-¿Cómo se da su acercamiento a temas uruguayos?

-Lo uruguayo surgió para mí debido al interés por los libros de Mario Benedetti, aunque no por ser un escritor uruguayo, sino por su involucramiento en la cuestión de política y literatura durante los años 60, los años del boom. A partir de esto empecé a elaborar la idea de escribir no tanto sobre su obra literaria sino sobre sus ensayos, sobre todo los ensayos políticos, los que escribió y publicó de 1971 a 1973, es decir, su período de militancia casi revolucionaria con el Movimiento 26 de Marzo. Pero, al empezar a elaborar un artículo sobre este aspecto de la obra de Benedetti, descubrí que para que los lectores entendieran la gravedad de los asuntos tratados en esos ensayos, tenía que explicar mucho en notas al pie. Al final, las notas empezaron a superar al texto central, así que decidí invertir mi enfoque: me concentré más bien en la historia política y el pasado de los intelectuales en esta historia, dejando de lado no sólo a Benedetti, sino a la obra principal de todos los escritores.

-Intellectuals and Left Politics in Uruguay sería entonces el contexto para entender los ensayos de Benedetti.

-A medida que leía sobre su involucramiento en la política descubrí un documento publicado en las páginas de Marcha unos días antes de las elecciones de 1971 que pedía a todo el pueblo uruguayo y, especialmente, a los intelectuales que apoyaran al flamante Frente Amplio. Lo firmaban 164 personas, algunas muy importantes, otras no tanto, pero es una lista realmente impresionante. Me pregunté cómo a muy pocos meses de su aparición en el escenario político uruguayo el Frente Amplio había logrado, aparentemente, unir a casi toda la intelectualidad progresista uruguaya, cuando yo sabía que desde hacía décadas estaba fragmentada y dividida. En cierto sentido, todo el libro empezó ahí, como un intento de encontrar una respuesta a esta pregunta.

-Tal vez habría ayudado encontrar una historia de los intelectuales uruguaya de la segunda mitad del siglo XX, si la hubiese.

-Sí, pero sólo en parte. Descubrí que había muy poco material que intentara abarcar todo este ambiente. Hay mucho material, pero no había sido recogido desde la perspectiva que me interesa; espero que resulte novedosa.

-A grandes rasgos, se podría decir que el libro comienza con el cambio de gobierno de 1958, cuando, después de casi un siglo, el Partido Nacional vuelve al gobierno pero no consigue solucionar la crisis económica y política. Los intelectuales de izquierda comienzan entonces el camino de superar sus diferencias políticas en torno a un proyecto común que culmina en ese apoyo casi unánime al FA. Luego ese camino de diálogo es cortado por la dictadura, período al que usted se refiere como un “interludio” cultural en el que los militares deben convertirse en sus propios intelectuales orgánicos.

-Quise enfocarme en lo que pasaba en el país y no en el exilio, en parte porque ya ha sido estudiado y en parte porque me habría apartado de Uruguay.

-Luego dice que la dictadura fracasa en “contener” la llegada de lo foráneo, ya que a partir de la restauración democrática penetran ideas y prácticas nuevas que vienen del exterior. Simultáneamente, desde entonces la figura del intelectual cambia, en tanto que ya no tiene la influencia palpable en la sociedad que tenía en las décadas anteriores; aparecen intelectuales especializados, confinados a áreas muy específicas. -Es un poco así. El intelectual “humanístico”, como el escritor, ha dejado de ser el foco, el punto de interés central en cuanto a las actividades artísticas e intelectuales. Es posible que escritores e intelectuales sigan haciendo comentarios sobre cuestiones políticas y sociales, pero ahora no pueden estar seguros de tener un público informado e interesado en saber qué dicen sobre temas tan alejados de su área de especialización. Hoy hay interés en que un novelista hable sobre los problemas para hacer novelas, pero no se le va a hacer preguntas sobre cuestiones políticas simplemente por el hecho de ser escritor. Antes, en los años 60, alguien como Benedetti o Vargas Llosa, Cortázar, Donoso o incluso García Márquez podía contar con que el mero hecho de ser escritor era suficiente para despertar una expectativa en el público sobre la importancia y la influencia de sus opiniones políticas. Esa época pasó. En la segunda parte del libro trato de describir esta división de las aguas, esta profesionalización pero también fragmentación de los intelectuales.

