación contra las instituciones internacionales, ya que Marco Rubio acababa de calumniar a la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de glorificar el “Consejo de la Paz” inventado (y presidido) por Trump y de ratificar la transformación de Gaza en una colonia de dicho consejo. Recibido en la Casa Blanca tres días después de la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán (de la que no había sido informado), Merz respaldaba esta violación de la Carta de la ONU; su ministro de Asuntos Exteriores, Wadephul, precisaría, en relación con Teherán, que “un régimen así difícilmente puede valerse del derecho internacional".5

¿Berlín, árbitro mundial de la virtud? Los dirigentes del país consideran que han adquirido esta capacidad moral especial tras su largo “trabajo de memoria”, como si la singularidad del crimen cometido convirtiera en excepcional al pueblo que había superado la culpa.6 Transcurridos 70 años de la Noche de los Cristales Rotos (noviembre de 1938), la entonces canciller alemana Angela Merkel decretó repentinamente que “la seguridad de Israel [formaba] parte de la razón de Estado de Alemania” e institucionalizó el apoyo incondicional a uno de los países del mundo que más veces han incumplido las resoluciones de la ONU. Desde el 7 de octubre de 2023, Berlín ha equipado con armamento los crímenes contra la humanidad perpetrados por Tel Aviv, ha rechazado las decisiones de la Corte Internacional de Justicia, ha recortado las ayudas al desarrollo destinadas a los países que apoyan a Palestina, e incluso ha justificado el bombardeo de escuelas y hospitales de Gaza a través de su ministra (ecologista) de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock.

En una ironía de la historia, esta violación de los principios de la Ley Fundamental se justifica en nombre de una identidad nacional reconstruida en la década de 1990 en torno a la memoria del genocidio. Por entonces prevalecía una certeza, expresada por el canciller Helmut Kohl en su discurso dirigido a los gobiernos del mundo el 3 de octubre de 1990, día de la reunificación de las dos Alemanias: “En el futuro, solamente la paz emanará del suelo alemán”. La primera ministra británica Margaret Thatcher se oponía a esta reunificación; François Mitterrand la había calificado como “ni deseable ni posible” en 1979. A su juicio, la reaparición de tal potencia económica, política y demográfica en el corazón de Europa no podría sino trastornar los equilibrios estratégicos. Una vez completada la reunificación, el exconsejero de Seguridad Nacional estadounidense Zbigniew Brzeziński consideraba que “Alemania [era] ahora capaz de hacer valer su propia visión del futuro de Europa”.7 Una visión inspirada por Washington, que abogaba por la ampliación de la Comunidad Europea y de la OTAN a los países del antiguo bloque del este, en su mayoría atlantistas.

Muy pronto, Alemania se reconciliaría con Polonia y abogaría por la adhesión a la Unión Europea de los países de la Mitteleuropa, a los que convirtió en una base de subcontratación para Volkswagen y DaimlerChrysler. Ya a mediados de la década de 1990, la esfera de intereses e influencia alemana se extendía desde los países bálticos hasta Croacia y desde Francia hasta Ucrania. Como nuevo centro de gravedad europeo, Berlín fue marginando poco a poco a París. “El interés de Estados Unidos consiste en aprovechar la posición dominante de Alemania en la Europa atlantista”, señaló entonces Brzeziński. Este proyecto, que se oponía de modo frontal al de París de una mayor autonomía europea frente a Estados Unidos, está triunfando 30 años más tarde.

Tan pronto como se haya reconstruido el Bundeswehr, Alemania, que ya alberga el mando de las fuerzas estadounidenses en Europa, estará preparada para tomar el relevo de su tutor con el fin de contener a Rusia, o incluso combatirla. Esta guerra que se avecina forma la columna vertebral de la estrategia de seguridad nacional publicada en junio de 2023. El general Carsten Breuer, jefe del Estado Mayor del Ejército alemán (su predecesor fue destituido en 2023 por haber puesto en duda la victoria de Ucrania), considera que corresponde a Alemania proveer “el nexo estratégico” entre los países bálticos, los de Europa central y oriental, así como los de Occidente y el sur:8 nada menos que el papel del eje militar del viejo continente. Desde el año pasado, el Bundeswher tiene estacionada su Panzerbrigade [brigada de tanques] 45 en Lituania; en junio, Berlín y Varsovia firmaron un nuevo acuerdo bilateral de defensa.

Pero la bisagra alemana quedará sólidamente engarzada en un marco transatlántico: el general Breuer, candidato a la presidencia del Comité Militar de la OTAN, podría asumir en setiembre la dirección de la máxima instancia militar de la Alianza.9 Hace 72 años, Francia rechazó la Comunidad Europea de Defensa, un proyecto de ejército continental bajo tutela estadounidense destinado a encubrir un modesto rearme alemán menos de diez años después de la caída del Tercer Reich. La pesadilla del general Charles de Gaulle está ahora nuevamente sobre ruedas, esta vez impulsada por Berlín.

Pierre Rimbert, de la redacción de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Emilia Fernández Tasende.


  1. “Merz: ‘Wir sind nicht mehr im Frieden”, zeit.de, 29-9-2025. 

  2. Friedrich Merz, “How to avert the tragedy of great-power politics”, sitio de Foreign Affairs, 13-2-2026. 

  3. Liana Fix, “Europe’s next hegemon. The perils of german power”, Foreign Affairs, vol. 105, nº 2, marzo-abril de 2026. 

  4. Audiencia pública de Martin Jäger frente al consejo de control parlamentario (PKGr) del Bundestag, bundestag.de, 13-10-2025. 

  5. Entrevista a Johann Wadephul en el programa Berich taus Berlin del ARD, 15-3-2026. 

  6. Jan Wener Müller, Another Country. German Intellectuals, Unification and National Identity, Yale University Press, New Haven, 2000. 

  7. Zbigniew Brzeziński, El gran tablero mundial: la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, Paidós, Barcelona y Buenos Aires, 1998. 

  8. The Wall Street Journal, Nueva York, 11-8-2026. 

  9. Ver “Comment ça fonctionne? Les structures de fonctionnement de l’OTAN” (infografía por Cécile Marin), Manière de voir, n° 183, junio-julio de 2022.