Un hombre de estatura media, tal vez por debajo del promedio, camina por la ciudad. Lleva un transitar cansino, sereno, diría reflexivo. Parece desnorteado. Se detiene, busca el nombre de la calle, mira hacia arriba, mira hacia abajo. No anda nadie; es la hora a la que el sol achicharra cualquier intención. Sigue. Sin dirección alguna, va cortando calles, como improvisando. Se detiene nuevamente y apoya un par de bolsos bajo la sombra de un árbol flaco. Aparentemente, no tiene prisa. Llegó a la rambla costanera de Mercedes. No hay más nada que el silencio del río y el revelador encanto de lo nuevo. Continúa. Una cuadra adelante alguien lo mira. Lo desconoce, o tal vez ni lo conoce. El hombre de paso sereno le quita la vista con un gesto absolutamente humano: agachando su mirada con la vergüenza del forastero. Al segundo, su voz. “Disculpa, ¿la manzana 20 é pra lá?, dice. Le digo que sí, que voy para ahí. Seis cuadras bastaron para saber quién era, qué prueba de sonido iba a hacer junto con el grupo que integra y dónde íbamos a intentar juntarnos luego, de noche, después de su actuación en el escenario mayor, para seguir la charla y recrear los espíritus. Es jazz. Es Mercedes. Juntos son Jazz a la Calle. Un lugar en el mundo en donde todo pasa por la música. Es, sin dudas, el evento de más alto nivel musical del país.

Del 7 al 15 se celebró el 10º Encuentro Musical Jazz a la Calle. Fueron nueve días en los que se pudieron escuchar conjuntos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Estados Unidos y Uruguay, más allá de que también participaron hombres y mujeres de otras nacionalidades. Eso arriba, en el escenario, porque abajo, en los toques callejeros, pudo tocar cualquiera que contara con un instrumento -y ni tanto-, asistiera a alguna de las clínicas de música que se realizaron todos los días o se vinculara sin más. Se calcula que pasaron 150 músicos, pero me animo a decir que fueron muchos más. Lo dicen ellos, los organizadores, y no yo: "esto no es un festival, es un lugar donde los músicos vienen a encontrarse". Y se quedan cortos. Con todo respeto, Jazz a la Calle es una cosa de locos..

La utopía

Todo el mundo habló de todo, y cada cual hará el cuento que más le interese contar. Hubo tantos Jazz a la Calle como personas, y seguirá siendo así. Pero esta vez existió un tema repetido en cada conversación: en marzo arranca la carrera universitaria de jazz.

Federico Lazzarini es un músico argentino. Nació en Chañar Ladeado, provincia de Santa Fe, y vivió en Buenos Aires hasta 2015. En 2013 salió entre los elegidos por la organización para tocar en el Jazz a la Calle de ese año. El flechazo fue instantáneo. Luego de conocer Mercedes y la movida, sumado a que junto con su compañera planificaban formar una familia en un lugar que no fuera Buenos Aires y a la posibilidad de volcar su experiencia desde la docencia, Lazzarini decidió instalarse en 2015 a orillas del río Negro y al poco tiempo comenzó a dar clases en la escuela del Movimiento. Fue uno más de los tantos. Hace años se instalaron en Mercedes diez o 12 músicos de primer nivel nacional. No pasivamente, sino a vivir y volcar su experiencia trabajando. Un caldo de cultivo interesante.

Estar en el lugar indicado, a la hora señalada, y aprovechar las oportunidades con el conocimiento o las herramientas que se han adquirido -eso que algunos llaman suerte-: en 2015, la Universidad Tecnológica (Utec) invitó a Jazz a la Calle a crear una tecnicatura terciaria, y Lazzarini es el encargado de armar la currícula.

“La comisión del Movimiento Jazz a la Calle me lo propuso, lo evalué y decidí encararlo. En 2015 arrancamos con la fundamentación de la carrera, el diagnóstico, por qué llevarla adelante en Mercedes y cómo desarrollarla en el tiempo”, cuenta a la diaria el músico, y agrega que para armar la currícula consultó a colegas de Argentina, Brasil y Estados Unidos, y visitó varias instituciones de enseñanza de jazz. El plan de estudio elaborado fue aprobado por la Utec. La carrera que parió Mercedes se llamará Tecnólogo en Jazz y Música Creativa (por más información, visitar utec.edu.uy). Ayer venció el plazo de inscripción para los aspirantes a profesores y fue un éxito, por demanda y por nombres. Para el futuro alumnado las preinscripciones abrirán el 23 de enero y se extenderán hasta el 24 de febrero. La perspectiva es que la demanda sea grande. Nace una nueva oportunidad de desarrollo profesional de la música y también, en palabras de Lazzarini a colegas del diario Acción, de Mercedes, una oportunidad “de desarrollo sensible para la conformación de un colectivo social más cultivado musicalmente y con mayor apertura y sensibilidad hacia manifestaciones que hoy por hoy no son tan populares”. Sí. Y esta vez, descentralizada por fuerza propia. Es un impacto social.

