La desconexión que los países latinoamericanos tienen con la literatura de sus vecinos de continente sigue siendo muy fuerte, a pesar de que en los últimos años esa brecha se ha reducido gracias a las redes sociales. Uruguay es uno de esos países en que la distancia es mayor y, sin caer en evaluaciones de ningún tipo ni latinoamericanismos baratos, debemos de saber más de lo que pasa en la literatura norteamericana o europea que en la de estos países, la cercana Argentina incluida. Aunque esa distancia o desconocimiento no sea total, hay que tener en cuenta que no hay casi distribución de editoriales independientes de la región y que los grandes grupos editoriales, luego de pasar todo por un embudo de boca estrechísima y de dudoso criterio, dejan una oferta acotada y lo que se puede leer sobre la literatura latinoamericana de los últimos 25 años es un mínimo porcentaje, lo que da, por aproximación, una casi oscuridad sobre el tema.

En este panorama aparecen ciertos escritores cuyas obras son reconocidas como importantes y que han logrado trascender la lectura en sus lugares de origen, pero que cuentan con un reducido número de lectores, que compran sus libros en Buenos Aires, los leen en internet o esperan a que alguna librería montevideana traiga sus libros. Es el caso del mexicano-peruano Mario Bellatin, quien ya cuenta en su haber con más de 50 obras; por lo menos una de ellas, Salón de belleza (1994), reúne gran consenso crítico a lo largo y ancho del continente, aunque en nuestro país, salvo algún libro suelto de alguna editorial argentina o mexicana, no había circulado.

En los últimos años, esto comenzó a cambiar. En 2010 La Propia Cartonera* publicó Canon perpetuo y ahora Hum reúne tres novelas cortas en el tomo Una diversión extranjera, libro que se va a presentar en la próxima edición de la Feria del Libro y motivo por el cual Bellatin pisará Montevideo. Ésa fue la excusa para conversar con él sobre este viaje, su literatura, Fogwill, Aira, México y su último libro, que aún no ha llegado a Uruguay y que lleva el enigmático título de El libro uruguayo de los muertos. “En realidad no es uruguayo. Se llama así porque un niño místico cuenta que tiene un sueño que alguien soñó, donde aparece una serie de instrucciones que debe seguir cualquier uruguayo después de muerto. Pero me parece que eso -la anécdota del niño místico obsesionado con la muerte de estos sujetos- no se aprecia de manera clara en el libro”, explicó Bellatin.

-En tus últimas novelas hay una fuerte presencia de lo oriental y lo místico, aunque nunca perdiendo tu terrenalidad ¿A qué se debe este último viraje?

-Son puras máscaras para no aburrir al otro repitiendo siempre lo mismo: el no tiempo y no espacio evidentes, aunque yo sepa perfectamente bajo qué coordenadas va fluyendo la escritura. Es mentira que sean místicas u orientalistas. La mayoría de las cosas sucede en realidad en la esquina de mi casa y los sucesos que aparecen son de una cotidianidad pasmosa. Si tuviera tiempo me encantaría escribir una suerte de lado B de los libros. Explicar en clave doméstica cada una de las líneas de mis textos.

-En algunas de tus obras aparecen escritores que podrían estar relacionados con el llamado boom. ¿Cómo te parás ante ellos? ¿De qué modo están presentes en tu escritura?

-¿En serio? ¿Es una broma? ¿No te habrás confundido de autor? ¿Si ni siquiera creo en la existencia real de un fenómeno semejante cómo es posible que aparezcan personajes de esa naturaleza? Debe de haber un error. Esos señores no están en mis textos, ni para bien ni para mal.

