Vladimir Nabokov sabía de tenis. Se había criado practicando ese deporte en su casa familiar de la Rusia prerrevolucionaria, con raquetas de madera, encordados de tripa y campesinos descalzos que alcanzaban las pelotas. Ya en la Berlín de entreguerras, como emigrado, dio clases en las canchas que había detrás del Teatro Schaubühne, en la Kurfürstendamm. En las conferencias sobre Don Quijote que dio en Harvard durante la década del 50, contabilizaba las victorias y las derrotas del hidalgo caballero como si fueran puntos en un partido de tenis. En sus novelas, este deporte parece tener siempre una suerte de cualidad hiperreal. Pensemos en Lolita, en que la verdadera dimensión de la vulnerabilidad de Dolores y la naturaleza predatoria de Humbert quedan en evidencia cuando ambos entran a la cancha:

Ese saque tenía belleza, precisión, juventud, una pureza de trayectoria clásica, y a pesar de su instantaneidad era muy fácil devolverlo, ya que en su vuelo largo y elegante no había el menor desvío. [...] Ella, tan cruel y astuta en la vida cotidiana, revelaba en sus saques una inocencia, una franqueza, una amabilidad que permitían a un jugador de segundo orden, pero resuelto, abrirse paso hacia la victoria por ineficaz que fuera.

Lo que identificaba Nabokov era la capacidad notable que tiene el tenis para destilar personalidades complejas en geometrías sencillas: la «franqueza» reveladora de los tiros de Dolores, su susceptibilidad al avance de Humbert. «Para mí la literatura va a seguir siendo siempre un juego», le escribió alguna vez a su agente. Muchas veces, ese juego incluía dos raquetas y una pelotita.

Cuando se enfrentaban Federer y Nadal, la geometría también parecía abrirse paso hacia la personalidad. Veinte años atrás, en un ensayo para The New York Times Magazine, David Foster Wallace plasmó esa rivalidad floreciente como una especie de dualidad nabokoviana. Era una batalla, escribió, entre «el machismo apasionado del sur europeo y las artes frías y elaboradas del norte. Apolo y Dionisio. El bisturí y el cuchillo de carnicero. El diestro y el zurdo». Según Wallace, Federer representaba la capacidad de ese deporte para ser «una expresión de la belleza humana»; Nadal, en cambio, parecía alguien «mesomórfico y totalmente marcial», puro «bíceps al aire e imprecaciones dignas del teatro kabuki». Al año siguiente, como para subrayar esas diferencias, ambos jugadores disputaron un partido de exhibición bautizado La Batalla de las Superficies. Una mitad de la cancha era de césped —ideal para los movimientos estilizados y el slice seco de Federer— y la otra de polvo de ladrillo, que favorecía el top spin desatado de Nadal y su estilo apabullante. Las implicancias estaban claras: esos dos hombres pertenecían a dos especies distintas, con hábitats naturales diferentes. Hinchar por uno o por otro era una declaración no solo respecto de lo que uno valoraba en el deporte del tenis, sino sobre el modo en que uno veía la vida. Era la belleza contra la potencia. La tradición contra la novedad. El talento contra la garra. La mente contra el cuerpo.

Dos décadas más tarde, esas oposiciones se cristalizaron hasta convertirse en un cliché. Es difícil no sentir un poco de pena por Wallace al leer un artículo largo sobre Federer en el que se subraya su aparente falta de esfuerzo, o uno sobre Nadal en el que se hace hincapié en su ritmo de trabajo. (En una reseña para The Philadelphia Inquirer, una vez Wallace se quejó de las remanidas «fórmulas de las biografías deportivas genéricas»: sin duda le habría horrorizado la posteridad de su propio artículo). Tal como demuestran los dos libros reseñados aquí, ni siquiera los mejores cronistas del tenis actual logran evitar del todo esa tentación. Giri Nathan, cuyos ensayos para medios como New York Magazine y Raquet —de una elegancia envidiable— le valieron un Premio Tom Perrotta de Periodismo Tenístico (sí, eso existe de verdad), señala que el suizo «parecía no transpirar jamás»; Christopher Clarey, el veterano corresponsal de tenis de The New York Times, asevera que el español sudaba tanto que «colaboró con Nike para desarrollar telas capaces de absorber su transpiración excesiva». A veces parecería que, incluso para sus biógrafos, las oposiciones de los jugadores sobre la cancha fueran más reales que los hombres en sí. Y, sin embargo, si algo deja en claro el relato de Clarey es que ambos tenían más en común de lo que estamos dispuestos a admitir.

