-Después de 20 años con La Trampa, ¿cómo fue que empezó el proyecto solista? ¿Fue algo que venías pensando desde hacía tiempo o simplemente lo que te quedó para hacer al estar sin banda?

-Bueno, como dice el amigo Borges: “Cuando uno se va de un lugar es porque ya se fue...”. Lo que yo recuerdo es la incomodidad que empecé a sentir de pertenecer a un lugar con poca movilidad, con pocos márgenes laterales. No sólo por la banda sino también por el rock uruguayo al que yo pertenecía. Por otro lado, se dio espontáneamente la necesidad de hablar de otras cosas, de abordar ciertas temáticas, de decir determinadas cosas que desde el formato en el que me estaba expresando no tenían lugar. Fue uno de los conflictos que empecé a tener con la celebración de ser. Eso que veo en el rock uruguayo que es la perdurabilidad, el ser, la celebración de la autorreferencia... Es algo de lo que formo parte porque fui parte de la construcción de eso, pero que también me di cuenta de que no daba la oportunidad de ser mis mejores versiones. Estaba siendo una reiteración de mi mejor versión hasta aquel entonces.

-Pero ese cambio de lo masivo a empezar de nuevo fue un proceso bastante complicado...

-Fue complicado tanto desde un punto de vista formal -cómo llevar a cabo la ruptura y concebir el nuevo proyecto- como desde el lado interno. Porque deja de existir una de las cosas más importantes para un adulto en Uruguay y es a lo que tu nombre está asociado. Y uno puede cometer uno de los peores pecados morales, desde el punto de vista uruguayo, que es el de autoexiliarse, dejar de ser todo lo que para tu entorno sos. Pero la propiedad de quién sos no es algo que está afuera, es un diseño que yo puedo continuar hasta que tenga ganas. Ése es un proceso interno y es difícil, pero lo celebro. Desde chico me gustan las batallas con uno mismo. El gran asunto es con uno.

-Vos tenías que encontrar un lenguaje como solista, pero "Un mundo sin gloria" es un disco muy conceptual; ¿qué vino primero, decidirse por un lenguaje o el concepto del disco?

-Creo que fue todo junto; una simultaneidad de todo lo atemorizante y la intrepidez. Es imposible que no recuerde el miedo que siempre tuve por cantar. Siempre me tuve que rodear de gente que cantaba bien. Había una observación bastante demonizante de parte del rock uruguayo a la forma de cantar de Alejandro [Spuntone], pero lo que hacía él lo hacía muy bien para el formato que teníamos...

-La separación de facto de La Trampa se dio en silencio, sin comunicados ni despedidas ni nada...

-A la hora de transmitirle al público la disolución recordé cómo habían resuelto tanto colegas del mundo del rock como artistas del ámbito del canto popular comunicar el final de un proyecto colectivo. Y siempre me pareció patético. Vos no podés exponer la verdad públicamente en una forma efusiva, porque ahí no está la verdad, está una parte de la peor de las verdades, pero hay otras verdades que hay que cuidar. Después de 20 años de vínculos no podés hacer una carta y explicar todas tus razones en un comunicado, porque todo lo que elijas para poner en ese comunicado va a ser lo que te parece que es verdad en ese momento, pero una banda es una acumulación enorme de verdades. La de este momento no importa. Yo puedo estar feliz en este momento con lo que estoy haciendo, pero es el resultado de todo lo que viví con ellos. Debo de ser uno de los únicos casos en Uruguay que sólo tuvo un proyecto durante 20 años. ¿Cómo voy a exponer a merced de las fauces populares la verdad de todo esto? Yo quiero a mis compañeros de una forma indecible. Nosotros dejamos de tocar, pero no voy a explicarlo a partir de una verdad.

-Volviendo a la conceptualidad del disco, la idea surgió de algunas historias periodísticas de Leonardo Haberkorn...

-Sí, pero fue un proceso bastante discontinuo y desprolijo encontrar el eje del disco. Por lo pronto estuvo todo un reproceso del uso de la primera persona en las canciones. Generalmente en Uruguay la primera persona coincide con el que está cantando y eso me pareció que tenía que ver con lo que yo estaba tratando de dejar. Y me interesó mucho ser como un intermediario entre la historia que voy a narrar y el que va a escuchar. Me fascinó esa historia de Leonardo por la fuerza que tenía y me vino la idea de transformarla en una canción, y me pareció un buen camino para este momento en que no quería hablar de mí. No quería que la primera persona coincidiera conmigo, porque probablemente te estés equivocando al pensar que tus historias son valiosas; no valen porque sepas tocar la guitarra y hacer canciones. Eso es un exceso de arrogancia; ya sos un afortunado por saber tocar un instrumento, ya sos un afortunado al poder convocar gente, al menos tendrías que dudar si tus historias son razón suficiente para ser el centro atencional. Yo tenía que usar historias de otros y, si utilizaba la primera persona, tenía que quedar claro que al decir “yo” no era “yo”, poder dejar en claro que no sos vos sino que estás recreando las historias que estás contando. Eso me pareció maravilloso, poder vincularme con lo que durante años me fascinó de El Sabalero...

-Muchas de las historias del disco giran alrededor de episodios de violencia doméstica, que obviamente es un tema de actualidad, pero nunca da la impresión de ser un alegato o un discurso sobre el tema...

