La creciente demanda mundial de esos productos puede ser cubierta por América Latina, con “Brasil como uno de los países con mayor potencial de abastecimiento”, siempre que se eliminen las distorsiones al comercio y caigan las medidas proteccionistas aplicadas por los países desarrollados.

El análisis de las variaciones de precios de los productos agropecuarios y de la posición del continente y la región como “productora y exportadora neta de alimentos”, tuvo lugar en la presentación del trabajo Las políticas comerciales de América Latina ante las variaciones de precios de alimentos, elaborado por los economistas Martín Olivera y Daniela Alfaro, y explicado por ésta en las Terceras Jornadas de Economía organizadas la semana pasada por el Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República.

Vino para quedarse

El comentario del trabajo fue realizado por el economista Mayid Sáder, de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación, quien comenzó señalando que en un mundo globalizado los precios de los distintos bienes y servicios están mucho más interrelacionados. Destacó que el volumen de transacciones de instrumentos financieros asociados a los alimentos es varias veces superior a la cantidad física de éstos, por lo que la formación de los precios “responde más a lógicas financieras que a las que son propias de la producción en sí misma”. Afirmó que la inversión financiera en commodities alimenticios “es un fenómeno que vino para quedarse” y evaluó que los países productores de alimentos tenían una relación de precios más favorable “hasta la década del 50, cuando Gran Bretaña era el país hegemónico [...], que cuando pasa a ser Estados Unidos el jugador más relevante”. No obstante, dijo que la entrada en escena de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) podría mejorar los términos de intercambio en favor de “los países que producen bienes intensivos en recursos naturales”, augurándoles “un rol más protagónico en el concierto internacional”. Respecto de la productividad, Sáder afirmó que si bien la teoría ‘cepalina’ sostiene la tendencia al deterioro de los términos de intercambio para los productores de materias primas alimenticias, con caída de la capacidad de compra de sus exportaciones, “hay un aumento sostenido de la productividad” que podría más que compensar esa caída. Pero la suba de la productividad remite principalmente a los países que “más dotación de capital le pueden poner a la tierra”.

Causas y azares


Si bien la suba de esos precios constituye una tendencia, factores coyunturales “dieron como resultado un impulso adicional al aumento de precios registrado desde 2006”, cuya eclosión se produjo durante el primer semestre de 2008. El factor que más afectó la demanda en el mercado de los alimentos fue el fuerte aumento de la inversión financiera en commodities, activado por la baja de las tasas de interés internacionales y la pérdida de valor del dólar. Esto último afectó también la producción de alimentos, provocando el aumento de sus precios así como los del petróleo, insumo básico para la producción.

Por otra parte, los elementos estructurales que determinarían esa tendencia de precios por el lado del consumo son los aumentos de la demanda desde los países asiáticos, el uso creciente de productos agrícolas como insumos alimenticios en la cría de animales y la producción de biocombustibles.

Al mismo tiempo existen “algunos determinantes de largo plazo”, como el “cambio climático”, que reducen la producción agropecuaria en países relevantes para el comercio mundial como Australia, Estados Unidos y la Unión Europea; “una disminución de la tasa de incremento de la productividad agropecuaria a nivel mundial en los últimos años”; limitaciones a la incorporación de “biotecnologías asociadas a la manipulación genética”; y falta de incentivos al aumento de la productividad, una consecuencia de la aplicación de “políticas proteccionistas, principalmente de Estados Unidos y la Unión Europea”.

El trabajo postula que “el proteccionismo agrícola de los países industrializados ha distorsionado el mercado mundial” durante los últimos 50 años, cercenando las posibilidades productivas de los “países en desarrollo con potencial agrícola”, lo que ha impedido el aumento de la producción y del comercio mundial de estos productos.

Por otra parte, si bien la volatilidad es una “característica estructural de los precios de las commodities”, disminuye cuanto mayor valor agregado tiene incorporada la producción.

Capacidades y oportunidades

El trabajo evalúa el potencial productivo de América Latina y la existencia de “ventajas competitivas naturales para la agricultura”. Ello se expresa en que la región es “exportadora neta de alimentos”, sobre todo los países de América del Sur, donde “sólo Venezuela presenta un déficit comercial en este tipo de productos y los países con mayor superávit en relación con su Producto Interno Bruto (PIB) son Paraguay, Argentina y Uruguay”.

Estas condiciones, con Brasil ostentando la mayor capacidad de crecimiento, hacen que la región sea capaz de abastecer la demanda mundial incrementada de productos alimenticios de origen agropecuario. Si bien América Latina aún “no tiene políticas comerciales consistentes, ni internacionalización consolidada”, hay una diferencia con el pasado: “La posición ofensiva agrícola de la región en los foros de negociación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la liberalización comercial progresiva ha sido la política dominante”.

No obstante, la capacidad de desarrollar el potencial productivo de las economías de América Latina y, con ello, aumentar los volúmenes de comercio mundial de productos agropecuarios, estará subordinada a “las políticas adoptadas por los países desarrollados en cuanto a mayor acceso a mercados, eliminación de exportaciones subsidiadas, apoyos domésticos menos distorsivos del comercio mundial y la promoción de reglas del comercio justas y transparentes”. Para ello, las negociaciones en los foros multilaterales como la OMC, referidas al combate a las “distorsiones al comercio” que obstaculizan la producción y las inversiones agropecuarias en los países en desarrollo, son la llave para que las ventajas competitivas del continente logren materializarse.