Esta novela, armada con 113 fragmentos que trazan las historias de un puñado de personajes y las coordenadas de un universo literario, fue presentada por su autor como la puesta en narrativa de ciertas ideas trabajadas originalmente en el ámbito de la poesía. El origen del término “Nocilla”, de paso, que remite a lo que en el Río de la Plata conocemos como “Nutella”, hay que rastrearlo hasta la canción “Nocilla ¡Qué merendilla!”, de la banda punkrock gallega Siniestro Total, que sin lugar a dudas ha de tenerse en cuenta a la hora de pensar en la generación de los nacidos en la segunda mitad de la década de 1960. Y, justamente, se habla de la “generación Nocilla” para referirse a cierto grupo de escritores españoles vinculados por una estética -de la que los libros de Fernández Mallo son acaso el más claro ejemplo- que podría empezar a caracterizarse haciendo alusión a elementos como un cambio en la manera de prestar atención a la cultura pop, al empleo de técnicas como el collage o reciclaje y a la fragmentación de la narrativa.

Después de la última entrega de la trilogía Nocilla, Agustín Fernández Mallo publicó un cover (“remake” en el título) de El hacedor, de Jorge Luis Borges, y de inmediato María Kodama, viuda del maestro argentino, logró que la editorial -Alfaguara- retirara de librerías la tirada del libro (del mismo modo Kodama intentó acusar de plagio al escritor argentino Pablo Katchadjian por su libro El aleph engordado, que preserva el texto original de Borges pero lo “engorda” con interpolaciones que diseñan nuevas avenidas de sentido). En cualquier caso, los vínculos entre las ideas de Borges y las coordenadas del proyecto (y la generación) Nocilla no son escasas ni, mucho menos, deleznables.

Sobre estos proyectos y su nueva novela, Limbo, hablamos con Agustín Fernández Mallo.

-Si bien no cabe hablar de una extensión o un desarrollo lineal de los libros que integraron el Proyecto Nocilla, hay cierta afinidad entre esos tres y Limbo

-Sí, lógicamente, esto es yo. Esto es mi narrativa. Pero claro, yo, después del Proyecto Nocilla, lo que quería era seguir investigando una poética. Y esa poética es un camino, y como todo camino se diferencia del paso anterior. Yo podría hacer 100 Nocillas más, pero eso ya no me interesa, ya lo he hecho. Con Limbo lo que me propuse es intentar hacer lo que yo realmente quería, con la mayor independencia posible. Es decir, intentar que no me contaminara el éxito del anterior. Porque creo que cuando te quedas repensando el éxito, lo que haces es anclarte, y eso no te deja progresar. De modo que dejé que sencillamente pasara el tiempo y empezara a aparecer alguna historia. Entonces, en el verano de 2011, en Guatemala, haciendo promoción de no sé qué libro, me encuentro un Nuevo Testamento en la mesilla de noche del hotel. Cuando me pongo a pensar, me doy cuenta de que el Nuevo Testamento es un libro modernísimo en cuanto a estructura, que lo puedes abrir en cualquier parte y leer. Que es una especie de remake de la vida de una persona que fue Jesucristo. Me di cuenta de esto y me dije: “Tengo que escribir algo acerca de esto en el formato que sea, algún día”. Esa misma noche ya estaba escribiendo la primera historia de Limbo.

-En esa historia hay un escritor que, justamente, tiene esa epifanía con el Nuevo Testamento, la desarrolla y expande y, después, casi como si fuera a consecuencia, se pone a componer música con un amigo. Finalmente termina grabando un disco en un castillo francés.

-Eso es algo que siempre me había apetecido: meter a músicos en un contexto con todo el peso de la historia, del clasicismo de algo que no tiene nada que ver con su cultura, como puede ser un castillo del siglo XVI.

-También vuelve a otras preocupaciones tuyas, la música pop, por ejemplo, que está muy presente en los libros de Nocilla.

-Sí, pero la verdad es que aquí lo que menos me interesaba era hablar de música. La música en verdad es una excusa para hablar del sonido. Es verdad que hay muchas novelas en las que aparecen canciones y música: yo mismo lo he hecho muchas veces. Pero que el sonido sea un personaje no es tan habitual.

