El Día de la Mujer fue motivo el sábado 8 de marzo de actividades con organizadores diversos, centradas en la igualdad y las políticas públicas en materia de género. Durante todo el mes habrá instancias para discutir estos temas, que hoy trascienden largamente a sus impulsores en primera instancia: los movimientos feministas.

Los primeros en el mundo emergieron de la mano de las sufragistas, “cuando nace la democracia y el derecho al voto, las mujeres están excluidas, esto significa algo más que la mera exclusión, implica considerar que no son sujetos capaces de definir un proyecto colectivo”, sostiene Lilián Celiberti, coordinadora de Cotidiano Mujer.

En los sesenta hubo un resurgimiento del feminismo, denominado “La Segunda Ola”, que planteó nuevos temas de debate. “Ya no interesaba sólo el derecho al voto, sino temas que tienen que ver con la sexualidad, las relaciones de pareja, el cuidado de los hijos, el planteo de que una democracia que se reduce a pensar sólo el ámbito de lo público, deja afuera a la mitad de la población”, explica Celiberti, quien fue protagonista del resonado episodio “el secuestro de los uruguayos" en épocas en las que operaba el Plan Cóndor.

Feminismos y estereotipos

“Cuando digo que soy feminista, enseguida tengo que aclarar que no soy lesbiana, que no odio a los hombres, que quiero tener hijos y me depilo” dice Florencia con una sonrisa.

“Hay estereotipos que van cambiando en la medida que cada vez más mujeres de distintos espacios se autodenominan feministas” dice Celiberti y afirma que a menudo se tilda al feminismo de radical por "cuestionar en todo momento una cultura hegemónica machista. Te ubican como radical porque cuando se hace un chiste homofóbico o sexista no te callás”.

Carmen Beramendi, coordinadora del Diploma en Género y Políticas de Igualdad en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, explica que “hoy se habla de feminismos, en plural, ya que hay múltiples maneras de definirse feminista”. El concepto unificador es “el carácter transformador de las relaciones desiguales entre hombres y mujeres en términos de poder y la búsqueda de la igualdad”.

Aunque el feminismo implique igualdad, en el imaginario colectivo a menudo se identifica como una contracara del machismo. En su afán de aclarar la terminología, Beramendi, quizá más conocida por su trayectoria sindical que por su perfil académico, señala que “el machismo es una ideología dominante que tiene como centro social al hombre y que busca la dominación de éstos sobre las mujeres, mientras que el feminismo no busca la dominación”.

A diferencia de Cotidiano Mujer, que surgió hace casi treinta años y encauza gran parte del movimiento feminista en Uruguay, Minervas es un pequeño colectivo formado recientemente por mujeres de otros espacios de militancia, como la actividad estudiantil o sindical. Una de sus integrantes, Alicia Migliaro, sostiene que “el feminismo despierta mucho miedo, enseguida se lo tacha de extremista". Migliaro, psicóloga y docente en la Facultad de Psicología, afirma que “se asocia el feminismo con un hembrismo, con una defensa a ultranza de la mujer, que no es lo que nosotros planteamos. Lo que planteamos es igualdad, una equidad que supone asumir que somos diferentes varones y mujeres”.

“En el primer encuentro (feminista) que fui, en San Bernardo, éramos más de 3.000 mujeres latinoamericanas. Cuando comentaba a los comerciantes del lugar que venía del encuentro, me preguntaban con asombro: ‘¿pero son 3.000 lesbianas?’ ”cuenta Beramendi y explica que “muchas veces la vertiente de feministas que viene desde el movimiento lésbico, ha sido muy identificada con la totalidad del feminismo”.

“Una cuestión vinculada con la homofobia hace que se identifique el feminismo con el concepto equivocado de que es un movimiento en contra de los hombres”. En este orden remarca que el feminismo es contrario a “la ideología patriarcal machista, que no es sólo patrimonio de los varones, sino de muchas mujeres que también son portadoras de esta cultura”.

A lo largo de la historia han convivido en el feminismo distintas posturas que han hecho de él un pensamiento heterogéneo. Como todo movimiento, alberga una perspectiva más extrema, el “esencialismo”. Según Beramendi (que no es esencialista), “esta visión considera a las mujeres, sólo por el mero hecho de serlo, mejores que los varones”. Esta mirada, asociada popularmente con el espíritu del feminismo, se aleja bastante del planteo de las entrevistadas que encuentran en él un ánimo de igualdad.

