-La revolución de mayo recorrió un largo camino interpretativo. Entre las primeras versiones está la de Mitre.

-Bartolomé Mitre es quien logra darle contenido histórico a la revolución de mayo y a la Constitución de la República. Es el primero que dice con todas las letras que la revolución es el resultado de un proceso político, social y económico que viene de la colonia y que busca constituir un estado en una nación que ya existía. Plantea que hay un pueblo que tiene una identidad definida, con un carácter mercantil, escasa diferenciación social y sin jerarquías. También sería una sociedad igualitaria y republicana sin ser republicana, es decir, una especie de democracia inorgánica. Ésos son rasgos que identifican al pueblo argentino y existen desde antes de la revolución. Lo interesante es que dice que los héroes que la lideran expresan la voluntad general de ese pueblo y son capaces de conducirlo a la libertad.

-¿Existió un pueblo en 1810?

-El concepto de pueblo que se usaba en la época no tiene nada que ver con el concepto nuestro de pueblo, o con el que de alguna manera va a usar Mitre después. En realidad, la expresión más clara de esos pueblos es el Cabildo, y éste no expresa a los pueblos en el sentido actual, sino que es la representación de la ciudad. Pero la ciudad colonial tampoco son todos: sólo tienen derecho los vecinos y los vecinos sólo son los varones independientes, jefes de familia y con algún tipo de propiedad.

-¿Cuándo comienzan a ser revisados los conceptos de Mitre?

-Mitre construye esta idea de nación preexistente, pero cuando uno va hacia atrás, los primeros testimonios de los actores de la revolución

-como los de Belgrano, Saavedra, Martín Rodríguez- dejan entrever que la revolución no es el resultado de una acción premeditada que ellos organizaron como representantes de un pueblo. Normalmente, lo que expresan en sus escritos es lo que hoy en día la historiografía considera que pasó: que básicamente hubo un fenómeno que hizo derrumbar la monarquía y caer la legitimidad del rey. Al mismo tiempo, surgió la sensación de que tal resistencia española contra los franceses estaba perdida y que el monarca no iba a volver, por lo menos por el momento. Los testimonios de estos líderes dicen: “No podemos dejar que nos pase lo mismo que a España, que vengan los franceses o que vengan los ingleses y nos impongan otra forma de gobierno o dominación”.

-¿Eran patriotas estos hombres?

-Lo que está claro es que el concepto de patria, como el de nación, tenía un sentido muy distinto al que tiene hoy. Obviamente no podía haber una patria argentina, porque ésta no existía como espacio político. Había virreinatos, gobernaciones, intendencias y distintas unidades administrativas, que en gran medida no se constituyeron en lo que hoy son las unidades políticas de los países.

-¿Mitre los sobreestima?

-En la segunda mitad del siglo XIX, Mitre tenía que crear los mitos fundantes de la nación argentina. Una de las cosas que hace después de la derrota de Rosas, en 1857, es publicar la Galería de celebridades argentinas: era ese primer intento de construir el arco del triunfo de los grandes líderes que construyeron la nación y con los cuales el pueblo debía identificarse. Estaban Belgrano y San Martín como los más importantes, pero también Moreno o Rivadavia; todos eran “héroes positivos”. Y todos los que habían sido los caudillos federales del período previo estaban absolutamente condenados, como Artigas. Dice que son los “héroes negativos”. Claro que todo esto es una invención para crear un modelo, para pensar ese país que se está construyendo. Mitre mismo, en la medida en que se va tranquilizando el espectro político, empieza a integrar a muchos de esos caudillos en el relato positivo de la nación. Como Güemes, quien al principio aparece condenado y luego lo coloca como un “héroe positivo”.

-Tampoco está haciendo algo tan lejano a lo que promovían las principales corrientes de pensamiento de la época.

-Es lo que se llama el principio de las nacionalidades. Se desarrolla con el romanticismo y empieza a tener mucha fuerza en Europa y América a partir de las década del 30 del siglo XIX. Parte de la concepción de que un Estado expresa a un pueblo que tiene una cultura, un pasado y una identidad en común. En el Río de la Plata el grupo de los románticos se constituye en 1837 y Mitre es parte de él, muy jovencito todavía. El primer objetivo que se plantean es estudiar el pasado de ese territorio para hallar los fundamentos culturales e históricos de ese estado-nación que se había constituido. Y terminan llegando a la conclusión de que no se puede encontrar y que para un correntino o un tucumano esa identidad común no existe. Por eso, ese mismo grupo deja de buscar para atrás y se va a dedicar a crear una identidad.