-Claro que no. Para mí hay dos posibilidades con respecto a este tema: si hacés una canción sobre violencia doméstica universalizable se transforma en un panfleto. Otra cosa es cuando hacés una crónica de una historia de amor en la que el devenir la transforma en lo que hoy rotulamos como violencia doméstica. Pero no es una canción de violencia doméstica, es una canción de amor atravesada por el horror o la desventura. O por personajes de avería que están signados por historias horrorosas. Yo considero que son todas canciones de amor y me cuidé mucho de que esas historias no fueran universalizables, porque eso es un afiche.

-En todo caso, es un disco muy serio, lo que para mí es una tradición muy propia de la música uruguaya, pero una tradición de la que todo el mundo quiere escaparse por el riesgo de que consideren que hacés música “depresiva” o “bajón”.

-Es una toma de posición, casi política. Me irrita la necesidad -impuesta por cierta alianza de artistas populares- de celebrar lo buenos que somos. Celebrar la coincidencia, enumerar lugares comunes... Que la izquierda tenga como propuesta artística casi oficial decirle a la gente que se puede vivir celebrando febrero 12 meses por año, que se puede estar todo el año de carnaval cuando el carnaval debería ser la válvula de escape del trabajo y la lucha por lo que querés ser... No podés vivir celebrando lo que somos.

-No, no sólo con el Carnaval, también con el rock. Puede ser que este disco sea, como vos decís, deprimente, pero es una mirada, que es lo que la música popular uruguaya no está haciendo...

-Yo no creo que sea un disco deprimente...

-Ya sé que no. No es deprimente porque mirar el mundo que te rodea es esperanzador. Lo que no es esperanzador es celebrar un carnaval eterno. Eso es deprimente, convencer a la gente de que se puede convivir con no mirar el mundo.

-Siempre has tenido una obsesión de combinar elementos folclóricos en versiones eléctricas. Ahora fuiste un poco más allá, porque este disco tiene esas estructuras pero es casi todo acústico...

-En verdad el disco prescinde totalmente de formas uruguayas. No está la milonga explícita, no están las mezclas de 6x8, de gato con chacarera. Ni hablar de murga o de tango. Pero prescindir de eso era una forma de decir: no sos uruguayo porque haya un coro de murga o una clave de candombe o un bandoneón. Sos uruguayo porque estás hablando de la vida de la gente. Yo pongo en duda cuán uruguayo es el artista que hace canciones de espaldas a la gente pero metiendo arreglos formales que citan a una cierta identidad.

-Entre quienes participan en el disco hay varios músicos -Ernesto Tabárez, Diego Rebella, Laura Gutman- que pertenecen a otra generación con la que en realidad la tuya no ha tenido mucho contacto. ¿Por qué hiciste esa conexión?

-En realidad la pregunta debería ser “¿por qué no pasó más?”. ¿Por qué en lo que nos fascina de la canción brasileña o estadounidense eso pasó siempre? ¿Por qué cada generación acá tiene la seguridad de que empezar de cero o ser fratricida es menos rico que vincularse? En todos lados siempre hubo cosas valiosas... Lo mío no es una virtud, cuando sucede esto en este disco es porque las conexiones eran anteriores. Nadie estableció un vínculo para estar en este disco, todos esos vínculos ya estaban y habían sido trabajados durante años. El problema es por qué en el mundo al que yo estoy cercano eso ha pasado poco.

-Tengo la impresión de que el público de La Trampa era o bien de tu generación o de una muchísimo más joven, pero este disco parece estar más relacionado con un público intermedio...

-Eso tiene que ver con la única experiencia auténtica de descentralización cultural, que fue el Pilsen Rock. Cuando eso sucedió hubo una generación que se sintió con una propiedad, que se sintió parte de algo y es esa generación más joven de la que hablás. En este disco la razón no tiene nada que ver con eso. Lo del Pilsen no tenía que ver con las canciones sino con ser parte de una realidad, de algo que no se podría hacer sin mí. Esa generación tenía esa capacidad genuina de apropiarse de eso, de que era a ellos a los que les estabas hablando. Porque te fuiste a tocar a la mitad del país para ellos, que eran los que no podían pagarse el pasaje para irse a España.

-Éste no sería un disco transportable a algo como los escenarios del Pilsen...

-Claro, y ni siquiera lo considero. Esto prescinde de la función sonora del rock, esto es otra lógica. Es un disco para escuchar de cerca, que está en oposición con la potencia, con lo que sucede de lejos, lo gestual, corporal, la distorsión... Son cosas que me encantan pero que no están acá. Son cosas opuestas y excluyentes.

-Ahora que el disco salió ya tenés las primeras reacciones y seguridades, ¿qué sensación tenés?

-Mirá, por un lado no voy a cambiar lo que siento con respecto al disco en relación a las devoluciones. Esto para mí es valioso independientemente de lo que suceda. Pero al mismo tiempo estoy sintiendo una de las posibilidades más gratificantes, que es sentir respuestas de gente que no tiene nada que ver con el mundo del rock o del carnaval. Gente que es sólo gente. Gente que no está reverenciando al artista o al ex guitarrista de La Trampa, sino que me devuelve algo que le pasa con la canción que acaba de escuchar. Pero lo que hace eso es dejarme más intranquilo, al tener esa devolución me vuelve a comprometer con vincularme con la vida de los demás. No tengo mejor premio que eso.