Hay más. Horacio Macoco Acosta, uno de los tantos alma máter de este asunto, dijo a la diaria que con la escuela de música propia del Movimiento y la Universidad en marcha, Jazz a la Calle no descansa y comenzará, a partir de este año, a trabajar junto con la UTU para idear e implementar un bachillerato artístico de música. Un plan piloto que esperan redondear en 2017 para implementarlo en Mercedes en 2018. “La idea es que la educación formal en Uruguay tenga música desde la primera infancia hasta el nivel terciario. Va a cambiar muchas cosas; lo he notado cuando doy clases. El aprendizaje de la música te racionaliza la información en el cerebro, tenés que ser una persona extremadamente racional, tener todas las herramientas en la cabeza, porque la música es un ejercicio gigantesco de memoria y de desarrollo de la habilidad. Imaginate si logramos que eso llegue a la educación formal, al niño. Hacer una escuela de música es muy fácil, dar clases también. Pero formar un músico es muy difícil. Y formar personas, más. La música desde temprana edad genera sensibilidad, y esa sensibilidad se lleva y repercute en todas las acciones de la vida que uno haga. Lo vemos claramente”, sentenció Acosta.

Hay que tener calle

Si bien a los referentes musicales de Jazz a la Calle no les asombra lo que está pasando en torno a la formación musical en la ciudad -cosa que parece hasta lógica teniendo en cuenta que han trabajado más de diez años por la causa-, son conscientes de que costó mucho. Ciclos y ciclos desde 2006, con actividades anuales -fueran clínicas, talleres o conciertos para músicos y público en general-, todas gratis, han sido el sostén y el vehículo de las ideas. Poco habría sido posible si sólo se hubiera apelado, desde el inicio, al mazacote teórico para que el jazz o la música creativa prendiera en un lugar en el mundo que estaba en otra sintonía. Esas actividades fueron trascendentales y también lo que llamaron en el arranque “una experiencia de shock”: el Encuentro Musical Jazz a la Calle.

Aunque el Encuentro no sea lo principal para el Movimiento, bien bueno que está. Este que pasó, el décimo, estuvo marcado por un nivel extraordinario de músicos y músicas, por el barrio Puerto vestido para la ocasión y cobijo de los toques callejeros, y por muchas, muchísimas, charlas o talleres que dieron los mismos músicos que subieron al escenario mayor.

En la semana pasaron por las tablas de la manzana 20: la Orquesta de la Escuela del Jazz a la Calle, Fernando Luzardo y la banda FundaMental, Santiago Beis Trío, Música Efímera, MA Sexteto, Alejandro Luzardo y La Candombera (de Uruguay); Zé Luiz Martins Trío, Enero Sidiel Vieira Quinteto, Rafael Abdalla Quinteto, Trío Ciclos, Pó de Café Quarteto+2, O Congresso, Andrea dos Guimarães, François de Lima Quarteto, Luiz Mello Trío, Grupo Cincado, André Márquez Sexteto y Forró do Haick (de Brasil); The Jarrett Cherner y Jacob Teichroew Group (ambos de Estados Unidos); Benjamin Furman Project (de Chile); Yakruna (banda colombiana); y Ramiro Cubilla Grupo, Bruno Delucchi Grupo, Federico Lazzarini Quinteto, Colectivo Rioplatense y Kai d’ Raiz (de Argentina).

La fusión fue la reina. El jazz jugó con músicas típicas de todos los países participantes y con otros estilos de su propio género, como el bebop, por ejemplo, además de la siempre tan llamativa improvisación. ¿Con cuál quedarse? No lo sé. Al Jazz a la Calle hay que sentirlo.

De noche, música, pero de mañana y de tarde se estudió. Las diferentes clínicas que se desarrollaron en el auditorio de la Casa de la Cultura hicieron de todo: desde tocar jazz estándar hasta enseñar estructuras móviles e improvisación, pasando por el lenguaje de los tambores, los arreglos en las composiciones, los talleres de orquestación y el jazz en la música brasileña, entre otros.

Las actuaciones en el escenario mayor empezaron en el entorno de las 21.00. Antes, desde las 19.00, los toques callejeros hacían de aperitivo. Músicos de diversa índole confluían en uno de los tres lugares asignados para tocar rodeados de vecinos parados, sentados en sillas de playa o en el cordón de la vereda. Un niño los mira, aplaude, baila como puede, mira a sus padres, aplaude, baila otro poco y ríe. No lo registra, pero está aprendiendo. Jazz a la Calle es para las personas que quieran. En Mercedes se consolida otra forma de hacer las cosas, a contrapelo del mundo, con una música de encuentro, de abrazo, de fusión, libertaria, contestataria, que molesta a determinadas estructuras. Parece que habrá más y mejor. Como cada vez que decimos adiós.