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Cultura | Viernes 08 • Enero • 2016

David Bowie. Foto: s/d de Autor
David Bowie. Foto: s/d de Autor

Sonido y visión

David Bowie suma otro disco fascinante a una trayectoria que deslumbra.

La carrera de David Bowie (nacido David Jones en 1947) demoró en arrancar. De sus esfuerzos en los años 60 no hay mucho que rescatar más allá de la curiosidad de los fans más acérrimos, aunque fundó e integró no pocas bandas, y lanzó un álbum solista (David Bowie, de 1967), antes de obtener su primer éxito creativo y de público. Éste fue, por supuesto, la canción “Space Oddity”, inspirada por 2001: a Space Odyssey y oportunamente llevada a las disquerías cinco días después del lanzamiento del Apolo 11.

Pero esa conquista no se repitió de inmediato. Los álbumes Man of Words/Man of Music (1969, relanzado en 1972 como Space Oddity), The Man Who Sold the World (1970) y Hunky Dory (1971) no alcanzaron ventas significativas, aunque -en particular el último- sí logros estéticos, mostrando el talento -o al menos la promesa- de Bowie como compositor y cantante. Hunky Dory, de hecho, incluía canciones como “The Bewlay Brothers” y “Quicksand”, notoriamente por encima de todo lo que había compuesto antes, en un disco que retoma poco del sonido más orientado al hard rock y el blues del anterior, y abunda en cierto pop paradójicamente liviano y cargado de letras esotéricas. Acaso lo más importante es que Bowie asumía una diferente persona musical en la canción “Queen Bitch”, que suena a un minucioso pastiche de The Velvet Underground. Es posible que tuviera que aprender a representar a una estrella de rock para llegar a convertirse en una.

El álbum que sigue, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders from Mars (1972) marca su consagración definitiva e inaugura una de las sucesiones más vertiginosas de obras maestras en la historia del rock: hasta 1980 Bowie no para de ofrecer discos hermosísimos, que concentran tendencias marginales y diversas para potenciarlas a nuevos niveles, regalando de paso material a generaciones posteriores. Es una imagen simplista, pero resulta difícil evitarla: Bowie como un músico siempre “un paso adelante”, como quien vuelve del futuro para ofrecer sonidos diferentes, nuevos. Otra manera de narrar el proceso es que ha sido un atento receptor de sonidos aún no desarrollados en gran escala. En ese marco se puede pensar, por ejemplo, el uso del krautrock, la protoelectrónica y el ambient en la llamada Trilogía de Berlín, que incluye los álbumes Low (1977), “Heroes” (1977) y Lodger (1979), grabados junto a Brian Eno, o también la manera en que el glam rock de Ziggy… y Aladdin Sane (1973) fue un antecedente del punk, pero a su vez había sido “tomado” o “derivado” de trabajos de Marc Bolan e Iggy Pop.

Altibajos y silencio

En los 80 cabía preguntarse qué había pasado con el Bowie inmerso en el art rock, explorador musical y capaz de ofrecer sonidos que parecían venidos de otro planeta. Porque, si bien hizo algunos temas especialmente buenos (“This Is Not America”, por ejemplo, o “Absolute Begginers”), de 1983 a 1991 vivió su peor momento, para después empezar a repuntar.

En cierto sentido, ese repunte alcanzó su máximo hace 13 años, con Heathen (2002) y Reality (2003), considerados por la crítica -en especial el primero- trabajos “a la altura” de los de los años 70. Reality es más directo, inmediato y quizá menos ambicioso, grabado con la banda en vivo con la que Bowie se presentaba en aquellos años. Heathen, en cambio, atiende a otras texturas y paisajes sonoros, acaso más interesantes y logrados. Ambos resultaron a primera vista más satisfactorios que Hours (1999), Earthling (1997) e incluso 1.Outside (1995), que habría que revalorar en tanto es quizá el mejor de esa década. Sin embargo, que esos discos fueran mejores que los producidos de 1983 a 1991 no implicaba, por supuesto, que alcanzaran los niveles de calidad e impacto de su mejor discografía.

Luego Bowie pasó diez años sin hacer más que algunas colaboraciones en discos de otros músicos. Parecía que Reality iba a quedar como su último trabajo, y eso, de alguna manera, empezó a generar gusto a poco. Hasta que apareció The Next Day (2013), que superó a Heathen y a Reality, instalándose al nivel de, por ejemplo, Scary Monsters (And Super Creeps), de 1980. The Next Day revisitaba explícitamente la Trilogía de Berlín, al punto que su portada reproducía la de “Heroes” con un rectángulo blanco sobreimpreso en el que el título aparecía con una tipografía bastante anodina o “neutra” (una interesante postura con respecto al pasado personal, por cierto). Las letras hablaban de desolación, soledad y paisajes urbanos en ruinas o vaciados de significado, y el sonido parecía de pronto más espeso, más logrado, más significativo o más capaz de establecer un diálogo con el presente. Era una suerte de final para el “Bowie neoclásico” o, mejor, una manera de entender esa etapa más como la búsqueda de una expresión sólida y artesanalmente lograda que como la indagación en nuevos territorios. Un Bowie conservador, digamos, en oposición al “explorador” de los 70.