Ambos, por supuesto, eran sumamente talentosos, aplicados e inclementes. No se ganan varios Grand Slams sin esas características. Ambos venían de entornos de clase media parecidos y eran, al menos en público, igualmente correctos e inofensivos. (Tal vez es difícil que alguien que se pasó la mayor parte de la infancia perfeccionando obsesivamente el arte de hacer pasar una pelotita amarilla por sobre una red no termine siendo una persona un poco anodina). En la cancha, Nadal era capaz de una creatividad extraordinaria y Federer, de una regularidad metronómica. Y se caían bien, de algún modo. Ambos jugaban partidos de exhibición para colaborar con la fundación benéfica del otro y Nadal fue de los primeros en sumarse a la Copa Laver, uno de los proyectos mimados de Roger. Pero lo cierto es que para nosotros, los espectadores, esas convergencias eran irrelevantes. Lo que importaba era la capacidad de hacer lo que había hecho Nabokov, pero a la inversa: extrapolar, a partir del juego de esos dos hombres (y de su indumentaria Nike, seleccionada minuciosamente), cuestiones más amplias referidas al temperamento, las prioridades y hasta la política. Lo genial del antagonismo entre Nadal y Federer radicaba, casi siempre, en su capacidad para no girar, en absoluto, en torno al tenis.

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Para los entusiastas de este deporte, los hechos sobre la vida de Nadal seguramente resulten conocidos. Se crio en la apacible localidad mallorquina de Manacor, donde su tío Toni le hizo conocer el mundo del tenis, en particular el de las canchas de polvo de ladrillo. Siempre al lado de su tío, Nadal fue subiendo vertiginosamente en el ranking profesional masculino, ascenso que alcanzó su punto más alto tras ganar Roland Garros en 2005, a los 19 años. Llegó a dominar ese torneo, en el que se alzó con la asombrosa cantidad de 14 triunfos, más que cualquier otro tenista en la historia. (Chris Evert es la segunda, con siete títulos). El polvo de ladrillo, con sus piques altos y lentos, se adaptaba muy bien a su tipo de juego. Valiéndose de su característico drive parabólico —que ejecutaba con un floreo del brazo izquierdo digno de un torero—, iba arrinconando a sus rivales sobre el lado más vulnerable, el del revés, hasta que erraban o devolvían un tiro débil sobre el que él se abalanzaba para cerrar el punto. Podría haber terminado incluso con más títulos si las lesiones no hubieran sido un escollo permanente: hacia el final de su carrera, podía jugar solo gracias a unas inyecciones diarias de anestesia que a menudo le dejaban el pie izquierdo totalmente insensible. Pero aun así ganaba. Sus 92 títulos lo ubican en el quinto puesto de todos los tiempos en el circuito masculino. Su colección de Grand Slams —22 en total— recién fue superada por Novak Djokovic, que tiene 24. (El serbio, anticientificista declarado, es cultor de un tenis frío y defensivo que basa su éxito en una asombrosa capacidad atlética, y en parte le debe sus muchos triunfos a la longevidad. Cuando Nadal se retiró, a los 38 años, había caído muy por debajo de los 100 primeros puestos del ranking oficial del circuito. Djokovic, que ahora tiene casi 39 años, se mantiene cómodamente ubicado dentro del top 5).

