¿Acaso no sentimos que, bajo el colapso permanente de estruendos de noticias, duerme dentro de nosotros un ser fatigado de cinismo? ¿Qué nos dice la manera en que «informarse» aniquila su sentido sin cambiar su vocablo? ¿En qué medida el juego de sombras gris oscuro impide que se instaure una voluntad de sospecha? Peter Sloterdijk se pregunta «¿de dónde procede este impulso desenfrenado de información, esta búsqueda y esta necesidad de vivir diariamente en un estrépito de informaciones, ese constante bombardeo de nuestras cabezas con sumas ingentes de noticias indiferentemente importantes, sensacionalmente insignificantes?».1 Pero no es información lo que hoy se incrementa en proporciones desmesuradas y se desvanece a la velocidad de la luz. Dispositivos grises expectoran epidemias simultáneas de signos rotos. Máquinas compulsivas e interconectadas por cables invisibles favorecen el imperio de lo neutro. Para Sandino Núñez, «lo neutro no es algo: es la recaída permanente de la positividad sobre sí misma, y al mismo tiempo es el principio que permite su expansión y su eternidad, como infinito malo. Es la recursividad que reproduce y multiplica la estructura elemental de lo inmediato».2

Dispositivos grises se ensamblan entre sí y fabrican «realidad». La indiferencia dominante lleva a la metástasis de la banalidad informativa. Las estridentes maquinarias discursivas impiden el auténtico aburrimiento y trabajan en el plano cognitivo como técnica de manipulación biopolítica. En otras palabras: mientras que el aburrimiento, en su caída en el pozo de tiempo, es una forma más intensa de la vida, la inercia es un estado sonámbulo de flotación en los mares del todo-es-igual, con faros plantados arbitrariamente para desorientar cualquier inquietud de discernimiento. La experiencia fenoménica del día a día consiste en un bombardeo de signos instantáneos que produce shocks constantes en individuos ansiosos y cansados. El signo crepuscular de este tiempo es el cinismo sin bozal. Apoteosis misma de un sentido común cínico. El momento en que las máscaras caen y los rostros del poder se expresan abiertamente en contra del bien común: un decreto de muerte contra todo, excepto ellos.

El espíritu de la promesa o el gran ente gris

Para Sloterdijk, lo gris alude «a la disposición de un sujeto tan reacio a decidirse como incapaz de hacerlo, sujeto en el que la irresolución cristaliza en elusión habitual. Si una persona con tales disposiciones tuviera una convicción fuerte, esta consistiría en la certeza de que el único principio que merece la pena seguirse consistiría en no tener principios».3 A nivel nacional, son tiempos de políticos no tibios, sino grises. Sin ningún virtuosismo retórico, encriptan el discurso para sí mismos y se tragan la llave de la desambigüedad. Enunciación de un titubeo, trampa de la tautología y viveza de la elusión. El decir construye zonas grises con la investidura del poder. Esta indecisión viste los atuendos de un falso pragmatismo, ya que en verdad es el espejo moral de nuestra cultura: no pronunciarse o decir lo primero que viene a la mente, no tomar posición o mirar para otro lado son formas de oportunismo. Se trata de un discurso siempre en suspenso, que prepara a quien escucha para una formulación nunca resuelta, dejándolo colgado de un prolongado «¿y...?». Un poema de Elías Uriarte que tiene más de 25 años parece, sin embargo, escrito ayer: «Llenan sus cuadernos con viento, con humo sus páginas, hablan sin palabras. Usureros del lenguaje».4 En Uruguay hace rato que el lenguaje de los políticos «habla sin palabras», en un acto voluntario de desasimiento de su autenticidad promitente.

Los últimos ecos que llegan de 2025 son reclamos por promesas incumplidas. Con solemnidad patriótica, «Sabremos cumplir» fue el eslogan de la campaña frenteamplista. La primera persona del plural es gris por definición, porque el nosotros se corre según la conveniencia: ¿«nosotros» es la fórmula? Ya lo dijo el presidente en su momento, a propósito de su negación a pronunciar la palabra genocidio: una cosa es el gobierno y otra, la «fuerza política». Entonces, ¿«nosotros» quiénes? Este plural ofrece el beneficio de la versatilidad oportunista, ya que sus contornos son maleables según las circunstancias. En nuestra lengua, nosotros posee una sustancia volátil y opaca: entran todos, a veces los míos y, dentro de los míos, quizá unos pocos. Si algo queda claro es que nosotros no estrecha sensibilidades con otro vocablo-mantra: pueblo. Nosotros produce la ilusión de voluntad unánime, pero no es más que el comodín pronominal de quienes transigen en el gabinete de los cínicos. Este nuevo tiempo histórico abre una multiplicidad de escenarios discursivos en los que la promesa o bien se cumple atrozmente al modo de una brutal amenaza consumada o bien se encoge de hombros hasta desaparecer.

