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Nacional / Sociedad | Martes 03 • Julio • 2012

Estudiantes liceales en Parque Batlle. (archivo, mayo de 2010)
Estudiantes liceales en Parque Batlle. (archivo, mayo de 2010)

A mí no me miren

Investigación expone que padres, alumnos, docentes y directores señalan en el otro las causas de la violencia.

En medio de una agenda mediática y política que asocia cotidianamente conceptos como violencia-niños-jóvenes-centros educativos, no podía ser más oportuna la presentación de "La violencia está en los otros" (Trilce, 2012). En realidad, se gestó tres años atrás, cuando el proyecto fue seleccionado por el Fondo Universitario para Contribuir a la Comprensión Pública de Temas de Interés General, de la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Universidad de la República (CSIC-Udelar). El trabajo de campo se desarrolló en 2010 y un año más insumió la elaboración del texto que se conoció el jueves, en el Instituto de Perfeccionamiento y Estudios Superiores de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP).

Una de las principales virtudes de la publicación está plasmada en su subtítulo: “La palabra de los actores educativos”. Contemplar este aspecto, junto con la elaboración de una perspectiva teórica que además incluyó aportes de académicos nacionales, fueron dos puntos resaltados por los tres comentaristas que estuvieron a cargo de la presentación: Pablo Martinis (docente de Pedagogía), Nilia Viscardi (socióloga) y Ema Zaffaroni (profesora de Historia y actual integrante del Consejo de Educación Secundaria de la ANEP).

El equipo de trabajo de la investigación fue organizado por Víctor Giorgi, Gabriel Kaplún y Luis Eduardo Morás; incluyéndolos a ellos reunió psicólogos, un sociólogo, un educador y comunicador, un abogado y otro comunicador. Se propuso un abordaje “cualitativo y participativo” en escuelas, liceos y escuelas técnicas de Montevideo; el trabajo incluyó entrevistas a responsables de centros educativos y la realización de talleres con docentes, padres y alumnos de cada subsistema, en los que se recogieron sus puntos de vista sobre la violencia en los centros educativos. La publicación incluye un capítulo específico sobre las normativas vigentes y señala “contradicciones y ambigüedades” al momento de abordar episodios de violencia, y otro sobre la cobertura mediática de algunos hechos concretos.

Los centros educativos en los que lograron trabajar no fueron todos los que se habían propuesto, sino solamente siete que tenían vínculos previos con Extensión Universitaria. Se explicita que en muchas entrevistas con directores encontraron “actitudes refractarias o negadoras de la existencia del problema” y que “se percibía una sensación de que aceptar trabajar sobre la violencia era reconocer su existencia en ese centro y que esto comprometía la imagen tanto de la institución como de sus responsables”.

Yo no, es él

El título resume uno de los principales hallazgos de la investigación: el hecho de depositar la responsabilidad en el otro; además de esto, se detecta una estigmatización de los otros colectivos. Eso es lo que se desprendió de los talleres, cuyo disparador fue una noticia ficticia -que tenía base en hechos reales- sobre un episodio en una escuela, en el que un niño lastimaba a otro con una trincheta porque no había querido participar en un juego. A partir del caso, los colectivos se expresaron sobre la representación de sí mismos y del resto de los involucrados, sobre la convivencia en los espacios educativos y las causas de la violencia, y presentaron propuestas para revertir las situaciones.

Las maestras expresaron su saturación frente a las poblemáticas, reprocharon que deben hacerse cargo de tareas ajenas a su función (como darles de comer), asociaron la violencia con situaciones que ocurren fuera del sistema educativo, con los padres y el medio en el que habitan los alumnos. Los docentes de liceos y escuelas técnicas también se mostraron desbordados por la cotidianidad y manifestaron no tener la formación para intervenir en situaciones de violencia; reflejaron un sentimiento de impotencia. Los de secundaria cuestionaron el modelo de trabajo por el cual tienen que correr de un liceo para otro, sin poder focalizarse en ninguno. Los profesores también señalaron el problema en el afuera, en padres que no se hacen responsables.

Los alumnos escolares representaron a la maestra como “culpable” y enojada por episodios violentos. Coinciden con ellas “en ubicar la raíz de la violencia en el ámbito de las familias”; en cuanto a las motivaciones del niño agresor de la noticia disparadora, lo patologizaron, señalaron que lo había hecho por “cabeza dura” y que “necesita un psicólogo”, y también enumeraron sentimientos de rabia, tristeza, soledad y discriminación de otros hacia él.