Lo que promete el libro Rafa Nadal: el rey de la tierra, de Christopher Clarey, es contarnos otra cosa. En sus tres décadas como corresponsal, Clarey tuvo más contacto con Nadal que cualquier otro periodista de habla inglesa. Algunas de sus anécdotas tras bambalinas resultan francamente increíbles. Ahora sabemos, por ejemplo, que Rafa entró al restaurante para jugadores de Roland Garros en 2021, una hora después de un partido intenso contra Djokovic, a cuatro sets, «rengueando como un lisiado» a causa de un dolor intolerable en un pie. «El dolor te quita la felicidad, no solo en el tenis sino en la vida», le dijo a Clarey al año siguiente. «Y mi problema es que vivo muchos días con demasiado dolor».

Clarey, de todas formas, es reacio a presionar en exceso al protagonista de su libro. Es un escritor ameno que sabe cómo atrapar al lector, pero Nadal le resulta un objeto estético: un dios del tenis al que debe admirarse desde lejos. Esto es más claro, y también más raro, en los pasajes dedicados a su etapa de formación. Parece haber sido una época horrenda —algo que resulta un denominador común en la infancia de varios tenistas—. (Para apreciar algunos de los efectos más perniciosos de ese deporte sobre los competidores más jóvenes, desde berrinches por algún fallo de un árbitro hasta crisis nerviosas generadas por los propios padres, alcanza con visitar cualquier torneo juvenil). Nadal, aparentemente, la pasó peor que la mayoría de los chicos. Toni, que de joven había soñado con convertirse en jugador profesional, hizo que su sobrino entrenara tan desaforadamente que para cuando empezó su carrera profesional ya tenía daños permanentes en las rodillas. Lo obligaba a practicar con pelotas gastadas para que aprendiera a adaptarse, sin quejas, a las distintas condiciones, y si el joven Rafa se distraía, le tiraba pelotazos con absoluta saña. En un pasaje, Toni le dice a Clarey que, en su opinión, «demasiados padres y entrenadores les allanan el camino a los chicos. Nosotros jamás hicimos una cosa así con Rafael». Que es una forma delicada de decirlo. En cierto torneo de menores, Nadal venía perdiendo contra un rival claramente inferior cuando Toni advirtió que había estado jugando con una raqueta rota. Rafa ni se había dado cuenta: estaba tan habituado a que lo culparan por sus propios errores que ni se le había ocurrido que algo externo podía fallar. «Toni no es el entrenador perfecto», señala Clarey, puede que con cierta tibieza.

Hay también ocasionales pantallazos de profundidad. Se nos cuenta, por ejemplo, que Nadal fue a terapia en dos ocasiones, en distintos puntos de su carrera, y cuando le preguntaron por sus varias y evidentes neurosis —acomodar meticulosamente las botellitas de agua en cada cambio de lado, limpiar la línea de fondo con el pie, toquetearse los shorts, las mangas de la remera, el pelo y la nariz antes de cada saque—, admitió que le molestaban pero que algunas eran «imposibles» de evitar. Pero esto no se explora a fondo. Clarey tiene un ojo atento y es capaz de percibir detalles tan ínfimos como los tics verbales que comparten Rafa y Toni, pero ni se inmuta ante la revelación de que, cuando al chico le ofrecieron atenderse, durante su adolescencia, con un psicólogo deportivo, «él y Toni rechazaron la propuesta». En Rafa Nadal: el rey de la tierra, Nadal es siempre un campeón en ciernes. En esa teleología no hay lugar para la inseguridad, la infelicidad ni los tíos avasallantes.

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Una teoría acerca del origen del enrevesado sistema de puntuación en el tenis asegura que en sus comienzos los tantos se contabilizaban con un reloj. La aguja de cada jugador avanzaba un cuarto de vuelta con cada punto ganado, de 15 a 30 y a 45 (que luego, misteriosamente, se convirtió en 40), antes de llegar a la hora, cuando se ganaba el partido. Parece ideal para un deporte en el que se compite sin tener en cuenta el paso del tiempo. La duración de un partido de tenis, a diferencia de lo que pasa en la mayoría de los eventos deportivos, no está regida por el cronómetro; para llegar a buen término, un jugador debe derrotar al otro, una y otra vez. (Y la amplitud es extraordinaria: el partido de singles masculinos más corto de la historia de Wimbledon duró 37 minutos; el más largo, entre John Isner y Nicolas Mahut, llegó a las 11 horas y cinco minutos). Esto tal vez explique por qué la popularidad del tenis depende tanto de la potencia de ciertas rivalidades: Federer y Nadal, Venus y Serena, Borg y McEnroe.

