No importa que hayan pasado ya décadas desde que Marvel Comics igualó y superó en popularidad, influencia cultural y número de creaciones a su competencia, la más antigua y tradicional DC Comics; hay algo que Marvel jamás logró y es tener un personaje del calibre de Batman, el Caballero de la Noche. Los demás (Superman, Flash, la Mujer Maravilla) siempre parecieron muy primarios, infantiles y unidimensionales en comparación con los de Marvel y sus pretensiones de presentar criaturas superpoderosas pero con psicologías y dudas humanas, siempre al borde del concepto de antihéroe más que del de superalgo; pero Batman tenía -o fue adquiriendo- un carisma y una personalidad (cada vez más oscura, a medida que la edad de los lectores de cómics iba en aumento) de un poder misterioso y torturado, que prácticamente ninguno de los supuestamente más complejos personajes de Marvel tuvo alguna vez. En virtud de esto se convirtió (lo que tiene su paradoja, ya que se trata de un personaje sin habilidades suprahumanas) en el mayor de los superhéroes (o superantihéroes) de la historia del cómic.

Aunque tiene sus evidentes diferencias, Daredevil -creado en 1964, en la asombrosa racha imaginativa en la que Stan Lee diseñó lo esencial de su universo de personajes- es lo más similar a Batman que Marvel consiguió pergeñar, aunque, por más que se trate de un personaje popular de su escudería, siempre estuvo varios pasos atrás de Spider-Man, Hulk o Iron Man, y no ocupó un lugar similar al central de Batman en DC. Sin embargo, las similitudes son también evidentes: ambos son vigilantes nocturnos, traumatizados por la muerte de seres queridos a manos de delincuentes (el padre y la madre en el caso de Batman, sólo el padre en el de Daredevil), entrenados por maestros de las artes marciales, propensos a balancearse colgando de cables sobre las calles y a caer sobre los malhechores, violentos pero con un código moral que les impide matar a ninguno de sus enemigos, ataviados en forma siniestra para inspirar miedo en sus adversarios (y ambos con máscaras cornadas o aparentemente cornadas) y sin habilidades de lucha que superen lo posible para un humano. Incluso el único superpoder del que Daredevil dispone -de relativamente menor importancia que en otros casos, porque compensa el déficit de su ceguera- es una especie de radar biológico que le permite percibir la ubicación de sus enemigos mejor que si los viera: justamente una capacidad calcada de los murciélagos, esos animalitos que inspiraron a Batman. Y por ahí se terminan los parecidos.

¿Para qué traer a cuenta las similitudes entre Daredevil y Batman, si de lo que se quiere hablar es exclusivamente de la segunda temporada de Marvel's Daredevil, estrenada hace escasos días en Netflix? Porque en muchos aspectos esta segunda temporada se asemeja considerablemente a la que por lo general se considera la mejor película de superhéroes que se haya realizado, la segunda sobre Batman filmada por Christopher Nolan (The Dark Knight, 2008), y, misteriosamente, consigue logros similares.

El diablo que brilla en la oscuridad

La primera temporada de Daredevil en Netflix había dejado a los fans de los cómics sorpresivamente satisfechos, especialmente a los más propensos a expresar su descontento, que son los adultos jóvenes, un público antes ignorado por las historietas de superhéroes pero que hoy en día constituye su principal mercado. Uno de los elementos bienvenidos era que, a diferencia de las series que DC estaba produciendo en los canales de cable, Netflix había decidido apuntar a ese público y aumentar las dosis de violencia, sexo y otros temas adultos más allá de lo recomendable para la infancia. No era una característica exclusiva de_ Daredevil_, sino de un megaproyecto de Netflix que incluye otras series de superhéroes urbanos de Marvel, como Luke Cage, Jessica Jones e Iron Fist, todas relacionadas entre sí y con Daredevil, con el objetivo futuro de hacer una miniserie sobre el grupo de superhéroes, como un Los Vengadores a menor escala, llamada The Defenders.