Para John L. Austin, prometer es un acto de habla realizativo. «Te prometo que...» no es lo mismo que decir cualquier otra cosa: «Claro está que las palabras deben ser dichas “con seriedad” y tomadas de la misma manera. ¿No es así? Esto, aunque vago, en general es verdadero: constituye un importante lugar común en toda discusión acerca del sentido de una expresión cualquiera. [...] Nos sentimos inclinados a pensar que la seriedad de la expresión consiste en que ella sea formulada como (un mero) signo externo y visible de un acto espiritual interno».5 Una política sin espíritu es la máxima encarnación de esta época de cinismo, o, dicho de otra forma, una política que es únicamente signo externo, pacto entre actores de un consenso sostenido en la fuerza de coacción que ejerce la mentira. Al menos en un plano hipotético, «te prometo que…» involucra una intención de cumplir: en ese acto del decir se «empeña» la palabra. Pero el sacerdote que, en pleno rito religioso, pronuncia la frase «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», bautiza. Blindado siempre, a veces con cierta destreza, otras sencillamente idiota, el político que promete hace usura del lenguaje. El estado de la promesa es el reflejo de una cultura que deja caer los «modales» de la hipocresía y se interna en el bosque oscuro de la abierta falsedad sin guía y sin fe.

El problema con el «te prometo que...» está en su incongruencia profunda entre el decir y el hacer. Conquistado el poder, ¿qué es la promesa si no una de las tantas formas de hablar sin palabras? ¿Qué nos da esto que pensar acerca de la falsa conciencia estratégicamente promitente? Quedarán en muros y pancartas los «sepan cumplir». En el lenguaje de la política, lo prometido no es deuda. Por el contrario: es a través de cantidades ingentes de promesas que, en el mejor de los casos, se devuelven los favores prestados. Ya lo dijo Luce Fabbri en una charla en 1997: «Los partidos, organizados para llegar al gobierno, no pueden obedecer normas morales de convivencia (no mentir, no dar ni aceptar coimas, mantener lo prometido, ajustar la actividad al programa, etcétera), porque, si lo hicieran, fracasarían. Por ejemplo: conseguir una mayoría de votantes cuesta mucho dinero, aunque no se piense en comprar materialmente votos. Solo la propaganda electoral exige sumas que las contribuciones de los partidarios no llegan nunca a cubrir. Y hay plata fácil, a disposición de los partidos en los momentos decisivos, cuando se está dispuesto a hacer cualquier cosa para ganar. Basta prometer».6 El suicidio espiritual de la política fue la letra chica del contrato de indiferencia total en el que vivimos.

El consenso dominante es que, primero y ante todo, la mentira coacciona todo aquello que se dice. Auténtico pase de magia con las palabras: decir una cosa y decir otra al mismo tiempo. En el interior de una sociedad vertebrada por el secreto y estructurada por el sistema partidario, la promesa es el gran ente gris. En 1964, Carlos Real de Azúa observa: «Sin embargo, aunque parezca extraño, dándole amplia participación a los partidos y haciendo del propio Estado un feudo de ellos, nunca se ha realizado una tentativa seria por darles un estatuto, imponerles una organización, una contabilidad del origen y empleo de sus fondos. Los ensayos más tímidos de tales prácticas se calificaron abruptamente de antidemocráticos y liberticidas».7 ¿Qué hay que sospechar, sigue Real de Azúa en una nota al pie, si los grandes núcleos de poder de un país «se mueven prácticamente al margen de toda normación legal»? Quizá el Estado no sea otra cosa que el feudo para la asociación lícita, autolegitimada, de una «magna amoralia». Un salón de los bueyes perdidos que hospeda a los desmemoriados del espíritu interno de la promesa.

Lenguaje-escombro para la turba humana

El portal de noticias es el dispositivo de la yuxtaposición conectiva: las frases se disparan sin aparente criterio en titulares que, bajo el absoluto de la inmediatez evanescente, capturan la curiosidad traducida en clics. Esta yuxtaposición de grandes o pequeños acontecimientos traza equivalencias que achatan lo complejo: todo es lo mismo porque todo da lo mismo. Gaza, el fallecimiento de una figura mediática, la foto de un famoso cantante de trap que ahora vende helados y la preocupación de un alcalde japonés por ataques en serie de osos. Es la tonalidad profunda de nuestro tiempo: preeminencia del anonimato, flujo de lo neutro y desprecio por el lenguaje. El portal de noticias es un dispositivo gris de los estremecimientos constantes. En definitiva, una máquina de multiplicar reacciones: risa o escarnio, gestos unánimes de aprobación u olas intempestivas de indignados. El gran Dadá contemporáneo enseña la mueca del cínico. Cada palabra está cubierta por una espesa capa de ironía, al tiempo que un entrecomillado incierto recubre el bullir de noticias. Todo es exacerbación del funcionamiento conductual en el ocaso de la letra. El estímulo no alcanza nunca un efecto de sentido, porque la sintaxis vacía, con frecuencia ilegible por el apuro que imprime la lógica call center de producción, es el energizante que reclaman nuestras existencias desvitalizadas.

