A Quique Segovia, de 19 años, se le cruzan varias vidas: la del trabajo como guitarrista folclórico, la del disfrute de rock y literatura fantástica, la de la militancia política contra la dictadura. Las vive al borde, sale de una y entra a otra con el mismo entusiasmo cauteloso con el que se sumerge en una relación sexual pícara. El recrudecimiento de la represión militar en 1975 hará estallar esos mundos. Años después, Segovia los pasa en limpio.

En Las arañas de Marte, la novela, también entran distintos tipos de "vida textual": puede ser una novela de crecimiento, tiene algo de autoficción y está atravesada por transcripciones de coplas camperas. Se propone, además, como el relato que un académico radicado en Suecia (Segovia ya adulto, en 2011) le propone a un amigo escritor para que arme una novela. Por lo tanto, es ficción y ficción sobre la ficción, pero al mismo tiempo es todo lo contrario: un testimonio, no por lateral menos impactante, de uno de los episodios más absurdos y brutales de la última dictadura cívico-militar.

Prometeo desencadenado

La anterior novela de Gustavo Espinosa, Carlota podrida, aparecida en 2009, fue un temblor de tierra para la narrativa local; aunque el sacudón todavía no haya llegado a todas partes, el Ministerio de Educación y Cultura acaba de reconocerlo al otorgarle el Premio Anual de Literatura. A la vez novela y teoría (sobre "la condición del deseo tercermundista"), Carlota podrida exploraba uno de los temas clave del posmodernismo literario: qué ocurre cuando se junta lo que supuestamente no debe juntarse . Ésa también es una de las preguntas de Las arañas de Marte, aunque no la principal, y la respuesta que da es igualmente severa: mejor no hacerlo, pero a la vez, ¿cómo no intentarlo?

Ahora bien, si Sergio Techera, el protagonista de Carlota podrida, músico igual que Quique Segovia, debe enfrentar en su madurez los vestigios de un deseo y una inconformidad radical que nacen en su adolescencia, en Las arañas de Marte de lo que se trata es de darle sentido como adulto a lo ocurrido en la juventud, de sanar las viejas heridas. Sergio Techera toma conciencia del callejón existencial que habita cuando una actriz que idealizó décadas atrás llega a su pueblo; Quique Segovia crece creyéndose el centro de una desgracia que parecería haber precipitado, pero que luego entendemos con él que fue colectiva.

Ese desastre, obviamente, fue la dictadura militar, pero en concreto, Espinosa refiere a un hecho documentado (ver, por ejemplo, la nota de Lourdes Rodríguez en el número especial de la diaria del 20/03/2007): la detención, apresamiento y tortura de 38 militantes de la Unión de Juventudes Comunistas (UJC), en su mayoría menores de edad, en abril de 1975. El crimen tuvo como responsable directo al entonces general Gregorio Álvarez y ocurrió en Treinta y Tres, el pueblo de Espinosa y de los ficcionales Techera y Quique Segovia.

Este último recibe ciertas advertencias de lo que se está tramando en los cuarteles, pero las comprende cabalmente casi en el último instante y, aunque se salva, no puede evitar una doble culpa. Por un lado, se siente responsable por haberle "dado letra" a la fachada mediática que cubrió el ultraje, que fue tratado por los diarios El País y La Mañana -fuera de la ficción- como una operación contra una red de prostitución infantil; ocurre que Quique se sabía espiado por agentes militares en sus correrías sexuales con la cantante juvenil Viali Amor. Por otro lado, la brigada que va a buscarlo detiene a Viali y a su "padre adoptivo", el músico folclórico Román Ríos, que se transforma, sin razón aparente, en otra víctima fatal del régimen.