El modo en que se estructuran las finanzas de este deporte también incentiva el dominio de una cantidad muy limitada de jugadores. A los participantes de los circuitos ATP y WTA —el pináculo de este deporte para hombres y mujeres, respectivamente— se les paga en concepto de premios entre 12% y 20% de los ingresos generados por los torneos. Si se lo compara con otros muchos deportes, es poquísimo. Quienes compiten en las grandes ligas de Estados Unidos (NBA, NFL, NHL y MLB), por caso, cobran entre 40% y 50% de los ingresos. Y tienen, además, la seguridad de un contrato con su equipo. Los tenistas, en tanto deportistas individuales, son responsables de sus propias finanzas: sus ingresos están relacionados directamente con su rendimiento dentro de la cancha. No tienen un sindicato dedicado a defender sus intereses, ni una mutual, ni un plan universal de jubilaciones. Esto, en la práctica, implica que las ganancias se concentran en lo más alto de la pirámide. Por fuera de la superélite de este deporte, que puede complementar esos ingresos con contratos de patrocinio, primas por participación y partidos de exhibición, la vida de un jugador profesional de tenis es casi insostenible. (Las memorias de Conor Niland, The Racket, de 2004, en que relata su vida deportiva por fuera de los márgenes del top 100, ofrecen un panorama notable sobre la realidad de esos jornaleros del circuito). De tan abrupta, a veces esa inequidad resulta cómica. El primer Six King Slam, un torneo de exhibición de tres días realizado en Arabia Saudita en 2024 (en el que solo se podía participar por invitación), les reportó a cada uno de los seis contendientes (todos hombres) 1,5 millones de dólares antes de haber jugado un solo partido. Wimbledon, un torneo que para muchos profesionales (incluido Niland) supone la cumbre de una carrera, les reporta a quienes se abren camino desde la clasificación hacia el cuadro principal algo menos de 90.000 dólares. El tenis como institución sabe bien lo mucho que depende de los enfrentamientos entre un reducido grupo de megaestrellas y entiende cómo hacer que nuestra atención no se aleje nunca de ellos.

El problema tras el retiro de Federer y el comienzo de la desintegración final del cuerpo de Nadal fue que no había reemplazantes. Ver a Rafa contra Roger era casi como leer el nuevo capítulo de una apasionante novela por entregas. Ver cómo Rafa pulverizaba al correcto noruego Casper Ruud (como en efecto hizo en la final de Roland Garros de 2022) era, por comparación, casi como leer un comunicado de prensa. Los potenciales herederos eran muy escasos. La final del US Open de 2020, entre Alexander Zverev y Dominic Thiem, resultó un partido tan repleto de nervios que llegó a dar pena: los saques del altísimo Zverev se fueron desmoronando progresivamente y de unos verdaderos cañonazos de 200 kilómetros por hora pasaron a ser unos globos suaves de 100 kilómetros por hora de esos que se ven en cualquier cancha de barrio. Al año siguiente, Zverev enfrentó a Daniil Medvédev, otro jugador alto y longilíneo (apodado el Pulpo), por el título en las ATP Finals; Giri Nathan describe la combinación de sus respectivos estilos de juego como un «tenis innovador en su falta de carisma... como si dos mantis se trabaran en una lenta lucha a muerte»). Los comentaristas cada tanto se refieren a estos jugadores como «la generación perdida» del tenis. Los hombres nacidos en la década del 80 ganaron unos 80 Grand Slams. Los nacidos en la década del 90, que deberían estar dominando ahora el juego, tienen apenas dos. ¿Qué generó ese paisaje de «carreras mínimas, atrofiadas, restringidas»? Tal vez sencillamente no surgió nadie con esa combinación mágica de talento, ética laboral y fortaleza de espíritu. Es innegable que algunos de los jugadores que podrían haber desafiado a Nadal, a Federer y a Djokovic sufrieron lesiones incapacitantes. De todas formas, sigue siendo una de las grandes rarezas del tenis que, ni bien los Tres Grandes perdieron su hegemonía, los chicos de la década del 90 fueron eclipsados de inmediato por dos hijos del nuevo milenio.

