Desde que el uso de internet se instaló en nuestras vidas, aumentan en el mundo las polémicas sobre los derechos de autor (y en especial sobre su aspecto comercial), a medida que el avance de hábitos de consumo gratuito choca con los intereses de las editoriales y distribuidoras, y en muchos casos se vuelve incierto el futuro de los autores (que, aunque suelen ser puestos por delante en esos debates, rara vez son los principales beneficiarios de la comercialización de sus obras, lo cual no quiere decir que salgan ganando si no se paga por obtenerlas). Todo eso puede hacernos olvidar que las normas internacionales vigentes en la materia son bastante recientes en una perspectiva histórica, y surgieron recién cuando los avances de la producción a gran escala y el comercio internacional las hicieron necesarias para los intermediarios.

En 1886, cuando se aprobó el Convenio de Berna para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas, que estableció bases para la concepción contemporánea de esos derechos, una protección durante 50 años podía parecer razonablemente prolongada, pero desde entonces los avances tecnológicos han multiplicado las posibilidades de fabricar y vender a escala internacional toda clase de productos, incluyendo por supuesto a los de la industria cultural y del entretenimiento, de modo que las grandes transnacionales del sector no sólo batallan contra “la piratería” (que crece por los mismos avances tecnológicos), sino también por la máxima extensión posible de los plazos durante los que pueden lucrar con su mercadería, antes de que las obras pasen al “dominio público”. Algunos ejemplos son elocuentes.

En 1976, Estados Unidos aprobó una extensión del copyright, que antes permanecía durante toda la vida del autor más 50 años, llevándolo a 20 años más. Esa norma es conocida como la “Ley de protección de Mickey Mouse”, porque permitió que la gigantesca compañía Disney pateara hacia adelante el momento en que debería dejar de ganar dinero con su famoso ratoncito. Sin embargo, casi 30 años después la corporación sigue intentando no perder jamás esa mina de oro, y uno de los procedimientos a los que ha recurrido es el de alegar que si bien los cortos podrían ser copiados en algún momento sin que se le pague a Disney, el personaje en sí es una marca registrada, de modo que no se puede utilizar en forma gratuita.

Otra muestra de ingenio de los abogados de las corporaciones, más reciente y en el terreno de la industria discográfica, ha sido la edición, por parte de Sony y solamente para la Unión Europea, de cientos de grabaciones de Bob Dylan que poseía pero que nunca había lanzado al mercado, al solo efecto de evitar que, en aplicación de las normas de ese bloque, pasaran al dominio público. El truco fue que se trató de ediciones sumamente precarias (en CD-R, con una portada espantosa) y con tiradas de sólo un centenar de copias en cada caso, lo cual casi equivale a que no se hubiera editado el material, y le permite a Sony Music mantenerlo bajo control por si en algún momento quiere sacarle réditos.

Un caso de este año, más delicado porque no afecta sólo intereses comerciales, es el del famoso Diario de Ana Frank. Si se cuenta el plazo de 70 años de protección a partir de la muerte en 1945 de esa desdichada e inspiradora muchachita, en el campo de concentración nazi de Bergen-Belsen, el Diario debería pasar al dominio público el 1º de enero de 2016, pero los abogados de la Fundación que lleva el nombre de Ana y que creó su padre, Otto Frank, sostienen que, como éste modificó el texto escrito por su hija, combinando pasajes de dos versiones sucesivas y suprimiendo algunas partes, se le debe considerar coautor de la obra, y por lo tanto los 70 años deben contarse a partir de la muerte de Otto, en 1980, o sea hasta 2050. Ocurre que la Fundación Ana Frank, además de administrar las ventas del libro y destinar lo recaudado a diversos proyectos pedagógicos, se ocupa de garantizar un uso respetuoso de lo relacionado con el Diario... y ha evitado, por ejemplo, que frases de éste se estampen en camisetas o jarras para el desayuno, y que se filmara una película de terror basada en la historia.