-Hay dos elementos que reaparecen a lo largo de Intellectuals and Left Politics in Uruguay. Uno es un ensayo escrito por Juan Fló en 1952, cuando tenía 21 años, titulado “Problemas de la juventud en nuestro país”. El otro es el influyente libro de Methol Ferré, El Uruguay como problema (1967). ¿Por qué? -Creo que la pregunta que hace Juan Fló, “¿qué hacer?”, es la que intentan contestar los intelectuales de izquierda en los veinte años que siguen. “Sabemos que existe una crisis enorme, con todas sus facetas, la hemos examinado hasta el cansancio... ¿qué vamos a hacer?”. Aunque no siempre de forma explícita, casi todos los intelectuales del período se preguntan esto y en cierto sentido el documento de 1971 en apoyo al FA era una respuesta muy concreta a aquella pregunta: “Ahora vamos a apoyar una opción por el cambio; quizás no sea la mejor opción, no es la única, pero es lo mejor que podemos hacer hasta el momento”. Claro, había otras opciones (la lucha armada, etcétera), pero me parece que para la mayoría de los intelectuales progresistas del momento ésta era la respuesta más adecuada.

-Usted no comparte entonces la tesis que sostiene Hebert Gatto en El cielo por asalto (2004) respecto de que los intelectuales se radicalizaron hasta desconectarse de la realidad. -Creo que se puede aplicar sólo a algunos, no a la generalidad. Creo que ese libro es más bien el relato de una experiencia personal. Volviendo a Fló, creo que no hacía una crítica sólo a las generaciones mayores sino también a la suya, y estoy seguro de que cuando lo escribió no sabía que expresaba lo que a mi modo de ver era la pregunta fundamental del momento para intelectuales que pensaban como él. Ángel Rama menciona este ensayo como el primer momento de un cambio. En cuanto a El Uruguay como problema, bueno, sigue siéndolo para muchas de las personas que piensan en este país como sociedad y se preguntan si es viable o no. En ese sentido Methol Ferré supo meter el dedo en una de las llagas permanentes del carácter nacional.

-¿Cree que los uruguayos tenemos una obsesión con el tema de la identidad?

-Viéndolo desde un punto de vista externo pero interesado, no sé si es una obsesión pero es un problema que surge desde los primeros años de existencia del país. Kundera dice que la obsesión por la identidad nacional es propia de los países muy pequeños, sobre todo de los que están rodeados por gigantes. En la ensayística actual el tema surge desde ángulos diferentes.

-¿Por qué en los capítulos que hablan de la salida de la dictadura tienen tanta importancia lo periodístico, los fanzines, el rock? Aparte de marcar que los medios tradicionales, como la novela o el ensayo, ya no funcionan para expresar ciertos problemas, se corre el riesgo de dar la impresión de que antes de la dictadura no había arte joven.

-No quise dar esa impresión. Lo que sí creo es que, aunque yo sé que antes de la dictadura existían varias formas de arte popular, a partir de la apertura y la transición democráticas cobran una importancia mucho mayor que la que tenían antes. No quise transmitir la idea de que todo eso surgió de la nada, pero creo que estas formas de arte se “deselitizaron” a partir de los 80, y eso sí fue una novedad.

-Otro hito de los 80 señalado en el libro es la visita de Jacques Derrida en 1985, como marca de la llegada de posestructuralismo. Usted parece señalar que esa corriente de pensamiento tal vez no sea la mejor herramienta para analizar los problemas uruguayos.