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Jannik Sinner y Carlos Alcaraz, casi como una pareja de jóvenes dalái lamas, aparecieron precisamente cuando sus antecesores iniciaban sus vidas tenísticas de ultratumba. Y superaron a sus competidores con una velocidad pasmosa. A sus 24 y 22 años, ya cada uno ganó al menos el doble de Grand Slams que toda la generación perdida junta. A diferencia de los Zverev y los Medvédev del mundo, ellos también encarnan esa suerte de dualidad atlético-estética que volvía tan fascinantes a Rafa y a Roger: el gigante pelirrojo y adusto de las nieves del Tirol del sur contra el showman de la sofocante costa de Murcia.

A mí Alcaraz siempre me pareció la clase de tenista que se le podría haber ocurrido a Roald Dahl. Sin duda Quentin Blake podría haber dibujado esa mata de pelo y esa sonrisa de chico en edad escolar, y su juego —creativo y efervescente— nos hace pensar en lo que sucedería si pusiéramos una raqueta en manos de Mr. Fox. «Fue una pastelería de la zona», nos cuenta Nathan, «la que patrocinó los primeros viajes de Alcaraz». El tenis es un deporte, como señala el autor de este libro, «fatalmente nostálgico», y al joven español ya se lo describe como una combinación entre el drive elegante de Federer (golpea la pelota, cosa rara, con el brazo totalmente extendido), dos pies muy ligeros, una capacidad para ocupar toda la cancha con la misma fuerza de Nadal y un afán por pelear cada punto. De ahí que resulte irónico que uno de los rasgos más simpáticos de Alcaraz sea su aparente desdén por los dioses del pasado.

Los entrenadores de la actualidad instruyen a los jugadores, desde una edad muy temprana, para que desarrollen algo que se denomina «tenis de porcentaje». La idea es encarar la mayoría de los tiros de un modo que minimice los errores: golpes cruzados, con un amplio margen por sobre la red y mucho top spin. El estilo moderno se sustenta en ese principio. Durante las últimas décadas, las raquetas se volvieron tan simples de manipular —son más potentes, más indulgentes con los errores— y las canchas tan confiables que el péndulo estadístico dejó de favorecer la arriesgada estrategia de saque y volea y pasó a recompensar un juego más conservador, basado en la potencia. Se dice también que los organizadores de torneos, en el afán de que los espectadores disfruten de eso, se ocuparon de inducir puntos más largos renovando las superficies de las canchas y aligerando las pelotas para crear condiciones de juego más lentas. El resultado es que los tenistas terminan clavados en la línea de fondo, presionándose mutuamente con tiros largos hasta que uno de los dos comete un error. Alcaraz está todo el tiempo probando golpes que desafían esa lógica: drops desde atrás de la línea de fondo, subidas a la red mientras el oponente está en una posición cómoda. Las leyes del tenis —y de la estadística— dicen que este enfoque no debería funcionar, pero de algún modo Alcaraz puede jugar como si esas leyes no existieran.

Aun así, comete errores. Cuando se desconcentra, señala Nathan, Alcaraz juega «un tenis errático y confuso. Es capaz de obsesionarse con ciertas ideas que le resultan divertidas pero que no le dan puntos; puede llegar a ufanarse prematuramente». Pero muy a menudo juega con una elegancia a la que no podían aspirar ni siquiera los más grandes del pasado. Alcaraz admitió que, a fin de prepararse para la temporada sobre césped de 2024, no miró videos viejos de Federer y de Andy Murray, como había hecho en años previos, sino de él mismo. «Platón propuso alguna vez que los seres humanos tienen almas inmortales, repletas de conocimientos acumulados a lo largo de vidas pasadas, de modo que aprender algo es en realidad solo redescubrir ese conocimiento olvidado y enterrado en el interior», escribe Nathan. «Tal vez esto solo sea cierto en el caso de Carlos Alcaraz».

