Cuando apareció El Dedo, en la última semana de julio de 1982, Antonio Dabezies tenía 40 años y Fermín Ombú Hontou, 25. Dabezies fue el que ideó el proyecto, el que nucleó al equipo y el que armó la redacción de la revista en una imprenta que tenía en la calle Juan Carlos Gómez, a metros del local en el que hoy regentea Espacio Guambia, donde conversamos. Ombú fue el que creó la mascota de El Dedo, ese índice (¿o anular, o mayor?) que sonríe y calza uruguayísimas alpargatas. El resto de los dibujantes cobró por su trabajo; él no: aceptó recibir un porcentaje de cada ejemplar que se vendiera. Una apuesta poco arriesgada se convirtió en un negocio inesperado: la revista agotó su primera tirada y durante los siguientes meses fue duplicando el tiraje. El número 7, el último, vendió 43.000 ejemplares.

“No fue tan alocado. Hice un estudio de marketing previo: averigüé cuánto vendía la revista argentina Humo(R). Andaba por los 4.000 ejemplares. Decidí imprimir 3.000”. Al final, se terminaron vendiendo casi 4.500 ejemplares, porque Dabezies se apuró a volver a la imprenta Polo -propiedad entonces y hoy del grupo Últimas Noticias- y se llevó los descartes y los sobrantes.

“La mujer de Abel García, Mariana Etchebarne, que trabajaba en mi imprenta, un día llega llorando y pide para sentarse porque no podía creerlo: vivía en Solymar y en el trayecto hacia Montevideo subió un canillita al ómnibus a vender la revista y todo el pasaje compró El Dedo. Quedó shockeada, porque la armaba ella conmigo. Fue muy fuerte para todos”, recuerda Dabezies.

También Ombú, que ya había decidido emigrar temporalmente a México antes de la salida de la revista, tuvo una prueba del impacto de su criatura: “Unos días antes de irme tomé un taxi y el taxista se pone a hablar, sin que le diera pie, sobre ‘esa cosa que hay, El Dedo’, empezó a hablar del dibujo. Yo no podía creer que un taxista de Montevideo, en plena dictadura, estuviera hablando de la revista. Me dio la idea de que a pesar de la pequeña circulación había sido un golpe fuerte en un invierno en que no pasaba nada”.

En el invierno de 1982 habían quedado atrás el Mundial de España y la Guerra de las Malvinas. El gobierno cívico-militar, tras el rechazo plebiscitario a su intento de perpetuarse constitucionalmente, había anunciado un moroso cronograma de apertura que incluía la realización de elecciones internas a fin de año, con varios candidatos y partidos enteros proscriptos. El llamado “canto popular”, recreación de la canción de protesta de la predictadura, había despegado a fines de la década anterior y sus espectáculos colectivos llenaban el Palacio Peñarol, aunque no alcanzaba a ser un fenómeno realmente masivo. Con un público quizá más restringido, algunos grupos teatrales también desafiaban a la censura del régimen mediante el novedoso uso del doble sentido y la alusión indirecta.

También comenzaron a circular nuevas publicaciones asociadas a aquellos movimientos políticos tolerados por el gobierno de facto. El ala antidictatorial del Partido Colorado tenía a Opinar y Correo de los Viernes; los blancos wilsonistas, a La Democracia; el Partido Demócrata Cristiano (PDC) editaba Opción. En este semanario estuvo el germen de lo que sería El Dedo.

“Yo figuraba como responsable gráfico de Opción, pero en realidad me llamaron para armar muchas cosas”, recuerda Dabezies, que tenía bastante experiencia en la prensa de la predictadura: había sido secretario de redacción de varios diarios gestionados por Federico Fasano, como BP Color -que luego fue vendido al sector conservador del Partido Colorado-, Extra y De Frente. “Entre otras cosas, en Opción me encargaron conseguir ilustradores. Les dije que no había: con la dictadura se habían ido todos. Pancho [Graells], Blankito [Luis Blanco], Abín, ninguno estaba”, dice. Sin embargo, “al tercer o cuarto número empezaron a aparecer ofrecimientos de dibujantes jóvenes”. Entre ellos estaba Ombú, que hacía la tira “El manicero” junto con Carlos Dilo Dilorenzo.

