Pisoteando cada regla de la English politeness y descartando alevosamente la wittiness de sus textos, el inglés nacido en Checoslovaquia Tom Stoppard gritó a los cuatro vientos (así lo registró The Telegraph) que había sido necesario bajar el nivel de dificultad y referencias de su última pieza, The Hard Problem (El problema arduo, 2015), para que la platea pudiera entender su humor. “Es raro conectar con el público en un nivel más bajo del que uno quisiera”, dijo exasperado, y The Telegraph lo transcribió contento. “Se podría levantar un poco el nivel, pero se perdería un octavo de los espectadores. Tiene que ver con las referencias y las alusiones”, explicó, refiriéndose siempre a The Hard Problem, de la que tuvo que cambiar, en sucesivos preestrenos, tres veces una referencia para volverla cada vez más obvia y así digerible.

Como corresponde, el retrato que acompaña la nota en el diario británico muestra a un Stoppard serio y apesadumbrado, quizá arrepentido de haber esperado nueve años para estrenar un nuevo texto, desde el último Rock ’n’ Roll, y tras la espera no haber podido parar de hacer revisiones hasta obtener la gracia del público. Aunque tratándose de Stoppard, considerado uno de los mejores y el más erudito dramaturgo inglés viviente, es poco probable que las concesiones hechas al mercado (y al consumidor) sean tan netas como él percibe. Para empezar, porque no abjuró de sus veneradas temáticas científico-filosóficas ni de sus personajes y ambientes académicos (en este caso el tema es la conciencia y su cruce con los estudios médicos sobre el cerebro).

Otro Stoppard aparece en el programa de mano de la Arcadia que la Comedia Nacional estrenó la semana pasada, bajo la dirección de Jorge Denevi: su retrato es el único sonriente entre otros dos apesadumbrados (el del director y el de Lord Byron). La sonrisa del dramaturgo nos sitúa en los años 90, el tiempo de Arcadia, cuando sus enredos léxicos y lingüísticos, unidos a las citas literarias, los debates clasicismo/romanticismo y las disquisiciones científico-matemáticas (con)fluían armónicamente sin dejar (tan) afuera a la platea. O quizá tenga que ver con el papel de Arcadia en su carrera: fue la pieza que lo consagró como dramaturgo filosófico, además de exitoso. Incluso, podríamos pensar, haciendo un salto en el tiempo, que involucra la futura suerte de su obra total: las razones por las que él se volvió un clásico neo-wildeano, mientras los dramaturgos del In-yer-face theatre (Sarah Kane, Mark Ravenhill y otros) instalados, como pesadillas, en los cerebros del público de los 90, hoy se nos antojan superficiales y casi demodé, como señala al pasar un crítico de The Independent.

Como los retratos del programa de mano, Arcadia hace coexistir dos temporalidades en el mismo espacio físico: Sidley Park, una casa de campo inglesa en Derbyshire. La primera, entre 1809 y 1812, pone en escena a una familia aristocrática que se mueve en torno a Septimus Hodge, tutor y amigo de Lord Byron, que a la vez es interlocutor de la hija adolescente y precoz sobre matemática y física, amante de la madre y potencial difusor de los poemas mediocres del padre. La segunda, en los años 90, cuando académicos y escritores de varios campos se instalan en la misma casa para reconstruir discusiones, descubrimientos, amoríos y misterios. Y si Stoppard se pierde en disquisiciones pormenorizadas de personajes pasados y presentes sobre filosofía, literatura, matemática, paisajismo, historia, arquitectura (uso que le valió, en más de una ocasión, el epíteto de presuntuoso), es indudable que el dramaturgo opera un reposicionamiento, sutil y raro en el teatro contemporáneo, de motivaciones y estímulos. Por un lado, reposiciona las valencias del placer que, a nivel de la trama, de erótico se vuelve cognoscitivo, obsesión investigativa en los cuerpos de las dos mujeres protagonistas. Por otro, para el espectador, recoloca el humor, edificándolo sobre la discusión de ideas más o menos abstractas, las múltiples posibilidades del juego lingüístico y el regodeo con las citas intertextuales. Mecanismos que la traducción de Denevi supo preservar y que su puesta en escena resolvió con soltura, haciendo un casting preciso del elenco oficial (los personajes corresponden, milimétricamente, al physique du rôle de cada uno de los intérpretes) y un manejo exacto de cada aspecto del espectáculo: desde la elección de la escenografía, el vestuario y la peluquería suntuosos, pero contenidos, hasta la iluminación funcional, pasando por una música original atenta y adherente a los vaivenes temporales.

Vuelvo al comienzo: aunque es difícil anticipar si The Hard Problem será un problema para el público una vez llegado a Uruguay -es decir, cuánto de él dejará afuera o incluirá-, este estreno de Arcadia le propone la entrada en el juego a varios niveles, incluyéndolo y excluyéndolo según la estrategia empleada, como todo buen texto.