Jannik Sinner, «un cúmulo de extremidades flacas y articulaciones nudosas», es el yin perfecto para el yang del español. Es la personificación del «tenis de porcentaje»; aplasta a sus rivales con la eficacia (y la emotividad) de una topadora. Su juego no es más inteligente, simplemente es mejor: más veloz, más regular, con golpes más potentes. A veces es fácil olvidarse de lo difícil que es pegarle a una pelotita de tenis con semejante consistencia. Analicemos cómo es devolver uno de esos drives de 120 kilómetros por hora que ejecutan habitualmente los profesionales. Desde que la pelota deja la raqueta del rival, el jugador tiene cerca de un segundo para calibrar la velocidad y la trayectoria del tiro, acomodar los pies, rotar el cuerpo y golpearla en el momento exacto con la velocidad exacta. La pelota se va a demorar sobre el encordado unos cinco milisegundos: casi la vigésima parte de un pestañeo. Alcanza con pegarle unos milisegundos antes o después, con los pies en la posición errada, demasiado rápido o demasiado lento, para que el tiro se desvíe y termine por convertirse en un error. Sinner aprendió a cultivar el arte del timing perfecto como nadie en el mundo. Y es implacable. Mientras que las victorias de Alcaraz durante las primeras rondas de un torneo parecen cuentos cortos de taller literario (exposición, conflicto, clímax, desenlace), Sinner suele encarar a sus rivales, tal como señala Nathan, «con la austeridad de un bibliotecario que revisa un libro, le pone un sello con la fecha de devolución y se lo entrega otra vez al portador: “6-3, 6-1, nos vemos la próxima”». Mientras que Alcaraz juega valiéndose de la energía del público y después comenta alegremente en redes sociales cada uno de sus movimientos («Trato de usar menos el teléfono. Me cuesta»), Sinner en general parece hundido en un mundo propio y sus emociones resultan indescifrables (sin contar el ocasional puño cerrado para celebrar algo).

Más allá de todo esto, la magia de ambos jugadores radica en que cada vez que se enfrentan trascienden sus respectivos estilos. Alcaraz arranca a Sinner de su caparazón, lo obliga a ser más audaz y creativo. Sinner consigue que Alcaraz saque a relucir una regularidad y una concentración que en general no demuestra. La final de Roland Garros del año pasado —una batalla de cinco horas y media plagada de intercambios brillantes y giros dramáticos— es una firme candidata a convertirse en el partido de la década. Los precios en la reventa de entradas para las instancias posteriores —las finales de Wimbledon y el US Open— llegaron a los cinco dígitos. Para demostrar lo desmedido de las expectativas generales, basta decir que el partido de tres horas en Wimbledon en el que Sinner se alzó con el título, tras haber empezado un set abajo, fue para muchos un poco decepcionante. (Los organizadores del Abierto de Australia de este año sin duda esperaban acoger en su cancha la siguiente entrega de esa batalla, pero se vieron frustrados por Djokovic, quien sorprendió a todos, puede que incluso a él mismo, al derrotar a Sinner en la semifinal).

Toda rivalidad prospera gracias a la innovación, a la necesidad de los oponentes de mejorar y adaptarse al otro, a un relato que evoluciona más allá de cada partido en particular. ¿Alguna vez Sinner va a tener la capacidad de Alcaraz para pensar sobre la marcha? ¿Y tendrá Alcaraz alguna vez la contundencia de Sinner? El dominio exclusivo de Djokovic durante los últimos años, basado en un contragolpe atlético pero poco emocionante, parecía dar a entender que el deporte había alcanzado su apogeo estilístico. Sinner y Alcaraz —a Dios gracias— demostraron que no. Nathan acierta, sin duda, cuando vaticina que «el futuro va a estar signado por estos dos, unidos en una batalla gozosa y absorbente».