“Órgano de humor uruguayo”

“Queremos terminar de una vez por todas con el colonialismo cultural: basta de chistes sobre Martínez de Hoz (¡si aquí tenemos a Arismendi!), sobre Pelé (¡si acá tenemos a Morena!) o sobre el rey Juan Carlos (si aquí tenemos... bueno, ¡si aquí tenemos tantas cosas de qué reírnos!)”. El fragmento del primer editorial de El Dedo apuntaba a varios frentes. Por un lado, al éxito de la revista argentina Humo(R), mediante la mención a su por entonces ministro de Economía. Aunque era una referencia innegable, Dabezies cotraataca ahora: “También en Humo(R) había mucho de uruguayo. Su secretario de redacción, Aquiles [Fabre Fabregat], era de acá y aportó el estilo de dos excelentes publicaciones de humor de los 60, La Bocha y La Balota”. Fabre y el dibujante Tabaré, además, envían una historieta (ya publicada en Humo(R), como bien nota en una carta de lector Juan Faroppa, ex subsecretario del Ministerio del Interior durante el gobierno de Vázquez) como saludo a la aparición de la revista. La broma sobre el rey español, por su parte, representa bien el tipo de complicidad que se estableció inmediatamente con los lectores y que sería una constante de la revista. Acá el mismísimo mecanismo de censura es reciclado como insumo humorístico.

A ese recambio generacional se le sumó una desgracia con suerte. Opción fue cerrada transitoriamente -por publicar una tapa con apoyo al opositor polaco Lech Walesa- y Dabezies sugirió cubrir el vacío con una revista de humor, para aprovechar las posibilidades de su recién descubierta legión de ilustradores. A la gente del PDC le pareció que la movida podía significar la clausura definitiva de Opción, y Dabezies decidió seguir con el proyecto por su cuenta. Nacía El Dedo.

Éste compró un huevito

Ojear El Dedo sigue siendo un placer. Para empezar, porque es toda una revista: el equilibro entre imágenes y texto y entre los distintos elementos gráficos, la agradable tipografía, la variedad de subsecciones y la coherencia general la hacen inmediatamente atractiva. Por debajo, otro balance, cada vez más difícil de percibir -por suerte-, entre lo que podía ser dicho y lo que podía ser dicho a medias, pero sin la solemnidad y el dramatismo que predominaban en otras expresiones artísticas contestatarias. Toda una revista de humor, claro.

“Lo hacíamos todo de manera bastante colectiva. Las parodias de películas, por ejemplo, muchas veces no iban firmadas por eso. No había e-mails, así que teníamos que venir todos a la redacción, dibujantes y escritores. Había una mesa redonda de vidrio, que todavía guardo, donde poníamos todos los diarios y revistas, un televisor, y empezábamos a tirar ideas. Nos divertíamos como chanchos”, dice Dabezies.

No había correo electrónico ni computadoras: la revista se armaba “en frío”, es decir, recortando y pegando (con tijeras de metal) y luego haciendo separaciones de capas en el caso de las páginas con color. Pocas publicaciones de esa época -tal vez Punto y Aparte, más de cinco años posterior- transmiten hoy las posibilidades estéticas de esa técnica superada.