Sana diversión

Como se menciona en la nota principal, Una diversión extranjera es la segunda edición que se hace en Uruguay de la obra de Bellatin. Está compuesta por tres textos cortos: Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, Mi piel luminosa y Salón de belleza. Shiki Nagaoka... fue publicado por primera vez en 2001 por Sudamericana y cuenta la historia de un autor inexistente, nacido en Japón a principios del siglo pasado y dueño de una nariz gigante, quien habría desarrollado una obra importante para varios escritores, incluso Juan Rulfo y José María Arguedas, mezclando poesía con fotografía. El texto, de algún modo, nació de una intervención realizada por el propio Bellatin en el Círculo de Bellas Artes de México, cuando fue invitado a disertar sobre su autor favorito, acción que derivó en que el autor recibiera una carta del Departamento de Literaturas Orientales de la Freiuniversitätt de Berlín comunicándole que no conocían la obra de ese autor. Mi piel luminosa, otro de los relatos, formaba parte de El gran vidrio, publicado por Anagrama en 2007. En este texto breve se cuenta la historia de una madre que exhibe los testículos de su hijo en los baños públicos a cambio de regalos. El texto está numerado y cada frase tiene un número del 1 al 367, lo que da una sensación de lista (o acumulación de objetos, al igual que la acumulación de regalos de la madre) y de un ambiente absolutamente fragmentado al igual que la narración. Salón de belleza quizá sea la obra más conocida de Bellatin, traducido a varios idiomas. Publicada originalmente en 1994 por Jaime Campodónico Editor (su primer editor en Lima), relata la historia de una ciudad invadida por una extraña peste. Los moribundos son rechazados y uno de los pocos lugares donde son recibidos para poder quedarse a morir es una peluquería. Algunos críticos han visto en esta novela una referencia al VIH, otros han señalado que en México realmente hay sitios donde uno puede ir a morir (se encierra y toma todo lo que puede hasta que la intoxicación termina el trabajo); lo cierto es que se trata por su amplitud de caminos (los ritos fúnebres, la relación con la muerte, el estado, la burocracia) de una novela fundamental de la literatura latinoamericana actual, posterior al abandono del boom, el realismo mágico y el exotismo. Salón de belleza figura en el puesto 19 de la lista de mejores novelas latinoamericanas de los últimos 25 años en una encuesta realizada por la revista Semana entre críticos, editores y escritores. Si bien la selección es un poco despareja, la edición de Una diversión extranjera es un libro fundamental para comenzar a conocer la obra de algunos autores latinoamericanos actuales que por los motivos ya mencionados no son muy corrientes en nuestro país. De parte de Hum, esta edición se suma a otros esfuerzos importantes, como la publicación del también mexicano Juan Villoro, que son saludables vasos de agua en el desierto.

-Bueno, en Shiki Nagaoka: una nariz de ficción aparecen Arguedas y Rulfo. No te estoy diciendo que estos escritores aparezcan homenajeados, pero de hecho se asemeja al uso que Aira hace de Carlos Fuentes en El congreso de literatura.


-Ni Rulfo ni Arguedas son del boom. Precisamente estaban en contra de eso que bautizaron de esa forma los españoles. No es una burla ni una parodia. Son elementos que me sirven, en ese caso, para darle verosimilitud al texto.

-¿Cómo es la situación actual de la novela mexicana?, ¿hay autores que te interesen?

-Va como siempre, creo. Con mil escritores y dos que valen la pena. No es nada nuevo y no creo que sea una excepción mexicana sino universal. Quizá haya dos países que escapan a esa regla: Uruguay y Austria, que creo que son los territorios que han acumulado la mayor cantidad posible de buenos escritores en el menor espacio posible.

-¿Hay una nueva novela latinoamericana que te interese? ¿Hay realmente una?

-El término “nueva” no lo entiendo muy bien. Me da la idea de que las cosas van hacia adelante, lo nuevo después de lo viejo, y lo que me parece interesante es que las cosas no vayan modernizándose necesariamente, sino que estén en constante movimiento, que muchas veces puede ser -y a veces de allí surgen las cosas realmente interesantes- de retroceso. Podríamos hablar entonces de lo maravilloso que podría ser la viejísima literatura latinoamericana, por poner el caso.

-¿Quienes serían esos autores viejísimos maravillosos?

-No sé quiénes son. A veces hago una lista de los que me gustan y siempre quedan fuera otros que siempre me gustaron más. Entonces me pregunto por qué es tan difícil hacer esas famosas listas, decir cuál es el mejor, y quizá la respuesta sea porque la literatura me puede parecer muchas cosas menos una competencia, y hacer un ejercicio de esa naturaleza, el de escoger, tiene que ver con la competencia, que detesto; que cada uno haga lo que pueda y encuentre su lugar.

-¿Cómo ves la realidad sociopolítica de México? Por lo menos desde acá, a partir de las elecciones y los cada vez más frecuentes ataques narcos, se ve bastante difícil.

