-¿Cuál fue tu formación?

-Nací en una familia donde había mucho arte: mi padre era músico y pintaba también y un hermano mío es músico. De niño una maestra quería empujarme hacia el dibujo, pero yo no tenía interés, quería ser chofer de ómnibus. Cuando era adolescente, sin embargo, entré a Bellas Artes y tuve la suerte de hacer los dos años de orientación profesional, justo antes de que los militares la cerraran. No me enseñaron a pintar, pero de alguna manera me enseñaron lo importante que es la sensibilidad. Tenía proyectos para pintar los muros de la ciudad, ya que en aquel entonces Montevideo era muy gris. Me sirvió en este sentido, pero mi formación es de autodidacta.

-Tuviste que irte del país. ¿Qué pasó y cómo impactó el exilio en tu pintura y gráfica ?

-Yo militaba acá, estuve preso varias veces y cuando la situación se complicó, en 1973, el movimiento donde militaba [26 de Marzo] me sacó de la ciudad y me llevó a Buenos Aires, por 15 días -ése era el plan: pasaron 30 años. En Argentina seguí militando hasta que en 1976 no pude quedarme más, las cosas se habían vuelto feas también allá. En todo este período la prioridad era la militancia, era un deber, una cuestión moral, había que cambiar la realidad y la pintura estaba en segundo plano. Sin embargo, todavía acá, habíamos formado un taller en Malvín y participamos en varias Ferias del Libro y del Grabado donde conocimos a muchísimos artistas, toda la intelectualidad montevideana se reu-nía ahí. De Argentina llegué a España, y después de un tiempo empecé a ver el exilio con ojos críticos: allá se vivía pensando que de un día para otro se iba a volver y hacer la revolución. Yo no lo creía posible. Llegué a esta conclusión: ya que me echaron de mi país, acá voy a tratar de aprender lo más posible, trataré de transformarlo en una oportunidad. Eduardo Galeano, en el video que presentamos en el Museo de la Memoria, habla de eso: la idea es que el exilio, a pesar de lo triste y doloroso que es, se puede transformar de cierta forma en una cosa positiva. Una vez que logré hacer el cambio de mentalidad, me fui del ambiente de Barcelona, donde primero me había alojado. Ahí estaban todos, Los Olimareños, Galeano, un núcleo muy fuerte, parecía una pequeña Montevideo, pero yo me daba cuenta de que no era Uruguay y no se podía vivir así, todo el día encerrados tomando mate y tocando la guitarrita. De ahí con dos compañeros me fui primero a Francia, luego a Holanda y Alemania, hasta que casualmente llegué a Italia.

-¿Por qué decidiste quedarte ahí?

-Me encontré con un país maravilloso. Además era 1977, un momento contestatario, de gran vitalidad; por ejemplo, recién había nacido el diario La Repubblica. Además conocí a mi mujer, que tocaba en un grupo de música popular y empecé a trabajar con ellos. Eso me permitió descubrir toda Italia, norte, centro y sur, tocando en los festivales. Muy distintos de la Italia de hoy. Estudié fotomecánica y al final me inserté en el país. Fue ahí que retomé la pintura y la gráfica con más calma, sin el ansia que tenía en el Río de la Plata.

-¿Qué influencia tiene la obra de Torres García en tu arte?

-Torres García fue una influencia grande. Sin embargo, creo que quien verdaderamente me influenció fue Adolfo Nigro, alumno de Gurvich. A veces, cuando tengo que explicar mi trabajo, digo que la matriz es Torres, seguido por Gurvich, que empieza a mover la estructura torresgarciana y finalmente Nigro, que a todo eso le da color, vida, un espacio donde las cosas vuelan.

-¿No piensas que algunos elementos torresgarcianos están desgastados?

-Sí, acá en Montevideo lo transformaron en un ícono y en el peor de los casos en souvenir: hay sin dudas una sobre exposición. Es cierto que en mi trabajo hay mucho Torres, por ejemplo los casilleros, pero los míos son curvos. Por un lado considero mis cuadros abiertos, como si siguieran afuera del rectángulo -por eso no tienen marco y les pinto los costados-, pero por otro lado tienen esta idea de encerrar en casilleros los elementos, algo que es constructivista.

-¿Otros referentes en el arte mundial?