Del mismo modo, El Dedo buscó operar una transformación desde el lenguaje. Las irrupciones del coloquialismo no eran una novedad para las publicaciones de humor, pero en El Dedo las acompañaba una tendencia a registrar las costumbres del presente. Para Dabezies, las descripciones sociológicas, que comenzaron con un “Manual del perfecto votante blanco”, eran también creaciones grupales. Sin embargo, en ese panorama se destacaban los hermanos Tata y Álvaro Alcuri, que ya habían publicado algunos trabajos en la página de humor de El Diario. Hay que hacer fast forward hasta finales de los 90 para volver a encontrar -en algunos tramos de la revista Guacho- una capacidad de bucear en la identidad nacional con elegancia y puntería comparables a las de los Alcuri.

Dabezies y Ombú coinciden en señalar que la influencia del estilo de El Dedo es más clara en la publicidad, donde para ellos se operó un giro hacia el humor, las pautas identitarias y el coloquialismo a partir de su revista, y en la descontractura del lenguaje radial.

Éste lo cocinó

En El Dedo coexistieron varias generaciones. Por un lado, estaban los ilustradores jóvenes -aquí hay que mencionar al menos los nombres de Hugo Burel, que firmaba como Hubu, Ignacio González, Casalás (responsable gráfico de muchas parodias), Hornes, Cibils, Lizán, Tunda-, a los que pronto se les sumó gente de una camada anterior, que se sintió convocada por la aparición de la revista: Blankito, Pancho, Pieri, Abín, Gezzio, Domingo Ferreira, Da Rosa. Lo mismo pasó con los escritores: aparecieron nombres de la predictadura como Juceca, Da Rosa, Viterbo (Justino Rivero), Horacio Buscaglia, Cuque Sclavo y Mario Levrero. “Cuando hicimos la fiesta por el número 2, nos dimos cuenta de que la mitad del staff había estado en cana. Volvimos a pensar que esto no iba a durar mucho”.

Un encanto con humor

Entre las cosas que un poco de contrabando transmitía El Dedo estaba la sensación de que había una comunidad cultural en plena emergencia. La revista tenía algo parecido a una sección de Sociales, que se inauguró en el número 2 con un registro de la fiesta de lanzamiento del número 1, y otra de chimentos sobre figuras del canto popular. “Supimos reírnos de nosotros mismos y eso nos habilitó a reírnos de otros”, recuerda Dabezies, quien desde 1978 organizaba espectáculos de canto popular y había trabado amistad con varios de sus exponentes. Este domingo buscarán reiterar algo de ese espíritu en Espacio Guambia, cuando celebren los 30 años de la revista. “Es una fiesta cerrada para gente que estuvo en El Dedo y Guambia, pero como perdimos muchos contactos estamos convocando por los medios”. Prometen proyectar en una pantalla las fotos que Pepe Plá sacaba de aquellas fiestas en el Templo del Sol.

El puente más notorio con la generación anterior era César di Candia, verdadera mano derecha de Dabezies -hasta que se alejó, según él mismo confesó a Voces, harto de la modalidad de entrevista “en patota” que se impuso durante la época de Guambia-, que no sólo imprimía las dosis de humor más alocado, sino que también pergeñaba varias de las parodias de avisos publicitarios -otra de las marcas registradas de El Dedo- y se encargaba de los fotomontajes, que llegaron a ocupar toda una subsección llamada “La Uña”. Fue Di Candia el que editó uno de los dos números especiales de la revista, “El Dedo Gordo”, en el que se recuperaba la producción de las publicaciones de humor de los años 50, 60 y principios de los 70. Anselmo Pallares, otro veterano que estuvo desde el primer número, continúa aún hoy escribiendo en la versión de Guambia que se publica como suplemento de Últimas Noticias.

Éste le puso sal

La censura aguza el ingenio del creador y estimula la sobreinterpretación del lector. “A veces ponías una cosa boba y la gente pensaba ‘ah, acá está queriendo decir tal cosa’. Había como un misterio que generaba curiosidad a la gente”, rememora Ombú.