Lagos al fin

Román Ríos, Ramón Lago, Ramón Laguna (nombre real, nombre artístico, figura lírica) es el centro afectivo de la novela: borracho, generoso, feísimo, abandonado repetidamente por sus mujeres, se hace cargo de la crianza de la hija su última pareja. Obligado a ganarse la vida como guitarrista de espectáculos vulgares, se autopercibe como un "poeta malogrado" al igual que su maestro, Yamandú Rodríguez. Román ve en Quique, que comienza a trabajar para los mismos patrones sinvergüenzas que él, un posible continuador de esa tradición, y le consigna un cuaderno que recoge sus letras. A él pertenece uno de los tramos más brillantes de la novela, la canción "En una noche serena". Versión micro y rural de la amplitud de ambientes de la novela, allí también hay aproximaciones dispares -vals campero, encuentro con un alien, deseo de reunión con todos los seres queridos y figuras admiradas, Dante, Rodó y Sacco y Vanzetti entre ellas- y es también uno de los muchos tramos cómicos de la novela, no sólo por su imaginación delirante, sino porque su "autor" percibe este "vals" como un punto alto de su carrera cuando en lo estrictamente formal (rima y métrica son fundamentales para este tipo de composiciones folclóricas, en las que Espinosa, poeta, se florea) es claramente un mamarracho. El otro gran episodio que protagoniza Román es la reconstrucción de su trayectoria como artista popular y como ciudadano desaparecido por la dictadura que hace Segovia en el presente, ya devenido un rutinario profesor sueco: la parodia del tono académico que domina este texto injertado apenas consigue contener la tristeza que genera el injusto destino del trovero.

Si Román es uno de los vértices de la novela, el destinatario del relato de Quique Segovia es el tercero. Confinado a una silla de ruedas desde la infancia, es desde entonces la "boca" de cultura refinada para Quique: discos de glam rock (de ahí la referencia a Bowie del título), ciencia ficción británica, literatura fantástica argentina. Ya adulto, este amigo se radica en Buenos Aires, donde desarrolla una exitosa carrera como escritor tipo McOndo (dado a describir excesos, modas musicales, furibundo negador de la generación del boom) y uno adivina que sus ocurrencias son una mezcla de las de Jaime Bayly y Rodrigo Fresán. En su juventud, Quique va a su casa a visitarlo; son encuentros mano a mano, compartimentados, incontaminados por el universo del trovero o el de la militancia. Es a él, sin embargo, a quien en el presente Quique confía sus memorias de lo ocurrido, en otra referencia al obligado proceso de distanciamiento que desencadena el repaso de un evento traumático. El doble inmóvil del movedizo Quique, además, tuvo conexiones familiares -que desestima- con militantes de la ultraderechista Juventud Uruguaya de Pie y fue fan de los "apolíticos" Borges y Bioy; Espinosa parece recordarnos que, más allá de las consignas ortodoxas, efectivamente ha habido distintos tipos de recepción del arte producido por los "del imperio" y afines a través de las distintas apropiaciones que el izquierdista Quique y su conservador amigo hacen de las mismas tradiciones.

Medio siglo

Estos apuntes desordenados no le hacen justicia a la peligrosa perfección de Las arañas de Marte, pero el año se acaba y no era bueno dejarlo pasar sin hablar de lo mejor que uno leyó en él. Por un lado, la novela es admirable técnicamente: su voz y su estructura tipo collage están perfectamente blindadas por la situación de enunciación que crean (estaríamos ante el relato que hace un académico para un amigo escritor, de estética distante, de sucesos ocurridos en su juventud). Además, "está todo" -política, distintos tipos de arte, amor-, y ese "estar todo" no sólo se problematiza, como en Carlota podrida, sino que también se resuelve: Quique Segovia cree que es el único punto donde se cruzan universos dispares, pero, por lo menos para algunos lectores, queda claro que no está solo. Su historia, por ejemplo, es un aporte fundamental a la descuidada faceta de la historia reciente que se ocupa de lo que ocurrió con los que no fueron víctimas físicas de la dictadura; en esto, a algunas ficciones de Roberto Appratto y Marisa Silva Schultze, Espinosa ahora les agrega una perspectiva marcadamente juvenil.

Cómodamente actual e internacional, clarísimamente local y pertinente, Las arañas de Marte completa un trío de obras ambientadas en ciudades del interior (la primera es la alucinatoriamente antiautoritaria China es un frasco de fetos, de 2001), que, entre otras cosas, sentencian la condición periférica de Montevideo. Con esta novela, escrita en una prosa que fascina frase a frase, Espinosa, nacido en 1961, se confirma a la cabeza de la generación que debería haberse hecho cargo de la literatura uruguaya.