¿Qué te trae por La Trastienda? -Voy a hacer un espectáculo amplio. Estoy reversionando muchas canciones que hacía en la época de la Bersuit. La gente se va a encontrar con un show distinto al último que hicimos en La Trastienda, aun más abarcativo.

Tu último show fue hace una semana en el Luna Park de Buenos Aires. Revisando el setlist caí en la cuenta de que dejaste afuera los hits más para arriba de la Bersuit, como “Se viene”, “La bolsa” y “Yo tomo”. ¿Por qué?

-Porque son canciones coyunturales. “El estallido” respondió a ese momento. “La bolsa”, también: es una canción que habla de la cocaína, y hace años que dejé de tomar; sería un careta si la cantara ahora. Es patético, porque ya no lo siento. No siento esa canción. “Yo tomo” tiene que ver con lo mismo. Hay canciones que se bancan el paso del tiempo, se hacen más eternas, porque su temática es más profunda, como “La soledad”, “Mi caramelo”, “Un pacto”, “Sencillamente”, etcétera. Tengo un montón de canciones para hacer, que hoy se pueden cantar y que van a representar este momento muy bien, porque son más profundas.

¿El público no te pide esos hits que te mencioné?

-¿“La bolsa” y ésas? No, no hay nadie que me haya pedido esa canción. Hoy esa parte festiva está ocupada por “El lisiadito”, “No es que sea viejo”, “Asalto de cumbia”, “La bomba loca”.

Si bien en la Bersuit había elementos de cumbia, quizá estaba un tanto matizada; en cambio, en tu etapa solista te volcaste más de lleno a ella.

-Tiene que ver con un deseo mío de practicar un poco el mestizaje cultural. Juntar, por ejemplo, la milonga -que es nuestra- con voces de cumbia colombiana, con huayno y con la murga, como en “Asalto de cumbia”. “No es que sea viejo” es más milonga campera con cumbia, “El lisiadito” es más huayno con cumbia y “La bomba loca” la trabajé con cumbia electrónica. Sigo trabajando en el encuentro de ese mestizaje cultural.

En las letras no estás tan volcado a los temas coyunturales, de contexto, sino a algo más autorreferencial. Pienso, por ejemplo, en “Soy mi soberano”.

-Soy más responsable para escribir; antes me victimizaba. Eso forma parte de la adolescencia y del infantilismo del rock, y yo fui adolescente e infantil dentro del rock, entonces me victimizaba. Eso da buenos resultados, porque el adolescente se victimiza y necesita encontrar un culpable afuera. Me victimizaba política y socialmente. Dejé de hacerlo para hacerme más responsable de lo que me toca a mí en el universo y para que las letras sean más emotivas, más sinceras, más profundas y más generosas. Porque si bien funciona que uno se victimice, se es un poco mezquino con el mundo, porque no se contribuye a que la gente pueda hacerse responsable de su vida. ¿Y eso qué significa? Sometimiento, que los podés gobernar fácilmente. De alguna manera, cuando te victimizás considerás que el otro es el culpable de lo que te pasa, y no vos, y que vos no podés hacer nada. Cuidado con eso.

¿Creés que las canciones tienen que dar un mensaje?

-No necesariamente. Dar un mensaje me parece muy pretencioso, soberbio, omnipotente. Hay que ser generoso con lo que uno piensa y siente, y expresarlo. Con eso es suficiente. Eso, en sí mismo, para mí es un buen mensaje.

¿El cambio de dejar las drogas más duras tiene algo que ver con tu mudanza a La Paloma y al devenir de una etapa más tranquila?

-No pasa por ahí. Fue un período. Yo no dejé nada. Toda mi vida voy a ser adicto, alcohólico, mujeriego, gordo, estúpido, celoso. Esas cosas no las voy a abandonar hasta el día que me muera, solamente que ahora no tienen un espacio tan preponderante en mi vida, no tienen el lugar que tenían. Fueron corridas de lugar: continúo en un mismo viaje, sabiendo perfectamente que no puedo subestimar esas fuerzas, porque están en mí. Y si digo: “Yo dejé esto”, mañana estoy tomando.