-Diría europeos. En Europa me nutrí de varios artistas, de algunos directamente, de otros indirectamente. El que me marcó más es Eduardo Chillida, el escultor vasco, por la linealidad que tiene, la sencillez con la cual logra volver elementos tan grandes y pesados en cosas livianas. Antoni Tàpies también y mirando más atrás Picasso, Miró y Chagall; no tengo nada de él, pero ese espacio donde fluctúan personas y cosas me pertenece. Pinté durante mucho tiempo en blanco y negro, no sentía la alegría del color, eran momentos difíciles y tristes: en las obras de aquel entonces los mensajes eran directos, fuertes. Es sólo cuando nace mi hijo que abro la caja de colores.

-Tu producción es heterogénea en cuanto a ámbitos: pasas del cuadro a la gráfica, a la artesanía. ¿Crees que hay diferencias entre ellos? ¿Distingues un arte alto de un arte bajo?

-Tuve la suerte de que Italia es un país muy sensible a la belleza. En Italia todo tiene que ser bello, no sólo funcional. Siempre hay una cuestión estética, desde la comida a la arquitectura: los italianos aman la belleza en toda su manifestación, una característica muy peculiar de ese pueblo. Entonces, no es suficiente que un producto sea bueno, tiene que estar siempre bien presentado, curado, pensado estéticamente. Mi trabajo gráfico fue aplicado a varios objetos de uso cotidiano: trabajo con una bodega y su imagen, desde el logo a las etiquetas, lo mismo con una empresa textil. Eso me interesa inmensamente, porque creo que el arte tiene que formar parte de la vida cotidiana, me gusta que mi arte llegue a cuanta más gente posible, no importa si es a través de un cuadro o de un vaso. Tener cosas lindas alrededor mejora la vida.

-¿Qué diferencias hay entre el sistema artístico en Europa, o por lo menos en Italia, y en Uruguay?

-El sistema uruguayo lo conozco muy poco. Sin embargo, acá veo cosas muy interesantes, que me gustan y definitivamente hay un gran fermento, en todos los campos, no sólo el artístico. Ésta es una gran diferencia: en Italia hoy estamos definitivamente más introvertidos, encerrados, porque la situación general no es favorable y nos lleva a individualizarnos cada vez más. En el arte europeo hay algunos fenómenos interesantes, pero aislados, esporádicos. Europa está sufriendo una crisis existencial, no solamente económica: los países no saben más lo que son, las grandes migraciones todavía no se insertaron en el tejido cultural europeo. Hay una confusión ideológica enorme, dada, entre otras cosas, por el pasaje de 9 a 25 miembros de la Unión Europea, que generó severos problemas de identidad en el viejo continente.

-¿Qué presentarás en la intendencia y en el Museo de la Memoria?

-En la intendencia se inaugura este viernes una muestra mía junto a Juan Pache, que es un amigo ceramista. Se llama Caminos: reencuentro al Sur, porque nos reencontramos después de mucho; ya habíamos trabajado juntos en la última Feria del Libro en la que participé, en los 70. Hacemos cosas muy distintas, aunque habrá unas baldosas que creamos juntos para esta ocasión. En mi caso, se tratará de una especie de presentación oficial de mi trabajo. Voy con mucha humildad, mucho perfil bajo y mucho miedo, porque sé que los uruguayos somos tremendamente críticos. Expuse algunas cosas aquí, pero poco; ahora en cambio presentaré quince cuadros grandes y unas 60 baldosas. Esto es el principio de mi vuelta. Tengo planeado pasar la mitad del año en Uruguay y éste es un paso importante para la parte laboral y cultural de mi futuro. El 19 de marzo en el Museo de la Memoria [MuMe] presentamos un audiovisual de Soledad Pache, que ya produjo varios trabajos sobre la dictadura, acompañado por algunos cuadros míos. El video, titulado Los colores del alma, retoma otro trabajo que había armado con Galeano y habla del tema del exilio. Ahí yo cuento cosas que nunca había contado antes sobre mi experiencia durante la dictadura, quizá porque sólo ahora llegó el momento, la justa distancia temporal. En la intendencia muestro mi trabajo artístico y en el MuMe mi pasado: no sé si es interesante en sí, pero creo que es interesante el hecho de que atrás de mi arte, colorido, alegre, hubo un recorrido difícil, de sufrimiento, que no fue sólo el mío, sino de una generación entera.