Mi primer libro de cine continúa la línea inaugurada con Mi primer libro de rock, de la misma autora y editorial (ver http://ladiaria.com.uy/UMi). En la reseña de aquella primera obra de Pato Segovia como autora integral, señalaba que surgía una duda respecto de su destinatario -si era el niño o el adulto que oficia como mediador de lectura-, y que ese problema se convertía en fortaleza, ya que daba lugar a la lectura compartida y al disfrute -también de a dos- a partir de ella. En el mismo saludable terreno limítrofe se sitúa Mi primer libro de cine, en el que Segovia homenajea a sus actores favoritos, en un juego de identidades que los pone en equivalencia con los personajes más representativos de su carrera.

La estructura, la estética y el diseño gráfico son similares a los del primer libro: cada doble página se dedica a un personaje (a excepción de un caso, que se lleva dos, lo que supone una toma de posición: además, de ella se dice que “en realidad, puede ser cualquier cosa que se proponga”); en cada página, sin excepción, se opta por los fondos blancos; los actores son nombrados por su nombre de pila, en una operación de acercamiento e intimidad que los presenta como amigos de la narradora o personas allegadas a ella; las ilustraciones son sencillas y se basan en pequeños detalles que apuntan a la identificación instantánea e indubitable.

Así, a partir de una pregunta inicial que oficia como disparador -“¿qué es ser un actor?”- respondida con dos definiciones paralelas y escuetas -“alguien que puede ser otras personas”; “alguien que puede ser otras cosas”- se suceden las presentaciones de Robert (de Niro), Natalie (Portman), Al (Pacino), Johnny (Depp), Uma (Thurman), Gérard (Depardieu), Marlon (Brando), Sigourney (Weaver), Meryl (Streep), Jack (Nicholson), Michelle (Pfeiffer), Jeff (Bridges) y Tom (Hanks), que conforman el canon de la autora, en el que resulta bastante transparente la pertenencia a una generación, la que ha disfrutado de las películas que se evocan.

Podría imputársele el absoluto predominio de actores de habla inglesa y estadounidenses (con la sola excepción de Depardieu), pero, tal como ocurría en Mi primer libro de rock, se trata de un homenaje personal de Segovia a su vínculo como espectadora con el cine y sus protagonistas, por lo cual resulta ocioso buscarle pretensiones abarcativas que no declara o achacarle que es caprichoso. Claro que lo es. También es una muestra pequeña y honesta de un arte que evidentemente apasiona a Segovia. Y contagia.

El resultado es un texto conciso y sugerente que bucea con humor en esa zona gris de la identidad y la máscara, con una estructura repetitiva ideal para los más chiquitos, pero está lleno de guiños que invitan también a los más grandes (ya sean niños o adultos). Fe de erratas: en la última página se invita a conocer más sobre los actores, personajes y películas que inspiraron el libro en un sitio web, pero la dirección que aparece es errónea; la correcta es http://topitoediciones.wixsite.com/topitoediciones (de todos modos, no es tan difícil llegar si se hace un esfuerzo, pero vaya el dato para que los impacientes no se sientan frustrados).

Vos sos un lobo bueno

El nombre de la colección, Érase dos veces, alude a una segunda oportunidad. El programa de intenciones es explícito: se trata de volver a los cuentos tradicionales infantiles de la cultura occidental, para reescribirlos desde una perspectiva diferente, “libres de sexismo, desigualdad y violencia”, según anuncia la editorial en su sitio web. Un elemento que nos hace poner en guardia a la primera ojeada es que cada libro está dedicado a mujeres que se destacaron en distintas áreas de las artes y el conocimiento pero no fueron reconocidas como merecían. En el caso de Caperucita, por ejemplo, se trata de la enorme María Moliner, y este es un detalle que, por supuesto, no me resultó indiferente (su Diccionario de uso del español es de consulta imprescindible para toda persona que se interese por el estudio de la lengua); no obstante, la explicitación de tantas buenas intenciones ajenas al hecho literario propiamente dicho resulta abrumadora y genera cierto resquemor. Desconfío. ¿Versiones políticamente correctas y descafeinadas de los sangrientos y catárticos cuentos tradicionales? No, gracias. Pero la tentación de abrir los libros puede más.