¿Por qué te mudaste a La Paloma?

-Por una necesidad de estar mejor.

Pienso en el invierno en La Paloma...

-Te querés matar. A mí me daban ganas de llorar, me deprimía por no saber qué hacer con mi vida, no tener qué hacer con mi vida, con qué divertirme, ni nada afuera que me pudiera distraer. Se terminaron las distracciones para mí. Tuve que empezar a conectarme con mi... con la distorsión que tenía en el oído: el silencio me aturdía, ponía sonidos para equiparar mi aturdimiento interno. Tuve que empezar a disfrutar de mí mismo, a disfrutar de unos mates haciendo canciones y de ir a la playa a nada. La Paloma fue muy interesante para empezar a volver a mí.

¿Has hecho terapia para contrarrestar esa depresión?

-Sí, más que para contrarrestar, para descubrirme. Hice muchas cosas: rituales de ayahuasca, constelaciones familiares...

¿Piraste con la ayahuasca?

-No, no pirás, ves lo pirado que estás. Se expresa tu locura.

Yendo a cosas más terrenales: creo que fue en el Pilsen Rock de 2007 que hablaste en contra de las famosas papeleras, y el público te abucheó; supongo que seguís con la misma postura.

-Por supuesto, y los que me abuchearon ahora están de mi lado. Menos los que trabajan en las papeleras en Fray Bentos, que viven de ellas, todos los demás no las quieren ver.

Entonces, ni te pregunto por el proyecto Aratirí y el puerto de aguas profundas que se instalaría en Rocha...

-Espero que eso no ocurra, porque va a transformar la cultura del lugar, y si hay algo democrático y generoso en un país, es el turismo. Si eso atenta contra el turismo, se le va a quitar a la gente la cultura que tiene de muchos años de vivir del turismo, que es uno de los negocios más importantes de Uruguay. Yo pelearía para que Uruguay sea un lugar que albergue a la gente para que la venga a pasar bien, y eso va a mover los restaurantes, los alquileres, la compra de tierras, todo; y abandonaría la idea de una cosa a esa escala, que solamente va a beneficiar a las corporaciones. Sin tener un discurso ecologista -que lo tengo, por la catástrofe ambiental que puede llegar a traer-, lo veo como un problema más cultural y económico, y luego, también ecológico. O sea, no se sostiene desde ningún lado. Lo que le pediría a la gente que piensa que eso está bueno es que visite los puertos de aguas profundas que existen en todo el mundo, y que vea lo que ocurre alrededor de ellos; que vayan y vean lo que ocurre al lado de los puertos de Bahía Blanca, Quequén, Comodoro Rivadavia, Ushuaia -los cuatro grandes puertos de aguas profundas que tiene Argentina- y se fijen a ver si les interesa esa forma de vida. Que vayan a los de Europa, al de Barcelona, por ejemplo, y se pregunten: “¿Yo quiero esto para mi país?”. Que vayan al que hay en Bilbao... miseria, putrefacción, prostíbulos, droga, gente borracha... Para el que le interesa eso está buenísimo, para mí tan mal no estaría, pero destruye el ecosistema del lugar, culturalmente lo transforma para siempre, lo hace feo. Los puertos de aguas profundas son feos.

Hace pocas semanas estuviste en el candelero porque el diario Clarín sacó de contexto una analogía que hiciste sobre Andrés Calamaro en una entrevista y, según el título, quedó que decías que Calamaro “es una niña de Barrio Norte”.

-Son unos hijos de puta. Por suerte, vos sos un tipo inteligente y viste la analogía, y Andrés también la vio: pudimos charlarlo personalmente y está todo bien.

¿Ya has sufrido que te saquen de contexto?