Un monstruo ventrílocuo expectora y conecta, por yuxtaposición, lo evanescente. Las palabras se desorientan y se acumulan en el régimen de lo igual, de manera que las «ideologías» erosionadas se encubren a sí mismas tras la ficción democrática. Decir mucho hasta hacer colapsar la voluntad de verdad. Decir hasta dejar secuelas en un individuo felizmente aturdido, fascinado con un lenguaje desinhibido que ya no se hace pasar por lo que no es: información. En la esfera contemporánea de diseminación epidémica, el titular se impone como un imperativo de neutralidad y pasa como una piedra rodante por encima de cualquier reclamo ético: su modus operandi necesita de la saturación, el plagio y el anonimato. De esta forma, se suprime el matiz y el lenguaje deviene escombro: cosa informe, carcasa de vigas grises y retorcidas, trozos de nada. Estos restos, engullidos por el desquicie del poder, molestan y deben ser removidos. La ruina es el objeto de inspiración del poeta romántico. El escombro, en cambio, encarna la catastrofilia humana. Advenimiento siempre, en su persistente materialidad estruendosa e inapelable, de una demolición por venir. Desertificación. Destruirlo todo para que ya nada oponga resistencia.

El declive de lo político implica, entonces, el ocaso de los matices. La retirada de una ética virtuosa de las palabras. Los portales hacen eco y, al mismo tiempo, modelan cognitivamente esta realidad: se dirigen a la turba humana, sedienta de excitaciones opacas. La dinámica de esferas de comunicabilidad masificante confluye en una misma soledad de abismo. El portal de noticias funciona como antena catalizadora y máquina aislante, superficie de contacto entre los nodos que conforman la red vociferante en la que todos, democráticamente, decimos nada.

Claroscuros del campo

Sucede que un poeta se detiene en medio del paisaje de las cosas. De manera súbita, se choca con un estar ahí que lo olvida de sí mismo. «La vuelta de los campos», de Julio Herrera y Reissig, es el poema de la abismal excentricidad que percibe y trasciende. Los paisajes interiores que se agitan en su contemplación transfiguran lo rural, encantándolo de literatura: los dos primeros cuartetos del soneto poetizan, etéreamente, la vida doméstica de las mujeres y las mozas. La naturaleza no es escenario ni personificación, sino acto de presencia: «Huye el vuelo sonámbulo de las horas serenas. / Un suspiro de Arcadia peina los matorrales...». Y en la cesura que introduce el penúltimo terceto, la incertidumbre, radicalmente sensitiva, se entreabre: «Cae un silencio austero... Del charco que se nimba / estalla una gangosa balada de marimba. / Los lagos se amortiguan con espectrales lampos».8 Tras un interludio, el asombro irrumpe en palabras que estallan en inauditas formas musicales y el entorno tiembla en una actividad desconocida. Este poema es un gran elogio del matiz, del arte de dejarse ir con los claroscuros del campo al atardecer.

«La vuelta de los campos» es una entrega a la palabra poética que llega a la consustanciación con el paisaje hasta abismarse en algo más que él. Porque el poema, tras su superficie bucólica o pastoril, contiene una voluntad de trascendencia y una promesa de verdad. El poeta atisba lo que hay detrás del velo de Isis y se guarda para sí el secreto de su desnudez en metáforas. Hay un más acá en el claroscuro de lo que acontece, una insinuación de desvelamiento de la naturaleza con mayúsculas. Lo feérico abre heridas de belleza por donde desangra en éxtasis la pluma prometeica del poeta modernista. «La vuelta de los campos» es la cicatriz de una experiencia plena: el despertar a la pausa crepuscular del mundo. El poema se propone como una cumbre de la lengua que no transige con las medianías provinciales. Con la imbecilidad del país. El soneto herreriano merodea las proximidades de una epifanía. El misántropo, pescador de estrellas, encuentra en el charco la explosión de sonidos jamás escuchados, y en los lagos una superficie por la que atraviesa, fugazmente, el hondo resplandor de los misterios del dios Pan.

Mathías Iguiniz es profesor, crítico literario y ensayista uruguayo.


  1. Crítica de la razón cínica, Siruela, 2003. 

  2. Psicoanálisis para máquinas neutras. Biopoder o la plenitud del capitalismo, Hum, 2017. 

  3. Gris. El color de la contemporaneidad, Siruela, 2024. 

  4. Hiroshima, Vintén, 1999. 

  5. Cómo hacer cosas con palabras, Paidós, 2022. 

  6. El camino y el carácter ético del anarquismo, Alter, 2022. 

  7. El impulso y su freno, Ediciones de la Banda Oriental, 1964. 

  8. Poesías completas, Losada, 1958.