Es decir, una jugada con muchos movimientos a futuro, cuya pieza central es Daredevil, que en la primera temporada fue presentado como un héroe de bajo perfil -en relación con sus equivalentes cinematográficos como Thor o Iron Man- que se enfrentaba con criminales relativamente realistas bajo las reglas de un presupuesto de producción mucho menor que el de cualquiera de los tanques de la pantalla grande. Esa primera temporada se dedicó, con todo el tiempo del mundo, a construir el personaje de Matt Murdock/Daredevil (Charlie Cox), un abogado católico del barrio irlandés de Nueva York (Hell's Kitchen), que había quedado ciego de niño a causa de un accidente con unos productos químicos que, a la vez, agudizaron sus otros sentidos en forma sobrehumana. Esencialmente sólo había un villano (Vincent D'Onofrio interpretando a Kingpin, un mafioso hipersensible que, como es costumbre en estos productos, se robaba el programa) e, inaugurando una inteligente costumbre que Netflix continuaría en Jessica Jones y la segunda temporada de Daredevil, el héroe no era definido -ni siquiera en su uniforme- desde su primera aparición, sino que el público era testigo de cómo iba consolidándose de a poco, incluso en lo visual, con lo que se evitaba tirarlo al ruedo con una vestimenta inverosímil.

La segunda temporada de Daredevil cae de inmediato en lo que constituye casi una regla en las secuelas de las películas y series de superhéroes: asumir que más es más. Es decir, multiplicar personajes, villanos y efectos espectaculares para redoblar lo previo, algo que a veces sale bien, como en The Dark Knight o en el segundo film de Batman de Tim Burton, y otras veces no, como en Los Vengadores 2 o en la tercera película de Sam Raimi sobre Spider-Man. En esta ocasión puede decirse que fue una buena idea (aunque con algún reparo): las 13 horas en total que abarca la temporada entera son bastante tiempo como para que cada personaje tenga su espacio, y en este caso son muchos y muy poderosos. Sería caer en el spoil abierto mencionar a todos los villanos y aliados que surgen gradualmente en estos 13 episodios, pero alcanza con destacar al principal de ellos, que ya ha aparecido en todos los tráilers y es la figura más problemática del universo Marvel: Frank Castle, el vigilante conocido como The Punisher o “El Castigador”.

Detrás de la máscara

The Punisher es un personaje incómodo pero muy popular, y puede definirse como intrínsecamente fascista. Se trata de un ex militar brillante que, tras el asesinato de su familia por parte de un grupo mafioso, se convierte en un vigilante callejero que, haciendo de policía, juez, jurado y verdugo a la vez, mata a sangre fría (y a veces con grandes despliegues de crueldad) a todos los criminales con los que se cruza. Esto entra en estricta oposición con el código de “no matarás” de Daredevil, y The Punisher -que en los cómics es más que nada un antihéroe- aparece en la serie para ocupar el rol de villano, como antítesis y enemigo directo del humanitario abogado ciego. Sin embargo -y aquí las cosas empiezan a ponerse interesantes-, Daredevil también es un vigilante que define y aplica la ley por cuenta propia -en directa oposición con su trabajo de abogado cuando no lleva disfraz- y la serie, en lo que puede considerarse otro paralelismo con The Dark Knight, también plantea preguntas acerca de la auténtica relación de lo legal -o sea, del Derecho socialmente aceptado que se contrapone a los juicios individuales- con el concepto de justicia. Un Punisher único, más brutal y traumatizado que nunca (e interpretado a la perfección por el estupendo John Bernthal, un actor capaz de pasar de odioso a admirable en tres minutos), hace que, una vez más, el villano vuelva a robarse el show (por un rato, al menos, ya que luego la atención se trasladará hacia otro villano).

Pero dejando de lado consideraciones filosóficas que superan los objetivos de la serie y tan sólo le dan un poco de relieve, la segunda temporada de Daredevil es un pandemonio de acción que, si no fuera por los disfraces, inscribiría a la serie en el género de los films de artes marciales, con luchas mucho más espectaculares que las de la temporada anterior y un grado de gore y violencia explícita pocas veces visto en la televisión (y nunca en una serie de superhéroes).

Ante todo, esta segunda temporada es una montaña rusa de violencia fantástica, sorpresas, situaciones humanamente ambiguas y hasta una cuota de ternura (aportada por Deborah Ann Woll, quien además de ser imposiblemente bella es una actriz de asombrosa expresividad y simpatía) que, para volver a nuestro paralelismo original, abre tanto el panorama del personaje y su entorno -y lo lleva tan arriba- como The Dark Knight lo hizo con Batman y sus villanos. Y al igual que la obra de Nolan, trae consigo muchos cables sueltos, dispersiones y desproporciones narrativas, que la vuelven una joya sumamente imperfecta, en ocasiones contradictoria e irritante, a veces difusa o directamente negativa en su brutal mensaje, otras veces simplemente ridícula. Pero es también, y hasta ahora, posiblemente la mejor serie de superhéroes que se haya producido. Esperemos a ver qué más tiene Netflix en la manga.