-Sí, Clarín se dedica a sacar frases de contexto y utilizarlas para su propio beneficio. La verdad, no quiero que me utilice más. Me enojé con el periodista y con el diario, me enojé públicamente. Les dije: “Si tienen ganas de destruir a la presidenta, pongan una tapa que diga: ‘Queremos derrocar a la presidenta Cristina de Kirchner’, sean honestos, por favor, pero no me utilicen a mí para eso”.

Al final, ¿qué pasó con Calamaro cuando le “prestaste” la banda?

-Fue un intercambio. Él formó parte de esa historia. Estaba mal y necesitaba gente que lo contenga; nosotros hicimos eso. Para mí fue un rédito personal, porque cualquier ser humano que pueda ayudar a un artista así tiene que sentirse muy bien consigo mismo. Que me haya dado la posibilidad de dejarse ayudar por mí fue algo muy groso para mí. Creo que el intercambio está saldado. Fue una experiencia de vida para los dos y nos benefició personalmente a ambos. Si querés preguntarle en qué lo benefició, te lo dirá. Yo te digo que me benefició porque me di cuenta de que soy una persona generosa y que puedo ayudar, que puedo darle una mano a alguien que lo necesita.

Pero no fue por eso que te fuiste de Bersuit...

-No, eso es una pintura de un cuadro de situación. Fue una experiencia que tuvimos todos juntos.

¿Cómo te cae que tus ex compañeros sigan manteniendo el nombre Bersuit Vergarabat?

-A mí no me copa, pero tengo que reconocer que fui omnipotente y culposo al darles el nombre a los chicos, porque ellos me dijeron que necesitaban ese nombre para seguir trabajando. Yo los subestimé, porque lo que les tendría que haber dicho era: “Bueno, si necesitan trabajar, háganlo, pero Bersuit somos todos, no son ustedes sin mí, es absurdo”. Tendría que haber defendido más esa historia, pero no lo hice, y en ese sentido, le pido perdón a la gente.

¿El nombre lo inventaste vos? ¿Qué significa?

-Sí, a los 15 años. Yo era dadaísta, sin saberlo, y a cada cosa le ponía un nombre. Tenía un lenguaje nuevo que había inventado, que para mí tenía más que ver con la emoción, con lo que emotivamente me decía cada cosa, que con la cosa en sí. “Bersuit Vergarabat” era cuando estaba enojado. De alguna manera, ese enojo, ¡Bersuit Vergarabat!, fue el que le dio el impulso a la banda cuando empezó.

¿Cómo ves la movida actual del rock argentino? Porque, por ejemplo, la banda que más convoca ahora allá es No Te Va Gustar, que es uruguaya. ¿Está caído el rock argentino?

-No está caído, está aletargado. No Te Va Gustar es una banda a la que admiro desde el punto de vista empresarial, del marketing y de la profesionalidad; creo que en esos tres ámbitos es excelente, pero artísticamente me dice muy poco. Sus letras son siempre victimizaciones, muy adolescentes, que pueden influir mucho en la adolescencia, pero son letras sin larga vida, letras cortas; son historias que para mí no son para nada interesantes. Por eso no la tengo en cuenta como una banda influyente desde el punto de vista artístico. No me confundo en ese sentido.

En La Plata metieron como 100.000 personas hace unos días.

-Aunque metan 100 millones de personas. Porque si tengo que medir por convocatoria en los eventos humanos, diría que [Adolf] Hitler era genial: metía ocho millones de personas cada vez que hablaba. Vamos a hablar de arte. La influencia más interesante la veo, por ejemplo, en [Fernando] Santullo, que me encanta lo que hace; El Cuarteto de Nos me parece maravilloso; Jaime Roos, [Ruben] Rada, Fernando Cabrera; [Jorge] Drexler me parece finísimo, un gran artista. También me encanta lo que hacen [Martín] Buscaglia, y Agarrate Catalina con Tabaré [Cardozo]. Me parecen mucho más interesantes para el mapa artístico influyente que No Te Va Gustar.

