Los montes Apalaches son, si no la más importante cordillera montañosa de Estados Unidos, por lo menos la más mítica. Se extienden por 2.400 kilómetros desde Terranova hasta Alabama, fueron el primer accidente geográfico importante con el que se encontraron los pioneros ingleses y atraviesan los más antiguos y tradicionales estados de Estados Unidos. En sus altas colinas se generó una clase sociocultural y un personaje que -como el gaucho en estas tierras- es a la vez clase fundacional y eterno marginado de la cultura estadounidense: el hillbilly. Los hillbillies -término más bien peyorativo que hace referencia a su hábitat en las colinas- son esos personajes generalmente llamados “pajueranos” en las traducciones. Montañeses barbudos, con enteritos y pipas largas, que beben aguardiente en frascos y andan armados con escopetas que disparan a la menor oportunidad, los hillbillies nos han llegado más que nada por las versiones caricaturizadas y estereotipadas en los dibujos animados y las series humorísticas que reproducen el famoso enfrentamiento de décadas entre los Hatfield y los McCoys (figuras prácticamente arquetípicas de los hillbillies). Estas historias los presentan como personajes más bien brutales, que disparan al cielo permanentemente entre carcajadas y gritos, se llaman unos a otros “ma” o “pa” y frecuentan destilerías de moonshine -una clase de whisky ilegal y casero, con alta graduación de metanol y efectos notoriamente tóxicos-, propensas a estallar en forma graciosa. Todo acompañado con una banda sonora de country muy rápido y con un banjo galopante como timbre más reconocible.

Pero, por supuesto, la cultura apalachiana o hillbilly es bastante más compleja que estas caricaturas. Por ejemplo, entre los cultores de su música hay compositores tan maravillosos y elaborados como Hank Williams, Will Oldham y Gillian Welch. De hecho, hillbilly era el término con que se conocía (antes de que pasara a ser considerado ofensivo) toda la música folclórica de la que proviene el country & western. Los dos grandes prejuicios de los que tradicionalmente han sido objeto son bastante parecidos a los que sufren todos los habitantes rurales de los países industrializados y con grandes centros urbanos. Especialmente si son, por comparación, pobres, como es el caso general de los campesinos apalachianos, que constituyen el grueso original de lo que también se conoce como white trash o trailer trash, es decir, el blanco de origen anglosajón que vive en condiciones de extrema pobreza, en parques de casas rodantes o cabañas perdidas en la naturaleza.

Algunos de estos últimos se han caracterizado particularmente -sobre todo a causa del aislamiento montañés en el que viven- por conservar sus estructuras de clan, provenientes de sus antepasados escoceses e irlandeses, y por vivir en forma más bien marginal a la civilización (especialmente de ese fundamento del sistema estadounidense que es el pago de impuestos), dedicados a fabricar metanfetaminas o licores igualmente tóxicos en sus inaccesibles laboratorios y alambiques de las alturas. Sobre estos hillbillies -o su versión exagerada- trata la serie del canal WGN America recientemente estrenada en Estados Unidos que acaba de comenzar un ciclo de 13 episodios: Outsiders.

Los hombres peludos de las montañas

WGN es un canal de casi cuatro décadas de existencia, pero recién hace unos años comenzó a producir programación de ficción original (antes se limitaba a reemitir programas de otras cadenas y a producir noticieros o programas deportivos). Outsiders es su tercera incursión en la televisión de ficción, luego de la despareja y gótica Salem y la semihistórica y elogiada Manhattan, que no trata del principal distrito de Nueva York, sino del proyecto de desarrollo de armas nucleares del mismo nombre. Outsiders es posiblemente el más ambicioso de sus proyectos. Por lo pronto, incluye en su elenco a una gran estrella, el grandote David Morse (uno de los mejores actores de reparto de las últimas décadas), quien ocupa el rol de Big Foster, el jefe de los Farrell, un porfiado y aguerrido clan de montañeses que se encuentran enfrentados a un proyecto de inversión decidido a expulsarlos de sus tierras por las buenas o por las malas.

Aunque la serie se plantea en términos de montañeses pobres contra corporaciones ricas y despiadadas, el asunto no es para nada maniqueo. Por el contrario, si a algo recuerda (y mucho) Outsiders es a la recientemente concluida serie Sons of Anarchy (2008-2014). Aquella creación de un experto en ambigüedades morales como Kurt Sutter (quien generó una pequeña revolución televisiva con su serie sobre policías corruptos The Shield) presentaba a un club de motociclistas de California -claramente inspirados en los Hell Angels- en términos realistas, como un grupo de delincuentes (con una ligera fachada de legalidad) que operaban fuera de la ley pero ocasionalmente estaban motivados por razones perfectamente morales. En su premiere, Outsiders recuerda muchísimo a este esquema. Se trata también de un grupo de hombres melenudos, armados como para una guerra, tatuados y blancos -desde veinteañeros hasta cincuentones-, que coexisten por un pacto de no agresión con las autoridades policiales locales -a las que no obedecen ni desafían-, tienen sus propias reglas internas y son capaces de desplegar grados insólitos de violencia si es necesario. Al igual que Sons of Anarchy, este entorno eminentemente masculino está, sin embargo, dirigido por una matriarca (en disputa con el personaje de Morse, que es a la vez líder inspirador y villano de la serie, como el que interpretaba Ron Perlman en la saga de los motociclistas). También hay un heredero rebelde y, algo habitual en otras décadas pero que se ha vuelto poco frecuente en la actualidad, gira alrededor de personajes de una etnia tan definida y cerrada que ni siquiera hay personajes de cabello morocho.

A pesar de todas estas deudas evidentes, el comienzo de Outsiders se presenta atractivo (incluso más que los comienzos de Sons of Anarchy), bien narrado y con un ambiente exótico que fue descripto por uno de sus actores como “una mezcla entre Mad Max y La familia Ingalls”. En todo caso, y como prueba la foto que acompaña esta nota, es muy atractiva visualmente. Por ahora está tomando carrera como para desarrollar una historia que seguramente tenga matices épicos y abundante violencia. Tal vez no sean los valores ideales por los que recomendar algo, pero ya hablaremos de programas edificantes en otro momento.