La cosa se puso aun más interesante al año siguiente, cuando apareció Nothing Has Changed, un compilado fácilmente postulable como el más completo y de mejor sonido en cuanto a remasterización, que abarca hasta los 60 en su versión de tres CD e incorpora -atención acá- un tema grabado especialmente para la ocasión, “Sue (Or in a Season Of Crime)”. Se podría decir que el efecto fue desorientador. Esa canción -con una base que parecía acercarse al free jazz, a una tentativa búsqueda atonal y con un trabajo vocal muy cercano a Scott Walker, una de las tantas influencias reconocidas y homenajeadas por Bowie- no se parecía a lo que había ofrecido The Next Day. ¿Una nueva dirección, o un experimento tan destinado a cerrarse sobre sí mismo como el industrialismo de 1.Outside Finalmente la respuesta apareció bajo la forma de un nuevo single y, ahora, de un nuevo álbum. Y no fue sencilla.

La resurrección de Lázaro

Es cierto que el disco deslumbra y que, por eso, convendría acaso esperar que ese primer efecto se asiente. Pero es difícil que el paso del tiempo desbanque a Blackstar (lanzado para el cumpleaños número 69 de Bowie) de lo mejor de su producción reciente. O de su producción, a secas. Se trata de un trabajo corto, al menos en comparación con los precedentes. Con sus 40 minutos (53 duraba The Next Day, 50 Reality, 52 Heathen), parece pensado para el vinilo, y de hecho la edición en LP ofrece una portada diferente, sugiriendo -al menos para los completistas- un esquema que requiere todos los formatos disponibles.

Una primera serie de escuchas parece confirmar ese acercamiento al vinilo (lo cual no sería extraño, ya que el formato preferido por los compradores de música “física” está regresando desde hace ya un tiempo del CD al LP, por razones que no vale la pena discutir acá pero que incluyen, sin duda, una revaloración del sonido analógico y, además, una atención al disco como objeto de interés estético), en tanto los primeros tres temas, comparados con los cuatro restantes, ofrecen algo así como un esquema de un lado A (iniciado por el tema que da nombre al disco y fue su primer sencillo y video) y un lado B (con temas más oscuros y menos evidentemente hits, pero también con un comienzo contundente para esa segunda mitad).

La primera canción del “lado A” es “Blackstar”, divulgada hace unos meses con un video especialmente ominoso en el que Bowie parece reunir a HP Lovecraft y a la imaginería visual de Guillermo del Toro con el expresionismo alemán y la serie Carnivale. Musicalmente no es menos desconcertante: tras una primera sección oscura y de ritmo insistente -con ciertos dejos tecno, y saxofones y flautas aportando a la atmósfera-, aparece un centro más luminoso y en tonos engañosamente mayores, que poco a poco va regresando al clima del comienzo. No se parece a nada o a casi nada en la discografía previa del artista, excepto, quizá, a algunos climas de los temas instrumentales de “Heroes” y a algunas secciones de Diamond Dogs (1974). La conexión con “Sue...” está ahí, pero no es especialmente abrumadora. De hecho, abriendo el “lado B” aparece una reversión de ese tema, más ligera en su base jazzera pero a la vez cercana al noise, como si hubiese sido producida por Sonic Youth (de hecho, estas diferencias recuerdan el trabajo al que había sido sometida, allá por 1997, la canción “I’m Afraid of Americans” para generar diferentes versiones compiladas en varios sencillos, de las cuales la más difundida -luego privilegiada en vivo- estuvo a cargo de Trent Reznor, de Nine Inch Nails).

Llama la atención también la reversión de “’Tis a Pity She Was a Whore”, que había sido el lado B de “Sue...” en un single, mezclada y ecualizada de manera completamente diferente y libre de efectos de sonido al comienzo.

Otra de las canciones centrales del disco es “Lazarus”, cuya melodía recuerda bastante a la del estribillo de “5:15 The Angels Are Gone” (de Heathen), aunque cantada sobre una base musical completamente diferente. “Lazarus” -que aparece además en un musical de Broadway compuesto hace pocos meses por Bowie- fue lanzada como sencillo en diciembre, y en su video podemos ver al mismo personaje que encontramos en el de “Blackstar”, con una suerte de venda anudada en su cabeza y dos botones en lugar de los ojos.

De las canciones que integran el “lado B”, acaso la más interesante sea “Girl Loves Me”, en la que el clima intrigante y oscuro del disco encuentra un momento especialmente intenso. Hay capas de sonido, pequeños detalles y ecos de las melodías cantadas anteriormente, formando un conjunto de gran complejidad.

Como en lo mejor de la discografía de Bowie, las canciones de Blackstar sorprenden por su mezcla (inusitada, impredecible, ecléctica) de influencias, y por el todo que forman esas partes rastreables en un conjunto vastísimo de bandas y estéticas. En ese sentido, el logro musical de este nuevo álbum está cerca de lo que en su momento significó la Trilogía de Berlín, lo cual evidentemente no es poco, en tanto hay cierto consenso con respecto a que Low y “Heroes” son de lo mejor de Bowie.

Es en ese sentido que vale la pena decir que Blackstar ya no sólo demuestra que Bowie puede hacer música “tan buena” como la de sus años de esplendor, sino también que quien supo ser Ziggy Stardust y el Duque Blanco sigue vivo, explorando y capaz de ofrecer, cuando le cuadra, música que fascina, sorprende e intriga. A lo mejor -¿quién sabe?- el Bowie septuagenario está comenzando una segunda era de esplendor, brindando a nuestro planeta Tierra música que, evidentemente, viene de una galaxia muy, muy lejana.


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