Pero me refería al rock argentino actual.

-Me gusta mucho Tan Biónica... todavía le falta un montón, pero es un pibe emotivo, punzante, provocador. Me gusta Ella es tan Cargosa... y no mucho más. No considero que esas bandas estén a la altura de lo que fue el movimiento del 80 y del 90 en Argentina; no se puede ni comparar. Hay un deterioro en ese sentido. Pero, en mi opinión, no es porque las bandas nuevas no tengan talento ni cosas para contar. Voy a tomar las palabras de Jorge Drexler, en una charla que tuvimos hace muy poquito tiempo, porque pienso igual que él en ese sentido: están más preocupadas por el proyecto en sí que por la idea de mundo que están dando. Están más preocupadas por convocar, por hacer las cosas cuidadas, por sonar bien, por estar bien vestiditos, por decir exactamente lo que necesita la gente y no decir nada que pueda molestar a nadie, y por ser queridos por la mayor cantidad de gente. Cuando uno intenta afirmarse en la mirada del otro, en el afuera, pierde algo muy importante: ser uno mismo. Esos artistas de los 80 y de los 90 eran rebeldes porque eran ellos mismos, y eso tiene un costo muy grande: a veces te va muy bien, pero otras veces, la gente se te va a la mierda y no te quiere más. Son tipos que hicieron historia, no porque un día metieron gente y otro día dejaron de meterla, sino por lo que dijeron. Lo que les digo a los músicos ahora, cuando me vienen con un casete o lo que sea, y me hablan del proyecto: “No me interesa el proyecto, hermano”. “Yo quiero llenar una cancha”. “No me interesa, eso es superficial. ¿Qué tenés para contarme? ¿Qué tenés para decirme de vos? ¿Qué sos capaz de mostrarme? ¿Sos capaz de desnudarte, de suicidarte artísticamente? Si no sos capaz de hacerlo, no me interesa lo que hacés, porque sos un careta. Aunque te vaya muy bien y aunque metas mucha gente”.

Ya que mencionás otra vez la palabra “careta”, en algunas notas sobre vos he leído comentarios de lectores que te tratan de careta. ¿Por qué creés que lo dicen?

-Tendrías que preguntarle a la gente...

Pero ¿has escuchado eso?

-¿Eso? Que soy un sorete, un hijo de puta, un traidor, un ladrón, que lo único que me interesa es ganar plata, que vine a Uruguay a robarles a los uruguayos, que vine a sacarles la sangre a los músicos de Uruguay. ¿Querés que te haga la lista de las cosas que se dicen? ¿Y las historias que se cuentan y todo? Yo me cago de la risa. A mí todo eso me nutre, no me molesta.

Hace unos días hubo un homenaje a Gustavo Cerati en Televisión Pública Argentina. ¿Cómo te llevabas con él?

-Muy bien. Tuve algunos episodios con él, de estrella, en su momento, pero siempre lo admiré muchísimo.

¿No hubo una época en la que a él también lo trataban de careta?

-Por supuesto, el rock nacional siempre lo tomó como careta, porque consumía drogas y bardeaba, pero no hacía ostentación de eso para que la gente lo fuera a ver: él hacía arte para que la gente lo fuera a ver. Hay otros caretas que hacen ostentación de la merca que toman y del quilombo que hacen, porque no tienen arte para ofrecer, y eso es convocante también. Por eso no me gusta hablar de convocatoria, porque hay muchas cosas que convocan. En Argentina los muertos convocan... y mucho.

¿A qué te referís?

-A que si tenés un muerto en un concierto va a ir mucha más gente a verte. A eso me refiero. Está comprobado que muchas bandas crecieron sobre sus muertos. O sea, para que más o menos te des cuenta de la mentalidad, ¿no?