Respecto de los alumnos liceales, los autores señalaron preocupación porque las respuestas “podrían estar mostrando una cierta naturalización de la relación entre violencia y centros educativos”: “Lo que viven a diario en su liceo se enmarca en una situación más amplia que les llega a través de los medios de comunicación. Queda planteada la interrogante acerca de cómo incide esta supuesta generalización en la reproducción o naturalización de los comportamientos violentos como algo inherente a lo generacional y a la cotidianidad educativa ante lo cual parece perderse la capacidad de asombro”. En cuanto a los motivos de la violencia, los liceales señalaron que algunos “se pelean por boludeces”, pero a la vez legitimaron las peleas cuando son para defender a sus madres o a sus novias. A su vez, acusan a los docentes de “irresponsables” por no detener las situaciones de violencia cuando comienzan a gestarse.

Además mostraron tener una visión negativa de los padres por desentenderse de sus hijos e identificaron estigmatizaciones y preconceptos. Los alumnos de escuelas técnicas identificaron al niño agresor, citado en la noticia disparadora, como una persona frágil y débil.

Los padres atribuyeron algunos episodios de violencia a los cambios frecuentes de maestras, o lo asocian con “‘ciertos niños’ y ‘ciertas familias’ como forma de responsabilizar al otro”. Ven a los docentes como “personas frágiles, que no resisten la situación que se genera en torno a los niños”. Los padres de los liceales sostuvieron que la violencia es un reflejo de la sociedad e indicaron la ausencia de los padres por el privilegio y por el confort mientras el niño “se está criando solo”. También ellos vieron a los docentes desgastados y reconocieron la responsabilidad de los adultos en problemas que suelen atribuírseles a los jóvenes. Estos padres, así como otros involucrados, señalaron la crisis de dos instituciones: la familia y los docentes.

Claves

La distinción entre unos y otros se refleja en otro concepto bastante manejado en el texto: el adentro y el afuera. En ello se expresa también la polémica que muchas veces asoma en las noticias, con centros educativos que reclaman más rejas, perímetros, guardias policiales y porteros. Pero así como hay quienes sostienen que la violencia “está afuera”, están los que reconocen que también está adentro. En ese sentido, los autores plantean la exclusión que se da cuando los de afuera no pueden ingresar a la institución o los que terminan desertando por no haber accedido al nivel suficiente.

La investigación apuesta al diálogo como una posible salida al problema de la violencia, de ahí la adopción de la metodología empleada: “Nuestro intento de poner en diálogo a los actores, primero en su propio colectivo y luego entre ellos, puede abrir caminos para reconstruir la convivencia”. “Por detrás de la acusación y el reproche empiezan a emerger propuestas y acciones para repensar la educación, la familia, los proyectos, la vida”, agrega.

Por otra parte, se detectó que si bien la violencia preocupa a los docentes y directores, el tema no es tratado en los espacios pedagógicos, sino que se abordan recién cuando las situaciones explotan de la peor forma. En diálogo con la diaria Gabriel Kaplún, educador y comunicador, destacó que hay docentes que opinan que tienen que dialogar sobre la violencia, mientras que otros sostienen que no es su tarea y que no tienen herramientas para hacerlo: “Ése es el núcleo que me llama más la atención. No es posible enseñar si no hay una comprensión del otro, con el cual quiero hacer un proceso educativo”.

Kaplún también advirtió sobre “cierta falta o pérdida del espacio educativo: el no tener muy claro para qué estamos acá. Eso se tensiona a extremos tales que habíamos encontrado en un trabajo anterior y volvió a reiterarse, algunos docentes llegan a decir ‘nosotros hacemos como que enseñamos y ellos hacen como que aprenden’. Es una caricatura, no responde a la realidad, pero es una caricatura muy dura el hecho de que aparezca entre los docentes, pone una advertencia”.

Víctor Giorgi, psicólogo que coordina en Uruguay el área de infancia de la Organización de Estados Americanos, comentó que “esta problemática con distintos matices, distintos contextos culturales, distintas historias previas en cuanto a fortalezas y debilidades de sistemas educativos, se vive prácticamente en todo el continente”. Puso el ejemplo de Panamá, donde los docentes hicieron planteos similares a los de sus pares uruguayos: “Como que el adulto está claudicando de sus responsabilidades. Ve que su autoridad peligra y recurre generalmente a una cuestión como de impotencia, al autoritarismo, al pedido de refuerzo policial en los centros educativos, de normas disciplinarias duras; pero todo eso muestra una dificultad de generar la autoridad por otros caminos”.


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