-Primero, quería subrayar la “invasión de lo foráneo” que la dictadura trató de mantener fuera de fronteras. En este aspecto, el encuentro organizado por Lisa Block representó un fracaso total de la dictadura, porque el posestructuralismo no podía ser más ajeno. Fue un impacto muy fuerte, por lo menos a nivel simbólico. En cuanto a lo demás, me parece que, sobre todo a través de los intelectuales exiliados que volvieron y que habían absorbido el pensamiento posestructuralista, ofrece ciertas nuevas perspectivas, modos muy novedosos de entrar en las cuestiones de nacionalidad e identidad, que no eran tratados desde el punto de vista de Derrida, Foucault, etcétera. En ese sentido, ofrece muchas posibilidades, pero al mismo tiempo, por ser el tipo de pensamiento que es, también empieza a socavar las bases del pensamiento político tradicional que sí seguía siendo vigente. El posestructuralismo no era un enemigo, pero sí podía convertirse en un falso amigo.

-¿La falta de intelectuales como los de los años 60 es lo que hace que analice, además de a académicos de las humanidades y ciencias sociales, a figuras que desde aquí son percibidas como políticos, como Enrique Rubio o Jorge Zabalza, es decir, como si ahora los intelectuales ya no escribieran ensayos políticos fuertes?

-Exacto. No quise decir que estos pensadores políticos estén, como intelectuales, al nivel de un Real de Azúa o un Achugar, pero me parece que este fenómeno de que dentro de los distintos grupos del Frente Amplio haya gente que tiene su propio historial como pensadores, a veces autodidactas, es algo nuevo que contribuye a la descentralización del intelectual tradicional. Al mismo tiempo, hay intelectuales profesionales funcionando dentro de los partidos. Por ejemplo, ahora Constanza Moreira, que era politóloga, acaba de ser electa senadora. Hay un intercambio de funciones muy importante, que subraya el papel creciente de la especialización.

-El tema que lo trajo a Uruguay fue Benedetti. Hace unos días presentó un avance de su trabajo en la Udelar.

-Es el tema que me trajo, en parte. Me gustaría escribir un libro específico sobre un aspecto de su producción que me parece importante pero poco estudiado: los ensayos políticos y literarios. Benedetti utilizaba esta parte de su obra un poco como un laboratorio en el que elaboraba sus ideas, tanto filosóficas como éticas o políticas. También quiero utilizar esos ensayos como una manera de establecer en qué consiste la línea política -o sus distintos aspectos- que seguía Benedetti. Todos dicen, hasta muy ligeramente, que es un escritor de izquierda, que militaba en tal y tal movimiento, nunca fue secreto; pero a mí me parece importante explorar cuáles eran las limitaciones de su perspectiva, en qué consistía esa visión de izquierda que tenía, de dónde venía. El estudio que quisiera hacer tiene como propósito establecer las coordenadas de sus ideas políticas.

-Por lo que pude apreciar, en este trabajo hay aspectos potencialmente polémicos, por lo menos en Uruguay. Dice algo así como que las ideas de Benedetti se basaban en una moral rígida y simplista que le impidió ser efectivo en la política real.

-Un poco. No sé hasta qué punto es un proceso inevitable, pero él empezó con una visión ética del individuo e intentó desarrollar una política colectiva y revolucionaria basándose en esa ética que yo considero irracional, fundada en la idea de “sinceridad”, que para él era una cosa muy sencilla: había simplemente que seguir los dictados de la conciencia. Para él era una cuestión de “entereza”, de actuar siempre de acuerdo con lo que uno decía y pensaba, de no decir nunca algo en contra de las propias creencias. Yo considero que esa visión está bien como visión ética, pero me parece que en su obra y también en su militancia política se encontró haciendo cosas que al final iban en contra de la ética que había servido de base a su propia acción política. En cierto sentido tuvo un enorme conflicto consigo mismo debido a la postura política que recomendaba a los demás. A mí me parece importante establecer en qué consiste. Es una pregunta que involucra a todo escritor que se metía en política: ¿hasta qué punto era útil?

-Está relacionado con el planteo que hace Claudia Gilman en Entre la pluma y el fusil (2003).

-Discrepo con lo que ella llama el “antiintelectualismo” de escritores como Benedetti cuando dice que priorizaban la revolución ante el pensamiento. Me parece que no se trataba de antiintelectualismo; plantearlo así da por contestadas todas las preguntas que el tema despierta. Ni Benedetti ni Cortázar llegan a ser antiintelectuales en el sentido que ella propone.