El texto que inaugura “Acá” se puede considerar una declaración de intenciones por parte del poeta Víctor Guichón. “Escribo sobre mármol. / Esculpo letras. / Sé de la A, sé de la Z, y del silencio. / Invento”. A ese punto de partida corresponde una evaluación en la última página del libro, donde el autor manifiesta que no es imperioso escribir sobre piedra, pero sí inventar, combinar las palabras hasta dar con la expresión justa. Los versos iniciales prefiguran el sentido del conjunto, entendido como dirección por donde se desplazará el lenguaje del poema, que es una abierta preocupación para Guichón en tanto eje temático y materia prima.

Hablo del lenguaje de la poesía en contraposición con el social y con su urgencia comunicativa y práctica. Ante la poesía parece abrirse una bifurcación: un camino es escogido por los poetas con fe en el lenguaje, que buscan tensionarlo, retorcerlo y explotarlo para decir lo indecible. El otro sendero lo caminan los poetas con cierto desencanto ante el lenguaje, portadores de una duda quizá patrocinada por la idea de que la palabra no es la cosa, o la de que existe un desfase entre lenguaje y cosa: ese conflicto los lleva por lo general a considerar, sin mayor trauma, que es el lenguaje el que habla a través de ellos, como si fueran una suerte de médiums. Guichón parece comulgar con el primer grupo de poetas, más interesados en expresar que en nombrar, aunque, por momentos, su fe se pone en entredicho y mira, sopesa, mide las palabras con las que dice sin miedo a modificarlas, a explotar ese mármol donde inicialmente están inscritas.

De todos modos, en este libro las palabras no se confinan exclusivamente al ámbito mental, como lo hacen en los poemas vueltos sobre sí mismos, mirándose y problematizando su naturaleza: también disponen de un cable a tierra sensorial. Se trata de un lenguaje que habla del lenguaje, pero también de la lengua como órgano, como la parte de un conjunto: el cuerpo. “Una burbuja de vapor se esconde bajo mi lenguaje, / resbala el paladar, van dos palabras juntas, / un fonema único resonando entre labios, / una brisa llena de símbolos entrando en las cuevas del sonido. // Oído que vibra por palabra. / Ojos que la suenan en silencio / me duele no ser voz / duele cuando lo digo”. Hay un puente entre lo mental y lo corporal, con un tránsito constante en ambos sentidos. Hay una voz poética y hay un cuerpo que aspira a la unidad o comunión con otro, en un juego de acercamiento y deseo. “Soy el cuerpo que en tus ojos atestigua la lengua que lame / la piel, esa saliva amable que nos baña”. No es de extrañarse, pues, que haya fluidos, que se iluminen la boca, los labios, la espalda, las piernas, que la piel esté presente. Es el cuerpo moviéndose y, con él y en él, las palabras que lo nombran, los vocablos que dicen el cuerpo que los origina.

En rigor, no es este el único lazo que aparece a lo largo del poema, también existe la correspondencia entre los poemas de Guichón y los dibujos de Claudia Ganzo. Más que de ornatos del texto, se trata de un diálogo entre artes. Ganzo comulga con la atmósfera propuesta por el poeta, donde la figura humana, más que ser ilusorio calco, se sugiere reordenando el lenguaje y sacándolo de su posición predecible, difuminando un referente y abriendo así combinaciones de sentido mucho más ricas. La imagen que está al inicio del libro y que también lo cierra es el mejor ejemplo visual de esa sintonía. Esa imagen repetida parece responder a la misma dinámica con la que se construyen los textos. El poeta no sólo mira el lenguaje y el cuerpo que lo dice, sino que además vuelve a la primera instancia y reordena lo ya dicho.

Se abren con esta posibilidad combinatoria capas de sentido que se relacionan con lo ya leído en nuevas direcciones. Es la escritura a partir de ecos, de fantasmas, la reescritura como motor del movimiento. Es la operación de un lector que vuelve sobre el mismo punto con las mismas herramientas, explorando diversos ángulos y produciendo un efecto de familiaridad, y a la vez algo desconocido e imprevisible. “Es breve el movimiento / Por breve es alimento / me nutre del abismo / Ni la superficie siento”. Y, más adelante: “Es breve el artificio, sí. / Por breve es alimento”.

Jairo Rojas Rojas