-México es tan grande y tan diverso, tan monstruoso y complejo que no creo que se pueda hablar de sólo una realidad. En otras sociedades estandarizar de alguna manera las situaciones puede ser más razonable, pero en México conviven los tiempos y los espacios de una forma impresionante. Sin embargo, para tratar de contestar tu pregunta de manera directa creo que los dos grandes males actuales son la violencia extrema, como tú bien dices, y el dominio de los monopolios económicos, y ambos problemas son creados de manera consciente por el mismo sistema, que una decisión política podría desbaratar de una manera relativamente efectiva y pronta. Creo que las dificultades subsisten porque los que llevan las riendas desean que así sea, pues te quedarías con la boca abierta si supieras la cantidad de beneficios económicos e institucionales que este estado de cosas conlleva.

-Tus obras son en una primera lectura universales, o mejor dicho poco locales. Sin embargo, terminan generando minutos después una fuerte identificación con lo mexicano sin caer en nacionalismos. ¿Cómo ves la cuestión de lo local, la identidad y lo nacional en los novelistas de tu generación?

-No porque sea mexicano debo comulgar con los mexicanos. Estoy seguro de que mis libros son absolutamente sociales, pero no de la manera como lo esperarían los guardianes o los censores de lo que debe o no escribirse. Para comprobarlo acabo de dirigir un musical [Bola negra: el musical de Ciudad Juárez] en una de las urbes más peligrosas del mundo, Ciudad Juárez, donde se ve en la película cómo un grupo de músicos trata de montar en esa zona una ópera basada en un texto que escribí en el que un entomólogo japonés tiene la consigna de comerse a sí mismo. Para llevar adelante las escenas en ese terreno devastado, de alguna manera me basé en las imágenes que Liniers está creando en la adaptación de ese texto. Esa mezcla tan curiosa me hizo advertir una forma propia de ver lo social. Un avance de la película hizo llorar a algunas gentes que la vieron en Kassel, en Documenta 13, y ahora quiero apreciar lo que sucede cuando la estrene ya completa a principios de octubre en el Hay Festival.

-Hace unos años, en una entrevista que le realizaran en México para Letras Libres, César Aira criticó duramente el sistema de subsidios mexicanos a los autores. Decía que si al artista le servían todo en bandeja perdía su rebeldía y esa pérdida era nociva para su creación. ¿Qué opinión te merece este tema?

-No me consta que Aira haya dicho algo semejante, pero si lo hizo me parece un razonamiento tan primitivo que me sorprendería viniendo de su parte. No creo que las becas sean para que se escriba mejor o peor. El verdadero escritor lo seguirá haciendo pese a las circunstancias. El sistema de creadores -que no sólo tiene que ver con el dinero sino también con el reconocimiento de tu labor- está pensado para que los artistas no sean considerados unos parias o, en el mejor de los casos, un adorno o unos extravagantes, sino ciudadanos que merecen una mínima garantía de supervivencia. No sé en qué cabeza puede caber que morirse de hambre o no tener los recursos para un muerte digna -te puedo citar decenas de ejemplos en nuestros países, de los cuales incluso te habrá tocado más de una vez ser testigo- sea un aliciente para la creación. Incluso los creadores mediocres tienen derecho a acceder a las mínimas condiciones sociales que les permitan trabajar con una suerte de tranquilidad, porque tampoco vaya a pensarse que se reparten millones a todo el mundo. E incluso le quitaría el término subsidio, pues se exige trabajo a cambio.

-Tengo entendido que tu último viaje a Montevideo fue con Fogwill. ¿Qué relación tenías con él y con su obra?

-Conocí Montevideo bajo la guía de Fogwill. Va a ser extraño enfrentarme nuevamente a la ciudad sin él. Llegamos un domingo en la tarde y yo pensé que la calma reinante se debía a ese motivo. Al día siguiente me alarmó que durante la mañana del lunes todo siguiera casi igual. Con Fogwill íbamos en ese viaje de alguna manera tras los pasos de Levrero, él deseaba que consiguiera hasta la última de sus publicaciones. Casi no llegamos a realizar la travesía porque el viaje comenzó con una anécdota curiosa. Fogwill llegó tarde al muelle del Buquebus, pues en la madrugada su esposa -con quien tenía algunas diferencias- le había quitado la alarma al reloj despertador -sin que Fogwill lo advirtiera porque estaba dormido- aduciendo que era de ella y como propietaria tenía ese derecho. Me pareció una manera casi perfecta de iniciar el viaje a una ciudad que para mí guarda tantos misterios. De alguna manera, imaginé que esa mañana en la casa de Fogwill se había repetido la escena inicial de Stalker y que iniciábamos de esa forma nuestra propia expedición hacia La Zona.

  • Editorial que coordina el autor de esta nota.