Hasta fin de mes, la artista Alejandra González Soca seguirá recopilando objetos, sonidos, tradiciones y recuerdos en general que cumplan con el requisito de haber pasado por al menos tres generaciones. “Cada pieza tiene una ficha, en la que le pido a la gente que ponga cómo llegó a sus manos y por qué la considera un legado. No es tampoco ‘tengo algo viejo y te lo traigo’”, explica. El legado invisible es una convocatoria en el marco de un proyecto mayor, Devenires de Hypomnema, que apunta a desentrañar qué caminos fueron tomando las representaciones históricas de lo femenino y cómo son expuestas por medio de la disciplina museística. Se trata de un juego de cajas chinas, puesto que los resultados compartirán un mismo espacio expositivo, en el Cabildo de Montevideo, de noviembre de 2015 a mayo de 2016. Con base en el acervo de la institución y en la lectura que la artista hace de él, quedará compuesta una instalación que permitirá acercarse a elementos materiales y costumbres -de 1850 a 1950- que hacen al ser nacional.

“Pensé que mucha gente me iba a traer fotocopias de libros, porque está la opción; no todo tiene que ser original tampoco, es un testimonio. Pero están llegando cosas que me quiero morir. Vamos a tener que armar vitrinas, porque son como pequeños tesoros”, contó González Soca. Vale aclarar que los aportes son en calidad de préstamo y que las consultas sobre formatos se reciben por medio del correo legadoinvisible@gmail.com.

La artista ha desarrollado una obra que trabaja sobre el paso del tiempo, lo textil y lo femenino. Ahora intentará generar una conexión entre figuras abstractas y mujeres reales. Esta nueva propuesta vuelve sobre el giro intimista que está copando las artes de diversos modos. “Escuchaba a una artista hablando de lo íntimo y de que lo subjetivo es un filo que hay que recorrer con cuidado. A veces ando trastabillando por ahí, porque tiene que haber algo lo suficientemente personal, pero también algo que aporte a lo social”, agrega.

Entre vestidos, libros de comunión, daguerrotipos, programas de mano y otros hallazgos, figura un recetario que una uruguaya le trajo de sus antepasados españoles, que incluye la preparación de un “flan de pobres y ricos”.

“Muchos me dicen que les encanta la propuesta, pero meterse no es tan fácil. Me gustaría que gente de distintas comunidades, afrodescendientes, por ejemplo, quisiera aportar desde otros lugares. Pero eso ha costado mucho. Nos cuestan los cortes transversales, poner en diálogo la diversidad. Creo que en este momento es útil mostrar toda esa riqueza de culturas y de formas de ver el mundo que trajeron y que estas mujeres transmitieron”, cuenta González Soca.

La búsqueda, por su propia naturaleza, es interminable. “Creo que va a haber un momento en que voluntariamente voy a decir ‘acá termino mi recolección’, y, como el llamado es un proyecto artístico, no museal, tengo la libertad después de jugar con esto. Obviamente [José Pedro] Barrán es una base, pero he encontrado, y me han llegado, por medio de relevamiento bibliográfico, distintos personajes, historiadores, sociólogos. La memoria es un foco importante, en tanto tiene que ver con el pasado, pero es como un presente que está activando un futuro también. Hay un tema de reconocimiento, de rever; por ejemplo, cuando me encuentro con un cuadro que pedí al Museo Histórico y que nos van a prestar, de Josefa Palacios, que pintó el Desembarco de los 33 20 años antes que [Juan Manuel] Blanes, pero que casi no es conocida. Es como reubicarnos en distintos espacios desde un lugar de construcción. Es decir, miren cómo conviven una tradición más de pasaje machista, con toda esa tendencia mucho más de cambio, y cómo eso dialoga y cómo es parte de nosotros”, concluye la artista.