Es fuerte lo que decís.

-Es fuerte, pero es lo que ocurre. Que alguien se atreva a decir que no es así. Y cuando se muere un músico, puf, ¿más convocante que eso?

Eso suele suceder en todos lados.

-Pero en Argentina pasa eso con los muertos en el concierto. Y si te drogás, si te enfermás y entrás a una clínica de rehabilitación, cuando salís tenés cuatro veces más público que antes. Entonces, cuando hablamos de convocatoria hay que tener cuidado con eso. Ya te digo, hay muchas formas de convocar, pero, ¿quién se atrevió a convocar con su arte? Ése se llama Gustavo Cerati. Tomaba más merca que todos los que estaban ahí, hacía más bardo que todos y era más intenso que todos, pero nunca utilizó eso, al contrario: públicamente era un señorito. Nos tuvimos que dar cuenta después... Ahora, cuando todos se enteraron de cómo era en su vida privada, queda como levantada la condena que tuvo el rock con él, y ahora el rock lo quiere, porque se dieron cuenta de que era más bardero que muchos otros. Entonces, cuando pienso en esa estigmatización y en esa ideología rock, me rebelo. Realmente, me rebelo frente a eso. Nunca me interesó convocar gente por lo loco que soy.

Hablando de convocatorias, al principio, con La Caravana Mágica no gozaste de gran convocatoria.

-Nunca. Esto es nuevo. Por ejemplo, que La Trastienda ya esté llena... No me pasó eso con La Caravana en seis años. Al contrario, mucha gente pensó que cuando se terminó Bersuit me terminaba yo como artista, y que había traicionado a mis compañeros, entonces, la gente se cerró a escucharme. Hice cuatro discos, y ahora la gente los está escuchando y se da cuenta de lo que es La Caravana. Llegó el momento de mostrarlo, de disfrutarlo, porque la gente está explotando con las canciones de La Caravana, cuando antes no las escuchaba. Pero estoy acostumbrado, con la Bersuit también me pasó: escucharon “Mi caramelo” 20 años después de que salió.

¿Escuchaste los dos discos que editó Bersuit después de que te fuiste? ¿Qué te parecen?

-Que están bien, que son discos que responden a los autores que quedaron. Pero no tienen nada que ver con el espíritu, ni la magia, ni la fuerza, ni la irreverencia, ni nada de lo que era la Bersuit. Porque eso realmente se lo daba yo, porque soy el compositor del 80 y pico por ciento de las canciones, y de todas las canciones que la gente conoce. Entonces, no podés llamarte Bersuit y que te falte el compositor y cantante. Y el esfuerzo que tiene que hacer Dani [Suárez]... Es una locura para él tener que ocupar el lugar de otra persona. ¿Cómo hacés? No sé cómo se sometió a una cosa así y cómo los compañeros lo sometieron a una cosa así. Para mí es una locura lo que hace. En otro tipo de banda funciona; por ejemplo, en Rata Blanca, donde el compositor y el líder es el guitarrista, podés poner otro cantante, pero en una banda en la que el compositor y el líder es el cantante no podés poner otro cantante. Es como que Rata Blanca se siga llamando así sin [Walter] Giardino. ¿Me entendés? Entonces, es muy complicado. Pero, bueno, ellos me pidieron eso, les di el nombre y todo, y a mí me parece que Bersuit quedó ahí, en la historia, en lo que fuimos todos juntos.

¿La gente en la calle te sigue preguntando cuándo volvés a la Bersuit?

-Muy pocos, porque cada vez se está convenciendo más de que esto es de verdad, que es en serio y que también le gusta.

¿Te molesta que te lo pregunten?

-No, la verdad que no. Creo que es una ilusión de la gente. Algún amigo me dijo: “Tenés que volver, boludo, con los chicos”, y yo le dije: “El día que vos vuelvas con tu ex mujer”. “Ah, entonces no, seguí así”.