-Esta idea de una nación preexistente, ¿no es la que permanece en la memoria histórica de la gente?

-Sí, totalmente. El común de la gente saca las banderas y siente que en 1810 se realizó la patria. Es que es muy difícil festejar lo que, sin duda, es la gran efeméride de la historia argentina, y lo es decir que ahí no había una nación. Habría que cambiar completamente el sentido de esa fecha y convertirla en un día de discusión o de debate, pero no en un festejo. Tampoco es cuestión de exagerar, porque aunque no exprese ese día la consagración de una nación, es evidente que es un paso muy importante en la posterior consecución de un estado nacional.

-¿Cuál es la postura de los historiadores del bicentenario sobre la revolución?

-Por lo menos desde hace unos 20 años la idea que predomina en la historiografía es que la revolución llegó de afuera: no es casual que se haya dado en toda Hispanoamérica al mismo tiempo. Eso ya, por lo menos, indica que no es el resultado de procesos internos a cada uno de los países. En cambio, hasta los 60 seguía esta idea de las historias nacionales, el patriotismo y el pueblo que se expresa.

-Que fue la idea de 1910.

-Totalmente. Agregale al caso argentino la visión de un optimismo fenomenal, que se llevaba por delante al mundo, porque estaba creciendo de manera muy destacada. Incluso las posturas cercanas al marxismo planteaban también esta idea de que el resultado al que se llegó era inevitable. Eran otras las causas internas (por ejemplo la lucha de los comerciantes contra los estancieros), pero decían que las causas de la revolución eran el resultado de contradicciones internas en cada uno de los lugares. A partir de los 70, empiezan a surgir algunas voces autorizadas que discuten esto, como la de Tulio Halperín Donghi, quien va a plantear que el problema esencial no son tanto los conflictos internos en cada una de las colonias, sino la crisis de la monarquía española sumada a los conflictos entre Francia e Inglaterra, que llevan, entre otras cosas, a que se produzcan las invasiones inglesas.

-¿Se puede hablar, doscientos años después, de una identidad argentina?

-Sí. No sé si es muy buena, pero es una identidad. Creo que un gran avance en la construcción de esa identidad se fortalece a fines del siglo XIX, cuando una nueva amenaza aparece en el horizonte con la inmigración masiva, justamente coincidiendo con el Centenario.

-¿Cómo fueron los festejos en 1910?

-Fastuosos. Se hizo un enorme esfuerzo por traer muchas personalidades y mostrar al mundo la Argentina exitosa. Hay que tener en cuenta que en 1810 el espacio de lo que después terminó siendo la Argentina era un lugar absolutamente marginal en el mundo, y era muy poco el peso que tenía aún en Hispanoamérica. En cambio, entre 1910 y 1920 Argentina llegó a tener entre 13% y 15% de la población de toda América Latina; de haber sido casi nada, tuvo el mayor crecimiento demográfico junto con el Uruguay. Y en la década del 30 tenía cerca del 30% del PIB de toda América Latina. Realmente, el crecimiento argentino en ese primer siglo fue espectacular. Después se puede discutir cómo se distribuía y si el modelo económico era sostenible.

-¿Por qué generan hoy tanto conflicto los festejos del bicentenario?

-Hacia 1910 había un Estado bastante consolidado y una élite que todavía era relativamente homogénea en su visión del país, y hoy eso no sucede. Hay una conflictividad política fuerte, que se ha agravado mucho en el último año y medio. Hoy los festejos del bicentenario tienen que ver con una búsqueda de construcción de poder de las distintas facciones en pugna. El gobierno quiere consolidar su propio proyecto político, mostrando un cierto fasto en las fiestas, pero lo mismo hace la oposición.

-¿También hay una apropiación popular de los festejos?

-Cada uno le da un contenido a este hecho histórico como una manera de entenderse a sí mismo y para tratar de reivindicarse como parte de un colectivo. Seguramente, hay gente de los sectores populares que le da un contenido distinto al que le dio el que fue al Colón.

-Eso tal vez explique el consumo masivo de cierto tipo de historia.

-También creo que influye el éxito fabuloso que ha tenido el discurso nacionalista en la Argentina del siglo XX. Yo viví parte del exilio en Francia [Gelman se doctoró en la Escuela de Altos Estudios Sociales de París] y cuando yo contaba allí la importancia de las fiestas nacionales en la escuela argentina, no lo entendían. Porque nadie se pregunta en Francia si son franceses o no son franceses: lo son.

-Entonces, ¿qué celebra Argentina esta semana?

-[Risas] Se celebra el nacimiento de la patria, equivocadamente.