-En Limbo hay un juego metanarrativo más fuerte o más marcado que el de los libros de Nocilla. Por ejemplo, en Nocilla Lab hay una historieta, y eso hace otro nivel en la ficción. Pero acá las historias, de alguna manera, se niegan entre sí y uno nunca sabe cuál es real en relación con la otra. Ese efecto es mucho más marcado, me parece, que otras cosas que habías hecho en el Proyecto Nocilla.

-Eso sí, hay una sensación de irrealidad, hay una duda acerca de la realidad. Y está la última parte del libro, el “informe”, que aporta otras visiones de la misma historia, visiones que involucran a personas que los personajes del libro no tuvieron cómo conocer. Porque quería dar a entender que la construcción del yo, de la identidad contemporánea, ya no es sólo el yo, sino que es más bien una red de identidades, como si te separaras, como si hicieras un zoom en Google Maps y te fueras distanciando, pero en vez de mapas es información. Hoy en día, nuestra identidad no está clara; hay un solapamiento de informaciones, de modo que nuestra identidad está creada por algo que está ahí fuera, que nos está citando, que no sabemos dónde está. Y además no hay nadie a quien apelar, no es como antes, el Ojo de Dios que todo lo ve. Porque es un solapamiento de muchas informaciones lo que conforma una pequeña red para ti, y me parecía vertiginosa esa idea de que hay algo ahí fuera que también nos está construyendo la identidad, pero que eso, sea lo que sea, no es consciente ni lo somos nosotros.

-¿Es como si plantearas un nivel transindividual al que los individuos no pueden tener acceso alguno pero que, de todas formas, conforma o formatea sus historias?

-Eso es. Y no lo hago, ojo que esto es interesante y quiero recalcarlo, no lo hago como una crítica porque me parezca mal la situación, la información que hay ahí fuera; no, más bien lo digo como una consecuencia irremediable de un mundo hiperconectado.

-Y eso, entonces, permitiría una postura diferente a la hora de narrar, de elaborar una peripecia.

-Claro. Lo que me interesó hacer en Limbo fue justamente crear una mirada que no fuera ni surrealista, ni absurda, ni onírica, ni psicodélica. Pensé más bien en girar la realidad un grado, dos grados, un desplazamiento muy ligero, abrir un intersticio y ver. A mí no me interesa tanto la literatura que cuenta cuentos; me entusiasma más bien pensar ciertos temas, como lo que te decía: ¿qué pasa si desplazamos las cosas un poco, si hacemos ese desplazamiento tan ligero? ¿Cómo se verán las cosas desde esa perspectiva? Es pensar en una investigación de la realidad.

-¿Podés expandir lo que entendés sobre “investigar la realidad”?

-Bueno, a mí siempre me preguntan qué hago, si escribo realismo, si escribo algo fantástico, ciencia ficción, realismo mágico… y yo siempre digo que no hago ninguna de esas cosas, que hago realismo complejo; hablar de la realidad, sin duda, pero ya nuestra realidad es diferente de la del siglo XX, ahora hay otra complejidad en nuestra cotidianidad. No se puede ser realista hoy como hace un siglo.

-Entonces vos intentás crear un realismo nuevo, un realismo del siglo XXI, que dé cuenta de los cambios tecnológicos, y lo llamás “realismo complejo”.

-Es que nuestra realidad está compuesta por redes, y no sólo me refiero a Internet, sino a redes de toda clase, conexiones, complejidad. Para mí el realismo hoy tiene que dar cuenta de eso. Por eso me interesa hacer un realismo desde el punto de vista de la complejidad.

¿Qué pasa ahora, en 2014, cinco o seis años más tarde del momento en que se empezó a hablar de la “generación Nocilla”? ¿Cómo te ves vos hoy en relación con ese grupo, con lo que los integrantes de ese grupo siguen haciendo?

-Yo lo veo igual que antes: hay una corriente narrativa diferente. Esa corriente ha modificado las formas de proceder de cierta literatura española, así que fue algo tremendamente positivo. Es más, se nota incluso una influencia en generaciones siguientes. Pero no me gusta dar nombres: siempre te vas a olvidar de alguno y te vas a arrepentir.