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El tenis es, qué duda cabe, el deporte de los escritores. Entre los autores que jugaron al tenis o escribieron al respecto puedo mencionar, además de Nabokov, a León Tolstói, Oscar Wilde, Lewis Carroll, Ezra Pound, J. R. R. Tolkien, John Cheever, Edward Said, Martin Amis, Lionel Shriver y Geoff Dyer. Sin duda me estoy olvidando de varios más. Una vez Marianne Moore recomendó The Art of Lawn Tennis (1921), de Bill Tilden, por sobre los «libritos de versos y ficción sensacionalista», y lo elogió al decir que era «sólido y agresivo tanto desde el punto de vista deportivo como artístico»; gran parte de La broma infinita, de David Foster Wallace, tiene lugar en la Academia de Tenis Enfield. Los mejores tenistas, al igual que los mejores escritores, poseen la capacidad de usar la técnica y la determinación para crear momentos de una belleza trascendente.

Giri Nathan, autor de Cambio de ciclo: la rivalidad que define la nueva era del tenis, ve con pesimismo la destreza de la camada actual de periodistas y cree que no están a la altura del desafío. «Los medios de comunicación deportivos están muertos; buena parte de lo que queda en pie no es más que una fachada para las empresas de apuestas en línea».

Para él, el problema está en el acceso independiente. A medida que la cobertura de los diarios fue cediendo terreno a las publicaciones en redes sociales redactadas por comités y a las docuseries avaladas por los propios jugadores, el periodismo especializado en tenis se hizo cada vez más bidimensional. Nathan cuestiona con agudeza lo desabrido y tedioso que resulta la mayoría de lo que genera eso que él llama el «Complejo Industrial del Contenido Tenístico»:

Durante toda la temporada circularon por internet incontables clips sobre la dupla «Sincaraz», por lo general referidos a interacciones mundanas: los chicos saludándose al cruzarse en las cancha de entrenamiento; Carlos haciendo con la mano un gesto vagamente italiano y Jannik retribuyéndoselo casi en espejo; ambos jugadores entrevistándose algo tensos, como si fuera uno de esos juegos para romper el hielo que se organizan en los retiros corporativos, y, en un estilo muy propio de la época, un video infernal generado con inteligencia artificial en el que los dos usan pulóveres navideños, se abrazan y hasta se rozan las mejillas.

La lectura de estos dos libros deja en evidencia lo difícil que resulta hoy perforar esa barrera. La crónica de Clarey se construyó con base en sus vínculos personales: Rafa Nadal: el rey de la tierra está sazonado con fragmentos de conversaciones sinceras en cuartos de hotel y asientos de limusinas. En el caso de Nathan, uno siente que, con suerte, consigue colar alguna pregunta en una conferencia de prensa. Hace mención a un «valiosísimo» tête-à-tête con Federer que duró tan solo lo que el campeón demoró en recorrer un pasillo; en un pasaje conmovedor, describe sus varios intentos fallidos por arreglar una entrevista con Sinner. A pesar de todo, y tal como también resaltan estos libros, escribir no es lo mismo que hacer una crónica. El texto de Nathan —reflexivo, elegante y por lo general muy divertido— consigue llegar a una verdad humana sobre sus protagonistas que la mirada de Clarey, por más íntima que sea, no logra. Nabokov, por supuesto, habría sido capaz de contarnos todo eso hace 75 años. La capacidad de la literatura tenística para ir más allá de la mera mecánica del deporte depende no tanto de la agudeza del escritor a la hora de mirar, sino más bien de su destreza para conseguir que esas observaciones refieran a una experiencia humana más amplia. Cambio de ciclo lo logra de una forma admirable. Es posible que los medios deportivos estén gravemente enfermos, pero la literatura deportiva, nos confirma este libro, goza de muy buena salud.

Pablo Scheffer (Buenos Aires, 1968) es editor del suplemento literario del medio británico The Times. Traducción: Juan Nadalini.