También producía malentendidos. El número 4 de El Dedo recoge una queja de Enrique Tarigo -quien sería elegido pocos años después vicepresidente de la República- sobre lo desparejo de las bromas hacia políticos blancos y colorados, dejando entrever que no había críticas al gobierno de turno; resulta conmovedor leer cómo desde la redacción se las arreglan para explicar que de los militares, aunque se quisiera, no se podía hablar directamente, y mucho menos de los partidos de izquierda. La opción por el voto en blanco en las elecciones internas, promovida por algunos sectores del Frente Amplio, había sido la causa de una de las suspensiones de Opción.

También la campaña del voto en blanco es ilustrativa de un episodio que pone de manifiesto el tono “multipartidario” de El Dedo, uno de los elementos que lo separará de Guambia, el proyecto siguiente de Dabezies, más claramente identificado con el Frente Amplio y cargado de ambiciones periodísticas. A Dabezies se le encarga realizar el logo de la campaña clandestina por el voto en blanco, por lo que consulta a varios ilustradores de la revista; algunos le responden que ellos van a votar, porque son blancos o colorados. En Guambia, en cambio, se explicita continuamente que el único colorado era Tata Alcuri.

El cambio es representativo de las divisiones en el frente antidictarorial que surgieron, lógicamente, tras la habilitación de más sectores políticos y los desacuerdos en torno a la forma de negociar el fin de la dictadura con los militares. Pero en noviembre de 1982, el teléfono de la redacción de El Dedo no paraba de sonar tras conocerse que en ambos partidos tradicionales habían triunfado los sectores opuestos a la dictadura militar. “Nos llamaban para desahogarse de Suecia, de México, de muchos países. Muchos pensaban que estábamos con los blancos, otros creían que estábamos con los colorados”, recuerda Dabezies.

El pícaro chiquitito

En febrero de 1983 salió el último número de El Dedo. La tapa desató la ira de Alberto Gallinal, líder conservador del Partido Nacional y gran derrotado en las elecciones internas: la ilustración de Abín lo mostraba en una playa junto a Cristina Maeso, dirigente joven del ala conservadora blanca, que le comentaba: “¡Esta temporada sí que estamos quemados, don Alberto!”. Amigo del dictador Gregorio Álvarez, Gallinal aceleró la suspensión de la revista.

“Yo estaba pegando un logotipo de El Dedo en una camioneta del Club Amanecer, porque habíamos decidido aparecer en Rutas de América. De repente veo que las muchachas de la imprenta me vienen a buscar y me avisan que tenía que acompañar a la policía. Era febrero, hacía un calor bárbaro, pero me traían un buzo de lana por las dudas. Me llevaron a Jefatura y allí me avisaron que no podía de ninguna manera salir propaganda con los ciclistas. Sabían todo, porque Rutas de América lo organizaba el Club Policial. Waldemar Correa quiso largar igual con la camiseta de El Dedo, pero lo pararon y le avisaron que si lo hacía iba en cana”.

El número 8 de El Dedo estaba en imprenta, pero el gerente de la planta tenía conexiones con el gobierno y no inició la impresión. “Por suerte. Me hubiera fundido para siempre”, recuerda Dabezies: había encargado 53.000 ejemplares.

Entre los cargos que se presentaron contra El Dedo estaba el de difusión de pornografía, que se basaba en una foto -de la sección de Di Candia- que mostraba dos zanahorias deformes que parecían mostrar (y cubrir) sus genitales. “Durante el juicio poco menos que me pedían disculpas, por lo ridículo de todo”.

Pero en realidad, El Dedo había durado demasiado. La dictadura, aunque debilitada, aprendió de la experiencia, y la vigilancia sobre la prensa se intensificaría durante 1983. Así Dabezies: “Nos dicen: eran unos héroes. No, éramos inconscientes. Y además, en esa época había que hacer algo y lo hacías, no medías los riesgos. Era tal la satisfacción de ver lo bien que lo recibía la gente, ver cómo se identificaba. Había que hacerlo. Yo sabía que nos iban a cerrar, pero lo hicimos igual”.