Algo más que un reclamo

Celiberti sostiene que “definirse feminista no es sólo una cuestión reivindicativa, es una manera de vivir, o de pensar el mundo”. “El feminismo es abrir otra trinchera más desde donde dar batalla a algunas cosas. A la desigualdad de clases que promueve el sistema capitalista, en el caso de las mujeres se suma otra dominación más invisible, más cotidiana, que es la de los varones desde el sistema patriarcal”, dice Migliaro.

Las entrevistadas valoran que la discriminación relativa al género en Uruguay se refleja en cuatro dimensiones: el cuerpo, el acceso a los espacios de toma de decisión y cargos de poder, la división de tareas y la violencia doméstica.

Sobre la primera, Beramendi señala que “los cuerpos son mirados como objetos y propiedad de los hombres” y Celiberti que “basta recorrer un poco las calles de Montevideo yendo detrás de una chica joven y ver cómo no hay quién no se meta”. Explica que este comportamiento naturalizado y a veces ingenuo “significa una apropiación del cuerpo, no solo física, sino del espacio público, y se relaciona con que el hombre tiene que demostrar su poder y fuerza en todo momento”.

En relación a la participación política, Beatriz Ramírez, directora del Instituto Nacional de las Mujeres, señala que “un país como el nuestro, que tiene una representación de 14% de mujeres en el parlamento y que tuvo que aprobar una cuota para tratar de equiparar, tiene importantes sesgos de discriminación. No hay motivos para que las mujeres estén fuera de los espacios de decisión, teniendo en cuenta que están capacitadas y que Uruguay tiene un nivel terciario mayor de mujeres que de hombres”.

A las palabras de Ramírez se suman los debates actuales que suscita la Ley de Cuotas, las trampas y resistencias que denuncian las políticas de todos los partidos delatan un sistema dominado por hombres poco dispuestos a ceder. Celiberti afirma que la situación no sólo se da en la política, sino “a nivel sindical y en las cámaras empresariales”.

Con respecto a las relaciones de pareja, indica que “la crianza de los hijos y las tareas del cuidado están naturalizadas como propias de las mujeres, y mientras eso no cambie, seguirán teniendo obstáculos para la participación política”.

Tanto Celiberti como Beramendi coinciden en que la expresión máxima del machismo es la violencia doméstica. “La muerte de mujeres es el indicador más terrible, y la salida pasa también por construir una sociedad más igualitaria. En los lugares donde ha habido mayor igualdad y representación política de las mujeres, las muertes disminuyen”, dice Beramendi.

Qué pito tocan ellos

“Los varones tienen tremendamente condicionado su mundo, porque tal cosa o tal otra no se puede hacer porque es de mujeres. Ese condicionamiento genera masculinidades abusivas y violentas”, afirma Celiberti. Migliario coincide en que “los hombres también sufren el patriarcado” y manifiesta que “a los varones se le niega el derecho a la ternura y a la vulnerabilidad, a llorar, a jugar con un bebé. Si sos varón tenés que jugar con autitos, revólveres, jugar a que sos un campeón, un héroe”. 

“Recuerdo hablar con algunos compañeros que decían que las mujeres pueden construirse otro lugar en esta sociedad y a veces los hombres quedan presos de sus propios modelos de crianza”, agrega la psicóloga y explica que hay experiencias de colectivos de varones antipatriarcales, no es el caso de Uruguay, pero sí el de Argentina y Venezuela.

Rafael Sanseviero, quien ha investigado y escrito sobre temas como el aborto o la violencia contra las mujeres, y como diputado por el Frente Amplio (entre 1990 y 1995) presentó el primer proyecto de Ley de Salud Sexual y Reproductiva, afirma que los varones están “obligados a jugar determinados roles que van en detrimento de la libertad de las mujeres”.

"No es fácil que haya avances sustantivos en los derechos de las mujeres si no hay restricciones a los abusos de los hombres, abusos a los que estamos acostumbrados y sentimos como nuestros propios derechos”, concluye.