En efecto, a la redacción de la diaria llegaron las versiones de Caperucita y de Los tres cerditos de la editorial madrileña Cuatro Tuercas, que forman parte de la colección mencionada, compuesta hasta el momento por nueve títulos: también están Blancanieves, Cenicienta, La sirenita, La bella durmiente, Hansel y Gretel, Pinocho y La bella y la bestia (además, mediante crowdfunding, está en marcha una campaña para editar tres títulos más: La ratita presumida, Rapunzel y El patito feo). Provenientes de diversas colecciones (el grueso de los cuentos forma parte de la recopilación de los hermanos Johannes y Wilhelm Grimm y de la que en Francia hizo Charles Perrault, pero la lista también incluye un título de Hans Christian Andersen, otro de Carlo Collodi y otro de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve reescrito por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont), tienen en común que forman parte de un acervo reconocible y compartido, ya que se trata de historias que han formado parte de la niñez en los últimos dos siglos (más allá de que, en la segunda mitad del siglo XX, muchos de estos cuentos fueron llevados a versiones light y ajustadas a lo que desde ciertas concepciones se considera aceptable para los niños, proceso en el que perdieron buena parte de lo truculento y las zonas más oscuras). Por otra parte, en los últimos años han sido desplazados por otros relatos y personajes, y es bastante probable que numerosos niños de las nuevas generaciones desconozcan varios de ellos y sus personajes, o tengan sólo una vaga idea de las historias.

Hay abundante bibliografía -con el clásico Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1976), de Bruno Bettelheim, a la cabeza- sobre la importancia que tienen para el desarrollo del niño estos cuentos, con sus buenos y malos, sus brujas, ogros y detalles escabrosos, y su estructura básica en la que el bien triunfa para siempre sobre el mal. Aunque no es el propósito de esta reseña ahondar en el asunto, cito a Bettelheim: “El niño necesita que se le dé la oportunidad de comprenderse a sí mismo en este mundo complejo con el que tiene que aprender a enfrentarse, precisamente porque su vida, a menudo, le desconcierta. [...] En mis esfuerzos por llegar a comprender por qué dichas historias [los cuentos de hadas] tienen tanto éxito y enriquecen la vida interna del niño, me di cuenta de que estas, en un sentido mucho más profundo que cualquier otro material de lectura, empiezan, precisamente, allí donde se encuentra el niño, en su ser psicológico y emocional. Hablan de los fuertes impulsos internos de un modo que el niño puede comprender inconscientemente, y -sin quitar importancia a las graves luchas internas que comporta el crecimiento- ofrecen ejemplos de soluciones, temporales y permanentes, a las dificultades apremiantes”.

Hasta ahora, parecería que lo mejor sería evitar por todos los medios a estos dos libros y sus compañeros de colección, en la medida en que ofrecen versiones de los cuentos originales en las que operan una amortiguación del conflicto dramático y la eliminación de los elementos violentos que abundan en ellos: el lobo que acecha a los cerditos para comérselos y que finalmente es quemado, el lobo que come a Caperucita y al que luego el cazador le da muerte, entre otros. No parece haber malos en el universo Érase dos veces, y ese es su principal punto flaco. No obstante, las historias funcionan, en buena medida gracias a una edición cuidadísima, detallista, con una mirada muy atenta a los aspectos lingüísticos y con ilustraciones que dialogan de manera muy apropiada con el texto narrativo.

Lo que les otorga mayor fuerza a ambos relatos -exentos de malos a los que vencer- es el diálogo intertextual con sus respectivos originales. El elemento sorpresa, a la primera lectura, es el suspenso que surge de la inquietud de qué pasará si no ocurre lo que se supone que debería, según lo que se conoce por tradición. Junto al humor y a cierta ironía que les dan su tono particular a los cuentos, la pregunta sobre qué hará entonces el lobo o qué les pasará a los cerditos con sus respectivos hogares es el hilo conductor, con la anécdota original como telón de fondo y como una especie de guía de lectura. Y en cada vuelta de página resulta divertido encontrar la vuelta de tuerca. En definitiva, las historias que surgen son atractivas, aunque se hayan vuelto otras y seguramente no adquieran el peso dramático de sus antecesoras. Sin embargo, funcionan y tienen su encanto. Habrá que ver si los pequeños lectores se dejan seducir por unos hermanos cerdos con espíritu colaborativo a los que ayuda un lobo casi arquitecto, o por una Caperucita que conoce cada palmo del bosque y es engañada por una broma que le gastan, complotados, el lobo y la abuelita.

Libros

“Mi primer libro de cine”, de Pato Segovia. Topito, Montevideo, 2016. 36 páginas. “Érase dos veces. Caperucita”, de Belén Gaudes y Pablo Macías, con ilustraciones de Nacho de Marcos. Cuatro Tuercas, Madrid, 2016 (primera edición de 2013). 28 páginas. “Érase dos veces. Los tres cerditos”, de Belén Gaudes y Pablo Macías, con ilustraciones de Nacho de Marcos. Cuatro Tuercas, Madrid, 2015. 32 páginas.